Educación: Botín de guerra

La cuestión está en las partes y no en el todo. Máxime cuando lo que en verdad se busca es agredir, vociferar, declamar pero no atacar los problemas desde la raíz, sino justamente esconderlos por vía de gritar hacia otro lado; hacia ese supuesto Todo.

Se trata de buscar adentrarnos en la espesura de las generalizaciones más habituales que utilizan, en particular algunos políticos, para referirse a un aspecto de una totalización.

Cuando se habla, y se pontifica, sobre LA Educación o LA Inseguridad, en realidad, se roza cuestiones multicausales que parten de conceptualizaciones previas y superiores, como ser LA Cultura de una nación, o LA Igualdad que, en verdad, aquellos buscan revertir.

Es así que, al hablar de Educación, se debe ser muy preciso sobre en qué fase, desde qué ángulo, bien como cuáles son los aspectos a tratar, críticamente.

Tomar la Educación, como una totalidad, sin abordar previamente las cuestiones culturales inherentes a la comunidad es, por decir lo menos, liviano y pobre.

MHector-Valle-ás aun, cuando ciertos sectores de la sociedad se enfrascan en que se dé “libertad” para que los padres “elijan dónde enviar a sus hijos”, como si la cuestión fuera tan fácil de extrapolar del contexto cultural, diverso en muchos sentidos, en que la cuestión se inscribe. Y no tienen nada mejor que presentar la idea de que se otorguen vouchers a las familias para que ellas mismas “decidan” qué “educación” quieren para sus hijos.

Esto deja en evidencia, con meridiana claridad, el pensamiento economicista que nutre a los que pregonan tales libertades.

Prosigamos.

Aquellos que, permanentemente, buscan dinamitar lo que el Gobierno emprende en aras de una mejora sustantiva en cuestiones sociales centrales, muestran su condición clasista y cavernaria.

Mientras que el gobierno, no pocas veces avanza en tales senderos junto a las fuerzas sociales y sindicales, en una constante relación dialéctica, aquellos no dejan de mostrar cuán mezquina es su búsqueda.

Y es tal su mezquindad, puesto que lejos de propender a la real emancipación del individuo en sociedad, lo quieren como número, como “usuario”, en definitiva, como un medio más para sus propósitos de perpetuación en el poder permanente, ese que está a la sombra del electoral, que para ellos es anecdótico, por ser instrumental a sus fines.

Este modo de huir de lo central: el rol del individuo en su comunidad, es llevado adelante por quienes provienen de la clase dominante, o bien aquellos muchos amanuenses que, como escribiera Étienne de La Boétie, son los pequeños tiranos que siempre van en busca del gran tirano, del “líder” que hiera y destruya como ellos quisieran hacerlo pero no se animan.

Una salvedad: todo estas afirmaciones no conllevan de ninguna manera una validación total y acrítica de lo que en verdad se hace o deja de hacer en materia tanto de Educación como de Inclusión social y, desde luego, el muy vasto e intrincado campo de lo que comúnmente suele denominarse Inseguridad. Las imperfecciones abundan, así como también una decidida profundización en los cambios en curso. Pero es un matiz a discutir, no la cuestión central, que sí viene siendo atendida.

Pero hay cuestiones centrales que deben ser dichas, para una defensa apropiada y democrática de los reales cambios a los que nos vemos ineludiblemente comprometidos.

Por su parte, la oposición, vista desde todos los partidos que la integran y, dentro de estos, con contadas y honrosas excepciones, no deja de mostrar, a veces hasta groseramente, que no es otra cosa que el brazo ejecutor de la clase dominante. Ayudada, no pocas veces, convengamos, por gran parte del oligopolio mediático, en sus variadas ramas y modos.

Se asiste, pues, al virulento accionar de una clase que se sabe está siendo erosionada en sus privilegios y, así, en sus diversos y múltiples canales de validación y rédito.

El lucro es la epifanía de la clase dominante.

Esta se enfrenta feroz, aunque sinuosamente, ante el avance de la Izquierda en el Uruguay, considerando al Frente Amplio, como Partido de Gobierno, a los sindicatos y también a las ONG´s, defensoras de los Derechos Humanos.

Convengamos, abriendo el angular geopolítico, que la clase dominante en el Río de la Plata no tiene “relato”, como suelen decir en la otra orilla. Y si no veamos las afirmaciones nada menos que del Senador argentino Federico Pinedo, de quien nadie pueda sospechar que haga una lectura marxista de la realidad, ni por su persona ni mucho menos por sus ancestros.

El presidente provisional del Senado argentino afirmó recientemente que: «el valor de la derecha es el orden y el valor de la izquierda es la igualdad. Hay momentos en que los países necesitan orden y hay momentos en que son desiguales y necesitan hacer un esfuerzo grande para lograr igualdad”.

A confesión de parte, relevo de pruebas. Por ello, le resulta difícil a la derecha, en todas sus manifestaciones, crear un relato de verdadera igualdad, en la diversidad, sin mellar sus zonas de poder. Por otro lado, hacerlo sería convalidar su caída o, por lo menos, el avenirse a compartirlo, lo que no es imposible, pero resulta difícil de creer.

No tienen discurso, solamente gritos. Y quienes gritan ven cómo la realidad cruda y dura termina por derretir sus máscaras, mostrándose en su impúdica desnudez moral.

“Sacar los soldados a las calles”, o agravar las penas por determinados delitos, son banderas del statu quo, es decir poner en práctica lo que se hiciera a lo largo de muchas décadas: apelar al gatopardismo, realizar cambios cosméticos sin alterar la esencia de la comunidad, luego el usufructo del poder permanente.

El hacerlo, como se viene haciendo desde hace más de dos lustros, aun con todas las salvaguardias y reclamaciones que entendamos del caso presentar – y que tenemos muy en cuenta – va en el camino de una transformación de la matriz societaria y así de nuestra cultura, en donde el objetivo no sea tener, como se decía hace muchos años, “pobres buenos”, o, como se refirieran connotados líderes tradicionales en el pasado, al referirse a la gente común, en sus conversaciones íntimas, calificándolos como “la mersa”, o “la gilada”. No.

Resulta tan grosero y falaz su discurso que no solamente omiten referirse al pasado que los condena como asimismo, en el colmo de la irrealidad llevada a escena, omiten referirse a la globalización mundial, con sus flagelos a cuestas, como asimismo sus tímidas y escasas, pero existentes , posibilidades de inserción, quedando todo, mediática y livianamente, en “(…) la culpa de esta gente que se hizo con el poder”.

Aquí también se inscribe el cambio cultural, mal que les pese a muchos gesticuladores.

El de poder llevar a nuestro país a que logre acuerdos de verdad, luego con ganancias permanentes para el trabajo en el país, y no genuflexiones públicas que posibiliten algunos y mezquinos ascensos personales y de clase, desde nuestra dimensión geográfica y demográfica, pero con una elevado tanto al Derecho Internacional Público como a los Derechos Humanos Fundamentales.

A la Nación, pues, y con su sociedad, se lucha desde la diversidad, con Justicia Social, entendiendo por tal la que vaya en procura de dignificar, gradual pero totalmente, a su ciudadanía.

Ese es, por otro lado, parte del legado de nuestro Padre Fundador, José Gervasio Artigas, plasmado no sólo en el discurso sino en el hacer cotidiano, desde una vida vivida con altura y dignidad, siempre mirando al otro a los ojos, sin pestañear.

En suma, esta reflexión inicial busca advertir sobre el pobre pero pérfido discurso que enfrenta, hasta con violencia verbal, las acciones que se siguen dando, progresivamente, en materia cultural, sea en la Educación, sea en la Inclusión social, sea también en las diversas acciones que se despliegan para atender a la llamada Inseguridad, la que, centralmente, esconde no solamente lacerantes diferencias sociales, como así también al flagelo del narcotráfico y sus ramificaciones.

Y, así, posibilitar cada día un poco más la igualdad de oportunidades para que mujeres y hombres de a pie puedan, ellos también soñar desde un presente alumbrador de posibilidades y dejar de vivir, paulatinamente, pesadillas que los alejan de su derecho a ser personas y así integrantes de la sociedad, en un pie de igualdades, sin amos, ni amanuenses.

Por: Héctor Valle
Historiador y geopolítico uruguayo
Fuente foto: Radio Uruguay | MEC

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