Unir medidas y programa, no es menor

Tabaré Vázquez planteó la noche de las elecciones internas 10 medidas que, según él, serían las primeras y más importantes de su futuro gobierno en consonancia y respetando lo establecido en el Programa del Frente Amplio. Una de ellas se propone que para fines del próximo gobierno del Frente Amplio se haya universalizado el Ciclo Básico, que todos los jóvenes de 17 años estén estudiando y que el 75 % de los jóvenes, como mínimo, culmine la Enseñanza Media.

También planteó la necesidad de que se universalice la enseñanza del idioma Inglés ya sea con clases presenciales como a través del Plan Ceibal. No faltaron las voces que salieran inmediatamente a plantear que era demasiado, que no se podía, que era muy ambicioso.

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Ahora bien: ¿No es acaso con metas, con objetivos y con ambiciones que puede una sociedad y un plan de gobierno mirar hacia el futuro?

No hemos estado escuchando a gran parte de los expertos, a ciudadanos comunes, medios de prensa, políticos de todos los sectores, reclamar por más y mejor educación.

Desde el año 2005 gobierna el Frente Amplio y fue capaz de rebatir muchos «no se puede». Lo que es más: ha sido durante estos 9 años que se han logrado avances revolucionarios hacia la equidad, como lo fue el Plan Ceibal. Se ha trabajado con éxito sobre políticas diversas en el campo de la Educación (atención a la Primera Infancia, acompañamiento a niños de Primaria y Media, programa maestro+maestro, tránsito educativo, compromiso educativo, formación profesional básica y más). Se sigue trabajando. Se sigue pensando, debatiendo y haciendo.

¿Por qué no proponernos marchar hacia ese objetivo, acordar los cómos, estudiar posibilidades, para luego evaluar lo que no se puede?

¿No valdrá la pena seguir trabajando hacia la meta y si no se llega, establecer más y mejores medidas para seguir avanzando? Los uruguayos merecemos aprender a lo largo de toda la vida por una sociedad mejor.

¿Por qué centrarnos en la Enseñanza Media?
Porque, mal que nos pese, no vivimos en un país donde viene decreciendo el número de jóvenes que estudian. No. Vivimos en un país donde durante décadas sólo algunos iban al liceo. Cuáles? Aquellos que prometían un futuro universitario. Otros, los más desfavorecidos pero con alguna suerte, recibían formación técnica. Otros, muchos más de los que estamos recordando, iban directamente a trabajar a los 15, 16 o, en el mejor de los casos a los 17 años. En los últimos 9 años, todos aquellos que no asistían a centros educativos, comenzaron a concurrir. Pero claro, no era fácil la inclusión. Pasamos años reclamando por privilegiar a los menos favorecidos. Pues bien, comenzamos a generar políticas para que ese privilegio fuera ni más ni menos que la Educación.

Lamentablemente, olvidamos algunos detalles: no bastaba con que fueran al liceo. Había que lograr que desearan continuar. Había que entender que no solamente el Uruguay cambió. El mundo cambió y sigue cambiando.

Pretender reproducir modelos educativos hoy que se aplicaban hace décadas no da resultado.

Cambiar no es fácil Cambiar da miedo. El miedo provoca enojos y resistencias. Los jóvenes quieren aprender. Los docentes quieren enseñar. Se trata de poder conciliar dos factores y comprender cómo hacerlo. Los jóvenes no siempre quieren ni necesitan aprender lo que los docentes queremos enseñar.

Tenemos más recursos. Tenemos docentes comprometidos. Desgraciadamente bastante castigados por aquello de meter a todos y cada uno de nuestros docentes en la bolsa de unos pocos que no siempre encuentran el mejor camino para hacerse escuchar.

¿Qué nos falta?
Nos falta arriesgar. Nos falta comprometernos más. Nos falta convencernos que todas y todos los jóvenes son capaces de aprender. Aprender distintas cosas, de distinta manera y con tiempos y ritmos diferentes. Muchos jóvenes requieren de acompañamientos en sus procesos educativos como los que se están llevando adelante hoy en nuestro país. Profundicemos y universalicemos esos acompañamientos.

La repetición solamente acarrea frustraciones, enlentece procesos y hasta condiciona como lo muestran tantos estudios, a más fracaso escolar. Miremos Corea, Noruega, Japón, Irlanda. Allí no existe la repetición como opción frente a los bajos resultados. El proceso sigue. El estudiante recibe acompañamientos especiales que le permitan alcanzar logros satisfactorios.

Necesitamos un marco curricular común de 3 a 15 años que permita adecuar lo que enseñamos a las diferentes realidades que se presentan en los.

Necesitamos aceptar que el proceso de educación formal comienza más temprano pero no puede entenderse como distintos estancos donde el niño que hasta diciembre de un año trabaja con uno, a los sumo dos maestros,, en tres meses, pase a trabajar con 13, 14 y hasta 15 personas diferentes, con diferentes estilos, exigencias, ritmos y hasta motivaciones.

Necesitamos centros educativos donde nuestros alumnos puedan formarse como ciudadanos, puedan ejercer su autonomía y aplicar su pensamiento crítico. Donde puedan ser parte de los proyectos de los que son, ni más ni menos, que los destinatarios.

Necesitamos centros educativos abiertos, donde lo intelectual sea importante pero esté articulado con lo manual. Centros educativos donde las ausencias y las horas libres no empujen a los padres a llevar a sus hijos a la enseñanza privada. Donde las responsabilidades se compartan y se demande la asistencia del alumno a clase como la del docente a su trabajo. Centros donde pueda faltar un docente pero nunca un adulto que oriente a los alumnos, que los conozca por su nombre, que llame a la casa cuando ha faltado más de dos días.

Los saberes no se adquieren solamente de los libros. Una institución con reglas claras, con respeto por todos y cada unos de los actores, con puertas abiertas a las familias, generadores de espacios de encuentro de la comunidad, nos permitiría lograr que los alumnos encuentren en el centro educativo un lugar de pertenencia y los docentes también. Docentes con permanencia, con tiempo, que no salte de un lugar a otro cada tres o cuatro horas y mucho menos de un año a otro.

Las becas otorgadas han apuntado a garantizar la asistencia pero también deberíamos otorgar tarjetas que distingan a los estudiantes como tales y con las que adquieran beneficios.

Procuremos que ser estudiante valga la pena, sea disfrutable.
Para ello, la formación es de gran apoyo para los docentes. El afecto y la confianza en el alumno, también.

Liderar estos procesos no ha de ser fácil: Se requiere asumir que quizás surjan resistencias, temores, procesos diferentes. Pero, gobernar, también es eso. Asumir costos, riesgos y consecuencias.

Quizás tiene algo que ver con aquello que los docentes tanto le pedimos a los padres: poner límites y estar atentos para dar el respaldo necesario y también exigir lo imprescindible.

Las metas propuestas por Tabaré Vazquez son ambiciosas. Claro que sí. Son desafíos para todos. Valen la pena. Mal podremos alcanzarlas si ni siquiera comenzamos a trabajar para ello.

Por Fernanda Blanco
Docente uruguaya

La ONDA digital Nº 677 

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