Por qué soy blanco

¿Qué significa ser blanco? Cuántas veces nos han hecho esa pregunta. A veces con curiosidad y buena intención. Otras veces con la malicia de quién, en realidad, no pregunta, sino que sugiere, con más desdén que elegancia, que se trata de una definición vacía de contenido ideológico, basada apenas en un conjunto de emociones, costumbres y tradiciones.

A 180 años de la creación de la divisa blanca, permítame estimado lector que ofrezca, en actitud casi catártica, mi propia explicación de por qué soy blanco…. orgullosamente blanco…

Anibal E.. paginaEn primer lugar, porque me identifico con todas las batallas, pacíficas o armadas, libradas en nombre de esa divisa desde los albores de nuestra nacionalidad. Desde mi perspectiva… desde mi particular lectura de la historia de la Patria, la verdad estaba en el Cerrito con Oribe y no en la Defensa; estaba en la “Heroica Paysandú” con Leandro Gómez, y no en los imperios que fomentaron la vergonzosa “Triple Alianza” que arrasó al Paraguay y de la cual, por supuesto, la divisa blanca no fue parte. La verdad la tenía Francisco Lavandeira (y no sus asesinos) quien el mismo día de su muerte había escrito su último titular en “La Democracia”: “¡A las urnas!, ¡A las urnas! Un grito de libertad y de civismo que desafiaba a los rufianes que se habían apoderado de la nación. La verdad la tenía Aparicio Saravia, cuya lucha por los derechos civiles y el voto secreto le costó la vida. En fin, leyendo historia me hice blanco y viviendo aprendí el valor de la libertad, principio fundamental sobre el cual se apoyan todos los demás principios.
“Es muy veleidosa la probidad de los hombres…” Ya lo dijo Artigas quién advertía sobre la necesaria “garantía del contrato”. Ese contrato no es otra cosa que la Constitución y las leyes.

No es concebible, entonces, la libertad, sin un Estado de Derecho que la garantice. La de todos y cada uno, sin excepción. De allí la importancia y la vigencia de aquella divisa que nos define como “Defensores de las Leyes”

La Declaración de Principios del Partido Nacional, promueve desde su artículo Primero: “El fortalecimiento y pleno ejercicio de la libertad en todos sus aspectos.” Y agrega: “Se trata de asegurar a todos los individuos la forma adecuada de decidir autónomamente, con libertad plena, la opción de vida que desean seguir. Cada miembro de la comunidad nacional, independientemente de su origen étnico, género o credo, debe tener acceso a una vida digna, acorde a sus valores y creencias, en un contexto de respeto mutuo y adecuación a la norma de derecho.”

¿Qué puedo agregar? Para mí, allí está todo dicho. Después se podrán discutir los programas, los instrumentos, las propuestas políticas que respondan a cada momento determinado de este mundo vertiginosamente cambiante. Lo único innegociable es la libertad y el marco legal (el contrato) que asegure esa libertad.

Aunque a veces discuta y discrepe en asuntos puntuales con algunos compañeros, jamás tiembla mi mano al votar al Partido heredero de aquella gloriosa divisa, porque es una colectividad que no pertenece ni responde a ninguna clase, a ningún interés, a ningún sector de la sociedad. Es policlasista desde su origen.

A pesar del insidioso estereotipo creado por la “cultura” hegemónica que padecemos, el Partido Nacional no es el partido de los ricos, ni tampoco el de los pobres; no es el partido de los empresarios, ni tampoco el de los trabajadores. No fomenta la división de la sociedad en clases o intereses contrapuestos como lo hace el marxismo, el fascismo y el actual populismo, mezcla de ambos.

Por el contrario, creemos en la movilidad social. Y al igual que nuestra Constitución, no reconocemos entre los ciudadanos más diferencias que las que surgen de sus virtudes, méritos o talentos.

Bajo dictaduras, autoritarismos, gobiernos de partido único y otras desgracias, hemos construido nuestra resiliencia y el afán libertario que nos impulsa a defender con uñas y dientes el Estado de Derecho y la Democracia Republicana, por la que lucharon y murieron nuestros mayores.

En definitiva, ser blanco es mi manera de amar a la Patria, esa “comunidad espiritual” como la definía Wilson.

Estamos hablando de uno de los partidos más viejos del mundo que mantiene su vigencia y su vigor. Superado tal vez sólo por el Partido Demócrata de Estados Unidos fundado en 1824 (doce años antes).

En 180 años, el mundo y la civilización, han cambiado más que en toda la historia de la humanidad, aunque ideologías perimidas nos quieran anclar en el pasado. Lo único que no cambia, en mi humilde opinión, es el ansia de libertad y el espíritu garantista que inspiró la divisa blanca con su inscripción “Defensores de las Leyes”. Por eso soy blanco. Por eso.


Por Aníbal Steffen

Columnista del Semanario La Democracia

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