El caos que viene con Trump

Las responsabilidades republicanas, desde Ronald Reagan hasta los Bush, y las ambigüedades, para decir lo menos, de los demócratas, de Bill Clinton a Barack Obama, antesalas, hoy vemos bien, del caos que es Donald Trump. Responsabilidades, ambigüedades y dinámica interacción entre ambas, esa conjunción es la que permitió, al cabo de tres décadas, que del huevo saliera la serpiente. Algo fundamental, pues, es trazar esa genealogía.

En el fondo, la primera semana de los nuevos tiempos – inaugurados en noviembre último, en las urnas; y en la jefatura del ejecutivo, desde el día 20 de enero pasado – se resume al espectacular ‘crash on take-off’ ya en la primer semana de ejercicio del poder de gobernar por parte del flamante presidente.

Ahora bien, no se debe perder de vista lo esencial: ese desastre en alta velocidad fue viabilizado por la obra económica y política compartida por una generación de teóricos inspirados en Viena y en Chicago, tadeu 2017por grandes empresarios, por las mega corporaciones, y también por dirigentes políticos de ambos partidos tradicionales.

Además, el caos que es Trump también favorecido, en el nivel más profundo, por la cultura pop idiotizante de la industria del entretenimiento vacuo; y por la construcción acrítica de falsos consensos, tarea molecular de los grandes medios. Finalmente, el caos que es Trump, reacción de gran parte de los estadounidenses a la erosión de la dimensión social decididamente abandonada u olvidada, en grados variables, por republicanos y demócratas. De ahí que la situación de Estados Unidos hoy esté simbolizada por la sorprendente victoria de Trump, por la llegada del ‘trumpismo’ al poder ejecutivo. El éxito del hombre y del ‘movimiento’ resulta, en última instancia, del persistente esfuerzo algo ciego, iniciado por Reagan y apoyado, en lo esencial, por el ‘establishment’.

La casi totalidad de la formación social, víctima de ese proceso de largo aliento, fue sometida a crecientes tensiones. Mientras tanto, las clases populares y gran parte de los segmentos medios sufrieron pérdidas significativas, reflejadas en desesperanza, indignación, cólera y resentimiento.

El resultado provisorio de esa dinámica parece claro: el país amenaza ingresar en largo período que, en su límite, puede generar convulsión política, tanto más que la crisis que se agrava con Trump fue esbozada desde por lo menos diez años atrás. Basta recordar la frustración que sobrevino a las expectativas creadas por la llegada de Obama a la Casa Blanca, el bloqueo republicano que duró dos mandatos, el conservadurismo de la Suprema Corte y la construcción de la fractura ideológica y social hoy manifiesta. Alcanza con recordar la novela que fue la pasada campaña electoral, en la que predominó la dimensión circense. Con Trump en la jefatura del ejecutivo, los EUA, tal vez superpotencia declinante, se volvieron más regresivos; y los rumbos de la república imperial, aún más imprevisibles.

Para completar ese panorama desalentador, el caos que es Trump está generando con sorprendente rapidez nuevos peligros internos. Como mínimo, fuertes y sostenidas protestas, más que justificadas e indispensables. Como máximo, un golpe de estado constitucional o, cosa aún casi impensable, pronunciamiento o intervención militar.

En la faz externa, se perfila algo también inédito, una crisis estructural en el sistema atlántico y en
la subsiguiente proyección imperial de la superpotencia. Tanto la UE como la OTAN, para no hablar del FMI y del Banco Mundial, viven tiempos de desconcierto.

Todo sumado, ya no sorprende, para quien lee la prensa de los EUA, la grande y la pequeña, que el apasionado rechazo al nuevo gobierno multiplique las convocatorias para grandes marchas de protesta. Ciertas franjas de la oposición ya hablan, lo que tiene su carga histórica, ‘remember 1968’, de ‘encuentros en las barricadas’…

La desorientación de gran parte de los ciudadanos americanos delante de Trump y del trumpismo deriva en cierta medida de la certeza de que ambos son incompatibles con la tradición de excepcionalismo de la ‘City upon a Hill». Por otro lado, ambos, el hombre y su movimiento, son, en el registro político-ideológico, la manifiesta consecuencia lógico-histórica del largo extravío fundado en la escandalosa concentración de la riqueza, de los ingresos, del status y del poder en las manos de una ínfima minoría. Los efectos nocivos de ese proceso de larga duración sobre la deteriorada convivencia social son cada día más evidentes. Su peso sobre la coyuntura del mundo globalizado y su crisis económica interminable aun está por ser definido. De ahí la impresión de muchos analistas críticos, a mi modo de ver fundamentada, de que entró en obsolescencia el discurso tradicionalmente legitimador del excepcionalismo de los EUA. Con Trump y el trumpismo aumenta la distancia entre el mito fundador y la realidad contemporánea.

El proceso de decadencia implícita parece empezar, parece ya estar en la calle, y no escondido en la esquina. En la superficie interna, se percibe una desastrosa falta de rumbos, disfrazada de nacionalismo xenófobo. En la proyección externa, aparecen reiteradas señales novedosas, ideas maestras que huyen del mapa geopolítico y geoestratégico que orienta los EUA desde la Guerra Fría. Con eso, inquietudes y temores se expanden por todos lados.

De la construcción de ese «admirable nuevo mundo», iniciada por Reagan y consumada por Obama, resultó el perfil actual de los EUA en crisis. En lo que no deja de ser una paradoja, el largo proceso que se dibuja por lo menos desde 1981, con Reagan, está siendo llevado por Trump a sus últimas consecuencias, para horror (cuasi) general, nuestro y de la mayoría del pueblo americano.

Ahora, y por un tiempo imprevisible, los EUA serán tierra en transe, diría Glauber Rocha. Tiempo de emociones populares, diría de Tocqueville. Tiempo interesante, dirían los que gustan de proverbios chinos.

 

Tadeu Valadares
Embajador del Brasil, jubilado.

Traducido por Héctor Valle

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Foto portada: El presidente de EEUU, Ronald Reagan, y el hoy presidente, Donald Trump, el 3 de noviembre de 1987, en la Casa Blanca. 

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