“El fin del sueño americano”: Crónica de un tiempo de utopías

La agitada y fermental década del sesenta del siglo pasado con toda su removedora impronta de rebelión y esperanzas de construcción de un mundo sin guerras ni injusticias, es el escenario histórico que recrea “El fin del sueño americano”, la ópera prima del realizador y actor escocés Ewan McGregor.

La película, que tiene un profundo acento testimonial, es una adaptación cinematográfica de la laureada novela “American Pastoral”, de Philip Roth, que fue galardonada con el Premio Pulitzer.

Como lo explicita claramente su título en castellano, el film alude naturalmente al tan promocionado “sueño americano”, una suerte de farsa dialéctica asociada a los recurrentes delirios de grandeza de los Estados Unidos como meca del sistema hegemónico.
Este concepto, que está obviamente introyectado en la idiosincrasia misma de la gran potencia, ha generado una suerte de utopía devenida en patología mesiánica colectiva.
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Por supuesto, el fundamento ideológico de este fenómeno es el modelo capitalista que, según los teóricos liberales, garantizaría la movilidad social y el acceso al desarrollo humano individual bajo las reglas de la economía de mercado.

La experiencia histórica ha demostrado que en estos enunciados teóricos subyacen intrínsecas contradicciones, en tanto el sistema de acumulación también genera pobreza, miseria, inequidad y exclusión.

El film, que está ambientada en las décadas del cincuenta y el sesenta, narra la historia de Seymour Levov (Ewan McGregor), un hombre sin dudas exitoso cuyas aptitudes y proyección social sintonizan con el ideal del mentado sueño americano.
Estudiante destacado y brillante deportista, su presente no es menos auspicioso porque hereda la fábrica de su padre, lo cual le permite consolidar un estilo de vida pequeño burgués y sin apremios económicos.

Además, está casado con Dawn (Jennifer Connelly), ex Miss New Jersey, un “tesoro” codiciado por todos los jóvenes de su generación por su belleza y su inteligencia.

Apodado “El sueco”, el protagonista representa realmente la encarnación de una supuesta sociedad integrada y a la vez integradora, sin grandes asimetrías ni dramáticos traumas. Empero, esa suerte de espejismo comienza a desvanecerse durante los años sesenta, cuando la participación militar de Estados Unidos en la sangrienta Guerra de Vietnam divide radicalmente a la población.

Por supuesto, esa aventura bélica del poder imperial se suma a otros tantos conflictos de la época, derivados de la lucha de los negros por sus derechos civiles, la irrupción del movimiento hippie y la aparición en la escena pública de organizaciones antagónicas a las reglas del sistema.

Este es el convulsionado escenario histórico en el cual se desarrolla el relato, signado por actitudes de abierta rebeldía de Merry (Dakota Fanning), la hija de la pareja, que devienen en ruptura familiar.

En efecto, impactada por una realidad que la interpela, la conmueve y la atormenta, la joven desafía el legado familiar y adhiere a movimientos disidentes que repudian la participación de su país en la dramática guerra que se dirime en la lejana Indochina, entre otras demandas.

Ello origina situaciones de agudo desencuentro hacia el interior del núcleo familiar, cuando la chica, que es tartamuda desde su infancia, intenta vanamente explicar a sus progenitores cuáles son los fundamentos de su profundo desencanto.

Narrada desde el presente por un escritor que se propone investigar y reconstruir la peripecia de los personajes mediante el formato literario, la historia evoluciona hacia niveles de alta tensión.

Incluso, la supuesta participación de la joven en un fatal atentado dinamitero que es investigado por el FBI y su ulterior desaparición para no ser aprehendida, juzgada y condenada, demuelen las certezas del protagonista.

Pese a su inexperiencia como director, que se nota en algunos previsibles desajustes en materia de guión, Ewan McGregor logra trasuntar la crisis que impacta a esa comunidad conservadora, cuyo mundo íntimo se derrumba estrepitosamente.

Uno de los síntomas de ese proceso de acelerado descomposición emocional es la actitud de la madre de la joven, quien-obsesionada por su inexorable proceso de envejecimiento- acude a un cirujano plástico para recuperar parte de la belleza perdida.
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Empero, queda claro que la verdadera génesis del dolor es la partida de la hija, que opera como una suerte de simbólica metáfora sobre la colisión entre dos concepciones ideológicas radicalmente enfrentadas sobre la realidad.

“El fin del sueño americano” es una alegoría sobre las graves consecuencias de una recordada confrontación generacional, que detonó desencuentros no exentos de violencia.

La película, que destila una radical amargura, retrata primordialmente la peripecia de la familia. No obstante, desestima indispensables apuntes históricos que eventualmente pudieron mejorar la calidad del producto cinematográfico.

Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

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