La crisis como sistema

“Dios no murió. Él se transformó en Dinero”. Quien dice esto, plenamente compartible, es uno de los mayores filósofos contemporáneos, el italiano Giorgio Agamben.

No por casualidad esta reflexión, basada en el pensamiento del célebre italiano, es compartida cuando un año fenece y otro busca asomar en el horizonte de nuestras vidas. Pues en estas cuestiones no escapa tampoco la valoración del tiempo, en sus tres básicas divisiones: pasado, presente y futuro.

El   capitalismo es una religión, y la más feroz, implacable e irracional religión que jamás existió, porque no conoce ni redención ni tregua. Ella celebra un culto ininterrumpido cuya liturgia es el trabajo y cuyo objeto es el dinero. Giorgio Agamben.

Es que encontramos que la propia vida parece haberse vuelto trivial, ilusoria o secundaria, frente a los totems que, desde el centro del poder mundial, con los que se nos quiere doblegar, dejando caer rodillas al piso reverenciándoles, lo que es igual a decir que subordinándonos, a la “fatalidad” que los hechos, muchas veces mediáticos, parecen colocarnos.

12 Héctor-Valle-200x230Y es porque se promueve, desde hace lustros, sino decenios, para ser más precisos, mirando hacia lo profundo de la historia de los últimos 40 o 50 años, que la crisis vino para quedarse.

Crisis que se presenta como permanente, al igual que, en otro orden, pero paralelo y surgido del mismo centro que aquella, la guerra permanente en los más recónditos lugares del planeta.

Crisis, además, que según la religión antes apuntada, y común a este mundo globalizado, tiene por “fe” al “crédito”, si nos valemos de la expresión griega de fe, esto es “pistis”, o sea, crédito…

Pareciera que la “gobernabilidad” que se nos induce a aceptar o, para no ser tan elegantes, a “acatar”, pasa más por atender a las cosas, que por las personas en sí mismas las cuales, ni siquiera cuentan como individuos sino como meros “usuarios”.

A su vez, “la” crisis, como sistema de dominación, es un “estado de excepción” a cuyo amparo se plasman las peores políticas que en los hechos nos deshumanizan al punto tal de ponernos en la disyuntiva de ser personas o cosas, meros números de ecuaciones hechas por pocos y en beneficio de un número aun más exiguo de individuos.

Es así, entonces, que desde esa crisis, o sumatoria de crisis: económica, educacional, de seguridad, para destacar las más relevantes, se instalan y pretenden justificar medidas totalitarias a contrapelo de las constituciones, so pretexto de tratarse de “medidas de excepción para salvaguardar intereses vitales”, por ejemplo.

La crisis como sistema, convengamos, termina siendo un instrumento de dominación, totalmente a contrapelo de lo que la democracia participativa pretende ser.
En fin, que hasta que no reconozcamos, y reclamemos, que la cuestión pasa por la determinación soberana de los pueblos, a partir del voto y concurso de sus gentes, no cada cinco años sino cada vez que sea menester, vía otros institutos (referendum, plebiscito), bien como desde la participación activa de organizaciones sociales de la más variada especie, estaremos dando pie a la caterva de políticas impuestas por los tecnócratas que generalmente van en contra de la dignificación de la vida humana y hasta de la diversidad de sus gentes.

Cabe a cada uno de nosotros, como alega Agamben, salir de la supuesta vida “confortable”, por el no-compromiso, la no-asunción de nuestro puesto de lucha ciudadana, de una vida “biológica”, desplegada mayormente en el interior de nuestras casas, a vivir una vida políticamente calificada, comprometida, yendo cada vez que sea preciso a hacer oír nuestra voz y a la vez escuchar la del otro, la del diferente, en la arena de lo público.

Tampoco se trata de vivir nuestra vida sea desde el optimismo, sea desde el pesimismo. La cuestión pasa por determinarnos a ser personas, a luchar por nuestra libertad, desde el marco de respeto que nuestras constituciones establecen con claridad, siempre de cara al otro, al disidente, al desconocido, o sea, vivida en la diversidad para con un modo de ser donde se privilegie la dignidad y la dimensión humana de la existencia dignamente compartida en la diversidad.

En esa lucha tan desigual vendrán a nosotros las sombras de los fetiches impuestos por la religión que busca dominar al mundo y ciertamente va por ello. Resistir y rebelarse a la imposición de tales dioses de barro es, entonces, una actitud de vida. Rebelarse en la acepción que le diera Albert Camus, no dejándonos avasallar por la fuerza bruta y ciega ni tampoco el tentarnos a caer en ella, aunque sea desde la vereda opuesta.

Hay una posición noble aunque desprovista de salvaguardias y es la de caminar a través del descampado y de cara al viento, enfrentando nuestro horizonte, yendo por él, junto a los nuestros. Nada asegura que habremos de vencer, pero lo importante es el caminar erguidos, a pesar del falso dogma y sus oscuros sacerdotes.

Por: Héctor Valle
Historiador y geopolítico uruguayo

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