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Sefarad: La construcción del deicidio

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Y de pronto, empieza. No hay antes para Antonio Muñoz Molina: se instala el ahora, y en el ahora, enseguida —dialécticamente— vuelve al pasado, y se presenta. Y se representa. Porque lo que fui, y cómo es que fui, es lo que soy. Si quieres, súmale tu vivencia personal e intransferible, al menos con palabras (los tiempos de antes, cuando no había frigorífico ni televisor). El teléfono una pequeña odisea de comunicación para decir nada. Porque para el autor, ese territorio de exilio que es Hispania, se transforma en todos los territorios donde hay judíos errantes, exiliados, y el Holocausto son todos los holocaustos, la persecución implacable a través de los siglos porque ya entonces eran culpables de la muerte de Dios a través de la muerte de su hijo. Como si la suerte del mundo, y todas las miserias humanas, dependieran de aquél acto y la consecuente destrucción del templo. Pero para los que sufrieron todos estos atropellos, y principalmente los que estuvieron condenados a la peor suerte durante el siglo XX, que es de ellos de los que habla Muñoz Molina, los conocidos (Kafka, Primo Levi, Münzenberg) y los desconocidos, entrevistos entre la multitud de cadáveres y fantasmas, esta es toda su vida, espantosa, cruel, injusta, pero es su vida, la única. Si es necesario aclarar “Sefarad era el nombre de nuestra patria verdadera aunque nos hubieran expulsado de ella hacía más de cuatro siglos”, y ése es el leit-motiv de todo el libro, porque por más que los expulsen, ellos, los judíos, vuelven siempre a su tierra mítica, a esa tierra donde no hay olvido, a ese lugar (mental y temporal, histórico y religioso, inaugural) del que nadie los podrá echar nunca.

Está el tiempo —siempre hay tiempo y tiempo tejido y entretejido entre nosotros—, que parecía tener vida propia y su propio reloj, “parece que el tiempo duraba más y que los kilómetros eran mucho más largos”. El tiempo también es distancia.

Según el propio autor, éste andaba por entonces enredado en una novela que no le acababa de salir, y decidió recuperar dos historias que llevaban rondándole mucho tiempo: Copenhague —que era la historia del viaje en tren que hizo, siendo niña, una danesa de origen francés y sefardí, por la Francia recién liberada en 1944—; y Oh, tú que lo sabías todo, que era la historia del señor Salama, un sefardí que se salvó de los campos de concentración gracias al diplomático español Sanz Briz. Con esa base se hizo todo el libro.

Las distintas partes de la novela
Sacristán.— La ciudad capital, vista desde lejos y en una visión que da claras referencias (los tejados rojizos y sobre ellos los edificios altos que nos impresionaban). Aunque el personaje, que siempre es otro pero en el fondo algo del propio yo del autor, prefería la otra vista, “la emoción de la otra llegada, la lenta proximidad de nuestra tierra” y los signos que la anuncian (una venta en medio del campo, el color rojo de la tierra en las orillas del río Guadalimar, las primeras casas, las luces aisladas en las esquinas, “…la sensación de haber llegado ya y la impaciencia de no haber llegado todavía…”). Y entonces, describamos al personaje: “tan alto como siempre, erguido, con la misma expresión apacible en la cara, la nariz grande y los ojos un poco saltones, los carrillos rojos de frío y de salud, aunque ya aflojados por la edad”, ese es Mateo Zapatón, el de los pies grandes. Y luego está Godino, hablante que utiliza lugares comunes como “la cornada fatídica” en el recuerdo de la corrida de San Francisco, porque a pesar de todo siempre hay algo atrás (Onetti diría que lo que hay son treinta y tres gauchos, por ejemplo, para dar testimonio). “Cuando uno era niño los lugares remotos podían encontrarse a unos pocos pasos”, lo que es decir que lo que no conocíamos (y que no entendíamos ni comprendíamos) era muy poco y estaba cerca, al alcance de la mano. O, de otro modo, las sorpresas, para un niño, estaban a la vuelta de la esquina (aunque, con los años, cada vez haya que ir un poco más lejos).

Y aquí está —en la novela de novelas que es Sefarad, y que tiene una estructura dispersa, como si fueran cuentos pero sin serlos, narraciones demasiado extensas donde ya se sabe lo que va a pasar (la muerte), y se demora mucho para llegar a donde quiere llegar (aunque a veces quiere llegar a tantos lados a la vez que termina por no llegar del todo a ninguno)— gran parte de la fatalidad del judío durante casi todo el siglo XX. Como grupo poblacional, como grupo religioso, son los grandes damnificados de la Historia. ¡Para qué te traje!, es la queja, la que ya no tiene más remedio, la que ya no sirve para más nada, ni para llorar.

Copenhague.— En los viajes “uno se aligera de sí mismo”, se reduce todo “a las pocas cosas necesarias” del equipaje, de modo que podemos ver, y palpar, ya que no necesitamos tantas cosas para ser, y que mucho de lo que nos rodea es totalmente superfluo. Y en la descripción, es una descripción con sorna, porque es la mirada de otro, bajo la mirada del otro, lo que se consigna: “Un hombre flaco, serio, de pelo corto y muy negro, de ojos grandes y oscuros”. Uno de los pasajeros (del tren en que ha subido) “lo examina con recelo y decide que debe de ser judío”. Lo examina más de cerca, y aprovechamos para examinarlo también nosotros: “Tiene las manos largas y pálidas, lee un libro o se queda ausente mirando por la ventanilla, de vez en cuando sufre un golpe de tos seca y se cubre la boca con un pañuelo blanco…”. La descripción femenina, en tanto, está hecha como vista con ojos de un adolescente de catorce años: “…rubia, alta, despeinada, extranjera, con una camisa negra muy abierta, con una falda negra, descalza, con las uñas de los pies pintadas de rojo, con la cara tan bronceada que resaltaba el brillo de su pelo rubio y sus ojos muy claros”. Y aún un poco más, un adelanto de lo que puede llegar a provocar: “Adelantaba la rodilla y un muslo surgía de la abertura de la falda”. Luego vendrán los recuerdos de viaje, y más tarde contará sobre Copenhague, “…recuerdo sobre todo las imágenes del primer paseo: salí del hotel caminando al azar y llegué a una plaza ovalada con palacios y columnas en cuyo centro había una estatua a caballo (rey Christian X de Dinamarca), de bronce, de un verde de bronce que adquiría en ciertos lugares, a causa de la  humedad y el liquen, una tonalidad gris idéntica a la del cielo, o a la del mármol de aquel palacio del que luego me contaron que era el Palacio Real”. La única presencia en esa plaza, es “un soldado de casaca roja y alto gorro lanudo de húsar que marcaba desganadamente el paso con un fusil al hombro, un fusil con bayoneta tan anacrónico como su uniforme”. Y después: “…frente al jinete de bronce arrancaba una calle larga y recta que terminaba en la cúpula, también de bronce verdoso, de una iglesia con letreros dorados en latín y estatuas de santos, de guerreros y de individuos con levitas en las cornisas”. Y sobre aquella fachada, una de las estatuas era la del filósofo Sören Kierkegaard, con un ademán “transeúnte, fugitivo, huraño”, a pesar de su joroba y de ser “cabezón”, y más allá de “la extravagancia incomprensible de sus escritos, de su furiosa fe bíblica, tan desterrado y apátrida en su ciudad natal como si se hubiera visto forzado a vivir al otro lado del mundo”. El existencialismo de Kierkegaard como premisa para la sobrevivencia.

Todo el texto se basa en tres referencias: Primo Levi y Auschwitz, Milena Jesenka y Siberia, y Kafka; el vehículo es el tren, vehículo de muerte, tren de pasajeros, de pasajeros como si fueran ganado, que demora semanas hasta llegar a destino: la tortura, los trabajos forzados si se zafa de la muerte y el cautiverio. También, por si acaso, cuenta el encuentro entre Franz Kafka y Milena Jesenka en la frontera, ella viniendo desde Viena, él desde Praga. Y todo en Kafka tiene como un olor a salvación, la salvación que le dio su temprana muerte y por ello no terminó en alguno de los campos de concentración que construyeron los nazis, incluso en su propia, bendita tierra.

Quien espera.– Es la angustiosa espera de un judío alemán (pero judío sólo por sus orígenes, educado como protestante, miembro del Partido Comunista, admirador de Stalin), y si se menciona el asesinato de Trotsky (protegido por muros de hormigón, alambradas y garitas con hombres armados), es porque ya en ningún lugar podrá esconderse o evitar que se lo lleven y lo torturen o lo maten, o ambas cosas, porque en ningún lugar podrá estar a salvo. Y también es la espera de un profesor alemán, de una camarada del Partido Comunista y su esposo. Tantas esperas para la certidumbre de la futura muerte o la condena, la condena absurda bajo una sospecha sin motivo, o una sutil investigación psicológica para condenar a los futuros herejes. El esperar, ese tránsito entre la vida y la muerte, es peor que toda condena, incluso kafkiana, y cuando ésta llegue sonará como una liberación.

Tan callando.– “En castellano antiguo a despertarse se le llamaba recordar”, eso dice (en el recuerdo) un profesor de literatura: “Lleva gafas redondas, un traje poco aseado, un pitillo al que da breves chupadas mientras habla con pasión de Jorge Manrique” (“cómo se viera la muerte, tan callando”, es un verso de Manrique muy a propósito). No es sólo la espera, sino la victimización, el ser víctimas de algo sin freno, una especie de locura de la muerte, en la que están todos revueltos, los victimarios y las víctimas, los inocentes con los culpables, los que creen —aún— en algo y los que ya dejaron de creer. Nada, nada habrá para ellos, y si acaso un recuerdo (en este caso de guerra), y la certeza de haber sobrevivido, milagrosamente.

Ademuz.– Otro registro, donde hay una mujer que agoniza en la cama de un hospital, y salen a luz todas las cosas que ya nunca volverá a ver, pero que alguna vez vio (sentada a la orilla de un río con las imágenes paisajísticas y poéticas: “Acequias caudalosas discurriendo sinuosamente bajo las umbrías,  el agua resonando escondida tras espesuras de zarzamoras y mimbreras, brillando al sol con escamas doradas, y los guijarros limpios en el fondo, reluciendo como piedras valiosas…”. Un recuerdo, poderoso, que surge entre la imaginación y el sueño, una eterna duermevela, constante y consistente, como anunciadora de la muerte. Es mejor estar en ese limbo, inconsciente, que todo lo demás.

La evocación es al río, “el agua rápida y transparente” al que el sueño o el delirio no se deja atrapar en las manos ahuecadas para beber, escapada —esa agua— entre los dedos, muriéndose de sed por la fiebre y “el efecto insano de los tranquilizantes y de las inyecciones que le ponían para apaciguar su trastornado corazón”. No es más, ni menos, que un accidente, “cuando el coche salga de la última curva”. La que cuenta es una mujer, de “ojos iguales a los tuyos” como fue la madre de ella, de su madre, por lo que la que cuenta ha de ser la hija, pero bien puede ser la hermana. Y lo que cuenta son recuerdos de niñez (sueños, delirios febriles o mera imaginación), donde el agua y la frescura (por la sed) son primordiales. Luego pensará en sus dos hijas, las verá, querrá que sea así lo que será de ellas: una bien definida pero la otra, de dieciséis años, que “vive como flotando todavía, tan sin peso que cualquier influjo la lleva…”. Ha de ser la sobrina, quizá. De ida, la tía; a la vuelta, la sobrina. La familia, toda. La hermana que “nunca tuvo marido y ni siquiera novio”. Y además es el viaje, de ida y de vuelta, a su lugar natal, sólo que al revés por la imposibilidad física de la agonizante, y ese viaje lo hace la sobrina, y mientras avanza por la carretera (yendo a la ciudad donde agoniza la otra) lo que ve (reconociendo los paisajes) la devuelve a la mirada de antes, de la niña que había mirado, en otra ocasión lejana, dichos paisajes. Y está la confrontación entre la realidad y los recuerdos. Hay la certeza, la ansiedad de ser enterrada en el cementerio del pueblo y no en un Madrid “lleno de muertos anónimos”. Esa certeza se repite varias veces y eso le da fuerzas.

Pero el que cuenta, finalmente, es el marido de la sobrina, aunque hay algo de cada uno de los presentes en la agonía de la mujer en la casa del pueblo a la que ha vuelto para morir (¿será así, realmente?). Y la muerte, entonces, se repite igual que la de su madre, “se ha ido tan furtivamente que ahora sólo sientes el estupor de que la muerte pueda suceder de una manera tan sigilosa, tan instantánea, como una tenue ondulación en el agua de un lago”. Y está la prima, “nacida al mismo tiempo que tú” (y que se perdió “en laberintos de oscuridad e infortunio”, es decir con o por las drogas).

Oh, tú que lo sabías.– Desapariciones, las de los que, de pronto, nunca más vuelven a los mismos lugares, “lo más firme se esfuma”, pero también refiere a los campos de concentración nazis, al exterminio general y al particular, a la muerte de su madre y de dos hermanas del personaje que visita el lugar como un homenaje, con “las formas apenas visibles de los muros, los rectángulos de cemento sobre los que habían estado los barracones, una especie de bardal bajo de ladrillo en el que nadie que no conociera muy bien el lugar habría reparado, y que era el único resto del pabellón donde habían estado los hornos crematorios, de los cuales sí que no quedaba nada, porque los alemanes los habían volado en el último momento”, y “de todo aquello no quedaba nada, sólo un claro en un bosque” (y sea esto el testimonio de que existió la carnicería, los carniceros y las víctimas). Y está, por supuesto, el que le muestra todo eso, un “guardián y guía del infierno al que había sobrevivido”, el extraño “guardián de una extensión desierta en medio de un bosque y de un andén que ya no pertenecía a ninguna estación”, y cuando ese guardián no existiera más, el lugar dejaría de existir, a su vez, y ya nadie podría descubrir sus restos y asociarlos a lo que fue. También, allí, muertos y apenas sepultados, entre decenas de miles de cuerpos, “estaban la mayor parte de los tíos y los primos y los cuatro abuelos del señor Isaac Salama, y también su madre y sus dos hermanas que no pudieran salvarse como se salvaron él y su padre, “porque ya era demasiado tarde para ellas cuando a finales del verano de 1944 les llegó uno de los pasaportes emitidos por la legación española en Hungría reconociendo la nacionalidad de las familias sefardíes que vivían en Budapest”. Entonces el señor Salama cuenta su odisea, cómo se llevan a su familia y él y su padre tratan de conseguir los papeles en la legación española en Hungría, contará sobre un diplomático español “que nos salvó la vida a tantos jugándose la suya, actuando a espaldas de sus superiores en el Ministerio” (Sáez Briz). Y aquí hay algunas referencias a Kafka, a sus tres hermanas muertas (y que lo mismo le hubiera pasado a él). Pero está, también, el deseo pertinaz de zafar de todo eso, del dolor irremediable del padre, recluido en una tienda en Tánger y culpándose por no haber podido salvar a la madre y sus hermanas, ese deseo de olvidar esa culpa y seguir adelante, porque la vida es terca y contumaz, y entonces él volverá a España para ser él mismo, “descargado de todo”, porque ya es bastante haber sufrido y encima sufrir una “culpa” que no es tal, porque el designio y el atropello fue más allá de su voluntad.

El señor Salama anda con muletas, por un accidente de auto (y este accidente nos conecta con el otro accidente anterior, simplemente por ser accidente, como accidente fue que a unos se los llevaron y otros pudieron escapar a la muerte), “creyendo que lo podía todo, que era capaz de controlarlo todo” como piensan los jóvenes, y queda paralítico a los veintidós años, y la vergüenza de verse tullido, disminuido, tan grande y de pronto tan pequeño. Pero, dice, esos que “desaparecen un día, muertos o no, se pierden y se van borrando del recuerdo como si nunca hubieran existido, o se van convirtiendo en otra cosa, en figuras o fantasmas de la imaginación, ajenos ya a las personas reales que fueron… a veces surgen de nuevo, saltan del pasado”. Y está, también, el verso recordado de Baudelaire: “tú a quien yo hubiera amado” cuando tiene una conversación en el tren con una mujer y él no se atreve a mostrarse en toda su desgracia de tullido y su último pensamiento: oh tú que lo sabías, que es como si fuera un salmo, un ruego por la salvación de su alma, si es que existe o puede existir su salvación.

Münzenberg.– Es la huida de un tal Willi Münzenberg, hombre comunista (presidente de la Kommintern y gran propagandista del comunismo), que va hacia el oeste de Francia a principios del verano de 1940 ante el avance alemán (está, el personaje, leyendo sobre la historia de ese hombre, y nosotros nos enteraremos de lo que va leyendo, demorándose en la noche, “resistiéndose al sueño para avanzar un poco más en la lectura, para saber más cosas de la vida de ese hombre del que hasta ayer no había tenido noticia” —y nosotros tampoco, por cierto—). Y no es la primera vez que huye, pero si la primera “que huye a pie y sin nada y sin tener a dónde ir” (y además sabiendo que en cualquier momento alguien podrá delatarlo). Perseguido por todos. El que lee se desvela, quiere seguir hasta el fin esa historia del alemán que escapa del nazismo y se refugia en Francia, y que allí es encerrado, y luego escapa o lo dejan salir, todavía no se sabe bien, ese alemán que ha sido diputado comunista y lo ha abandonado todo —parece— sin saber si su mujer vive o escapa como cientos o como miles a todas partes, a ningún lado, hacia la muerte en sus varias formas. Pero Münzenberg escapa del campo de concentración francés ayudado por dos hombres que “son agentes soviéticos que han estado espiándolo desde que llegó al campo de prisioneros, y a los que les ha sido encomendada su ejecución”.

Se mezclan las ideas e imágenes del lector (del libro sobre Münzenberg) o recuerdos de su abuela, de su madre (quien es el verdadero protagonista de este libro, porque por su intermedio conocemos todas esas historias sefardíes). Su propia vida, algunos hechos como el haber ido a Nueva York, por ejemplo. También se repiten ciertos hechos y ciertos elementos relacionados como la persecución de las purgas estalinistas y las furgonetas negras de la NKVD, la Cheka, la policía política, que eran las únicas que circulaban en la noche de Moscú y en otras ciudades, y la espera, la espera insomne de que lo vengan a buscar.

Y mientras espera el sueño que no quiere venir, empieza a pensar en su madre, en la vieja cama que se habían hecho traer a Madrid, “esa cama grande y vieja que llevaba tantos años en lo más hondo del desván”, esa cama que fue de su bisabuela, de su abuela, de su madre y ahora suya (y de su esposa). Ya no es una cama, solamente, sino depositario de tantos y disímiles sueños. “Qué raro vivir en los lugares que fueron de los muertos, usar las cosas que les pertenecieron, mirarse en los espejos donde estuvieron sus caras, mirarse con ojos que tal vez tienen la forma o el color de los suyos”. Y también, en ese insomnio, sabrá que ese tal Willi Münzenberg “acabaría muriendo como un perro, como un animal acosado y sacrificado, igual que habían muerto tantos amigos suyos, camaradas antiguos, héroes bolcheviques de un día para otro convertidos en criminales y traidores…”, como Zinoviev o Bujarin, “como su amigo y cuñado, Heinz Neumann, dirigente del Partido Comunista Alemán, que vivía refugiado o atrapado en Moscú”, como si fuera aquel otro acusado, Josef K. (de Kafka); y así, también, vuelve la viuda de Neumann, que “escuchaba las historias de Kafka que le contaba Milena Jesenka, en Ravensbrück (allí estaba el mayor campo de concentración de mujeres en territorio alemán). Su insomnio lo lleva a extraer, de sus recuerdos, otras historias, la de la mujer de ese tal Willi, que lo sobrevivió hasta la caída del Muro de Berlín (dando un salto temporal a la historia), o de la mujer que anduvo perdida el día en que murió Stalin.

Está, aquí, una famosa reunión literaria en París, que parece desencadenar todas las historias, tal vez escuchadas allí mismo, y donde empezó su amistad con Michel del Castillo, “un hombre menudo, educado, ausente, que tenía medio nombre español y medio nombre francés y no pertenecía del todo a ninguno de los dos países. El pelo negro muy peinado hacia atrás, los rasgos duros y la cara cobriza eran españoles, pero los modales y la lengua que usaba eran tan franceses como los de cualquiera de los escritores que conversaban y bebían en aquel cóctel literario”, que de niño “a los seis años se moría de miedo abrazado a su madre en un sótano de Madrid mientras sonaban las sirenas de alarma, los motores de los aviones y los estampidos de las bombas, y que a los diez años estaba internado en un barracón de Mauthausen (fue el campo de concentración más riguroso y que estaba reservado a prisioneros “culpables de acusaciones realmente graves, incorregibles, asociales y convictos por causas criminales, es decir, gente en custodia preventiva, con pocas probabilidades de poder ser reeducada” ”). Y en el libro, Willi Münzenberg aparece con síntomas de haber sido ahorcado en un bosque de Francia, a principios de junio de 1940. Mirará otro libro, The invisible writing, de Arthur Koestler, y aparece una foto del Willi de los años treinta: “Es un hombre fuerte, rudo, pero no vulgar, el cuello sólido y corto y los hombros anchos, la barbilla ligeramente levantada, los ojos perspicaces con un cerco de fatiga, la frente ancha, el pelo un poco desordenado…”. Porque está el misterio, ese misterio de su muerte, ¿autoeliminación o la teoría de la venganza ejecutada por orden de Stalin?

Y ahora, al fin, nos cuenta su historia, su historia entera desde que conoció a Trostky y por su intermedio a Lenin y la fidelidad a la república soviética y su heroísmo. “Münzenberg ideó sellos, insignias, folletos de propaganda con fotografías de la vida en la URSS, cromos en colores, pisapapeles con bustos de Marx y de Lenin, postales de obreros y soldados, cualquier cosa que se pudiera vender a bajo precio y que permitiera sentir al comprador que sus pocas monedas eran un gesto solidario, no una limosna, una forma práctica y confortable de acción revolucionaria”. Fue él quien ideó y dirigió la campaña de solidaridad con Sacco y Vanzetti, hizo publicaciones comerciales para costear la propaganda política, estuvo en todas las circunstancias, “en los años terribles de la inflación en Alemania, en el terremoto de Japón de 1923, en la huelga general de Inglaterra de 1926, el Socorro Internacional de los Trabajadores, en imprentas y editoriales, diarios de circulación masiva, un semanario ilustrado y una serie de publicaciones de todo tipo, como aficionados a la radio o al cine, o en la creación de las Brigadas Internacionales para defender la República española. Y así surgía, inevitable, la figura del “subordinado rencoroso y dócil, cultivado y políglota, su contrapunto físico Otto Katz, también llamado André Simon, delgado, elusivo, antiguo amigo de Kafka —otro punto de contacto con las historias anteriores—, un hombre que quizá delató a Willi por envidia y resentimiento pero que a la vuelta de los años —al parecer en 1957—, fue ejecutado. Porque ya instalado el terror y el salvarse a como dé lugar, en 1938 se lo acusa, a Willi Münzenberg, de trabajar para la Gestapo, y lo expulsan del Partido Comunista Alemán (el autor dirá, como si fuera otro personaje que nos habla, que “veo escenas, imágenes no convocadas por la voluntad ni basadas en ningún recuerdo, dotadas de precisiones sonámbulas en las que yo no siento que mi imaginación intervenga…”, o incluso, como partes que encajan dentro de la misma locura de entreguerras, la segunda guerra y lo que pasa tras la “cortina de Hierro”, que: “He intuido, a lo largo de dos o tres años, la tentación y la posibilidad de una novela, he imaginado situaciones y lugares, como fotografías sueltas o como esos fotogramas de películas… (de los que) desconocíamos el argumento y los fotogramas nunca eran consecutivos, y eso hacía que las imágenes fragmentarias fueran más poderosas, libres del peso y de las convenciones vulgares de una trama, reducidas a fogonazos, a revelaciones en presente, sin antes ni después”, y esta es la verdadera justificación de la novela y de la necesidad de escribir esa novela, porque se impuso frente a todo lo racional, porque surgió no desde el conocimiento, sino desde una imprecisa intuición).

Contará, también, la historia de Margarete, hermana de Babette Gross (que es la mujer de Willi), casada con Heinz Neumann (por lo que todo va cerrándose sobre sí mismo). Desde el principio está contando la misma historia, sólo que deteniéndose ora en uno, luego en otro de esos personajes que irán apareciendo y que parecería ser que fueron personas reales.

Olympia.– “Aún no había empezado a irme y ya estaba yéndome”, esa es la emoción del viaje, emoción interna porque no se trasluce, con la urgencia del conocer y la certidumbre, aún oculta pero que ya está allí, que ese conocimiento va a tener algo de revelador. “Nunca he vivido tan obsesionado por viajes imposibles como entonces, tan enajenado de mí mismo, de todo lo tangible, lo real, lo que tenía cerca”. Porque hay una dualidad en las tareas de todos los días y el sueño del viaje, el escape, el deseo oculto “a los ojos de todos”, ese deseo personal, pero incluso más que eso mismo, como si fuera él mismo, “yo era lo que estaba escondido” (el yo verdadero). La conformidad (es un pequeño burgués, auxiliar administrativo, casado con una hija nacida nueve meses después de la boda y un sueldo seguro) y la rebeldía le provocaba “una confusa actitud de disgusto” para los demás, “una nostalgia aguda de otras ciudades y de otras mujeres (ciudades en las que no había estado nunca, mujeres que recordaba o inventaba, de las que me había enamorado en vano o a las que imaginaba haber perdido por falta de coraje”). Había dos mundos, “uno visible y real, y otro invisible y mío”. Todo esto es un recuerdo de tiempos pasados, de “aquellos tiempos en la oficina”; esa dualidad es la expresión verdadera, y total, de su personalidad: dual. Un acatamiento silencioso, a través de la vida (del personaje), en el estudio, en la religión, en el ambiente familiar y en su casamiento, con algunos “muy pocos arrebatos de verdadera rebeldía, de ruptura y coraje… torpes, insensatos en su temeridad, que sólo me han dejado un recuerdo de vejación y fracaso”, transformados en “figuras repetidas circularmente como los muñecos mecánicos que desfilan al dar la hora en los relojes de las plazas alemanas”. La mujer entrevista, de una agencia de viajes, despierta el sueño del viaje, el escape, la fuga de lo cotidiano, la realización del deseo reprimido de su yo interno, esa Olympia como la de Monet (y ya hablamos del cuadro de Olympia de Monet en el ensayo sobre el libro  El paraíso en la otra esquina de Mario Vargas Llosa, y de la fuerza vital que transmite ese cuadro, y acá se nos muestra de otra manera, como invitación al viaje, y quizá al viaje hacia ese yo verdadero). Y esa fuga es el perfeccionamiento de la claudicación con su amigo de oficina, “nos unía más que lo que éramos, lo que no éramos, lo que ninguno de los dos nos atrevíamos a ser”. Y surge, en medio del relato, como si fuera un infiltrado, el recuerdo de Gregorio Puga, director frustrado de orquesta y borracho consumado (y consumido); el punto de unión es, claro, el fracaso, la dura realidad que, finalmente, vence todos los sueños, “no te conformes, no te dejes comprar”, dice. Y cuando al fin podía viajar, aunque fuera por poco tiempo (unos días, nada más) “se disolvía en los momentos que estaba viviendo, en el gozo de dejarme llevar por la locomotora y de mirar por la ventanilla de mi departamento luces de carreteras y de ciudades, ventanas iluminadas donde vivía la gente sedentaria, donde a esa hora veían la televisión o se acostaban en dormitorios insalubremente caldeados, en la sofocante guata conyugal, el aguachirle conyugal del que habla Cernuda, a quien yo leía mucho entonces, discípulo y aprendiz suyo en la amargura de la distancia inviolable entre la realidad y el deseo”. La narración es “la distancia inviolable entre la realidad y el deseo”.

Se detiene el narrador, otra vez, ahora en uno de esos viajes a Madrid, después de las explicaciones dadas sobre sus sentimientos y los de su mujer por haber aceptado el viaje (o porque no lo ha aceptado: para que su mujer lo moliera a reproches), y es un “edificio de cristal al otro lado de un estanque”, el palacio de Cristal del Rey, donde hay “una exposición dedicada al exilio de los republicanos españoles en México”. Allí aparece una mujer en la foto que muestra a “una multitud intentando subir a un barco de vapor en un puerto francés”, y dice que ella es una de esas figuras, “ocho años tenía, me moría de miedo pensando que me iba a soltar de la mano de mi papá”, un paréntesis dentro de “la irrealidad de estar solo en una ciudad extraña” y sin nada que hacer hasta la hora de partir.

Si algo llama la atención es ese desdoblarse continuo, y la imposibilidad de contar una historia, y terminar contando otras dos cosas distintas, como si unas estuvieran dentro de otras, muñecas rusas, matrioshkas, mamushkas. Se deja guiar por sus pasos, como si tuviera vida propia e, inevitablemente, llega a donde vive actualmente la que una vez fue su gran amor: “No he sabido casi nada de ella en todos estos años, y de cualquier modo apenas nos conocemos, sólo nos cruzamos durante un periodo muy breve hace mucho tiempo”, pero sus pensamientos y sus actos ya “no se corresponden, del mismo modo que no hay correspondencia ni vínculo ninguno entre mi presencia y el lugar donde estoy”. “En uno de los buzones he visto su nombre, escrito a mano, junto al de su marido. Ese nombre que yo pronunciaba estremeciéndome y en el que estaban cifradas todas las posibilidades de la ternura, de la incertidumbre, del dolor y el deseo, es un nombre común escrito a mano en la tarjeta de un buzón entre otros nombres de vecinos que se cruzan con ella todos los días en el portal o en la escalera y para los cuales su cara, que a mí se me olvidaba en cuanto no estaba junto a ella, forma parte de la misma realidad trivial que estas calles y esta ciudad en la que yo siempre acabo deslizándome, cuando viajo a ella, entre los espejismos de la soledad y la pura inexistencia”. Se da, entonces, eso que ha debido suceder desde el principio, el reencuentro, aunque nada sea igual a lo de antes y, sobre todo, un “aire” de decadencia e incluso miseria sobrevuela, y de pronto, mientras ella pone la bandeja con las tazas de café sobre la mesa y se aparta un mechón de pelo que le cubre los ojos, “se parece mucho a alguien, aunque tardo en descubrirlo unos segundos: a la mujer de la agencia de viajes, la Olympia que nos gusta tanto a mi amigo Juan y a mí”; lo que es el punto de unión, aunque aún no sabemos en qué o por qué se parecen. Dice: “El mismo escorzo cuando se aparta el pelo de la cara, el mismo color entre rubio y castaño, la boca grande, la línea de la barbilla y la mandíbula, la luz en los ojos claros” (una parte de ella, en la imagen, está vuelta con un giro con respecto al resto del cuerpo). Sin embargo, las diferencias físicas también se acentúan tras dos hijos (y dos embarazos y poco cuidado), y cuando se va, otra vez a caminar por ahí, a que sus pasos lo guíen, se siente cansado y aburrido, el tedio. Entrará a un restaurante y se queda, incapaz de irse a ninguna parte. Ingresará a una gran librería y comprará un libro que nunca habrá de leer. Se mete en un cine y cuando sale es de noche pero aún falta tiempo para irse. Llama a su casa y su mujer le dirá que al niño le diagnosticaron laringitis. Mientras está en el tren, ve por la ventanilla “a una mujer joven que se acercaba corriendo desde el fondo del andén”, y hasta se le ocurre que tal vez ella vendrá a despedirlo, tal como la otra vez, hacía cinco años, cuando él “había permanecido esperándola hasta el último momento”, pero “sin darme mucha cuenta ahora había repetido esa espera, no porque creyera verosímil que ella fuera a aparecer, y ni siquiera porque lo deseara, sino por una especie de inercia sentimental”.

Berghof.– Dentro de la figura de un médico, historia entre real e imaginada, en el momento previo y en el momento preciso de dar su diagnóstico como si fuera un veredicto de ¿culpabilidad?, mezclado con un cuarto de huéspedes en Roma donde durmió y soñó estas cosas algún día en 1992 y que le recuerda los cuartos donde vivió García Lorca. Todo el motivo parece proustiano, porque toma el recuerdo de los elementos  circundantes al ordenador de su escritorio, en el consultorio médico (y allí estará el precioso detallismo de “una concha blanca, redonda, más pequeña y cóncava que una vieira, más fuerte también, por un lado desgastada y abrupta como la voluta de un capitel de mármol roído por el salitre y la intemperie durante siglos, por el otro suave como nácar, gustosa de rozar por las yemas de los dedos, que le dan la vuelta como por voluntad propia, mientras el médico le habla al paciente recién llegado procurando escoger con mucho cuidado las palabras”) y los transforma, hasta que tienen otro significado que lo lleva al pasado, para fijar las coordenadas del tiempo. “Unas cosas traen otras”, dice, y por eso el recuerdo va y viene, se dejan llevar por la marea, “como unidas entre sí por un hilo tenue de azares triviales” y así es como el ruido que hará el crujir de la madera del piso cuando pueda entrar al consultorio del médico lo que le traerá el recuerdo de cuando era niño en la casa de la hermana de una abuela, donde una habitación tenía el suelo de madera. “Yo entonces sólo conocía suelos de baldosas, heladas en invierno, o de guijarros, como había aún en los bajos de algunas casas campesinas, o de tierra apisonada”, y ahora es “escuchar su sonido rico y brillante, bruñido como la superficie del parquet”. La sensación parecida, buscando similitudes y acercamientos, es la de cuando escucha a un violoncello. “De nuevo el tiempo salta, de una cosa a otra, de un tiempo a otro, a la velocidad de los impulsos neuronales, unos doscientos kilómetros por segundo: Pau Casals toca la suite para violoncello —de Bach en Barcelona, en el otoño de 1938, cuando ya se ha perdido la batalla del Ebro, y Manuel Azaña y Juan Negrín lo escuchan desde un palco, en el teatro del Liceo”. Y volverá a Kafka: “los sanos se alejan de los enfermos, le escribió una vez Franz Kafka a Milena Jesenka, pero también los enfermos se alejan de los sanos” y, en medio del análisis algo impúdico del médico —vuelve al recuerdo anterior—, se escucha “una suite para violoncello de Bach tocada en 1938 por Pau Casals, en una noche en la que tal vez sonaron sobre Bardelona las sirenas de las alarmas antiaéreas y las explosiones de las bombas, iluminando con sus llamaradas la ciudad fría y a oscuras, derrotada de antemano por el hambre y el invierno, meses antes de que entre en ella el zafio ejército sanguinario y beato de los vencedores. Aunque sonaba muy baja, el paciente ha reconocido la música y ha identificado la grabación. Seguirán otras comparaciones, porque ya hemos dicho que unas cosas traen otras, y nuestro personaje está en un estado de ánimo digamos contemplaciente –de complaciente y de contemplación—, donde todo adquiere otro significado para que, al cerrar el círculo, al redondear la idea, todo vuelva a él y lo ubique en el tiempo y en el espacio. Es una especie de reordenamiento existencial, el suyo.

Por un momento la narración se vuelve confusa y no se sabe bien sobre quién está hablando, porque el personaje principal es el que va al médico, y, sin embargo, al ver una foto en ese consultorio (la ve el propio médico, en primer lugar, que fue quien la puso) éste recuerda las incidencias de esa foto, en la que está (el médico) con su hijo. Dice: “Disfrutaba explicándole cosas a su  hijo con detallada claridad, observando el gesto concentrado y dócil del niño…”, y por ese intermedio el autor vuelve hacia atrás en la historia, hasta el momento representado por la segunda guerra mundial —que es el momento principal en que se desarrolla Sefarad—. También hay una foto de la mujer del médico: “la sonrisa ancha y los labios finos, siempre recién pintados de rojo, incluso esa tarde, en la playa, las gafas de sol como las que llevaban las actrices en las fotos en color de los años cuarenta”. Con ello, con las fotos, va hacia un pasado donde el verano en la playa es el disfrute y la felicidad, acaso la que ahora falta, urgida por la enfermedad que acecha, ahí nomás, y será terrible como toda enfermedad fatal. De pronto, otra vez el recuerdo de juventud: “De joven había creído como el fanático de una religión en el prestigio del sufrimiento y el fracaso, en la clarividencia del alcohol y en el romanticismo del adulterio”, y la confirmación de que sólo la aceptación en una familia, el entorno familiar, es la clave para la felicidad.

A esta altura de la narración pienso que cada uno de los personajes cobra vida propia y nos habla, por un momento, como si fuera el personaje principal (o sea que adopta el punto de vista de ese personaje), y nos habla en primera persona adivinada, y adivinada porque siempre piensa y actúa pasando por el tamiz del personaje principal, el enfermo que va a la clínica y que recibirá el resultado de los análisis y el diagnóstico final. Y ahora el punto de vista pasa, nuevamente, al médico (quizá estemos hablando de él únicamente, en distintas etapas): “No recuerda haberle preguntado al paciente en su primera visita si tenía hijos” y especula en el por qué no lo hizo (aunque para él era importante esa información, para el asunto médico en sí mismo no tenía ninguna relevancia). Y sin embargo, llegará el momento en que tendrá que anunciarle su mal, ya está llegando ese momento, será inevitable y hasta cruel, pero no podrá impedirlo, serán “las mismas palabras dichas tantas veces, y siempre neutras y sin embargo atroces, el pánico y la vergüenza y tantas agonías vaticinadas y seguidas con la amargura nunca mitigada de la propia impotencia”.

Luego, otra vez, cambia el interlocutor, vuelve el enfermo a hablarnos, a mostrarnos a ese médico “que hablaba despacio y hacía preguntas chocantes, y asentía al escuchar con mucha atención las respuestas”, y entonces podemos ver que, en la dualidad de la vida (o sea la vida y la muerte), todo es doble: el verano son dos veranos, la  habitación de la consulta es la misma pero a la vez distinta de la existente por primera vez; todo tendrá dos caras, y la narración no será la excepción, multiplicada por los espejos de la reminiscencia; y es en uno de los dos veranos que el médico (¿o el paciente) va en busca de una famosa cueva en la que se supone que hay pinturas rupestres y vestigios fenicios, en la que llega al punto más alto de una colina, donde “junto a la puerta (de planchas de metal), en una plaqueta cerámica, había un letrero en caracteres góticos: Berghof”, y acá llegamos al tema central de esta narración, que estaba un poco oculto, revuelto entre los cajones de los recuerdos (y sabremos, además, que las mansiones que hay en toda la zona alojan a multimillonarios alemanes y éstas están protegidas por perros que ladran furiosos, la seguridad es privada, y hay cercos de alambres y muros erizados de vidrios).

“Cada cosa guardada, salvada, los detalles menores, esenciales, porque si falta uno de ellos el equilibrio general de las cosas puede hundirse”, es la justificación para el lento discurrir de la escritura y el dar vueltas y más vueltas sobre el mismo tema: la amargura y la nostalgia, incluso de la amistad de la adolescencia y la juventud, “la devoción mutua que me unía a mis amigos a los diecinueve o a los veinte años” (el médico habla, usurpa la narración, va y viene por las rememoranzas con la sensación de haberse perdido algo), pero esto ha de ser porque ya no le quedan más amigos, y por lo tanto inventa un amigo (“como se inventaba amigas cuando tenía doce o trece años y se encontraba solo en todas partes). Y le cuenta todo eso de los dos veranos, y los objetos (las fotos) y los detalles de la historia, las conchas, el ratón, la vida, al otro, al enfermo (o a nosotros), porque ha perdido sus amigos “por obra de la lejanía o la negligencia” (“amargo escepticismo” dice para definirse). La palabra clave en todo esto es transfiguración (transfiguración como cambio de forma de modo tal que revela su verdadera naturaleza y cultura).

Vuelve al verano, al segundo verano en el mismo lugar, con únicamente dos años de distancia ente los veranos: “volvimos este verano, cuenta, contaría si tuviera a quién: me había pasado dos años recordando esas vacaciones, un poco a la manera de mi hijo, que todo lo encontraba memorable, con esa capacidad estupenda de entusiasmo indiscriminado de algunos niños. Pasamos en aquel lugar sólo diez días, y apenas hicimos otra cosa que bañarnos y tomar el sol”, etc. Un poco más adelante cambia de modo verbal: “vuelven, dos veranos más tarde, al mismo hotel, en los mismos días de julio, con atardeceres que se prolongan en una dorada lentitud hasta la hora de la cena: todo es igual, y sin embargo él se descubre espiándose a sí mismo en busca de algún fallo en la repetición gozosa de sus emociones de entonces, intranquilo, aunque de una forma insidiosa, desalentado sin motivo, irritado por contratiempos a los que sabe que no debería dar ninguna importancia, la habitación que este año no da al mar, sino a un patio con palmeras y a las ventanas de otras habitaciones, el viento de levante que apenas los deja ir a la playa los primeros días, provocando el disgusto de su hijo, que se encierra hoscamente en su cuarto y pasa horas mirando la televisión”, con lo que introduce un personaje neutral, externo, para la narración. “Sólo han pasado dos veranos, pero hemos tardado tanto en volver que ya no era posible el regreso”, quiere significar que a donde han vuelto no es a lo mismo, sino a otra cosa distinta aunque el lugar parezca el mismo. Hay un miedo a la pérdida, la pérdida de su estabilidad familiar, en el desarrollo y el desapego del niño ahora adolescente. La mirada de la playa y del mar, que es algo plácido, se vuelve inestable para inmigrantes clandestinos y contrabandistas sigilosos en noches de luna nueva, “fugitivos de piel oscura y de ojos brillantes, apretándose los unos contra los otros para defenderse del miedo y del frío”.

“Cómo será estar escondido ahora mismo, en la noche sin luna, empapado y jadeando en el fondo de una zanja, o en uno de esos cañaverales de la marisma, sin ser nadie, sin tener nada, ni papeles ni dinero ni dirección ni nombre, sin conocer los caminos ni hablar el idioma, piensa luego, en la cama, desvelado junto a la mujer que duerme abrazándose a él, los dos fatigados, agradecidos, gastados de nuevo por la codicia urgente del amor”. Ese imaginarse otro y comprobar, entonces, su suerte.

Y por fin vuelve a subir a la colina y enfrentarse con todo el miedo, con la puerta de Berghof; otra vez habla el médico, aunque a veces interviene el otro, el narrador externo, y nos dice que los alemanes llegaron “cuando no había nada en la costa, nada más que los búnkeres erigidos contra una posible invasión que sucedió mucho más lejos “al final de la guerra”. Pero la entrada a esa cueva no la encuentra, está a punto de caer al barranco y da marcha atrás hasta que llega a la explanada delante de la puerta principal de una casa donde “una mujer rubia y corpulenta vino hacia él corriendo, llorando a gritos y diciéndole algo en una lengua que no entendía. Esa mujer lo ingresa a Berghof, lo lleva adentro urgida por algo que él imagina un enfermo (y descubre en la mujer a una posible criada). “Cruza guiado por la mujer un patio de muros blancos y pavimento de mármol y arcos en los que se agitan cortinas de gasa y tras los cuales se ve el mar y la costa de Africa, esos arcos que hemos visto tantas veces desde la playa, preguntándonos quien tendría el privilegio de vivir allí. Hay una fuente de mármol en el centro del patio, pero el rumor del agua y el de nuestros pasos queda borrado por los ladridos que no se detienen, que se vuelven más fieros según yo voy adentrándome en la casa y la mujer llora a gritos y se frota las manos contra la pechera abultada, y se va volviendo más vieja según la veo más de cerca y me acostumbro a ella: los ojos azules, el pelo tan claro, de un rubio muy débil, la nariz chata y la cara redonda y colorada la habían parecer joven, pero ahora me voy dando cuenta de que tendrá más de sesenta años, también de que está  vagamente vestida de asistenta o de ama de llaves. Se vuelve hacia mí con los ojos llenos de lágrimas y me pide por señas que vaya más aprisa”. Allí hay “un hombre viejísimo envuelto en una bata de seda, muy pálido, de una palidez opaca y amarilla en la cara, en contraste con el rojo tan fuerte del interior de su boca abierta y de su lengua que se agita en busca de aire, estirándose como un deforme animal marino que pugna por escapar de una grieta en la que ha sido apresado. Se aprieta la garganta con las dos manos…”, como si en verdad quisiera ahogarse del todo, inmediatamente. En una rápida inspección del lugar (ese ojo clínico que “barre” el aposento como para buscar referencias), descubre que ese hombre es –o fue, mejor dicho— un oficial de las SS condecorado por Hitler (según muestra “una fotografía pomposamente enmarcada”). En una vitrina hay una Cruz de Hierro y junto a ella un pergamino manuscrito en caracteres góticos y con una esvástica impresa en el sello de lacre, y hay infinidad de objetos nazis: “los bustos, las fotos, las armas de fuego, los proyectiles puntiagudos y bruñidos, las banderas, los adornos, las insignias, los pisapapeles, los calendarios, las lámparas, no hay nada que no sea nazi, que no conmemore y celebre el III Reich”, y detrás de todo eso, como un fondo musical, el rumor del mar como el ronroneo de un gato marino. Y finalmente, el enfermo se transfigurará en ese anciano que morirá fatalmente, como morirá su paciente y como él mismo (aunque todo a su tiempo).

Cerbères.– “Todo había sido tan difícil, durante tantos años, todo tan escaso, y de pronto parecía que bastaba desear una cosa para tenerla, porque te la entregaban con sólo dar la entrada, igual que nos habían entregado las llaves del piso aunque faltaban más de veinte años para que termináramos de pagarlo”, cuenta la mujer, que había vivido en el barrio de las Ventas, “cerca de la plaza de toros, todo era siempre estrecho, y pequeño, y siempre había gente cerca, las vecinas de la puerta de al lado que te escuchaban aunque no hablaras alto y que con cualquier pretexto se metían a fisgar en tu casa, algunas con muy mala idea, así que cuando yo entré por primera vez en mi piso nuevo de Moratalaz me pareció inmenso, sobre todo cuando abrí la ventana del salón que daba a toda la anchura del campo, y al fondo Madrid, como en una película panorámica y a todo color” (los contrastes, la modernidad y los nuevos valores, desatados por la llegada de una carta de la embajada alemana). Dice: “Todo nuevo, mi cocina que no tenía que compartir con nadie, mi lavadero que no apestaba a cañería ni a mugre de otros, mi cuarto de baño, con los azulejos blancos, con los sanitarios tan blancos que resplandecía la luz fluorescente en ellos, una luz tan buena, tan clara, no la de aquellas bombillas tísicas con las que nos alumbrábamos cuando yo era niña”. Se encierra en el dormitorio para leer la carta a solas, donde referirá al padre comunista, que al perder la guerra de la República se va (cuando ella tiene tres años y por eso “no tengo ningún recuerdo de él pero me parece que lo veo, alto, muy guapo, con el uniforme, como en una de esas fotos que me dieron en la embajada, y que luego mi madre rompió en pedazos muy chicos y quemó en un montón con todos los papeles, las cartas y los dibujos, los documentos”), y allí aparece la Pasionaria (Dolores Ibárruri, dirigente comunista española y luchadora por los derechos de las mujeres: “las mujeres, fuesen de la condición que fuesen, eran seres libres para elegir su destino” en palabras de La Pasionaria), “que andaba en las mismas políticas que tu padre” (cuenta su madre, de cuando le contaba las cosas de una noche en que habían discutido porque él quería que todos se fueran a Rusia, por lo menos los hijos, que no tenían ninguna culpa). Pero no, en ella sólo hay pesadumbre y desengaño. Y en el reverso de la historia, una mujer “de sesenta y tantos años, con una presencia de clase media acomodada, aunque no opulenta, con un rastro de vitalidad popular que se manifiesta sobre todo en la viveza de su mirada y en la desenvoltura de sus muestras de cariño”, con un marido, ya jubilado, que “siempre está hablando de antes, acordándose de antes”. El comentario, entonces: “…hay personas opacas a lo que les rodea, presencias como agujeros negros que absorben cualquier luz que tengan cerca y la apagan sin beneficiarse de ella, hay otras que reflejan en sí mismas cualquier claridad próxima, irradiándola como si fuera suya”.

Y allí está la historia del padre en dos párrafos: “él se marchaba, se iba por la mañana y podía volver esa noche o al cabo de una semana o de un mes, volvía de la cárcel o del frente, disfrazado para que la policía no lo encontrara o vestido con uniforme militar…”, y “del que se sabe que ha estado en Rusia, que después viajó clandestinamente a Francia, que luchó en la Resistencia contra los alemanes y fue detenido por ello y encerrado en un campo de prisioneros desde el que enviaba cartas muy breves y dibujos a sus hijos, porque tenía un talento muy grande para el dibujo; pero se escapó del campo, volvió a unirse a la Resistencia, volvieron a atraparlo y una vez más se escapó, y ya parecía que su rastro se había perdido para siempre”, hasta ese día, veinte años después del final de la guerra, en que aparece la carta que envía la embajada alemana y la incertidumbre sobre él, si está vivo o no. En la embajada alemana le entregan  una caja, muy liviana, con las cosas que eran de él al momento de su segunda fuga del campo de concentración: “Estaban todas las cartas que le había mandado mi madre, que se las dictaba a una vecina, y las que le había escrito mi hermano en el papel rayado de la escuela, y las que le había escrito yo cuando era muy pequeña, cuando estaba empezando a aprender a escribir, y los dibujos que mi hermano y yo le hacíamos, y las fotos nuestras que le mandaba mi madre, algunas con nuestros nombres escritos por detrás, con mi letra tan torpe de cuatro o cinco años”, pero ya sabemos, nos lo ha dicho antes, que su madre quemará todo. “No me mires así, como si estuviera robándote lo que te queda de tu padre. La voz era clara y seca, sin entonación”, y enseguida de esto, la revelación que nos dice todo, y de cómo, en definitiva, nadie es perfecto: “Tu padre está vivo, y no quiere saber nada de ti ni de ninguno de nosotros. Cuando terminó la guerra el gobierno francés le dio una condecoración y una buena paga, pero nunca se molestó en mandarnos ni un céntimo.

La última vez que me escribió fue para decirme con toda tranquilidad que había empezado una nueva vida, y que por lo tanto rompía todo trato con nosotros. Esa carta no quise que la vieras. Entonces eras todavía una niña y estabas siempre fantaseando sobre él. Vive en Francia, tiene otra familia, hasta se cambió el nombre. Ahora es un hombre de negocios francés. Por eso los alemanes no lo encontraban. Si me he pasado la vida esperando cartas cómo no iba a ver la que llegó el otro día. No había querido volver nunca a España, me dijo mi madre, pero procuraba vivir siempre lo más cerca que pudiera. Si quieres ver al que era tu padre toma un tren y bájate en un pueblo de la frontera francesa que se llama Cerbère”.

Do quiera que el hombre va.– Es sobre la casa nueva, casi vacía de cosas, donde “los espacios tienen una presencia tan nítida como los pasos y las voces”. La casa nueva-la vida nueva, “recién comenzada a vivir, en otra ciudad”. “Salir cada mañana a la calle era un viaje de descubrimiento”, y es la “inercia de caminar y mirar, de escuchar muchas voces” en un barrio céntrico de Madrid con pensiones de tres o cuatro sexos, heroína, vecinas gritonas, señoras “forradas en sus batas de casa”, transexuales y travestis y homosexuales, y “en las esquinas esperaban inmóviles los muertos en vida”. Habrá un hombre enfermo, en pijama, sentado en una “silla de anea (es una planta que crece en lugares pantanosos, cuyas hojas se usan para confeccionar asientos, esteras y cestos), junto a la bombona (garrafa) de butano”; hay chinos, mujeres andinas “con sus bebés fajados a la espalda”, ciegos que tantean con los bastones, una vieja loca, toda la “resaca” de la ciudad. Es obvio que el personaje se preguntará quién es él en medio de todo eso y en esa casa nueva y vacía, eliminado cualquier rastro anterior, las paredes recién pintadas. Dice: “Eres no tu conciencia ni tu memoria sino lo que ve un desconocido”. Es decir, somos por los otros. Por lo que ven los demás de nosotros, eso somos. Y también los nuevos vecinos, claro, que ya estaban allí y ocupan su lugar en el rompecabezas con sus actividades diarias, el niño que va a la escuela por primera vez y que pasea un perro, “un cachorro estrambótico” tan nuevo como la casa recién pintada para sus dueños. “Las cosas se repiten a diario y parece que llevan sucediendo desde siempre”, dice, y lo único distinto es que el perro se le ha escapado al niño y no aparece hasta que el borracho del barrio lo atrapa y lo entregará al niño, avergonzado, no del acto en sí, del rescate del animal, sino de su propia animalidad. Es la degradación del barrio por la droga y la prostitución, y como se lleva el último resto de la dignidad, más tarde o más temprano, como si fuera una trampa imposible de evitar e irremediablemente los vecinos nuevos caerán en ella y terminarán siendo arrastrados a esa decadencia y la muerte que les esperará, ansiosa, como si estuviera sedienta.

Su observar se detiene en algunas figuras, así como también en una vuelta al barrio recuerda a otro hombre, que lo observaba todo, paseando tocado con un sombrero tirolés con “pluma verde incluida”. “El lo observaba todo, se paraba un momento y luego continuaba el paseo, como si la riqueza y la complejidad de todo lo que le quedaba por observar todavía a lo largo de la jornada le impidiera detenerse tanto como le hubiera gustado, complacido y ausente”. Los espectros del barrio, ya llevados a los poblados de latones y chatarras en las afueras de Madrid cuando la policía los empujó allí para limpiar de drogadictos las calles del centro, ausentes. Oquedades y zaguanes poblados de fantasmas que terminan por desaparecer como al soplo del viento o el frío de una helada que los dejará rígidos para siempre.

Sherezade.– Una mujer de veinticinco años cuenta sobre el homenaje que le ha de hacer a su madre, “viuda y madre de héroes”, y casi enseguida nos ilustra con la imagen de esa mujer cuando niña, apretando la mano de su madre (igual que ahora) cuando la llevaban a una manifestación. Pero ahora atraviesan pasillos y puertas, “altísimas y doradas unas veces, y otras tan normales como puertas de oficina” (porque es el 21 de diciembre de 1949, el día del cumpleaños de Stalin, y van a felicitarlo en nombre del Partido y de los obreros españoles). Entonces, ya instalado el ayer y el ahora, es el retrato de Stalin, la certeza de que “era un hombre viejo y cansado, como lo había sido mi padre al final de su vida”, en ese cumpleaños setenta, más frágil de lo que hubiera podido imaginar. Una infancia en Moscú que hace “que hable en una (lengua) y estoy pensando en otra, o quiero decir una palabra en español y me sale otra rusa”, y sueña siempre en ruso. La certeza (cruel) de “cómo ha cambiado el mundo, cómo se ha perdido todo lo que defendíamos, por lo que él (su hermano) y tantos como él dieron sus vidas”. El discurso de este relato es sobre el estalinismo, sus victorias y sus errores, tratando de calibrar la historia (“cómo no iba a haber culto a la personalidad si Stalin había hecho tanto por nosotros, por el pueblo soviético y por los trabajadores de todo el mundo, si había dirigido el salto inmenso del atraso a la industrialización, y los planes quinquenales, que eran la envidia y la admiración del mundo, si en veinte años la Unión Soviética había dejado de ser un país atrasado y campesino y se había convertido en una potencia mundial”) y la destrucción de lo que había sido la historia oficial, esa destrucción que se dio en la era pos Gorbachov (“pero ahora quieren ocultarlo todo, borrarlo todo, hasta los nombres, quieren hacer creer que el pueblo soviético estaba oprimido, o muerto de miedo, y que la muerte de Stalin fue una liberación, pero yo estaba allí y sé lo que pasaba, lo que sentía la gente, yo estaba en Moscú la mañana en que dijeron en la radio que Stalin había muerto, estaba en la cocina, preparándome un café… y entonces empezó a sonar esa música en la radio, dejó de sonar y hubo un silencio, y luego habló un locutor, empezó a decir algo pero se le quebró la voz con el llanto…”). Hay una confusión ideológica entre lo que fue–es su vida y lo que quería que fuera, una vida normal: “A mí lo que me gustaba era ir a la escuela, y que la maestra me quisiera mucho, y me habría gustado también ir a confesar y a comulgar”, que en esas cosas se acepta la normalidad. “Soñaba con colocarme en un taller de costura cuando terminara la escuela, en bordarme yo mi propio ajuar, y en hacerme muy amiga de las chicas que trabajaran conmigo”, cosas sencillas de mujer de pueblo. “No es que yo quiera acordarme, o que me esfuerce, sino que me siento aquí y las cosas empiezan a venir, como si estuviera en una sala de espera y fueran entrando los muertos, y también los vivos que están muy lejos”, dice, ajustando sus recuerdos. Hay un rango de inseguridad que la aqueja, es “el miedo a irme muy lejos y a no encontrar el camino de vuelta, que es otra cosa que a mí me ha pasado desde siempre, que me pierdo enseguida, sobre todo cuando hay mucha gente”. Y ahora ha llegado el momento que es extranjera (extraña) en todas partes, tanto en Rusia cuando estaba allí como en España ahora (de aquí puedo extraer un ejemplo más para mi teoría de que “los que una vez fueron exiliados de su patria natal nunca vuelven del todo, siguen siendo extranjeros para toda la vida”), y para que no suceda eso ya no sale de la casa, pequeña pero suya (y de su marido), y de tanto no hacer nada ya nada sabe hacer, sino recordar y guardar los recuerdos en “cajas de cristal” (es un decir), y los objetos del recuerdo que tantas historias tienen cada uno de ellos (las cuenta, someramente).

Hay, también, algo así como un sentimiento de culpa: “y entonces, me da remordimiento pensar que yo estoy aquí tan a gusto, con mi calefacción y mi agua caliente, mi nevera y mi televisor, mi buena alfombrilla en el dormitorio para que no me dé frío en los pies cuando me levanto en invierno, y me acuerdo que ni mi hermano ni mis padres pudieron disfrutar nunca de tantas comodidades, y yo, que soy la más tonta, para qué voy a negarlo, la que menos valía, resulta que ahora lo tengo todo para mí”. Y en ese estado, como avergonzada de lo bueno de su situación, “empiezo a acordarme de cosas, pero no es que yo me empeñe, es que los recuerdos vienen a mí y se encadenan los unos con los otros, como las cuentas del rosario…”. [Sherezade es la música que suena en una cajita de música que le había traído su padre de su primer viaje a la URSS.] “Yo guardaba la caja debajo de la almohada, la abría poco a poco y empezaba a oír la música y la cerraba enseguida, porque tenía miedo de que se me gastara si la dejaba sonar mucho tiempo, como si la música fuera igual que esos perfumes que se gastan si se deja el frasco abierto” y esa cajita la pierde, no sabe en cuál mudanza, “pero las cosas duran más que las personas, y a lo mejor aquella caja la tiene alguien todavía, como esas cosas antiguas que pasa mucho tiempo y se venden en el Rastro, y cuando la abre escucha Sherezade, y se pregunta a quién le perteneció”. Podríamos referirnos, como ya lo hicimos al principio, a una manera proustiana del recuerdo, donde un objeto trae una multitud de recuerdos hasta ser la vida entera de una persona. En esta narración hay, además, una clara referencia a los malos judíos rusos que robaron u ocuparon cargos en beneficio propio y que fueron bien ajusticiados, según entiende la protagonista.

América.– “La noche era otro mundo”, así empieza a vislumbrarse la trama de esta narración, y es la noche de la oscuridad casi total, “el día era el día y la noche era la noche, no como ahora, que se confunden el uno y la otra, como se confunden tantas cosas, por lo menos para nosotros, los que somos ya muy viejos para adaptarnos a estos tiempos”. Es la cita clandestina a una mujer después de medianoche pero también, como siempre con este Muñoz Molina, el recuerdo de una época, de esa época en particular de su vida, cuando era zapatero y se las ingeniaba para tener (y tejer) sus amoríos de urgencia, de modo que “os asombraría saber a cuántas damas de buen ver y comunión diaria se pasó por la piedra, aprovechando que iba a llevarles un par de zapatos recién arreglados a una hora a la que el marido estaba en el trabajo y los niños en la escuela”, lo que demuestra, al decir de Borges, todo el tamaño de la infamia. Mateo es el personaje (y diremos que enfrentado a la dicotomía entre lo que fue y lo que es ahora, y cómo la provocación pone de manifiesto que ya no es lo que fue) que pensaba que “lo que ocurre es que él, en el fondo de su alma, no creía que el sexto mandamiento fuera tan serio como los otros nueve, sobre todo si uno lo quebrantaba con discreción hay amplio disfrute de las partes implicadas, sin escándalo ni daños a terceros, y además sin los tratos degradantes y la falta de higiene que traía consigo el ir de putas, hábito muy extendido entonces, cuando aún había casas legalmente abiertas, pero en el que Mateo decía con orgullo que nunca incurrió” y reafirmaba su pensamiento del siguiente modo:

“¿Cómo iba yo a disfrutar con una mujer que estaba conmigo porque le había pagado?”. Esos pensamientos, recordados, se dan con la visita de dos monjas que le piden, cada tanto y siempre, una ayuda, una limosna, unos zapatos viejos, y él, como un don Juan que es, empieza a distinguir las monjas y se fija con detenimiento en la más joven, que nunca dice nada, salvo “apenas Ave María Purísima y Dios se lo pague” (¡la mosquita muerta!). El descubrirá “un principio de discordia, de hostilidad oculta que sólo se revelaba en fogonazos rápidos de ira en las pupilas”, de la joven hacia la vieja, ya que debe acompasarse a ella en todo, sor Barranco la vieja, y la joven sor María del Gólgota (“qué dos nombres”, dirá, como sorprendido el que recuerda, ese Mateo ya viejo —y hasta lo podríamos imaginar acodado al mostrador, desarrollando sus memorias de don Juan y otros puteríos, por ponerle un nombre más de acá—) [no diremos nada de los nombres claramente inventados a propósito, una monja Barranco no augura nada bueno, sin duda, y una María del Gólgota… una María del Calvario, del lugar donde fue crucificado Jesús y todo su significado tremebundo].

“El me dice (le dice el que cuenta), o me decía hasta hace nada, que una de sus reglas en esta vida ha sido el buscarse mujeres que no fueran muy guapas, porque dice que las guapas no se dan completamente en la cama, no le ponen ni de lejos la misma fe que la que es un poco fea y tiene que compensarlo haciendo méritos” (y como comentario puedo decir que, si bien es una regla bastante común que se podría aplicar al asunto, tiene evidentemente un trasfondo machista. Se sigue viendo a la mujer como un objeto para la satisfacción personal. En realidad, se trata de esto, justamente, de “denunciar” el carácter “de género” de la violencia sexista –en un caso extremo, ya que una monja “merecería” doble castidad.). Todo eso, esa especulación, dura hasta que la monja joven cae en sus redes, a lo que según cree él; pero no todo es lo que parece, y de pronto se le desmaya, y “qué miedo, verla tendida tan pálida con los párpados entornados, tan blanca como si estuviera muerta, como si él la hubiera matado con la profanación inaudita de su atrevimiento”, ese atrevimiento que tuvo de besarla y abrazarla, aunque ella pareció no darse por enterada, como si fuera algo que sucedía fuera de ella. Y él se había empicado (aficionarse demasiado) con la monja. “El que cuenta —dicen desde afuera de la narración—, tiene una cara de algún modo infantil, jovial y muy redondeada, pero está casi completamente calvo y lleva un traje muy formal, de abogado o de oficial de notaría, con una pequeña insignia en el ojal de la chaqueta, con un alfiler de corbata plateado en el que se distingue la figura diminuta de una Virgen”. Entonces se vuelve al principio, a ese deambular por la plaza de Santa María (y nos acordaremos de Onetti porque ya lo hemos mencionado, también, aunque pareciera no tener mucho que ver) y ve, en el torreón del Convento de Santa Clara, una luz que se prende y se apaga por una o dos veces y cree adivinar una figura de monja (¿una figura monjil?), que bien puede ser sor María del Gólgota (hasta con ese deleite por nombrar una monja con tal nombre), pero no está seguro, no puede estarlo por la distancia, “y sin embargo estaba seguro de que veía a la monja joven, a sor María del Gólgota, y de que ella se había asomado a ese torreón para verme, y apagaba y encendía aquella luz que tenía en la mano para hacerme saber que me reconocía”. “A la mañana siguiente tenía un recuerdo muy raro de su salida nocturna, una mezcla confusa de fantasmagoría y certidumbre: era verdad que había visto una luz encenderse y apagarse, y una silueta con tocas de monja, pero no podía estar seguro de haber visto la cara de sor María del Gólgota, y sin embargo creía acordarse con todo detalle de sus rasgos, hasta del resplandor amarillo que la luz de la lámpara le daba a su piel”. Es como el delirio, la alucinación cuando aparece en la zapatería, justo cuando menos la espera: “era una mujer atrapada en aquellos ropones y sayas de otros siglos, y sus ojos tenían, tuvieron durante unos segundos, una franqueza a la que él no estaba acostumbrado en su trato con otras mujeres, ni siquiera con las que más audazmente se le habían entregado”, y también esa mujer, esa monja fatal “hasta ayer mismo en la enfermería con cuarenta de fiebre y hoy había que verla, tana gallarda, sin que el médico hubiera llegado a saber qué tenía, curada por el favor especial de la Santísima Virgen”, milagrosa. “Según avanza la historia el narrador gradúa las pausas –dice—, enfatiza las excepciones que más le gustan, las saborea como un trago de vino…”, y le había dicho, incluso, el modo de llegar hasta ella, aunque “en el fondo no cree que vaya a ser verdad lo que la monja le prometió por la mañana, ni tampoco que él vaya a atreverse a entrar a medianoche en el convento como un ladrón o como don Juan Tenorio, porque él mismo reconoce que si de joven era muy ardiente también era muy cobarde” (y hay toda una idiosincrasia e identificación de ese españolísimo don Juan Tenorio, inescrupuloso y hasta enfermizo, si se quiere); le viene el miedo a ser descubierto y perderlo todo: “expulsado por blasfemo de la cofradía de la Santa Cena y de la Asociación Benéfica Corpus Christi, forzado tal vez a cerrar el negocio con el que se ganaba la vida, modestamente, desde luego, pero también sin apuros en aquellos tiempos tan difíciles, vetado para siempre en el palco presidencial de la plaza de toros, al que solían invitarlo en las tardes de corrida en calidad de asesor, y en el que se codeaba, fumando un puro extraordinario y llevando un clavel en el ojal de su traje de rayas, el de las grandes ocasiones, con las autoridades supremas de la ciudad, el alcalde, el comisario de la policía, el comandante de la Guardia Civil, el párroco de San Isidoro” (todo eso es porque él sabe, y lo sabe muy bien, que actúa mal, que en realidad no tiene ningún derecho a hacer lo que hace, aunque lo justifica con lo que parece ser una aceptación pasiva de la otra parte, aunque pudiera ser por miedo. “Lo abrumaba la conciencia del peligro en el que estaba a punto de incurrir, y sin embargo no se detenía” a pesar de ser “persona de orden y fe como lo fui siempre yo a pesar de esta debilidad mía por los pecados de la carne” (bueno, justificamos todo: es un pecador, y ya está). Todo sucederá porque debe suceder, y en el suceder está toda la verdad de su historia, la de la monja antes de ser, revelada tras perder la virginidad. Las palabras no dichas de la pasión desatada, también tienen su presencia: “Apuraba los besos, los cigarrillos, los minutos, y tal vez sobre todo el deleite de decir, en voz alta, todas las palabras que desde hacía muchos años la mareaban en el secreto de su pensamiento, la mantenían en una perpetua ebullición de ensoñaciones y rebeldías imposibles, en una intoxicación tan poderosa de recuerdos, deseos, historias, nombres y lugares que con mucha frecuencia perdía por completo el sentido de la realidad”. Y después: “pero sonaban las campanadas de las dos y le urgía a vestirse con la misma impaciencia con que dos horas antes le había desnudado…”.

Ya viejo, medio ido, con demencia senil, es el viejo “con su gran abrigo y su sombrero tirolés”, el mismo que había aparecido en una narración anterior (Do quiera que el hombre va), que era alguien que observa todo (¿cómo un observador objetivo?, ¿alter ego?), y allí uno podría imaginar su historia, por lo que nos está diciendo que muy poco podemos saber de los demás, tan poco como igual a nada. La revelación (y esta es otra palabra clave) pasa por el hecho de que la tía –que la ingresa al convento para que no se pierda, como su madre— la recoge a ella y a su hermano en una estación fronteriza “cuando se escapaban a Francia escondidos en un vagón de mercancías, porque habían planeado unirse a la resistencia contra los alemanes o ponerse al servicio del gobierno de la República en el exilio, porque al padre lo fusilan los nacionalistas (que están contra la República), al final de la guerra, “y a mi madre le raparon la cabeza y le tatuaron una hoz y un martillo en el cráneo, y la pasearon con otras rojas o mujeres de rojos por el centro del pueblo y la obligaban a ir con ellas al amanecer a fregar el suelo de la iglesia, de rodillas sobre las losas heladas”, todo por el odio que le tenían a su padre, que luchaba a favor de la República (podemos ver la referencia a una historia anterior y como se entrelazan las historias, formando un mosaico o un abanico que se despliega).

La referencia al título era por el hermano, que logra escapar y vive en América (se va a hacer la América, podría decirse), pero también va a ayudarla a encontrar a su hermana. Emborricado (enamorado perdidamente, o quedarse como aturdido, sin saber ir atrás ni adelante), tras una pulmonía, que se manifiesta como si fuera un castigo divino, la puerta de la entrada lateral del convento nunca más se abriría. “Uno siempre quiere que las historias terminen, bien o mal, que tengan un final tan claro como su principio, una apariencia de sentido y simetría. Pero en realidad muy pocas cosas se cierran del todo, a no ser por el azar o por la muerte, y otras no llegan a suceder, o se interrumpen cuando estaban empezando, y no queda nada de ellas, ni en la memoria distraída o desleal de quien las ha vivido”. Nada se termina del todo, siempre hay algo más…

Eres.– “El pasado se mueve y los espejos son imprevisibles”, aquí está el tiempo y lo relativo a la percepción y al cambio continuo, aunque a veces parezca imperceptible, “durante unos segundos un sabor o un olor o una música de la radio o el sonido de un nombre (eso que decíamos como la manera proustiana del recuerdo) te hacen ser quien fuiste hace treinta o cuarenta años, con una intensidad mucho mayor que la conciencia de tu vida de ahora”. “Eres cada una de las personas diversas que has sido y también las que imaginabas que serías, y cada una de las que nunca fuiste, y las que deseabas fervorosamente ser y ahora agradeces no haber sido”. Y cambia todo, tú mismo para empezar, el entorno, el universo entero o las ciudades por las que caminabas, “sumergiéndote con miedo y fervor en el anonimato que te ofrecían, en la suspensión y en la pérdida de una identidad que era invisible para cualquiera de los que se cruzaban contigo”. “Estar solo en una habitación es tal vez una condición necesaria de la vida”, le escribió Franz Kafka a Milena, y él vuelve, por enésima vez, a Kafka y sus cartas, salvadas del desastre. Esta narración, en primera persona, es la de él mismo, la de su vida, o de algunos de sus aspectos, la de los lugares en que vivió o en los lugares donde vivieron otras personas, como la última habitación que tuvo Federico García Lorca, “de la que debió irse un día de julio de 1936, en busca de un refugio que no iba a encontrar”, y nos dice, como si ello fuera absolutamente cierto, sin reparos, que “todas las desgracias le vienen al hombre por no saber quedarse solo en su habitación”.

Hay una descripción cercana de la habitación de Lorca: “Vi la habitación de Lorca y se parecía a un recuerdo de habitaciones vividas o soñadas, y también a la expresión exacta de un deseo… Las paredes blancas, el suelo de baldosas como las que había en mi casa cuando yo era niño, la mesa de madera, la cama austera y confortable, de hierro pintado de blanco, el gran balcón abierto a la Vega, a la extensión de huertas salpicadas de casas blancas, a la silueta azulada o malva de la Sierra, con sus cimas de nieves teñidas de rosa en los atardeceres”; o la habitación de Van Gogh en Arles “igual de acogedora y austera, pero con su hermosa geometría ya retorcida por la angustia, la habitación se abría a un paisaje tan meridional como el de la Vega de Granada y que también contenía las pocas cosas necesarias para la vida y sin embargo tampoco salvó del horror al hombre que se refugiaba en ella (y nosotros volvemos la mirada a ese libro comentado, El paraíso en la otra esquina, de Vargas Llosa, donde se cuenta y se explica lo que pasó en esa habitación de Arles con el pintor genial y loco y Paul Gauguin); o la habitación de Amsterdam en la que vivió Baruch Spinoza, “descendiente de judíos expulsados de España y luego de Portugal, expulsado él mismo de la comunidad judía: la imagino con una ventana por la que entra una luz clara y gris como la de los cuadros de Vermeer, en los que siempre hay habitaciones que protegen cálidamente de la intemperie a sus ensimismados habitantes y en las que algo les recuerda la amplitud del mundo exterior…, y en el orden de las cosas vuelve otra vez a Kafka: “Eres después de todo judío y sabes lo que es el temor” (lo que remonta a los pogromos, a la noche de los cristales rotos, a los hornos crematorios, cámaras de gas, fusilamientos, guetos y campos de concentración). O la casa de Primo Levi en Turín, “su piso burgués de Turín, la casa donde había nacido y en la que murió, tirándose o cayendo por azar al hueco de la escalera, donde vivió toda su vida, salvo apenas dos años, entre 1943 y 1945”, y esta breve descripción, más del entorno de la casa que de ella propiamente, da paso a lo que quiere contar, que Primo Levi se une a la resistencia y lo detienen los milicianos fascistas en septiembre de 1943, “llevaba consigo una pequeña pistola que apenas sabía manejar, y que en realidad no había disparado nunca”. Y aprovechará para describirlo desde afuera hacia adentro: “había sido un buen estudiante, licenciándose en Química con notas excelentes, disfrutando de lo que aprendía en los laboratorios y en las aulas igual que de la literatura, que para él tuvo siempre la misma obligación de claridad y exactitud que la ciencia”, era “un hombre joven, menudo, aplicado, con gafas, educado en una familia ilustrada y burguesa, en una ciudad culta, laboriosa, austera… (y) un judío era, a los ojos de los demás y para sí mismo, un ciudadano idéntico a los otros, sobre todo si pertenecía, como Primo Levi, a una familia laica…”. Y está, también, repetidamente, la marca de la diferencia como “síntoma de la culpa, del delito”, como “una mancha indeleble que no está en la cara ni en la presencia exterior, sino en la sangre, la sangre del judío o la del enfermo”, que viene siendo lo mismo, como la diferencia en el color de la piel, “la de quien sabe que será expulsado si se descubre su condición”.

Es la expulsión de la condición humana, de los bienes terrenales y espirituales, de todos los derechos y deberes de los demás mortales (que competen a ellos). Y también está Walter Benjamín, un poco olvidado en estos días posmodernos, que “se quitó la vida porque ya no le quedaba otro camino por el que seguir huyendo de sus perseguidores alemanes”, o Jean Améry, detenido por la Gestapo, interrogado y torturado por las SS, al que se le atribuían “dos identidades posibles de enemigo y de víctima”: desertor del ejército alemán, por lo que sería fusilado por traidor, o por ser judío, y sería enviado a un campo de exterminio. “Eres quien imaginaba porvenires quiméricos que ahora te parecen pueriles”, o eres “quien fuiste a veces sin que lo supiera nadie”, “eres lo que otros, ahora mismo, en alguna parte, cuentan de ti, y lo que alguien que no te ha conocido cuenta que le han contado, y lo que alguien que te odia imagina que eres”, todo eso junto es lo que eres. “Cambias de habitación, de ciudad, de vida, pero hay sombras y dobles tuyos que siguen habitando en los lugares de los que te marchaste, que no han dejado de existir porque tú ya no estés en ellos”, y por eso uno puede encontrarse, mentalmente, pensando en otros lugares por donde se estuvo. Además, siempre hay algo que queda, “algo que permanece siempre, que está en ti desde que tienes memoria y mucho antes de alcanzar el uso de razón, el núcleo o la médula de lo que eres, de lo que nunca se ha apagado”.

Y por supuesto, no era necesario decirlo, pero lo confirma: “nadie sabe de antemano si va a ser cobarde o valiente cuando llegue la hora”. En definitiva es ser y no ser al mismo tiempo, o ser y dejar de ser, o ya no ser más el que fuiste. Transformarse. Desdecirse.

Narva.– “Mundos enteros nos ignoran”, esta sentencia de Pascal es la referencia exacta a la historia que cuenta, desde sus ochenta años, un ex alférez que cuando muy joven fue ascendido muy pronto a teniente (y que gana una Cruz de Hierro por méritos de guerra) en un sector ruso de la guerra en una ciudad que se encuentra en Estonia y de la que nunca había oído hablar. “Pero quién puede imaginar cómo es Estonia, qué hay detrás de ese nombre, dentro de él”. Narva, “una ciudad pequeña, de provincias, junto a un río que se llama igual a ella, Narva, el río Narva, por el que bajaban grandes bloques de hielo”. El joven teniente era “uno de los pocos españoles de la División Azul (la División Azul fue una unidad de voluntarios españoles, en total formada por cerca de 47.000 hombres, que combatió junto al Tercer Reich en el Frente Oriental, sobre Leningrado) que vio una sola vez. La música de Brahms, y un preciso pasaje melódico de su tercera sinfonía, le hace establecer una cierta afinidad con otro oficial joven, alemán, y juntos tararean esa parte, ese pasaje melódico, él de cualquier manera pero el otro “con todas sus notas” en un escenario poco seguro para ellos, un parapeto entre dos nidos de ametralladoras –y quizá sea esto lo que les salvará de la muerte, esas pequeñas casualidades para evitar la desgracia—, el tercer movimiento de la tercera sinfonía de Brahms. En esa intimidad que provoca la guerra, una intimidad más firme cuanto puede ser cortada en cualquier instante, el oficial alemán le cuenta que en su vida civil era profesor de filosofía y que tocaba el clarinete. El oficial español menciona el quinteto para clarinete del mismo Brahms y el alemán se emociona, porque –dice— “cuando tocaba ese concierto había partes en las que le costaba contener las lágrimas en las que le faltaba el aire para seguir soplando el clarinete” (se establece, pues, una afinidad y complicidad en medio del dolor y el desastre trágico de la guerra). Y hacia esa ciudad van, ciudad de la retaguardia, a participar en un baile en los días de permiso que le otorga el comandante del batallón, y mientras van hacia allí sucede un hecho, tratado aquí como imagen, característico y fundamental, que resume el sentimiento del autor sobre el tema: “vi venir hacia nosotros un cortejo de gente que llenaba toda la anchura del camino, hombres nada más, algunos casi niños y otros tan viejos que andaban tambaleándose y se apoyaban los unos en los otros. Iban ordenados, muy juntos pero en formación, todos callados, con las cabezas bajas” y el recuerdo se hace nítido, descriptivo hasta el detalle: “un hombre joven, que iba en la primera fila, en el centro, muy alto, amarillo, con cara de muerto, con uno de esos abrigos largos que había entonces y una gorra azul marino, como si lo estuviera viendo, igual que te veo a ti, con unas gafas de pinza, y con la cara muy oscura de barba… El fue el único que levantó un poco la cabeza, aunque no  mucho, y se me quedó mirando… Giró la cabeza y me siguió mirando entre las cabezas hundidas de los otros, como si quisiera decirme algo sólo con los ojos, que parecían más grandes en la cara tan demacrada y tan flaca”. Eran judíos. “No sabíamos porque no estábamos dispuestos a saber”, dice, no como disculpa, porque él creía que lo alemán era civilizado y lo ruso la barbarie, las estepas asiáticas el lugar de donde “habían venido durante siglos todas las invasiones salvajes de Europa”, e incluso afirma, doctoralmente: “Ortega (y Gasset) lo había dicho: Alemania era Occidente, y nosotros nos lo creíamos porque él lo decía”.

Sin embargo, la palabra despectiva que había utilizado el alemán para referirse a esos hombres, ¡juden!, le chirría los oídos, y desde ese momento “ya no tenía la posibilidad de seguir siendo inocente, o creyéndome inocente”, porque lo había afectado, y entonces era cómplice de alguna manera. Y luego de eso, “al cabo de menos de dos horas, encontré a aquella mujer en el baile, una pelirroja guapísima, con los ojos verdes” que “en la primera mirada que cruzó con ella supo que no era alemana, del mismo modo que ella adivinó a pesar del uniforme que él no se parecía nada a los otros militares, que no miraba ni caminaba como ellos”. Bailará con esa mujer, “una pelirroja alta, con un vestido escotado, de una tela muy ligera, con medias de seda, con un perfume en el pelo y en la piel que me gustaría oler de nuevo antes de morirme”, y cincuenta y seis años han pasado de ese momento y el recuerdo sigue siendo tan lindo y tan doloroso. “Pero no había sólo simpatía o deseo en ella, una mujer en la plenitud espléndida de los treinta y tantos años, sino también desesperación, una forma de pánico que él no había presenciado nunca”, era otra cosa, la sinceridad pero a la vez el miedo. Y ella le dice la brutalidad de la historia, con esa intuición que muchas veces declaramos femenina: “Tú no eres como ellos, aunque lleves su uniforme, tú tienes que irte de aquí y contar lo que nos están haciendo. Nos están matando a todos, uno por uno, cuando ellos llegaron a Narva éramos diez mil judíos, y ahora quedamos menos de dos mil, y al ritmo que van no duraremos más allá del invierno. No perdonan a nadie, ni a los niños, ni a los más viejos, ni a los recién nacidos. Se los llevan en tren no sabemos adónde y ya no vuelve nadie, sólo vuelven los trenes con los vagones vacíos”, y él, todavía incrédulo, o sorprendido: “pero tú estás viva y libre, y te invitan a sus bailes”, y la contestación no dejará dudas: “porque me acuesto con ese puerco que estaba conmigo cuando entraste. Pero en cuanto se canse de mí o crea que es peligroso tener una querida judía acabaré como los otros”. Y no hay escapatoria posible, Europa entera era de ellos, los nazis, por un rato.

Dime tu nombre.— “Ausente de mis propios actos y de las personas con las que trataba”, en ese espacio confuso de bruma en el que no estaban claros los límites entre lo recordado y lo inventado”, es decir, lejos de sí mismo. “Estaba como muerto, con una carencia absoluta de todo deseo de comunicación, como si no perteneciera a este mundo, pero tampoco a ningún otro; como si durante todos los años transcurridos hasta este momento sólo hubiera hecho mecánicamente lo que se deseaba de mí, esperando en realidad una voz que me llamara”. Son las cartas entre Kafka y Milena, el escribirlas y esperar para volver a contestar, eran solicitudes en las que él no podía ni quería tomar una decisión (casi como si fuera el señor K). Un oscuro oficinista muerto en vida que guarda en su archivo los expedientes de los artistas, recortes de prensa (si había) y otros detalles menores. El se encarga de programar, con desidia, sin entusiasmo alguno, las actuaciones artísticas “no a los escenarios importantes de la ciudad, sino a los centros culturales de los barrios” (poco más que salones de actos escolares o tablados al aire libre en plazuelas o parques durante los meses de verano).

“Vivía rodeado de sombras que suplantaban a las personas reales y me importaban más que ellas y paladeaba nombres de ciudades en las que no había estado, Praga o Lisboa, o Tánger, o Copenhague, o Nueva York, de donde me llegaban las cartas, mi nombre y la dirección de esa oficina escritos en los sobres con una caligrafía que nada más verla era para mí no sólo el anticipo sino también la sustancia de la felicidad”, dirá  Muñoz Molina, volviendo al tono personal para explicar, y explicarse, ahora convertido en un oficinista que casi no tiene nada que hacer, y lee todo el tiempo: “Encerrado en mi oficina leía cartas y diarios y cuadernos de notas de Sören Kierkegaard, y aprendía en Pascal que los hombres casi nunca viven en el presente, sino en el recuerdo del pasado o en el deseo o el miedo del porvenir, y que todas las desgracias le sobrevienen al hombre por no saber quedarse solo en su habitación”, concepto que ya ha manejado y del que se desprende una especie de destino inevitable. “Vivía escondido en las palabras escritas, libros o cartas o borradores de cosas que nunca llegaban a existir”, vivía allí como si todo lo demás, el mundo, no existiera. “Escribir y leer era ir tejiendo a mi alrededor los hilos del capullo protector y sofocante en el que me envolvía”. O sea, aclarando, un burócrata de la cultura, pero de la cultura de segundo orden, donde abundaba “la pobreza de sus vestuarios y sus decorados, la roma espontaneidad de sus espectáculos, en los que parecía que perduraba la penuria y la chapuza de los comicastros ambulantes de otras épocas, sólo que ahora renovada de mugre hippy, de recuelos y saldos de creación y participación colectiva, de comunas decrépitas”, y además, “se les pagaba poco, porque los presupuestos que yo manejaba eran muy bajos, y además tardaban mucho tiempo en cobrar”; embustero él mismo porque aducía excusas que eran “las dilaciones, los descuidos y negligencias, en las que yo mismo incurría”. En definitiva, “esperaban, igual que yo, vivían en el tiempo en blanco”. Aparecen, es inevitable, una serie de personajes estrafalarios, como salidos de otro mundo (de otra parte, de otra región, a menudo inaccesible, del mundo) y esos personajes y sus historias le dan sentido y unidad al discurso, al texto. Hablo de personajes a pesar que Muñoz Molina se empeña en mostrarlos como personas que fueron (y que quizá existieron realmente) pero al traspasarlo a la literatura, en cuanto esta no es testimonial (o no lo es del todo) o biográfica o autobiográfica (y tiene ingredientes de todo eso), se transforman en personajes, más allá, entonces, de la intención del autor. Aparecerá, como en todos los textos de este libro publicado en el año 2001, el miedo a los controles fronterizos, el miedo a ser detenido por alguna falta de papeles o por cualquier otra razón; aparecerán las cartas, ahora a una mujer esquiva: “si la buscaba me huía, pero si abandonaba desalentado la búsqueda era ella la que se acercaba a mí, siempre como una promesa intacta, borrándome del alma el resentimiento y la inseguridad, y haciéndome desearla otra vez tanto que iba codicioso y entregado hacia ella como hacia un imán, y en un instante, apenas la rozaba, ya estaba huyéndome de nuevo”, e incluso, este párrafo a continuación: “estando ahora tan lejos era cuando la sentía más próxima a mí, en la distancia y en las cartas, en mi ignorancia absoluta sobre la vida que llevaba”. Aparecerá, desde más acá en el tiempo pero con la proyección eterna de los olvidados, la mujer que está embarazada (y ya con un niño de dos o tres años) y busca unas actuaciones (hace de titiritera) y su marido “no está civilmente ni vivo ni muerto, ni enterrado en ninguna parte, ni consignado en un registro administrativo de defunciones, sino perdido en una especie de limbo, desaparecido, muriendo siempre, sin el descanso, para quienes le sobrevivieron y guardan su memoria, de saber cuándo murió y dónde lo enterraron”, que es uno de los dramas más trágicos del siglo XX (es la historia de la argentina Adriana Seligmann y los vuelos de la muerte). “A veces al escuchar un nombre, el de una mujer o el de una ciudad, percibes en sus sílabas la vibración de una historia que está cifrada en él, la clave de un mensaje secreto, toda una existencia contenida en una palabra”, porque es el personaje el que anda buscando algo que sea significante para él, algo que lo saque de su ostracismo. Así, entonces, hay que saber escuchar: “nunca soy más yo mismo que cuando guardo silencio y escucho, cuando dejo a un lado mi fatigosa identidad y mi propia memoria para concentrarme del todo en el acto de escuchar, de ser plenamente habitado por las experiencias y los recuerdos de otros”. La historia tiene una enseñanza: podrán quitárnoslo todo, menos lo que realmente somos.

Sefarad.— En este texto nos hace un retrato de su ciudad natal, del Alcázar por la fortaleza conquistada a los moros en 1234, y sobre todo de la Iglesia de Santa María, a la que “iba todas las tardes, en el verano de mis doce años, a rezarle unas cuantas avemarías a la Virgen de Guadalupe, la patrona de mi ciudad”. La religión y su imperativo de orden moral está presente desde los inicios: “tan tempranamente la doctrina católica nos habituaba a la solitaria contienda con uno mismo, a los retorcimientos de la culpabilidad: un acto impuro era un pecado mortal, y si no se confesaba no podía ser absuelto, y si uno se acercaba a comulgar en pecado mortal estaba cometiendo otro, igual de grave que el primero, que se añadía a él en la secreta ignominia de la conciencia”. En esa iglesia se casará (por primera vez, dice, por lo que imaginaremos, anticipadamente, no sólo que se volvió a casar, sino que algo pasó en el medio) a los veintiséis años. Y dice, además, que ese hombre joven “había perfeccionado las aptitudes que ya atisbaba como suyas al principio de la adolescencia, el hábito de fingir que era y hacía lo que se esperaba de él y a la vez rebelarse hoscamente en silencio, la vana astucia de esconder la que él imaginaba su identidad verdadera y de alimentarla con libros y sueños y una dosis gradual de rencor mientras exteriormente presentaba una actitud de mansa aquiescencia. Así vivía en un exilio inmóvil”.

Después nos cuenta trozos de la historia local, la manera (y la necesidad) que tenían los nobles para proteger a los judíos: “los nobles necesitaban el dinero de los judíos (y de todos los demás, por supuesto), sus habilidades administrativas, la destreza de sus artesanos, de modo que tenían interés en protegerlos contra las periódicas explosiones de furia de la chusma beata y brutal excitada por predicadores fanáticos”. También hay una casa, casa-símbolo, que tiene “en los dos extremos de la gran piedra del dintel, (talladas) dos estrellas de David, insertas en un círculo” y esas dos estrellas “son la única prueba que atestigua la existencia de una comunidad populosa, como las impresiones fósiles de una hoja exquisita que perteneció a la inmensidad de un bosque borrado por un cataclismo hace milenios”. O esa fecha de 1492, que englobará, de alguna forma, todo el concepto de la “expulsión” de los judíos. Expulsión que se dará, sucesivamente, desde la muerte de Jesús,  y reafirmada en el territorio cuando se reconquistó Granada y se descubrió América y a la expulsión de los moros, derrotados por la unión de las armas españolas (en propiedad por la reina Isabel I de Castilla y su esposo el rey Fernando II de Aragón, que culminaron con la Capitulaciones de Granada del rey Boabdil) y la instauración de lo que sería un imperio en las colonias, se vio coronado con la expulsión de los judíos, como si ello hubiera hecho posible lo otro, la grandeza de la España del siglo del oro, porque a los judíos “se atribuía la misma oscura perfidia que a otros enemigos jurados de España, de los cuales no sabíamos nada más que sus nombres terribles, masones y comunistas”.

Muñoz Molina contará, por boca de un escritor rumano sefardí, Emile Román, la crueldad de la expulsión de los judíos primero de Inglaterra y Francia en el siglo XIV (hecho que no suele mencionarse), luego de España y finalmente de Portugal (a donde se habían refugiado “a cambio de una moneda de oro por persona”). Pero cuenta no sólo de la expulsión, porque los que se quedaban (y para ello se convertían al cristianismo, abjurando de su verdadera fe) no corrieron mejor suerte (la inquisición los sometería a una implacable persecución), y hasta los trataron despectivamente de conversos o marranos, injuriándolos en la menor ocasión, “pero hubo marranos que después de varias generaciones de sometimiento al catolicismo emigraron a Holanda y en cuanto llegaron allí volvieron a profesar el judaísmo”.

Como quien tiene todo el tiempo del mundo, mira pasar la vida tras la ventana, trata de descubrir las intenciones —o las tensiones— de la gente que camina por la calle, y, sobre todo, recuerda, o revive sus recuerdos —en un tiempo posterior— de una visita a Göttingen, en Alemania, y cuando al fin lo dejan tranquilo, porque le han organizado todos sus más fervientes deseos (la comida, la visita a un museo) con precisión milimétrica, se echa a andar por la calle, sin rumbo, sintiéndose libre y liviano. “Son todo ojos, no soy nadie y nadie me conoce”, y esa es la libertad total. El paseo lo lleva a una pastelería donde toma un té y come un pastel, y de pronto se da cuenta que todos los clientes son viejos, “ancianos y ancianas tan cuidadosamente conservados como la decoración y las molduras de yeso de la pastelería e igual de decrépitos, dentaduras postizas, bastones, peluquines, pelucas rubias o empolvadas de blanco, gafas de mucha graduación, zapatos y medias ortopédicas, sombreritos de Miss Marple y manos pergaminosas y artríticas sosteniendo temblorosamente bocados de tarta y tazas de delicada porcelana”, y él supone, sacando cálculos matemáticos, que bien pudieron haber formado parte de esa maquinaria infernal del nazismo, y entonces se va, mareado y confundido (el terror y lo injusto de que haya algunas víctimas y algunos victimarios conviviendo al mismo tiempo en un mismo lugar). Y ese paso se confunde con otro, sucedido diez años después en otra ciudad –New York—, donde él (el autor) camina y piensa que se ha salvado de morir gracias a la medicina (leucemia) e incluso piensa que “nadie advertiría su ausencia, no habría la menor modificación en el mundo cuando cruce una calle cualquiera de la ciudad”. Así, entonces, puede decir, por ejemplo: “he vuelto a la ciudad y ya estoy despidiéndome de ella”, porque intuye que ya no volverá, o si vuelve, por supuesto —¡qué más!— será otro, y las cosas que ve y registra, con minucioso y obsesivo detallismo, serán otras o dejarán de existir, “quiero atesorar cada lugar, cada minuto de esta tarde última, el rojo del ladrillo de esas calles recónditas, el olor de las flores moradas de las glicinas, el de los pequeños jardines selváticos que hay a veces detrás de una tapia de madera, entre dos edificios, y en los que hay una umbría  húmeda y una espesura de vegetación que me trae el recuerdo del jardín de la iglesia de Santa María en las tardes de mucha lluvia, cuando el agua se derramaba de las gárgolas entre los arcos del claustro y resonaba en el interior de las bóvedas”. Y por allí nomás, está el cementerio sefardí, “en el que yo no había reparado antes, aunque solía ir mucho por esos lugares”, y como no sabe si podrá volver algún día, registra lo más posible el lugar, “las lápidas con sus nombres borrados, perdidos, como tantos otros, para el catálogo inmemorial de las diásporas españolas, para la geografía de las sepulturas españolas en tanto destierros por la anchura del mundo”. Eso se resume en una sola frase: “lápidas, tumbas sin nombre, listas infinitas de muertos”.

Es el penúltimo día de su estada en New York, “cualquier gesto trivial proyecta la sombra rara del adiós”, dice, preparando, en silencio, su partida, y dando despedidas de todas las cosas. “Y lo que quisiera atesorar como un coleccionista avaricioso y obsesivo son los instantes, las horas enteras, los minutos que pasé” escuchando música o viendo pinturas, o el caminar por ciertos lugares, más que las cosas en sí es el sentimiento que estas provocan en su interior y que gracias al recuerdo perviven y reviven, una y otra vez, como la visita al museo de lo español en el Bronx que cierra el libro, recordándonos todo lo español como un mosaico de sensaciones entremezcladas, dulces y amargas a la vez.

Ahí está todo el sefarad, lo que fue y lo que aún es.

 

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

 

La ONDA digital Nº 846 (Síganos en Twitter y facebook)

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