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Baldomir, un amigo generoso

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Antonio Baldomir

Ayer murió Antonio Baldomir. Cementerio del Norte, panteón de AGADU lleno. La AGADU contrató un nicho alto a donde subieron el féretro mientras los aplausos a él, a sus obras y a su vida no podían resumirse en esos aplausos finales que acompañaron el movimiento del andamio y luego el del cajón entrando al nicho, como si el actor y director hubiese saludado dos veces, al público suficiente para que se hiciera la función, como en un eco en sordina.

Fue la tarde soleada de un día siguiente a la fecha del nacimiento de Federico García Lorca, cuyos versos a nadie, a nadie nadie, ni siquiera a Estela Medina ni a la propia Margarita Xirgu en grabaciones ni a Héctor Alterio en película, entre cientos que oí, a nadie oí decirlos tan perfectos como Toño los decía.

Tampoco he conocido a nadie con un talento tan completo y a la vez autosaboteado como el de Toño, aunque esto suene a mito de crack malogrado que Toño no fue, porque el repertorio, la disciplina, el amor, la amistad y la generosidad pudieron más que el alcoholismo, el tabaquismo y otros suicidios exigentes sin daños a terceros.

Pero de sus obras y de su vida escribí lo que él dijo en un largo relato en la revista Posdata hace más de quince años. Cuando la muerte nos deja solos, sólo podemos escribir de nosotros. Fuimos amigos que disfrutaban al compartir todo su saber artístico (teatro, cine, literatura, música, plástica, muy poquito de fútbol, nada de murga), su sentido exquisito del erotismo, nuestras más coincidencias que matices políticos y no le gustaba (de veraz) que lo llamara maestro. Sufrió más que yo, por su orientación homosexual, la brutalidad del fascismo. Él era un intelectual genérico, de muy personal organicidad. Se identificaba risueño con este tema de Silvio Rodríguez, con quien trabajó en el Chile de Allende:

“Más de una vez.
Más de una vez me han echado a la calle
por reir donde debo estar llorando.
por llorar donde debo estar riendo,
por callar donde debo estar hablando,
por hablar donde debo estar callado,
por hablar en voz baja de la fe,
por hablar en voz alta del amor.

Más de una vez al año hago
algo que no se puede hacer,
pateo una piedra, levanto polvo
que da deseos de toser.
Me lleno entonces de optimismo,
algo solemne quiero hablar,
pero la piedra me cae encima
y nunca puedo terminar.

Más de una vez me han echado a la calle
por no sentir respeto por las flores,
por derramar comida en los manteles,
por darle de mi alcohol a algunos niños,
por desnudar de prisa a mis mujeres.
Más de una vez no tengo diversión:
más de una vez no tengo invitación.

Más de una vez al año hago
algo que no se puede hacer,
pateo una piedra, levanto polvo
que da deseos de toser.
Me lleno entonces de optimismo,
algo solemne quiero hablar,
pero la piedra me cae encima
y nunca puedo terminar.

Más de una vez me han echado a la calle
por correr donde duermen los enfermos,
por fumar en los palcos del teatro,
por hacerle una mueca a mi maestro,
por llevar la cicuta en el bolsillo
desde que iba al colegio con un perro,
desde que me rompían la cabeza
por hablar demasiado del horror,
y decirle asesino a un pescador.

Más de una vez al año hago
algo que no se puede hacer,
pateo una piedra, levanto polvo
que da deseos de toser.
Me lleno entonces de optimismo,
algo solemne quiero hablar,
pero la piedra me cae encima
y nunca puedo terminar.”

Chau, maestro. Gracias por tanto.

 

 

 

Por José Luis González Olascuaga
Periodista y escritor uruguayo
(Blog. La piedra en el charco)

La ONDA digital Nº 864 (Síganos en Twitter y facebook)

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