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“PAISAJE JARDIN” EN LA NOVELA
EL FRACTAL DE JULIA, de Pedro Giudice

“Los paisajes son los espacios percibidos por los seres humanos que los habitan, es decir, no existe paisaje si no existe un observador o habitante del lugar. Estos espacios son percibidos de maneras diferentes de acuerdo a los distintos observadores/as y cómo son percibidos por éstos (plurisensorial). Además son influenciados por las características personales del observador, tales como su género, cultura, nivel educacional, experiencias personales, nivel socioeconómico, etcétera, por lo que se afirma que la percepción no es neutra, si no que está cargada de juicios de valor…” (1)

Sergio Schvarz

En esta novela, Pedro Giudice (Montevideo, 1950) hará un viaje por la tierra de la memoria desde un lugar que posee un paisaje tan especial como las dunas de Valizas, en la costa este uruguaya. Y sucede del mismo modo que en, por ejemplo, El paisaje de Arhneim, de Allan Poe, donde la virtud contemplativa y la creación de belleza es una de las claves que se da en el texto citado para lograr la felicidad, junto a otros elementos como el ejercicio al aire libre, el amor a la mujer y el desprecio de toda ambición. Acaso a esto cabría agregar acá el elemento revolucionario, la mística militante de un comunista uruguayo y su vida azarosa. La niñez, la etapa en que el muchacho será firme defensor de los principios, el joven clandestino, el torturado, el preso y el liberado, con sus manías y sus fobias, el hombre adulto y el hombre viejo, se reúnen en un desdoblamiento al modo fractal (el fractal de Julia, en términos matemáticos, como todos los sistemas dinámicos, tienen su origen al estudiar los problemas de evolución). Esta es la principal característica formal de la novela, su mayor interés desde ese punto de vista. Y este fractal funciona como el método de las “cajas chinas”, aunque aquí

pueden dialogar distintos yoes anteriores y posteriores, en relación con un grupo bastante restringido de personajes secundarios que fueron víctimas de lo que se ha dado en llamar “terrorismo de Estado” a la uruguaya. He aquí su originalidad.

Sobre lo otro, sobre el fondo del asunto, el tema, es otra novela más sobre esa época oscura de nuestro país, la dictadura cívico-militar que se impuso en el país entre 1973-1984, si bien con rasgos propios, que nos da pie para intentar explicar una serie de conductas relacionadas con los comunistas uruguayos, su accionar político y su mística, que tal es el caso del personaje principal de esta novela.

 Explosión de los sentidos.- Primero será el paisaje, visto desde lo alto de un médano. Antes, repararemos en la definición de médano: acumulación de arena en forma de media luna que forma y empuja el viento en la costa (o en el desierto), casi a flor de agua en un lugar donde el mar tiene poco fondo, como es el caso de las dunas que se presentan en este paraje que por momentos, por zonas, parece virgen. “Extendido de punta a punta del horizonte, que desde lo alto se ve interminable, el mar presenta restos de naufragios y batallas. Galeones que muestran sus panzas escoradas, fragatas de las que emergen solo los mástiles, manchas flotantes de brea, velámenes entreverados con restos de maderas, cuerdas y toneles que derivan a su amparo” (pág. 7), y acá nos muestra, con el método fractal en la construcción paisajística del jardín de dunas y mar, la otra construcción, la humana, donde, parafraseando a Giudice podemos decir: que esta novela, después de las batallas dadas y del naufragio, tratará sobre hombres que muestran su cuerpo herido, entreverados con restos de otros cuerpos, miradas y sueños que andan a la deriva. Es un mismo cuerpo, en los distintos momentos de su desarrollo y de su entrar en acción, lo mismo que las ideas, que van desde algunos pequeños descubrimientos hasta la pubertad, y luego se completará, a raíz de su experiencia, la construcción de su ideal humano y político. Porque además, “por todos lados hay señales de muerte y sufrimiento”, y es el pasado que sucederá al mismo tiempo que el presente, por intermedio de sus recuerdos tormentosos, caóticos. Es el pasado en que se entrevera “Sandokán y La legión de superhéroes, el Che con su diario, Peñarol y Mazurkiewicz. Y no sólo lecturas: Rita Pavone, Serrat y Zitarrosa, Laika, la perra astronauta, cuyo cuerpo incorruptible viajará eternamente por el universo” (pág. 8), es decir la época de los sesenta, fermental, década de lucha incansable hacia una toma del poder que significara tocar el cielo con las manos, construir el hombre nuevo y sentar las bases de una sociedad justa, solidaria, creadora. Es decir que el uso paisajístico nos destaca el estado de ánimo del personaje principal, el yo de la narración, aunque se desdoble en sentido de fractal, pero también puede verse, desde el recuerdo, como una fragmentación del yo. De todos modos, la propia estructura de la novela hace que el planteamiento sea, también, fraccionado, disponiendo informaciones sobre cada etapa del desarrollo del personaje. El método fractal queda explicado así: “cerca, el muchacho espera para enredar las curvas de su propia historia, que se mezclará con otras hasta formar una figura reconocible, idéntica a todas las pequeñas pero mayor, y así se juntará más veces, crecerá el dibujo y pasará a una escala grande y enmarañada. Sin embargo, esa curva, nacida de una función matemática muy simple, es única y es la misma en el pequeñuelo y en el moribundo” (pág. 55).

Y este es un viaje por el tiempo de la memoria, porque todo está en el recuerdo. Cada dolor, cada herida abierta, cada sueño trunco, cada aislamiento, cada muerte. Se aferrará al recuerdo, sin saber del todo si ha valido la pena, sabiendo que en muchas cosas el futuro ha resuelto y disuelto sus conceptos, algunos, los esquemáticos, los dogmáticos, los esclerosados. “El arte no reproduce lo visible, sino que crea visibilidad”, aquí nos lo dice, visibiliza el médano, la duna desde la cual hablará y nos hablará sobre un tiempo, inasible, principalmente el tiempo de encierro, la cárcel en el Penal de Libertad, y la manera de ir tejiendo recuerdos para seguir dentro de la vida, dentro del mundo. Es allí, quizá, donde elabora todo esto que estamos leyendo. No lo que dice, porque hasta que no fue liberado, no podía saberlo, o haberlo escrito, y se prolonga incluso unos años más, pero el concepto, la idea fractal, para llamarla de ese modo, nació allí. Y hay una mezcla de lo antiguo y lo menos antiguo pero ya pretérito, premoderno. Y mezclará la consigna y el estereotipo, ilustrativos. “De todos lados surgen voces retumbantes que se agolpan”, piden permiso para hablar, contraponen los puntos de vista, se distancian de algunas creencias que en cierto momento fueron pilar. Y este primer capítulo (El médano), es como la introducción a algo, la presentación; es decir, si esto es la presentación de lo que vamos a leer, ya tenemos todos los ingredientes, el pasado de un hombre, sus pensamientos de muchacho, el presente de su madurez, y la vejez, al ir reflexionando sobre su propio pasado con él mismo y en contacto con su hija, que le muestra otra visión de las cosas y en las que su explicación muestra algunas cosas que antes no habían estado, y que hoy significan más que ayer. El presente, también, es pasado. El fractal, entonces, serían los pliegues del tiempo.

El paisajismo al que hacemos referencia muestra visiones como la de este barco hundido: “El Don Guillermo, majestuoso en su soledad, alardea de las chapas oxidadas con una sinfonía de marrones y ocres, verdines y naranjas. Apenas escorado, a caballo entre las olas espumosas y la arena seca, da la impresión de que una fuerza superior lo hubiera depositado allí como una delicada señal de su poderío” (pág. 46). Es la soledad, oxidada. O bien este otro párrafo: “las nubes se muestran tenues en el cielo, como una veladura. Frente a nosotros la luna, blanca sobre el agua de arroz del cielo, rueda sobre la línea de un médano que se recorta contra el horizonte. A nuestras espaldas el sol, que todavía no ha salido, se deja presentir en la luminosidad creciente y en un cierto aire fresco que se levanta desde la playa” (pág. 87), donde la imagen compone, como un cuadro, el estado de ánimo (lo que podemos llamar “relación espejo”, puesto que lo que sucede en la naturaleza también impacta en y describe la naturaleza humana). Y aquí hay una suavidad, una paleta en tonos tenues, “spleen”, cierto dejarse ir, abandonarse. O este instante del atardecer, plácido: “la arena de la playa cambia de color en cada instante: ha pasado del blanquecino al crema, ya casi está ocre y en algunas partes toma matices verdosos por contraste con la luz del atardecer, cada vez más anaranjada. Ahora sí el sol se está poniendo” (pág. 140). Y la correspondencia entre paisaje y alma: “El cielo, nublado, pone un manto de sosiego y dejadez en todos nosotros”.

Cada capítulo, que podría funcionar como relato independiente unido por los mismos personajes, se aboca a un periodo determinado; cada comienzo de capítulo evoca el estado de ánimo del personaje por medio de la descripción del paisaje que, a pesar de ser casi siempre el mismo (dunas y mar), cambia incesantemente por obra del clima. Pero en sí es lineal el desarrollo del personaje, lo veremos niño en la quinta del abuelo italiano, luego muchacho que nace a la lucha estudiantil de la mano de una organización política juvenil, poco después surgirá el primer amor. Luego su compromiso revolucionario y la militancia clandestina. La casi certeza de que no podrá evadir la detención, la tortura y la cárcel. Y luego lo que sucede después, el no asimilarse del todo a la sociedad, rememorar viejos fantasmas o sentir nostalgia de otras personas (o de las personas de antes, de antes del tiempo de la dictadura), el haber perdido la juventud y con ella alguno de los mejores sueños. El lector va del desconcierto al concierto, hay elementos comunes —objetos—, repetidos, que forman y conforman la niñez (el ruido del mar, la arena, una pelota, ciertas lecturas de revistas), pero no hay una historia propiamente, a menos que esa historia sea el rememorar del pasado y el discurrir del tiempo. Todo esto se expresa así: “El niño cuenta, el jubilado busca en los arrugados pliegues de su memoria, yo disfruto” (pág. 12). A esos tres se le agregará “un hombre rapado a cero y con piel blanquecina… (con) un mameluco que luce en pecho y espalda, un rectángulo de color y un número mal cosido: 711” (será “el siete once”). Es el preso político que recuerda cuando recordaba en la celda lo que ahora recuerda en estas páginas. “A veces en la celda, me tiro en la cucheta y trato de recordar detalles. Detalles de todo. Me gusta mucho volver a la infancia y a la casa con su quinta” (pág. 12-13), porque en definitiva es volver a algo que le trae alegrías y retazos de ciertos hechos heroicos y, también, alguno triste como la muerte del propio abuelo. Porque, después de todo, ¿qué otra cosa puede tener un preso en la soledad de su encierro sino un puñado de recuerdos y una ilusión no del todo rota?, y por esto también la novela es un inventario de cosas, hechos y personas del pasado. Y cada uno con su propia voz, es decir que el niño cuenta del modo a como cuentan los niños, con su vocabulario y sus expresiones, de forma atropellada, hasta llegar a los convencimientos propios que se dan cuando aprendemos a intuir en “…el desconocimiento del otro, que siempre aterra”, aunque en realidad nos aterren nuestros propios pensamientos, nuestros propios juicios de valor, carentes de objetividad y perspectiva. Y en la región del pasado, “ya todos aquellos días son el mismo”. El de estar encerrado dentro de sí mismo como consecuencia de estar preso en una celda.

Luego vendrán a “hacer duna”, a sentarse y contar sus experiencias, Pablo, Inés, el Pichi; o andará por el barrio, empezando siempre con una descripción del paisaje-territorio, ubicado en el discurrir de sus pensamientos-recuerdos, alternando sus yoes. Y el Valicero, será único testigo externo. Habrá dureza y habrá ternura; habrá anécdota y habrá discurso. Al ir pasando por las distintas etapas de la militancia, los enfrentamientos en manifestaciones con los “milicos”, las luchas estudiantiles, la primera experiencia política en la Unión de Juventudes Comunistas (UJC), los gases lacrimógenos y las huidas de las redadas, le hacen endurecer sus propios conceptos, afirmarse a ellos como los únicos válidos, fiel y balanza de su vida.

La parte donde habla de la niñez es apenas un recorrido infantil, estereotipado, sin novedades, sin sorpresa. “Contenta (su amor infantil) desde esa sonrisa que todavía recuerdo gracias a aquella foto que hace poco le mostré a mi hija como para decirle que también sus padres tenían amores en la escuela. Mi hija lo agradeció sin decirlo. Por un rato fuimos cómplices, compinches, dos iguales secretando cosas como si el tiempo se hubiera disuelto y ambos fuéramos escolares” (pág. 31), porque parece que, en definitiva, todos tuvimos algún amor, real o inventado, durante la escuela. Si acaso deberíamos rescatar la disolución del tiempo como concepto para el rearmado de la historia de un militante, desde una niñez sin demasiados problemas. La realidad, sin embargo, no puede ocultarse: “Hace poco me encontré con su hermana, hacía más de quince años que no la veía. Me dijo que Carmen (su amor infantil) había muerto”. Y Pablo, que por una polio, quedó rengueando de una pierna, su amigo, se convertirá en un fantasma. Y de pronto ya es el exilio, la tristeza del exilio, el dolor seco, agrietado, la imposibilidad del amor, la fractura, el eterno añorar “la familia, el barrio, a los compañeros, a la dignidad que cree perdida” por tener que exiliarse, y ese exilio sentido casi como una cobardía (pero quizá no había otra opción, la vida clandestina no es fácil de llevar y además los militantes no estaban “formados” para ello al momento del golpe de estado, más allá de algunas lecturas. Luego la reorganización tras la detención de la segunda dirección clandestina, fijó otro modo de relacionarse y de compartimentar para no ser detectados, método que con pequeños ajustes mostró su eficacia). Y para significar la tortura, porque el autor no describe los distintos métodos de tortura (ya bastante se ha dicho sobre el tema), hace un quiebre del lenguaje, una regresión infantil: “casi te agua dinga almendro” (y una asociación de ideas me llevó hasta Cortázar y 62, Modelo para armar e incluso a El libro de Manuel), y ahora es María, amiga de la infancia, que piensa en Pablo, preso y torturado. De ahí el dolor, no el dolor del preso, sino de ella que se ha salvado, con una salvación que también es mortificación, sentida casi como una claudicación.

“Yo me les acerco, contento de que Mario esté allí. Cuando volvieron del exilio retomamos la amistad como si el tiempo no hubiera pasado. No con todos los amigos me pasó lo mismo” (pág. 39), porque allí está lo otro, que permanece debajo de la superficie de la novela todo el tiempo, la traición. Porque sólo con los limpios de espíritu, que sufrieron todo el dolor, el físico y el espiritual, pero que fueron capaces de mantenerse fiel a una idea, por más errada incluso que la podamos considerar, podemos tener una verdadera amistad. Hubo otros que cayeron en el combate desigual entre un torturador y un torturado; hubo quienes aún permanecen desaparecidos, en el limbo entre el cielo y la tierra. Y debajo de esa amistad están, por ausencia, los que no aguantaron, los que dieron un soplo, los que traicionaron. Hubo también los que se fueron al mazo, por miedo o cobardía (¿o por un hecho desesperado para permanecer con vida?).

“Todo lo que esté por encima de la sobrevivencia es condición de alegría”.- “Acababan de idear un lenguaje con los pies, que era la única parte del cuerpo que se veían por el resquicio de la venda, entre la nariz y los pómulos… Los guardias pensarían que pataleaban para sacarse el frío. Ellos solo debían cuidar de no darse información indiscreta: acababan de conocerse y todo era motivo de sospecha en esas circunstancias. No sabían dónde los interrogaron ni en qué cuartel estaban. Habían sobrevivido. La vida otra vez comenzaba. Tenían motivos para estar contentos” (pág. 40-41), y cómo la alegría puede ser tan pequeña pero y sin embargo única: la vida, a pesar de todo. Habrán de ser dichas claras referencias a la vida en el cuartel, y sobre todo un nuevo aprendizaje, esta vez de los hombres, y de los delincuentes, porque el personaje se da cuenta que “tiene mucho que aprender de estos bandidos, tan acostumbrados a burlar policías y vigilancias. Con el tiempo verá que de ellos también se puede aprender otras cosas”. Y claro pensará en Marcos Ana, ese eterno preso español, republicano, poeta, que sobrevivió a veintitrés años de prisión, cuyo recuerdo (y el recuerdo de su venida a Montevideo en 1963) es el triunfo del compromiso y la firmeza ante la muerte (remitiré al lector a las páginas 50, 51 y 52 del libro para que aprecie la emoción que transmite el autor al relatar la anécdota de Marcos Ana y la prostituta). Y pensará en que claro, “debo confesar que siempre me tira más la juventud y, por lo tanto, prefiero vérmelas con los que fui y no con lo que seré”, de la misma manera en que dirá que “estuve leyendo mucha literatura de compañeros que enfrentaron y resistieron la tortura” y cómo eso, en el momento preciso, sirvió de muy poco. (Además, no hay literatura sobre los que no resistieron, ni un poquito ni mucho, por lo que no hay sobre qué comparar. La verdad es que no estuvieron preparados. Unos aguantaron, unos todo, otros pocos y algunos menos nada.) “Los ejemplos de heroísmo eran formativos”, buscaban convencer en la fuerza que daba mantener los principios, en la fuerza moral para combatir al dolor.

El muchacho de los principios, que usa una camisa sicodélica con arabescos dibujos que son, a su vez, un fractal de Julia, opera desde la transición entre la niñez y la adolescencia. El paso se da en las reuniones liceales y gremiales que hablan de política y de amor a primera vista, y el tomar las cosas por su propia cuenta y riesgo, el arriesgar, es lo que le hace madurar y crecer. El discurso político, expresado en discusiones y en la lectura de materiales partidarios, se vuelve esquemático, panfletario (aunque a veces tenga razón: “¿cómo podrá creerse en ningún beneficio, en ninguna alianza para el progreso con el imperialismo, bajo qué juramento, si bajo su santa protección, sus matanzas, sus persecuciones, aún viven los indígenas del sur del continente, como los de la Patagonia, en toldos, como vivían sus antepasados a la venida de los descubridores, casi quinientos años atrás?”, (pág. 59); o “¿cómo podrán creer, estos ignorados, en ningún beneficio que venga de tan sangrientas manos. Tribus enteras que aún viven desnudas; otras que se las supone antropófagas; otras que se las destierra, es decir, se las echa de sus tierras, se las empuja hasta volcarlas en los bosques o en las montañas o en las profundidades de los llanos en donde no llega ni el menor átomo de cultura, de luz, de pan, ni de nada”, frases completas que suenan a Galeano, por cierto (pág. 60) ). Ese discurso es parte de los principios que mantienen vivo al muchacho, y sobre el que volverá una y otra vez, porque la experiencia sufrida le ha dado otra visión sobre algunos de esos conceptos ideológicos. Parte central de ese adoctrinamiento son los libros del Ché Guevara (como los Diarios) y las citas ineludibles, pero también comprobar que “es importante que un revolucionario sepa dar la vida en un minuto, pero más importante es que ofrezca todos los minutos de su vida”, contraponiendo, de alguna manera, aquello de los imprescindibles de Brecht.

Y en medio de ese aprendizaje, político, ideológico, revolucionario, llegará el primer amor. El escenario es el de los campamentos de muchachos, la reunión en torno a la fogata, unas guitarras, una estrella fugaz y un deseo. Luego el beso, la mano que encuentra contornos y los dibuja. Y la letanía desde la distancia en que es recordado todo aquello: “la estrella fugaz, habiendo cumplido su labor, hace tiempo que se disolvió”. Y entramos nuevamente en la disolución, y ya nada es lo que era, y lo que era ya fue. Es, ya lo hemos dicho, la disolución del tiempo.

Giudice abundará, una vez más, sobre la forma de ver las cosas de esta novela: “…las cosas que vemos: A mí me las distorsiona el recuerdo, a él (al Siete Once recién salido de prisión), la imaginación”. Y además pone énfasis en Roberto, que era un ladrón común pero de inteligencia despierta que colabora, cuando le llega el momento, con la resistencia contra la dictadura, en su caso con métodos para burlar la policía y sus diferentes experiencias en torno al tema. Incluso nos lo muestra en acción. Y ya que estamos en la acción, nos contará una experiencia de un encuentro clandestino, mientras la ciudad es una enorme máquina en la que los peligros de ser detenido se multiplican. Es invierno: “me arrebujo en el abrigo y cruzo mejor la bufanda sobre el pecho. A lo lejos dos sirenas encontradas cuajan el silencio de la noche: una se hunde hacia mi derecha; la otra, en sentido contrario. Dejan establecido quién manda aquí” (pág. 74), y también “…recién había vuelto a Montevideo después de estar escondido unos meses y me parecía que me seguían de todos lados. Además, que te busque el ejército no es lo mismo; con la policía estamos más acostumbrados, ¿no? Igual te pueden detener, fajar y meterte para adentro, pero no tienen la misma saña” (pág. 74-75), ya sabemos que esa manera cruel de tratar a los presos políticos fue la constante del régimen militar (y bastaría mostrar como ejemplo la experiencia límite de Jaime Pérez (2)). “Britos conduce la conversación y determina el itinerario, como gusta llamarle, a esos recorridos que, con antelación, planifica basado en criterios de seguridad. Mario se defiende como puede, nadie le enseñó nada, aprendió lo poco que sabe con las caídas de otros o estudiado el libro La Orquesta Roja o vaya a saber uno cómo, porque pasión y voluntad no le faltaron nunca”. Como el muchacho de los principios. “Está muy bien que se cuide, me siento a gusto protegido por él, pienso. Y también pienso que si nos agarran al doblar la esquina creeremos estar preparados para resistir la tortura por haber leído a Fucik, por haber visto Roma, ciudad abierta o por nuestra ideología (pág. 75), donde vuelve con el tema, que es el miedo a la tortura y la poca o nula preparación concreta sobre cómo soportar la tortura (si es verdad que existe algún método para ello). Es el año 1976, porque en la narración se cuelan algunos datos (como el año en que Defensor salió campeón de fútbol, o las Olimpíadas de Montreal). “Las noches son feas, pero por lo demás, está bueno, es bastante seguro y yo ya estoy acostumbrado a entrar y salir. No es como los primeros tiempos en que todo me asustaba. Además, ya llevo un año y pico clandestino; dicen que el promedio antes de caer son dos años. Ojalá que por lo menos María pueda zafar” (pág. 78), y esa casi certeza que no habrá nada que le haga impedir su detención, como si fuera sólo una cuestión de tiempo. “Quiero darle un abrazo, pero se separa; no quiere llamar la atención, aunque en este caso no haya nadie cerca, y ni siquiera lejos. Ya casi estamos por separarnos cuando me pregunta si a mí me parecería mal que llegado el caso se asilara en la Embajada de México. Le digo  que no…” (pág. 79), porque llegado el momento, si bien en algunas circunstancias especiales se autorizó por las autoridades partidarias el exilio como forma de preservar a ciertos militantes (por sus responsabilidades o bien porque ya estaban demasiado “jugados”), a cierta altura hubo mayor flexibilidad a la vez que se reorganizó el modo de acción en base a la clandestinidad.

La rutina de la cárcel (del Penal de Libertad) está pautada por las comidas, alguna carta cada tanto, y el recreo. Desde la ventana de la celda, que es el único lugar de interés de la misma, el Siete Once puede ver algo, tiene suerte: “el campo es uno y muchos. Mirado desde la altura de esta construcción tan discordante en medio de la llanura, parece una alfombra extendida. Más allá, la distancia y la reverberación del aire difuminan todo para aliviar el encuentro con el cielo que, ya sin sol, ofrece un contrapunto con la pradera al lucir variados celestes cruzados de pinceladas rosadas y fucsias” (por eso el paisaje es tan fundamental en esta novela, le da la libertad al poder mirar más allá, encontrar en el horizonte la lejanía de una mirada que antes fue cercenada por la poca visibilidad de la ventana. En este caso, además, hay mucho color, que contrastará con el gris del penal). “El también, como el campo, aguardará a que el planeta dé una parsimoniosa vuelta carnero para que el sol nuevamente aparezca. Esa salida de sol no la verá, como los compañeros del otro lado no vieron esta puesta majestuosa” (pág. 83). Después de todo, lo que nos pasa también le pasa a otros, Giudice dirá, a modo de duda, de pregunta, “…realmente será que nosotros confundimos las épocas o todas las épocas siempre están en nosotros”, porque entonces nuestro sufrimiento ha dejado de ser personal.

Sobrevivir, a veces, parece otra forma de morir, sobre todo al tener conocimiento por sobre lo que habrán pasado los otros: “Cuando Inés cayó tenía veintiún años y su pequeño no había cumplido dos. Quise venir a esta playa porque siempre imaginé que Inés en su delirio rondaba una playa similar. Pablo, que murió poco antes, no llegó a verla así: sentada siempre en la misma silla, sin dejar de murmurar cosas sobre un lugar oscuro que investiga con los pies. Pobre Inés, siempre con ese balbuceo perpetuo, indescifrable, tanteando el piso con los pies. Con el tiempo llegué a convencerme de que ella no quiere salir de ese lugar. La tortura puede haber influido, pero la pérdida del pequeño fue lo que la derrumbó” (pág. 90), y ese derrumbamiento la llevará a la locura, expresada en el discurso que se vuelve otra vez repetitivo, obsesivo: allí estarán, entremezclados, el hijo, los escalones y la baranda, el hormigón y la sospecha del tufo a encierro, el olor a humedad, la oscuridad y un resplandor de luz.

Elogio de la crueldad.- El Tierno, que es otro de los personajes circunstanciales en la vida penitenciaria, segregado de sus propios compañeros políticos por desavenencias ideológicas, aislado, solitario, dice “para mí la felicidad está en la lucha y en la lucha están los compañeros”, a pesar de que, entonces, también a esto —a las diferencias con sus camaradas— se debe sobreponer. Pero también esto es una lección aprendida, ya que con el apoyo de los compañeros se puede ser feliz. Aparecerán, y son como remedo de la felicidad, personajes de eventos infantiles: Peter Pan, Capitán Garfio, El Principito, etc., que por el simbolismo de inocencia aquí se lo muestran casi culpables. Garfio también tiene compañeros, que son los del combate, piratas como él, aunque después lo puedan traicionar. Además, también tienen su dolor, porque para Garfio eso es el hijo que perdió en la isla desconocida; la rosa en El Principito, algo menos la campanita de Peter Pan. Y esa verdad incómoda: “los enemigos también tienen compañeros”, aunque sean de signo contrario: nosotros los trataremos de cómplices. Hay entonces una referencia muy clara a La Montaña Mágica, de Thomas Mann, y eso me ha puesto a pensar en que el autor, tal vez haya querido decirnos que el periodo de la cárcel, con sus tormentos y tormentas, ha tenido algo de ese aura casi místico que había en aquellos establecimientos de cura. No sé si después de la cárcel uno puede salir mejor, mejor del convencimiento, como si el haber superado esa tremenda prueba pueda hacer crecer moralmente a  una persona. Unos se quebraron y quedaron rotos; otros quizá se sobrepongan a todo el dolor y puedan trascender el mismo. Pero aquí el autor verá, en el duelo entre Settembrini y Naphta (el defensor de las ideas luminosas del progreso, y el jesuita fanático de las ideas de la conservación, respectivamente), una especie de paralelismo: “en el sanatorio se tenían en cuenta las divisiones del tiempo, se observaba el calendario, la sucesión de los días, su repetición aparente pero contar el tiempo allí, era cosa de principiantes y de los que estaban de paso; los veteranos prescindían de toda medida; es la eternidad imperceptible, el día que siempre es el mismo” (pág. 102-103), igual que en la cárcel. Para hacer frente al no tiempo, queda el refugio del trabajo manual y sobre todo la lectura de los libros en el penal: “…cuando uno ve a un contrincante lúcido llevar una argumentación a los extremos siente que debe reconocerle el derecho a la  consideración” (pág. 104), por allí también se debe aprender. “Cuando nos conviene se encuentran muy fácilmente las justificaciones para poner en práctica todo eso que nos parecía inadmisible”, por ejemplo: “hacer una revolución implica violencia, crueldades, matar o morir, matar por las dudas antes que arriesgar”. Y además: “hay veces que se es cruel porque sí”, expresión que asombra un poco porque el mismo autor fue preso y torturado, y de ese modo parece justificar la tortura como método “refinado” de la crueldad. “Rebajando los principios terminamos como el veterano que mueve los piolines, que cree que se las sabe todas y se da el lujo de explotar a la gente en su empresa. Después nos convoca, arrepentido, para que le saquemos brillo a su barniz izquierdoso” (pág. 108), y acá hay cierta y oportuna crítica hacia los oportunistas y a quienes se han ido transformando en la otra clase, en los hechos o en el pensamiento. Por eso hay que seguir hasta el fin los principios aunque nos lleven a la tumba, parece decirnos Giudice, aunque se pierda batalla tras batalla pero no la guerra.

El tiempo narrativo se divide, también, en lo sucedido “antes de caer” y todo lo subsiguiente. Las diferencias entre el mundo de antes y de ahora están presentes, es la generación “puente” tecnológica, a la que la cárcel le cercenó el principio de ese cambio y sólo se lo mostró ya realizado, y al que no le queda otra opción que volver al pasado. “Cuanto da para pensar en imaginar una calle cualquiera”, porque desde la prisión, una calle, su movimiento cotidiano, los personajes del barrio, son toda una novedad, la novedad de la vida, andando.

Al violar las normas elementales de seguridad, incluso sospechando (por ciertos elementos) cae el Pichi (que parecerá llevar siempre su colchón atado a su figura, como si fuera la casa de un caracol errante). Esas medidas se habían instaurado para evadir el control policial y militar, sobre todo después de la primera oleada de detenciones bajo el Plan Morgan contra el Partido Comunista, porque el partido estaba concebido para un funcionamiento legal, y tenía que readecuarse al funcionamiento clandestino, compartimentando la información (esas nuevas premisas o normas de seguridad, corregidas y ajustadas, fueron las que mantuvieron activo al PCU dentro del país). Y sin embargo hubo muchos casos en los que una violación parcial o total de esas normas mínimas de chequeo y control tuvo consecuencias no sólo personales sino también a parte de la organización. Como ejemplo el acto reflejo: “Roberto, astuto como siempre, no deja de observar que el muchacho, cada vez que se agacha a juntar algo, como al descuido, pega una vichadita alrededor para ver si lo siguen. No es que tema que allí lo vayan a seguir, es un recurso aprendido con el que alguna información siempre consigue. No pierde oportunidad de recabar datos mínimos de lo que pasa aquí arriba o detrás de ellos, o en la barca que, aún lejos, se acerca a la costa. Para él todo puede ser decisivo llegado un cierto momento” (pág. 149).

Es acá cuando vemos que nos está contando toda la vida de un militante, “los primeros tiempos no me fueron fáciles. Fue como nacer a otra vida siendo adulto. Sentía que había perdido las raíces o que, si las tenía, estaban en el aire. Los viejos amigos vivían en el exilio, alguno todavía estaba clandestino; los que me habían acompañado los últimos años seguían presos o vaya a saber dónde. No tenía mujer ni trabajo; vivía de prestado. Esos primeros días fueron duros. La libertad resultaba muy grande, me aturdía” (El 15 de mayo pasado fue la inauguración del monumento Espacio Memorial sobre el Penal de “Libertad”, construida por la organización de ex presos políticos Crysol. Allí estuvieron detenidos 2872 presos políticos tratados en las peores condiciones y sus familiares tuvieron que soportar registros abusivos con tal de ver al que estaba detenido, por lo que realmente ese penal significó el colmo de la indignidad. La ministra de Educación y Cultura, Julia Muñoz, dijo en la ocasión (entre otros conceptos): “Aquí no hubo guerra, sino mujeres y hombres desarmados que fueron perseguidos con crueldad, prepotencia y saña por luchar por sus ideas”, y además, “las amenazas del retorno del racismo, la xenofobia, los fundamentalismos e integrismos y la intolerancia siempre están al acecho, y no hay otro antídoto que la memoria y una firme convicción puesta en el valor superior de los derechos humanos como un sagrado intangible para evitar su concreción”).

“Cuando empecé a trabajar, las cosas se me ordenaron poco a poco”, el hacer algo, el ponerse en actividad lo hace integrar al mundo. Pero luego va a Valizas “por quince días y me quedé tres meses. Volví a Montevideo, arreglé unas pocas cosas y me fui a instalar allá definitivamente”. Y claro ese otro mundo, tendrá sus descubrimientos, como el contar de las sensaciones (alucinación auditiva) que tuvo el Valicero al fumar marihuana: “…al principio, escuchó una especie de silbido, y que no le dio bolilla. Que la segunda vez que lo oyó, paró la oreja sin decir nada. Podía ser una víbora y eso traerías varias complicaciones; tratar de encontrarla no iba a ser fácil. Primero tendría que correr la cama, sacar todo lo que estaba abajo, tal vez hurgar en cada agujero del colchón de lana, sin hablar de lo que me iba a costar calmar los chillidos de Ángeles. —Cuando lo oí por tercera vez y no logré saber qué era ni de dónde venía, —continúa—, dejé la punta en la repisa y me paré. Pensé que a lo mejor había imaginado esos ruidos, porque mi equilibrio también fallaba un poco: me iba para atrás y, cómicamente, sólo atinaba a levantar un poco los pies, por lo que quedaba parado en los talones con el cuerpo hecho una tabla y esa sensación de irme de nuca” (pág. 132). Y tras cartón de la anécdota en sí, si el fumar marihuana no es un acto contrarrevolucionario, ¡por el vicio y los prejuicios, después de tanta agua bajo el puente! “¿Estas cuestiones son de principios principios o depende un poco de las circunstancias?”, se preguntará el narrador, al igual que sorbe la anécdota de Marcos Ana y la prostituta. Sacará a relucir la escena central que se cuenta en Bola de sebo (de Maupassant), y la conclusión: “A los burgueses, a los nobles y al clero mismo no les importa la patria ni la moral ni nada más que ellos mismos”, y a veces nos olvidamos de esto, que es bastante elemental. La perfección no existe: “…un revolucionario no debería tener vicios… sin embargo… el Ché fumaba sus buenos habanos. Lo mejor sería no tener ningún vicio, aun no siendo un militante, pero no se puede ver todo como cosa de principios. Los principios son muy pocos” (pág. 139). Pero son, y están ahí. Y se deben defender siempre, bajo toda circunstancia.

Pedro Giudice

El viejo Fete, que ya estaba allí desde antes, también tiene un pasado, en este caso de polizonte, “…nació en Ceuta, una ciudad española de Marruecos en el estrecho de Gibraltar” y entonces se contará su historia, pero después aparecerá el verdadero Fete, venido del mar, y contará su historia de otra manera, por lo que nos quedaremos con las dos versiones, o con el mínimo común denominador de las dos, que es el haber sido polizonte (todos podemos ser valientes al menos un vez). Pero como todo contador es mentiroso, o exagera sus puntos. Y lo otro principal que resalta en el relato, es el “mucha hambre” que se pasaba en ese tiempo, y eso como excusa para tentar la América.

Esto nos llevará al heroísmo como virtud, en la figura de otro personaje que surge en la novela, Manuel. Este Manuel es el que mató a Dan Mitrione: Manuel “estaba bastante mal, como reconcentrado, medio ido. Me llevé la mano al bigote para saludarlo y él hizo un esfuerzo, emergió de muy abajo y sonrió con cara buena. Los milicos le hacen la vida insoportable, le golpean la puerta de noche, lo amenazan, no lo dejan dormir nunca; lo han enloquecido de a poco”. Y sin embargo, contra todo el horror, “el hombre en esencia es bueno”, concluirá el Siete Once mediante sus experiencias carceleras. [La mirada: porque hay algo especial, que diferencia al que estuvo preso del que no, “entre todos los muchachos que le sonreían un poco estúpidamente a la cámara, había uno que miraba a lo lejos”.] “Durante un buen tiempo se despertaba dos o tres veces en la noche, aterrorizado, y tenían que levantarse a contenerlo. Dice Jordi que caminaba de un lado a otro de la habitación sin llegar a las paredes, que solo daba cuatro pasitos de ida y vuelta como si la celda todavía lo limitara” (pág. 155).

Es así como va armando el rompecabezas de una vida, nació en tal lado, hizo esto y aquello y por eso le pasó lo que le pasó. Pero no sólo de la historia de un militante, sino de toda una generación que se volcó a la lucha, porque las condicionantes socioeconómicas y políticas fueron proclives a ello, tanto a nivel nacional como en el marco más general de América Latina con la Cuba de Fidel Castro y el Ché, y el telón binario de la guerra fría. Y también sabemos que hay vida que aterrizan de pronto y cuando queremos ver ya se fueron, porque “la vida es larga y tiene más vueltas que una oreja”. “Se sufre más si se sabe que hay un bien y un mal, porque sin querer, no duele”. O “el tiempo se hilvana unos con otros… Porque, qué hace, ¿cómo acomoda el cuerpo, con los amigos que uno saben que han pasado por ciertas cosas jodidas, al igual que uno? ¿Vale la pena mostrarse sin aspavientos, asumiendo toda la ansiedad de los golpes que aún siguen repercutiendo en el alma?”. Y, “hace unos años a Mario le gustaba filosofar, pensar en el porqué de las cosas. No entiendo por qué cambió”, y decir entonces que por el dolor, el viejo o el nuevo, da lo mismo. “Asomado a la ventana, medio cuerpo adentro, el muchacho no entiende cómo cambié yo. Me recrimina, buenamente esta vez, el aburguesamiento, el vicio de tomar, la falta de voluntad para hacer algo más que meditar… Sin hablar, solo con su presencia, me avergüenza de tanta sensibilidad inconducente, de mi autocompasión, de la incapacidad de volver a jugármela. Vio las paredes sin afiches, la literatura de mi biblioteca, donde los relatos revolucionarios están en el estante al que no se llega, las fotos en Cancún, la relación tirante con Ángeles. Acaso se preguntará, desconcertado, qué culpa puede tener en todo esto” y para olvidar todo y volver a lo esencial, haciéndose presente: “¿viste lo de Pablo?” Apareció un dato sobre su enterramiento, van a comenzar las excavaciones”. No sólo es el dolor, y la muerte, además el desaparecer. Dejar el ser en suspenso. Ya no ser más que recuerdo fugaz.

Los pequeños momentos de felicidad, por ser los únicos disponibles, se agigantan. Acá es el cambio de celda, que le hace cambiar la perspectiva, ya que está más iluminada y tiene mejor vista. Además, “en ese piso había comisiones de trabajo y nos sacaban para descargar bolsas de harina o medias reses, o para trabajar en la panadería o la cocina. Ahí se ligaba mucho: un bizcocho caliente, un pedazo de queso, pequeñas cosas. Y la vida social era mayor. Nada que ver con el pleno encierro del otro piso” (pág. 166), y como siempre la actividad manual aligera el peso de los recuerdos. Y en medio de esas circunstancias, y porque el que estaba encerrado debía encontrar el aliciente allí en lo que tenía entre manos, el ladrón Roberto, que apenas había llegado a primer año en la Escuela Industrial pero poseedor de una inteligencia natural, “…quería saber cómo se dividía un ángulo en tres partes iguales”, y llega a un método después de darle vuelta al asunto durante varios días. Y nuestro héroe podrá comprobar, al ser cambiado de celda y coincidir con un profesor de matemáticas, que “el problema de la trisección del ángulo junto con el de la duplicación del cubo y la cuadratura del círculo son tres problemas de la geometría clásica griega. Me dijo que recién en el siglo XIX se demostró la imposibilidad de resolverlo con regla y compás”, cosa que había hecho Roberto. Por lo que se dice, entonces, que Roberto “es el tipo más inteligente que conozco: no el más culto o instruido, sino el de más aguda inteligencia”.

La novela, también, va alternando entre el afuera y el adentro, el ritmo de la prisión recordando la vida diaria, y el ensoñamiento entre las dunas recordando todo su pasado hasta ese preciso momento. Y como saltos hacia atrás o hacia adelante, imágenes y retazos de informaciones desperdigadas como al acaso. “Los que prosiguieron la lucha (clandestina) aprendieron, a la fuerza, a compartimentar mejor”, dirá un día, y entre las dunas imaginará una expedición al estilo guerrillero, como si estuviera en algún lugar de Africa. Por un momento están en Luanda, en Angola, “de la aldea neolítica a una ciudad del siglo XX”. Y ya que esta es una novela sobre el recuerdo, no puede faltar la añoranza de Aleida, la hija del Ché: “…para mí no  había revolución que valiera. Yo solo quería ver a mi padre. Empecé a extrañarlo desde que se marchó de casa”, y hasta el convencimiento de que “cambio al Ché por todos los jirones de banderas traicionadas…”, porque en definitiva es preferible morir a traicionar, y sin embargo el traicionar también es odiosamente humano. Y la confirmación: “…empezamos a notar que la realidad obedecía a deseos o temores que se materializaban en nuestras vidas”.

E incluso Giudice tendrá tiempo para hacer la crítica del realismo socialista explicado con la literatura de ciencia ficción sobre todo soviética): “…toda esa literatura estaba impregnada de la idea de la superación del ser humano en la medida de que la sociedad evolucionara. Lamentablemente ahora veo que no era tan fácil ni una cosa ni la otra” (pág. 187). Como comentario diremos que no solo la literatura estaba impregnada de esa idea, para los comunistas, hasta que vino el derrumbe de la URSS y del campo socialista, esa era la idea predominante. Se veía a esos países como una sociedad evolucionada, y más justa, y el golpe de realidad recibido fue muy fuerte. Todo eso demuestra un error conceptual. La procesión por la caída del socialismo fue por dentro, y no queda del todo explicada (3).

Algunos conceptos más.- El principal concepto es que hay un no tiempo en un no lugar, como modo de fraguar un territorio mítico (nuestra propia Santa María de las Dunas) donde suceden (y sucedieron) mediante el recuerdo todas estas peripecias vitales. Como resumen de nuestras vidas: “salimos con mucha energía, sin saber (hacia) adónde, rebotamos, caemos, subimos; en cada salto somos otro siendo el mismo. Vamos perdiendo fuerza”. Sobre el recuerdo: “los recuerdos cambian con el tiempo… A cada edad usamos de ellos los que nos vienen bien”, y los recuerdos, además, “desembocan en cosas que había vuelto a esconder, para que no le siguiera doliendo”, de forma impremeditada. O sobre su primer amor (Silvia): “ojos dulces, lentes tímidos, nariz recta y pómulos grandes…”, y la referencia a ambos clandestinos, cuando él queda congelado y su última imagen será la que perdure en el tiempo.

En la novela, además, para que todo siga andando, para que todo tenga continuidad (y es una definición de la misma) se reúne la fuerza y la experiencia, la juventud y la madurez, el ímpetu y la reflexión. Y la pelea, como metáfora, es entre lo que quiso ser y lo que fue, entre renegados y sufridos, todos los que han sufrido, y los que han decidido desoír todo, porque ya no tiene remedio. Y finalmente llegará la muerte, ya lo dijo el poeta, pero en este caso “sin asideros ideológicos”.

 

(El fractal de Julia, de Pedro Giudice, Estuario Editora, 2017, Montevideo, Uruguay, 218 páginas)

NOTAS

1.- Análisis de fragilidad paisajística desde una perspectiva de género: Campus Concepción, Universidad de Concepción, Chile.

2.- Jaime Pérez, fue un hombre que estuvo al borde de la muerte y la locura por los tormentos aplicados contra él, pero logró sobreponerse. A él le tocó el episodio de la crisis del PCU en 1991 y 1992. “Increíble o paradójicamente lo que no pudo desnaturalizar el enemigo que tanto lo odió, lo pudo socavar la crisis de su Partido”, dijo Jaime Pérez en su momento. En esos días propuso, junto a otros dirigentes comunistas, la renovación partidaria que debía pasar por una nueva orientación que renegara “de toda dictadura”, rechazando incluso “la dictadura del proletariado”. Era necesario, para Pérez, que la nueva propuesta “tuviera como norte el socialismo democrático, aquello que sin la reafirmación de la democracia no puede haber camino al socialismo”. Pero el debate se hizo personal, unos vieron un propósito socialdemócrata, revisionista o reformador, y otros llamaron a defender lo que creían principios inalienables. Por eso, a pesar de todo Jaime Pérez se quedó en el PCU (a pesar de que hubo quienes le llamaron de “traidor”, algo totalmente alejado de la realidad), quizá esperando que las acciones tomaran otro rumbo, pero terminó renunciando. Tiempo después el ex secretario general escribía: “Quiero creer que no pasé en vano, pero sé que no tenía ninguna apetencia de poder, en absoluto. Además, la vi clarita: para ser poder, para continuar en el poder, tenía que expulsarlos del Partido. Capaz que era lo que tendríamos que haber hecho. Pero si los expulsábamos, ¿eso era un partido renovador? ¿Expulsarlos porque tenían ideas conservadoras? En todo caso y en esas condiciones, la verdad que preferí ser víctima que victimario de mis propios compañeros”. La entereza de este hombre, su firme humanidad, trascenderá los tiempos.

3.- Faltaría un breve análisis de la frase en la contratapa del carnet del PCU (en la novela se alude a dicha frase), que buscaba ser una seña de identidad y una filosofía de vida a seguir: “No somos una secta ni un grupo escogido de conspiradores, nacemos de la clase obrera y el pueblo, somos pues hombres comunes, sencillos y alegres. Amamos el pan y el vino, la alegría de vivir, las mujeres y los niños, la paz y la mano cordial del amigo, la guitarra y los cantos, las estrellas y las flores. No somos iracundos ni desarraigados, ni gente que pretende meter la vida en los zapatos estrechos de la fraseología, como hacían con sus pies las antiguas mujeres chinas. Marx nuestro maestro hizo suya la frase de Terencio “Nada de lo humano me es ajeno”, por lo mismo también amamos el oscuro heroísmo del trabajo revolucionario de todos los días y no tememos por eso el otro trabajo cuando toca, de vencer la tortura, las balas o la muerte”, que es una cita de Rodney Arismendi, tomado del discurso por el recibimiento a Marcos Ana en la sede central del PCU de la calle Sierra 1720 el sábado 7 de setiembre de 1963. Faltaría hacer ese análisis del punto de vista semántico y de texto y contexto, e incluso desde una perspectiva de género, pero algo se trasluce en lo que dice Giudice: “es importante que un revolucionario sepa dar la vida en un minuto, pero más importante es que ofrezca todos los minutos de su vida”. [Hay que anotar que la cita textual agrega, intercalada, esta otra frase: “Pero por eso mismo comprendemos al gran Lenin, el más humano de los hombres, que amaba la Appassionata de Beethoven, pero con firmeza condujo la nave de la revolución y era inquebrantable frente al enemigo”, Marx nuestro maestro y el gran Lenin como la base ideológica que afirmaba la revolución según la concepción de Arismendi.] Los comunistas uruguayos, diría Giudice, por lo menos los que lo fueron durante esa etapa histórica de nuestro país, siguen buscando en el recuerdo, en la lucha y en la resistencia, el origen de la felicidad.

 

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

 

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