¿Por qué sólo el logró hacer crecer a Uruguay?

¿Por qué sólo el Frente Amplio logró hacer crecer a Uruguay? | Se supone que los partidos que de alguna manera representan o están más vinculados a sectores empresariales serían los más interesados en el crecimiento del volumen de producción y negocios. Sin embargo, desde mediados del siglo pasado el país solo creció al 1% por año, hubiera bonanzas de precios internacionales o no. ¿Por qué?

Podía suponerse que el Frente Amplio, que pretende representar a los trabajadores y sectores medios bajos, estuviera más interesado en la redistribución que en la inversión, por ejemplo. Sin embargo, el país comenzó a invertir y crecer sostenidamente cuando el Frente Amplio llegó al gobierno.

jaime-secoLa respuesta breve es: porque el FA pudo gobernar con independencia de las elites. Fundamentarla nos llevará de Lenin a la moderna economía institucionalista, pasando por nuestras aspiraciones de los años 60 y por el dictador sudcoreano Park Chung-hee.

En nuestro crecimiento sostenido, independiente de bonanzas y de promedios regionales, aparece una paradoja que es interesante dilucidar. Aunque más no fuera, por curiosidad intelectual. Pero la respuesta importa incluso a quienes no somos economistas; por razones políticas, teóricas y prácticas. Teóricas como: ¿El Frente abandonó su proyecto? De lo que hacemos, ¿qué es central y se debe mantener, y qué podemos modificar según la coyuntura? Razones prácticas llevan a preguntas como si, en consecuencia, ¿importa que gobierne el Frente Amplio o sólo está haciendo lo que los partidos tradicionales harían más o menos igual?

Los clásicos: Marx, Lenin, Arismendi
La teoría clásica de la izquierda marxista parte de la posición de Marx en torno a las revolución alemana de 1848. Mientras que los republicanos querían una revolución como la francesa de 1789, Carlos Marx comprendió que a la burguesía alemana le alcanzaba con eliminar barreras aduaneras entre los múltiples reinitos y con asegurarse cierta seguridad jurídica. No haría mucho por derrocar a la monarquía prusiana.

En 1852, Engels escribió: “La experiencia revolucionaria práctica de 1848-1849 confirmó los razonamientos de la teoría que condujo a la conclusión de que la democracia de los pequeños comerciantes y artesanos debía tener su turno antes que la clase obrera comunista pudiera esperar a establecerse permanentemente en el poder y destruir el sistema de esclavitud asalariada que la sujeta al yugo de la burguesía. Así, la organización secreta de los comunistas no podía tener el objetivo directo de derrocar los gobiernos actuales de Alemania. No se formó para derrocar estos gobiernos, sino el gobierno insurreccional que tarde o temprano vendrá a sustituirlos.”

Vladimir Lenin en 1905 escribió Dos tácticas, un libro en el que defendía la posición de derecha de los bolcheviques que ese año llamaron a impulsar la revolución antizarista y a conformar una “dictadura democrática de obreros y campesinos”. Los mencheviques opinaban que no convenía lanzarse a la aventura revolucionaria para instalar una democracia burguesa, ya que la burguesía iba a ser la beneficiaria. Y que los socialistas de ninguna manera debían integrar un gobierno burgués, cosa que en la Segunda Internacinal era la posición del ala izquierda. Debían seguir siendo “el partido de la oposición extrema” (no de gobierno). Si se trataba de una revolución democrática-burguesa, integrar su gobierno sería traición a la independencia de clase.

Para Lenin, la pequeño burguesía estaba jugada por la democracia porque en una monarquía constitucional no tendría ninguna influencia. El proletariado va a impulsar con ella la revolución en toda su extensión imaginable, incluyendo la destrucción de la monarquía, libertad de prensa y reunión, ley de 8 horas, reparto de tierras y todo el “programa mínimo” (no socialista) de los bolcheviques. Eso porque la democracia y la libertad son esenciales para el movimiento obrero y cuanto menos trabas permanezcan, más rápida y claramente se planteará la lucha por el socialismo. En resumen, del carácter general capitalista del régimen que seguiría a la revolución no se debe concluir en que el proletariado no se proponga dirigirla.

Lenin agrega: “de esas tesis se deduce que es una idea reaccionaria buscar la salvación de la clase obrera en algo que no sea el mayor desarrollo del capitalismo. En países como Rusia, la clase obrera no sufre tanto el capitalismo como la insuficiencia de capitalismo. Por eso la clase obrera está absolutamente interesada en el desarrollo más vasto, más libre, más rápido del capitalismo”.

Algo así como: El desarrollo capitalista es demasiado importante como para dejarlo en manos de la burguesía. Se pueden traer muchos ejemplos de este esquema de revolución en dos tiempos, en que el primero desbroza el camino al desarrollo capitalista. De España en el 36, de Chile en el 70 y otros a lo largo del siglo XX.

En Uruguay, desde mediados de los 50 los comunistas adaptaron esa misma idea. Entendieron que el estancamiento productivo derivaba de estructuras que deformaban el desarrollo capitalistas. El latifundio, la competencia industrial estadounidense, los sectores dominantes aliados a los extranjeros -importadores, financieros, latifundistas y otros-, eran obstáculos que debían ser removidos para permitir el desarrollo. La reforma agraria, bancaria, del comercio exterior y otras medidas eran solo instrumentos para esa remoción de obstáculos. Pero, también aquí, entendían que el proceso democrático liberador debía ser impulsado por un amplio frente de sectores perjudicados en cuya conducción debía tener gravitación decisiva el movimiento obrero y sus organizaciones sociales y políticas. Por el mismo argumento de que era la única garantía de llegar hasta el fin. Otros partidos de izquierda tenían posiciones alternativas, pero el esquema general podemos tomarlo aquí como similar.

¿Es muy loco decir que el Frente Amplio, que ha terminado con el estancamiento productivo, lo ha hecho porque representa a una clase distinta en el poder? ¿Hubo una revolución?

¿Cómo se expresan las elites?
Para contestar esta última pregunta tenemos que pasar a otro tema. Es frecuente oír que “la clase dominante” hizo tal o cual cosa. ¿Cómo lo hace? A veces parece invocarse alguna especie de fenómeno mágico o, peor, de conspiración de sótanos clandestinos en que se decide el destino del mundo. Sea la Trilateral, Davos o Bildeberg.

Por ejemplo, se repite que en 1967 la oligarquía uruguaya decidió desplazar a los políticos y asumir los ministerios. Se entiende la idea, pero ¿se reunió y votó para tomar esa decisión? O que los mercados recompensaron o castigaron a tal o cual político con un alza o caída en la bolsa. Por ejemplo, Wall Street llegó a valores máximos históricos en cuanto ganó Donald Trump. Pero hay otras formas menos onerosas de expresar alegría. Hacer subir un punto el índice SP 500 exige millones de dólares de inversión. Nadie haría tal cosa si no espera ganar más. Cada inversor aislado espera, por ejemplo, que las acciones que compre darán más beneficios si no se imponen los impuestos a las rentas altas que prometió Hillary Clinton, o si Trump barre con todas las regulaciones ambientales como prometió, o si no sube el salario mínimo. Entonces, decide comprar acciones y no hacer otro tipo de inversiones.

Otro ejemplo; en Argentina, en los últimos años las empresas tenían enormes inventarios acumulados en sus depósitos, porque una de sus fuentes principales de ganancia era pedir dinero a tasas negativas, importar al dólar oficial y luego vender al precio de la suba del blue. Al unificarse el dólar se terminó el negocio y ahora, como en el resto del mundo, no es negocio tener mercadería parada por la que se paga interés. Este ejemplo nos acerca a que, como veremos, las normas pueden ofrecer estímulos a conductas económicas no productivas.

En Uruguay, durante todo el período de estancamiento, había muy pocos negocios realmente lucrativos. No había casi inversiones de riesgo. La ganancia se obtenía fundamentalmente presionando al Estado a aprobar regulaciones que beneficiaran a tal o cual sector con rentas no productivas. Ventajas cambiarias; créditos especiales del BROU en pesos que devaluaban rápidamente a empresas con ingresos en dólares, como los frigoríficos; barreras arancelarias para proteger sectores que no invertían en tecnología, etc. Y, por períodos, se ganaba generalizadamente por medio de desfalcos, maniobras financieras, agio y especulación. Esas eran las formas en que se hacía efectivos los mecanismos que deformaban colectivamente las posibilidades de desarrollo.

Una de las características que tiene este mecanismo es el cortoplacismo. Luego del golpe de 1973, los estancieros dejaron de remitir ganado porque esperaban una suba del precio. En realidad, la guerra de Yom Kippur desencadenó en octubre la crisis del petróleo y no se vendió un kilo más de carne.

Yendo a épocas anteriores, Barrán y Nahum (1983) argumentan en su monumental estudio sobre Batlle, los estancieros y el Imperio Británico que difícilmente Batlle y Ordóñez hubiera conducido cambios tan radicales como los que impulsó de no haber sido por el elevado grado de autonomía con que contaba el Estado uruguayo a comienzos del siglo XX.

Por su parte, Martín Rama explica el estancamiento económico de mitad de siglo relacionado en un artículo publicado por la revista Suma señalando el progresivo debilitamiento del Estado, con la consiguiente pérdida de autonomía en la toma de decisiones políticas relevantes, lo cual favoreció a grupos sociales que se habían desarrollado como resultado del proyecto precedente: industriales, empleados públicos y asalariados del sector privado. El autor enfatiza que estos grupos de presión debieron ser considerados por un sistema político que a la postre resultó más receptivo a sus demandas de lo que históricamente había sido frente a las exigencias de los estancieros, reflejando algunas creencias muy difundidas en la sociedad uruguaya con respecto a la necesidad de evitar la quiebra de empresas.

Qué hizo el Frente Amplio
En 2003, dos años antes de asumir como subsecretario de Economía, Mario Bergara escribió el libro Las reglas de juego en Uruguay, en el cual analizó el entorno institucional de nuestra economía para señalar en qué forma producía incentivos contrarios a la inversión productiva. Lo hizo desde la perspectiva de la escuela institucionalista que en los 90 era la principal alternativa académica al neoliberalismo que solo atendía a los incentivos del mercado.

La inversión es la clave del crecimiento, pero quien va a invertir precisa seguridades para poder planificar quiere tener cierta seguridad de que las reglas se van a mantener y que serán exigibles. Bergara detecta, en cambio, que “la falta de respeto a los contratos” -explícitos o implícitos- “es una característica sistemática de Uruguay.” Y esa falta de cumplimiento se debe a la cultura de la viveza, del cortoplacismo, el sistema judicial no preparado para temas complejos, gobiernos débiles frente a grupos de presión que buscan ventajas inmediatas y alta concentración de los mercados, entre otros factores.

Eso tendía a generar sistemas políticos que cambiaban las normas, que no generaban políticas de Estado, que cedían a presiones para no pagar costos políticos, que actuaban condonando conductas desviadas -por ejemplo perdonando deudas o adquiriendo empresas fundidas-. En otro trabajo, Bergara señaló cómo si los límites legales no son claros, hay tendencia a llevar adelante emprendimientos sin suficiente estudio previo, cuanto más grandes mejor, porque si salían mal, se haría cargo el Estado para no dejar trabajadores en la calle, aunque el resultado final fuera peor para todos.

El inversor precisa reglas que disminuyan la incertidumbre, entre otras cosas porque así disminuye los costos de transacción. Es caro tener que prever devaluaciones bruscas, desaparición de estímulos, falta de pago de acreedores, o cubrirse contra quien tiene más poder de lobby o de información. Y las organizaciones se adaptan a el entorno, de manera que tendían a invertir poco. Por otra parte, los gobiernos no obtenían ventajas claras de evitar esas presiones.

Pero para avanzar, Bergara proponía como central buscar la credibilidad, “atarse las manos”, buscar la reputación.

Eso explica que, en cuanto asumió el gobierno, Danilo Astori saliera a declarar que el Estado no se haría cargo de Cofac ni de ninguna otra deuda privada. Explica que, pese a discusiones en el gabinete con José Mujica, se opuso a una ley de amnistía para deudores rurales del Banco República que acampaban frente al Parlamento. Por eso, a los pocos meses de gobierno, cuando el país todavía no crecía, se venían enormes vencimientos de deuda y había mil otros problemas, el Ministerio de Economía se tomaba tiempo para enviar al Parlamento un proyecto de ley de quiebras y uno de defensa de la competencia. En aquel momento no parecían tan urgentes para un observador no avisado.

Esas actitudes del primer momento siguen siendo la línea directriz de los gobiernos frenteamplistas. En 2015 Bergara escribió Las nuevas reglas de juego en Uruguay, donde evalúa las reformas tributaria, de la salud, del sistema financiero, del Banco Central, del Estado, de la inserción internacional, de las relaciones laborales, las políticas culturales y muchas otras. Algunas más exitosas, mejor diseñadas o con más avance que otras, pero todas orientadas a dar seguridad y promover el desarrollo.

Y la prioridad del largo plazo se aplica no solo ante las presiones de sectores empresariales, sino también de los sindicales. La puja del año pasado por la pauta de los consejos de salarios, fue solo un nuevo ejemplo. En estos meses vemos que la inflación, efectivamente está bajando y los salarios no están perdiendo poder de compras; entre otras cosas porque se mantuvo tozudamente esas pautas. Pensar en la mañana siguiente, diría Líber Seregni. Queda claro que esta línea directriz no implica que todo se haya hecho bien; a esta altura eso está claro.

En conclusión, ¿era esto?
La punta del hilo de este razonamiento proviene de un lugar insólito. En un pasaje de La paradoja de la globalización, el economista keynesiano Dani Rodrik analiza brevemente las razones del éxito de Corea del Sur y Taiwán desde los años 60 y anota: “La anterior reforma agraria en los dos países había creado un espacio para que el Estado actuara con independencia de las elites terratenientes.” Esa fue, al principio, nuestra respuesta breve.

Eran dos regímenes muy derechistas; el coreano especialmente explotador del conjunto del pueblo en beneficio descarado de un puñado de empresas vinculadas al poder. Solo observamos que pudieron implementar su política porque tuvieron menos presiones. El suyo no es nuestro camino; el Frente Amplio no promueve cualquier crecimiento, sino uno redistributivo -que a largo plazo sirve a los empresarios por el crecimiento del mercado interno-. No ha traicionado a su proyecto; lo está llevando a cabo.

Puede ser que integrantes de los partidos tradicionales estén de acuerdo con muchas de las medidas mencionadas. Pero ellos no pudieron adoptarlas porque estaban enredados en una trama de vinculaciones con elites económicas. No debe creerse que los gobiernos anteriores les gustara ser presionados. Que, por ejemplo, la dictadura haya quedado contenta con el boicot a las exportaciones. Tampoco hay que suponer falta de capacidad técnica; Ariel Davrieux, Ricardo Pascale o Javier de Haedo son académicos destacados.

Pero el país creció, solo pudo crecer y probablemente solo pueda seguir creciendo porque lo gobierna el Frente Amplio, partido que tiene menos ataduras. Y, por las dudas, debiéramos querer que siga gobernando.

Se produjo, sin dudas, un desplazamiento de los sectores dominantes de la toma de decisiones. ¿Es eso un cambio de clases en el poder, una revolución? ¿Es exactamente lo que se buscaba en los 60? Bueno, el nombre no tiene tanta importancia. Y las cosas nunca resultan como fueron imaginadas.

 

Por Jaime Secco
periodista uruguayo
La ONDA digital Nº 797 (Síganos en Twitter y facebook) 

(Síganos en TwitterFacebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA

Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.

Más del Autor: