“Mis hijos”: hastiados del odio y la violencia

CINE | El sempiterno y sangriento conflicto árabe-israelí como trasfondo de un drama profundamente humano y de connotaciones de naturaleza ética, es la materia temática que aborda “Mis hijos”, la película testimonial del realizador hebreo Eran Riklis.

Este nuevo largometraje del autor de recordados títulos como “La Novia Siria” (2004), “El Árbol de Lima” (2008), “Una Misión en la Vida” (2010) y “Zaytoun” (2012), propone una nueva mirada sobre la dicotomía histórica, política y religiosa entre los judíos y los palestinos.

A diferencia de la mayoría de las películas que se adentran en el corazón de esta confrontación, que tiene su expresión más violenta en el terreno militar, esta película aborda el no menos urticante tema de las relaciones entre dos comunidades que se disputan y hasta comparten territorios.
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Por supuesto, no se trata de un mero tema espacial sino de la radical colisión entre intereses pero también entre culturas, creencias y costumbres.

Obviamente, uno de los componentes primordiales de este permanente estado de tensión, que ha recorrido la historia sin solución de continuidad, es el visceral odio que ha pautado las relaciones entre ambos pueblos, que originó más de una tragedia colectiva.

Empero, por debajo de esa eclosión de pasiones desenfrenadas subyacen siempre historias de seres mínimos, que se han transformado, a la sazón, en víctimas de drásticas decisiones políticas alimentadas por la exacerbada intolerancia.

En ese contexto, el relato –que comienza a mediados de la década del setenta del siglo pasado- se centra en la peripecia de Eyad (Tawfeek Barhom), un joven palestino nacido en la ciudad israelí Tira que, como tantos otros, parece estar destinado a la frustración.

Hijo de un activista político que opera contra Israel y de una mujer sometida acorde con las leyes del Corán, el protagonista destaca desde niño por su inteligencia.

No obstante, exhibe desde pequeño una suerte de irreprimible rebeldía, cuando, ante la pregunta de su maestro escolar respecto a cuál es la ocupación de su padre, responde elocuentemente: “terrorista”. Aunque el educador lo castiga físicamente para que modifique su discurso, él insiste en que su progenitor es realmente un conspirador.

Su vida cambia radicalmente cuando le es otorgada una beca para proseguir estudios en un prestigioso instituto de Jerusalén, lo cual puede abrirle horizontes impensados en materia de progreso personal e incluso profesional.

Aunque esa circunstancia demandará que se mude y abandone transitoriamente a su familia, todos son conscientes que es una oportunidad imperdible. El problema es que se trata del único joven árabe que se integra a la matrícula del colegio, lo cual deparará previsibles problemas de inserción en el colectivo estudiantil.

Un detalle no menor es su dificultad para pronunciar la lengua oficial, lo cual le genera manifestaciones de rechazo no exentas de ironía por parte de algunos de sus compañeros.

Pese a todo, el joven no claudica en su propósito de integrarse a esa nueva comunidad y hasta se permite la osadía de relacionarse afectivamente con Naomi (Danielle Kitzis) –que es una joven israelí- y de entablar una estrecha amistad con Yonatan (Michael Moshonov), un joven también judío que padece una grave enfermedad que deviene invalidez, a quien transforma en una suerte de hermano de la vida.

Desafiándose a sí mismo con tal de crecer biológica, intelectual y humanamente en una sociedad de compleja inserción, no dudará, incluso, en sacrificar hasta su propia identidad.

Sin abdicar de la construcción de este micromundo atravesado por los sueños, el amor y las pasiones, Eran Riklis imprime a su relato referencias históricas a la devastadora guerra del Líbano y hasta a la conflagración bélica que sacudió al Golfo.
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Esos dos dramáticos conflictos –que ocasionaron miles de muertos, desaparecidos, huérfanos y desplazados- se transformaron en sendos estigmas en la historia de los pueblos.

Narrada en el transcurso de más de veinte años, esta película indaga en el trasfondo más íntimo y humano de una guerra que ha transformado a una región del planeta en una auténtica zona de desastre.

El cineasta israelí rescata el ángulo más conmovedor de esta auténtica encrucijada histórica, sugiriendo que, en algunos casos, es posible la convivencia entre étnicas y religiones tan antagónicamente diferentes.

Dos paradigmáticos ejemplos de esta reflexión lo constituyen la madre israelí que no duda en “adoptar” al joven palestino y hasta el sepelio de un judío que es sepultado según los rituales musulmanes.

“Mis hijos” es una obra sensible y removedora, que brinda testimonio sobre la utopía de paz de dos comunidades que están hastiadas de la violencia.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

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