Por un Tabaré cada vez mejor

En el cartel principal de la Sede del Frente Amplio donde se realizó la conferencia de prensa la noche de las internas, no estaba la mala consigna política “vamos bien” (mala consigna publicitaria además, como argumenté en abril

Sino una menos autocomplaciente, “por un Uruguay cada vez mejor”.

De a poco se van superando las primeras vacilaciones ante la excelente votación de Raúl Sendic (conste que no voté la 711, pero nadie puede dudar que es un pronunciamiento clamoroso del voto frenteamplista) Mujica primero, luego Marcos Carámbula apoyaron ya el lunes proponer Sendic Vicepresidente. En el correr de los días se sumó la aceptación primero de Constanza, que está administrando con coherencia su señera votación, después del Partido Comunista, del Frente Izquierda de Liberación Nacional, 1001 y finalmente también del Parido Socialista, del Espacio 90,entre los más votados. Solo se ha manifestado en otro sentido Asamblea Uruguay.

Más calmo, recordé que en la primavera de 1994 fui con Raúl Legnani a cubrir para La República un acto del Frente en Las Piedras. Era de noche tarde y Tabaré Vázquez el último orador. llegó casi dos horas después de terminado el discurso que lo precedió, pero nadie en la multitud se fue ni se impacientó. Lo estaba esperando a él.

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De pronto, atrás y al costado del estrado, la sirena de una moto pretendió abrir camino para que el coche donde venía Tabaré pudiera pasar, pero la gente lo rodeó y detuvo quince minutos el coche. Legnani me dijo, alegre y caústico, al oído: «llegó Perón».

Sin embargo, trece años después tuve que escribir:

 

UN MANDAMÁS A LA URUGUAYA
martes 15 de mayo de 2007

Les voy a adelantar lo que hará Tabaré Vázquez con esto de la reelección. Primero va a dejar que el tiempo corra (que pase rápido sin detenerse en candidaturas) todo lo necesario para que conste que los votos los tiene (eso ya está) y sobretodo para que la campaña interna del Frente y toda la campaña electoral en general sea lo más corta posible. Porque estas campañas empiezan su desgaste precisamente cuando Tabaré diga que sí o que no. Entonces, cuando llegue ese momento, Tabaré se va a posicionar como el caudillo uruguayo que es, por encima de los puestos del Estado, como José Batlle y Ordóñez o como Luis Alberto de Herrera.

Y no digo como Wilson Ferreira ni como Líber Seregni porque ambos cometieron el error, en determinado momento, de poner candidatos vicarios cuando no pudieron serlo ellos (a aquel le costó electoralmente más que a éste, porque encima hizo especial cuestión personal). Ni digo Juan Domingo Perón, que en su momento puso a Héctor Cámpora, sabiendo que por mejor candidato que fuese el suyo, Perón era él, pero después lanzó el trágico Perón–Perón.

“Perón, Perón, qué grande sos / Mi general, cuánto valés / Perón, Perón, sos el mejor / sos el mejor trabajador…”, cantaban todos juntos los peronistas antes de que los de la JP se fueran lamentando: “Qué boludos: votamos a una muerta, a una puta y a un cornudo”. Con todo el cariño que le tengo y el valor que le reconozco al pueblo argentino, ese nivel de culto a la personalidad acá no corre. Nuestra idiosincrasia explica, en parte, que el único Presidente uruguayo en plantear la reelección haya sido Jorge Pacheco Areco.
Y la perdió.

Durante el más añorado medio siglo del país acá lo que se discutió, lejos de si el Presidente podía ser reelecto, fue si debía haber Presidente o Colegiado. Y Batlle estuvo siempre por el Colegiado y Herrera terminó apoyándolo.

¿Porque no les gustaba dar línea?
Al contrario. Porque sabían y podían darla a través de sus partidos. Eran mandamases mayores.
Si por Pepe Batlle hubiera sido, el Partido Colorado se hubiera transformado, como lo denunció Feliciano Viera –en “el alto” de 1919–, “en un Partido de soviets”. Pero al perder el plebiscito por el Colegiado, don Pepe tuvo que adaptarse a sucedáneos para seguir estando por encima del gobierno e incluso por encima del Partido. Muchas de sus concreciones más amplias como estadista, pudo hacerlas durante el gobierno de Williman, cuando le era más fácil coincidir en cuestiones puntuales pero trascendentes con el Partido Nacional o con la Iglesia Católica. Fue entonces que se dieron pasos decisivos, por ejemplo, para la reivindicación definitiva de Artigas.

Tabaré –nombre inventado por Juan Zorrilla, el de La epopeya de Artigas– es el que es y tiene los votos que tiene, entre otras razones porque, en el acierto o en el error y salvo contadas excepciones, ha sido siempre muy cuidadoso de las raíces, incluso para declarar que las haría temblar.

Las próximas elecciones que tiene que ganar él para el Frente no son las que le aseguren diez, sino quince años de gobierno. Porque las mismas encuestas que dicen que si se presenta a la reelección la gana, también dicen que el Frente gana las elecciones con cualquiera de los candidatos posibles, a saber Mujica, Astori o alguno de consenso que sea buen candidato en sí mismo. Hay que orejear las cartas de los Intendentes y relojear sus aprontes, pero para las siguientes, el peso de un Tabaré tan decisivo como distanciado puede sacar de un apuro a un núcleo dirigente donde no todos tienen, como él, el mapa electoral sobre la mesa, a la hora de gobernar.

¿Que Chávez? ¿Que Fidel? Ideología o ciencia aparte, basta leer El general en su laberinto para comprender hasta qué punto las de Bolívar son historias distintas a las de Artigas.
Ustedes ya saben que lo que les estoy contando no es lo que Tabaré hará sino lo que yo haría si fuese él. Ni Presidente ni Gobernador: Protector de los Pueblo Libres. Yo ya estaría pensando en el discurso del 1º de marzo del 2015. Pero ha de ser por efecto de la presbicia.

El año que viene me cuentan.
miércoles 16 de mayo de 2007

Un par de amigos me han acusado de “irreverente” y de “perpetrador de impertinencia” por comparar a Vázquez con Batlle y Ordóñez. Otro lector me dice que Batlle era profundamente republicano y que jamás se consideró por encima del Estado ni del Partido. También hay quienes encontraron novedoso mi enfoque, “desde un ángulo diferente para examinar el tema de la reelección”.
Veamos: la comparación entre Vázquez y Batlle y Ordóñéz la hace, para empezar, la cronología. 1904, 2004, dos propuestas de revolución en marcha. Pero yo no fui más allá de señalar supuestas intenciones de uno e indiscutible oficio del otro para dirigir el país sin necesidad de presidirlo.

Tampoco dije que Pepe Batlle no fuera republicano (¡Por Dios y su serenísima majestad borbónica!). Constaté simplemente, sin juzgar, que la incidencia de su personalidad en la sociedad uruguaya de entonces, estaba por encima de la del Presidente e incluso de la de cualquier autoridad partidaria, en un Partido que él pretendía –y ahí el hueso para la réplica vierista– fuese conductor de la sociedad más allá del Estado.

Para demostrar que la personalidad de Batlle, sin ser Presidente, bastó, mientras estuvo vivo, para eclipsar cualquier amago de rumbo reaccionario dentro de su Partido, alcanza con recordar su respuesta a un precoz planteo del derechista, luego ideólogo de la dictadura de Gabriel Terra, Francisco Ghigliani. Don Pepe subió al estrado y sólo dijo el apellido de su contradictor: “Ghigliani” y luego emitió tres sonidos, “ja, ja, ja”. Bajó del estrado y se terminó el debate.

Era, es cierto, profundamente republicano. Como también profundamente respetuoso de los derechos de las mujeres (fue la principal causa de su vida personal). Sin embargo, su Partido no aceptó el voto femenino hasta no estar seguro de que le favorecería. Era un político a la vez dialéctico y pragmático.

Y el 24 de enero de 1924 ordenó a sus compañeros: “De pie, ha muerto Lenin”.
La objeción más lacerante a mi planteo (mi objetor es Pancho Ferrari desde Buenos Aires), radica en si el Frente Amplio es un partido capaz de dirigir por sí mismo la sociedad uruguaya (para empezar, si el Frente es o podría llegar a ser un partido) y si Tabaré Vázquez funge, no digamos ya de caudillo partidario sino, más elementalmente, de hombre de Partido. Esa es una muy dinámica cuestión que de ninguna manera debemos enfocar en plano fijo.

martes 5 de junio de 2007
Si yo fuera Jorge Da Silveira, hoy hubiese comenzado diciendo: “Como nosotros dijimos ¡eh!, Tabaré ¡eh!, mi amigo Tabaré ¡eh!, hizo exactamente lo que hace un año yo les dije que iba a hacer ¡eh!, renunció a la reelección. ¡Ehhh! Y ustedes inferirían entonces que Tabaré Vázquez hizo exactamente lo que yo le había dicho que hiciera, así como Copérnico dijo en su momento lo que Da Silveira le dijo que dijera: que la Tierra se mueve alrededor del Sol.

Pero yo no soy Da Silveira. No manejo con su excelencia los códigos semiológicos de autoridad discursiva. Mi aparato crítico es mucho más modesto. De lo contrario, así como escribí que iba a renunciar a la reelección, debería haber escrito que además mi amigo Tabaré iba a suspender el desfile militar, “tal como supe deducir aquella noche en el Mineirao cuando el Taba me convidó a un par de whiskys para hacerme algunas consultas, ¡eh!”.

Ahora tengo que explicar por qué falló (él, Tabaré, no mi pronóstico). Y la explicación es sencilla. Cuando le pasé el dato de que la Tierra se mueve también le advertí que si lo decía lo iban a echar a la hoguera como a Giordano Bruno –si uno no tuviera estos pruritos, sería tan ganador como Da Silveira– y en cuanto el Taba olfateó chamusquina se retractó como el cobarde de Galileo.

Eppur si muove.

Éste y el otro
Entre ese Tabaré, el republicano, el que enfrentó a Hillary Clinton para frenar una invasión a Venezuela, el que le aguantó el trancazo a Philip Morris y el otro, el borbónico, el que vetó la Salud Reproductiva contra el Parlamento Nacional y necesitó para declararla laudada que más del 90 % del padrón eletoral le rechazara el veto, el que le pidió ayuda Bush contra Kirchner, el Tabaré del lado oscuro de Perón, median decisiones personales suyas pero también poderes fácticos y correlaciones de fuerza.

En una medida bastante mayor a la que pueda imaginarse quien no observe el verdadero margen de acción de un presidente uruguayo, Tabaré Vázquez no es, Tabaré Vázquez va siendo como noostros lo vamos haciendo. Por eso, por un Tabaré cada vez mejor -que muy bien pude ser Sendic-, en octubre voto al Pepe al senado.

Porque en este mundo donde los poderes fácticos acotan hasta atragantar a casi todos los presidentes de los países, pequeños o grandes, el Pepe Mujica dio cátedra de voz propia, rebelde, antisistémico, sancionador moral del consumismo, austero de verdad y antiimperialista republicano siempre y, más allá de errores y aciertos, fue el Presidente que concretó en varios de los más salados desafíos que encaró el buen gobierno de Vázquez: el matrimonio igualitario, la Salud Reproductiva, el golpe certero a la mafia del narcotráfico ilegal, que es la regulación del mercado de la marihuana, la adjudicación de canales y mantuvo la línea vazquizta contra la desocupación, la pobreza, la indigencia, por el plan ceibal y los consejos de salarios.

Por cierto que para hacer un Tabaré cada vez mejor nadie como Luis Alberto Lacalle Pou y Pedro Bordaberry. La sola posibilidad de que sus nombres y sus ideas retornen a la Presidencia, hacen a Tabaré el más añorable de los presidentes, pero sé que al Pepe voy a extrañarlo y sé también que cuanto mayor sea su fuerza en el parlamento (y la de Marcos, la de Constanza, la de Sendic, la de Andrade, la de Daniel Martínez…), mejor presidente será Tabaré y más dulce la nostalgia.

Por Joselo Olascuaga

La ONDA digital Nº 675

 

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