Uruguay: La cultura
entre dos fuegos
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Benedetti. No es necesario decir todo su nombre para que uno de nosotros, sudamericanos todos, uruguayos en el centro, sepamos no sólo a quién nombramos sino de lo que estamos hablando: de un ser ética e intelectualmente libre y sólido.

 

Tan sólido y pertinente como la cultura que defiende, esa misma cultura que continuamos perdiendo –ahora sí, me refiero puntual y específicamente a los uruguayos- como pierde granos el fruto de la granada, una vez que su membrana protectora, ha sido retirada por los avatares del tiempo y la sinrazón de algunos aldeanos sin moral y, por tanto, sin conciencia.

 

Decir Benedetti es decir, también y muy especialmente –cual fiel representante de la mejor y más crítica historia de la cultura uruguaya- la esencia de un hombre libre y de izquierda, crítico y valeroso que, sin embargo, jamás precisó ni precisa, endilgar etiquetas o incluso colocárselas él mismo para señalar o señalarse como parte de un todo en un horizonte en el que bastaba, y sigue bastando, pese a los descreídos y augustos poseedores de la nada, para definir dónde está lo verdadero y necesario y dónde las heces de lo humano en su sinuoso periplo por las planicies de la cosificación.

 

El asunto está, según creo entrever, en dirimir una cuestión a todas luces central: ¿el gran problema del Uruguay es político o cultural?

 

Hablo del alejamiento de la gente de las esferas de decisión, de la corrupción endémica y creciente, de la apatía de tirios y troyanos a la hora de hacer jugar su responsabilidad social –esa mala conciencia para todo ciudadano que no sale a la arena pública tanto a reclamar sus derechos cuanto a dar plena concreción a sus obligaciones.

 

Hablo también de la duplicidad, esa otra palabra para la esquizofrenia, en hombre públicos y privados en dar un discurso en un sentido y hacer lo contrario toda vez que su bolsillo, y el de sus allegados, lícitos o ilícitos, se encuentra en el horizonte de su poder temporal.

 

Esto viene de lejos, pero de muy lejos. Es un tiempo social que, ciertamente, puede ser medido en algo más de medio siglo. Si no más...

 

Pero que por larga que sea su sombra –sombra que al ingresar en el cono del oprobio, cada vez se extiende más- no nos quita nuestra propia corresponsabilidad en los hechos que, como en las acciones que jamás se producen por desidia o por cálculo menor, nos debe llevar a reflexionar.

 

Pero de lo que se trata, o al menos así lo entiendo yo, es de ingresar en una reflexión que, desde la praxis, lleve consigo, esto es en el presente activo, la buena siembra para que en el mañana, de un porvenir cercano, la cosecha llevada a cabo por nuestras manos o por las de quienes nos sucedan, traigan consigo la fertilidad, en vida buena, por consciente y compartida, para que esta sociedad uruguaya retome, mejorándolo crítica y libremente, un camino de certidumbre en donde, una vez alcanzadas las imprescindibles metas de salud y trabajo para cada hombre y mujer de a pie, incorpore pensamiento crítico al diario vivir y expulse, lo más y más profundo que se pueda, a los eternos aprendices de brujo, esos vectores que, hoy como ayer, un ayer que repito se prolonga por decenios, han sido exponentes, embajadores y ejecutores de la mejor suerte de la clase dominante.

 

Esa clase que, con una base de 2.500 familias, al recordarlo el hoy Senador uruguayo Reinaldo Gargano –hombre que conjugó y conjuga, con claridad y solvencia moral, el pensar con el hacer-, sirven de trampolín a los anillos superiores de su estamento y éste, ayer vestido de diestro y hoy en algunos aspectos, de siniestro, terminan por relegar, una vez más, la mejor y más merecida suerte del pueblo uruguayo todo: su emancipación y crecimiento.

 

 Convengamos que, al hablar de “clase dominante”, me refiero a la que Marx y Engels tan bien definen en su obra “La ideología alemana”.

 

Dicen ellos lo siguiente: “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación.”

 

Y agregan a renglón seguido, este pasaje determinante: “Los individuos que forman la clase dominante tienen también, entre otras cosas, la conciencia de ello y piensan a tono con ello; por eso, en cuanto dominan como clase y en cuanto determinan todo el ámbito de una época histórica, se comprende que lo hagan en toda su extensión, y, por tanto también como pensadores, como productores de ideas, que regulan la producción y distribución de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean por ello mismo, las ideas dominantes de la época.”[i]

 

Es por esto, por ejemplo y dicho esto sin ninguna mala intención o segunda carga, la “tranquilidad” que dio en su momento, y continúa dándole a la clase dominante –que no es, ciertamente, la clase media-media y menos la clase media-baja- quien pasara a ser el principal funcionario de la Economía del país, extremo que al menos hasta que este artículo sale a luz, continúa produciéndose.

 

Porque este ciudadano, digno de nuestro respeto como tal, no era, y no es, sino el fiel exponente, hablo desde su hacer, no desde su pensar y menos desde su decir, que, reitero, respeto, aunque difiera en lectura crítica sobre ambos. Pero que tanto las ideas como los instrumentos empleados, típicos de la economía financiera y seguidores, a veces con mayor y más agudo dogmatismo, que los de quienes le sucedieron en su tarea, lo llevan a ser, por la vía de los hechos, esos tercos exponentes de una línea de acción, vector de la clase dominante del Uruguay.

 

Alo que voy, para mejor aclarar la intención primera de esta reflexión, es que se busca apuntar a algo más vasto y más grave que la acción de operadores puntuales, por más encumbrados que estén en el esquema del poder.

 

De lo que hablo es de una cuestión cultural, de descaecimiento cultural en donde, dictadura mediante, hemos ingresado, lo reitero, en un cono de sombras en el que va ingresando casi acríticamente, todo el país.

 

Visitemos, si no, el pasado reciente, hablo en términos de la “existencia” de una nación, a otro funcionario en iguales tareas y también Senador de la República. Se trata, evidentemente, de dos momentos muy diferentes, en nada comparables pero que, a lo que hace relación con la cultura de un país y de su proceso de caída libre, traerá luz sobre la cuestión que busco plantear.

 

Vea usted, si lo desea, de conseguir el ejemplar del semanario Marcha de Montevideo, en su edición número 1361, de fecha 14 de julio de 1967. ¡Qué fecha! El titular de tapa, en grandes tipos, acompaña una foto que la ocupa casi por completo. El titular dice: “RUPTURA CON EL FONDO MONETARIO”.

 

La foto es del Senador uruguayo Amílcar Vasconcellos quien acababa de asumir como Ministro de Hacienda y en tal carácter haría saber a la población, dos días después, es decir, el 16 del mismo mes, a través de una “cadena nacional” cual iba a ser la idea rectora de su accionar, o sea la del Gobierno, entre la que se encontraba la determinación de no continuar con la vinculación servil y esclavizante, en adjetivos que son de mi cosecha, con el citado organismo internacional.

 

Como la historia lo indica, el Senador Vasconcellos, en noviembre del mismo año, retornó a su banca en el Senado Nacional al haber primado la obsecuencia y la rapacidad como elementos de acción política nacional. Su regreso al principal recinto no fue, no podía serlo desde una humanidad tan crítica como lo fue la suya, el regreso al olvido.

 

Lejos de ello, en la vastedad de silencios oprobiosos dentro de los representantes de su Partido, Vasconcellos fue voz y brazo en la defensa irrestricta, y sin distingos, de las libertades humanas: Contra la tortura, contra el crimen en general, y en particular contra el crimen de Estado, contra la oscuridad que comenzaba a traer una noche sin estrellas sobre el Uruguay de entonces y que aun, en ciertas zonas, continúa.

 

Lo dejaron solo pero sin saber que en él, como en tantos y tantas uruguayos y uruguayas, la ausencia de la claque –esa chusma vocinglera- no significaba soledad, pues solos están quienes reniegan de su conciencia, de su responsabilidad primera: la del otro e intentan mirar hacia el costado cuando la hora parece cantar retirada...

 

El caldo ya estaba cocinándose en la marmita de los aprendices de brujo de todas las horas.[ii]

 

Sigamos.

 

Un año después, casi, compañeros de Partido, pero no de moral y vida proba, del citado hombre público y defensor a ultranza de las libertades -las de todos, las únicas que es posible para un ser humano defender-, producían un editorial oscuro, sórdido, en donde ya estos compañeros -que parecen fueron dos y parece también que luego pasaron por “Caja 2”-, donde se pagan los mandados bien hechos, presagiaban y alentaban horas de dolor.

 

Porque la dictadura fue, recordémoslo CÍVICO-MILITAR, pero cívico al principio, es decir, desde su orquestación en la sombra y planificación de las ideas a verter...

 

Es decir, que hay un largo camino, no para volver a lo pasado sino para que, recordándolo, no caigamos, no hundamos nuestros pies, en el mismo fango y en los mismos hoyos del camino.

 

Benedetti. Dignidad. Acción. Responsabilidad social.

Dice Mario Benedetti, en uno de sus numerosos y fermentales ensayos, lo siguiente: “Muchos de los que hoy, en cualquier lugar del mundo, le dan la espalda a la realidad, abominan del compromiso y reclaman su lógico derecho (opción que, por otra parte, nadie les niega) a la soledad, la magia y los sacrosantos sueños, probablemente olvidan, o acaso no quieren recordar, que en los cuatro puntos cardinales hay hombres y mujeres que asumen riesgos y hasta dan su sangre para hacer viable un mundo en el cual, entre otras cosas, los soñadores mantengan su derecho a soñar.”

 

Lección del Maestro, maestro del Pensar, que lejos de acabar, prosigue, in crescendo, con estas palabras: “Sí, la cultura es un blanco móvil. Siempre hay quienes tienen ganas de pedir, como Truffaut: “Tirez sur le pianiste”. Pero ¿quiénes apuntan en realidad contra la cultura? A las dictaduras militares, demás está decirlo, no les agrada esta palabra inquietante. Tampoco al imperialismo, que desde siempre arropa las represiones. Las oligarquías criollas, en cambio, fueron oportunamente atraídas por la cultura, o por las porciones menos urticantes de la misma, pero eso fue en tiempos de Arcadia que ya no se estilan. Más tarde, cuando la inquietud social empezó a arañar sus cofres, no tuvieron inconveniente en cambiar a Kierkegaard por Clausewitz, y en reclamar a voz en cuello en orden, pero en inglés.”

 

Y luego que nadie se atreva a circunscribir a un pensador de esta magnitud –superior, crítica y dadora de sentido- meramente como “novelista” o “poeta”.

 

Benedetti, ese otro nombre de la conciencia moral, del hacer riguroso pero abierto, da en la diana cuando dice bien que la cuestión está en la cultura y que ésta es, ciertamente, un blanco móvil.

 

Antes de terminar esta pretendida reflexión crítica, citaré un párrafo más de este ensayo superior de nuestro pensador, que lleva por título “La cultura, ese blanco móvil”, inserto en una obra editada por la Universidad de la República del Uruguay, y que contiene una decena de ensayos críticos de Mario Benedetti, producidos en diferentes años y lugares.

 

Dice, pues, inmediatamente lo siguiente -y aquí está, nobleza obliga, el sentido del título de esta nota: “Es como si la cultura estuviera entre dos fuegos. Por un lado, los grandes promotores y beneficiarios de la explotación necesitan de la ignorancia popular; por otro, cuando pese a todo, va naciendo o creciendo una cultura nacional, aquellos mismos intereses fraguan su aplastamiento. Por fortuna, los pueblos van aprendiendo que la cultura es una aliada de su libertad, y que siempre llega un tramo del proceso histórico en que la cultura adquiere, por derecho propio, el sitial que le corresponde en cualquier sociedad. Pase o no por la rebeldía, pase o no por la revolución, un pueblo sólo llega a su plenitud cuando, entre otras necesidades primordiales, conquista el libre ejercicio de sus posibilidades culturales.”

 

¿Qué puedo yo agregar?

 

Para empezar, creo, un silencio activo.

 

Y para terminar esta reflexión, que la tarea fue y sigue siendo la de despertar conciencias, desde la arena pública, codo con codo, semejando a una cadena que, lejos de recordar a la que engrilla y sujeta, quita y envilece, hace que, por la fuerza de sus eslabones, hombres y mujeres activos y responsables actuando codo a codo por la suerte del país, que es la de los suyos, pueda esta cadena vibrar y que de tal vibración, provenga un sonido que semeje en mucho al canto de la libertad, de la igualdad y también, lógicamente, de la fraternidad entre iguales para con el otro, con el diferente.

 

Porque el diferente -que el pensador italiano Paolo Flores D’Arcais nombra como “disidente”-, es, en una sociedad democrática y republicana (a resultas de su existencia fecunda y libre), libre para ser disidente,  y de él, por consiguiente, depende toda la arquitectura del edificio societario.

 

Se trata, entonces, de construir, desde el hoy, un porvenir en el que el otro, el diferente o disidente, pueda convivir en igualdad de derechos y oportunidades, con los otros en libertad y en potencialidad de crecimiento humano y digno.

 

Tal es el destino reservado al Uruguay, nación de hombres y mujeres libres, por mal que les pese a los insectos humanos de todas las horas.

 

Y en este contexto, el universo o firmamento donde alienta y anida tal germen de libertad es, y lo seguirá siendo, el de una cultura crítica, activa, proyectiva, dadora de sentido humano.

 

Tal es la tarea. Tal es nuestra suerte.

 

[i] Marx, Carlos y Engels, Federico, La ideología alemana, editorial Nuestra América, Buenos Aires, año de 2004, pág. 44.

[ii] Valle, Héctor, “La memoria, la historia y el olvido”, Revista La Onda Digital, edición nº 237, de fecha 24/05/2005, cuyo link es el siguiente:
http://www.laondadigital.com/laonda/LaOnda/201-300/237/Recuadro2.htm

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