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CINE | “Extraordinario”: Prejuicios e intolerancia

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El drama del diferente, que en muchos casos suele ser marginado, es el potente disparador de “Extraordinario”, el nuevo largometraje del escritor, director y guionista estadounidense Stephen Chbosky (“Las ventajas de ser invisible”), un film que conmueve profundamente sin apelar a la mera efusión lacrimógena.

La película, que está inspirada en el best-seller “La lección de August” (2012), de Raquel Palacios, indaga en las diversas connotaciones de las personas que, por los inevitables avatares del destino, son diferentes a lo universalmente aceptado.

El relato nos confronta al supremo dilema de la inclusión o la exclusión, en una era contemporánea casi siempre refractaria a aceptar a quienes –voluntaria o involuntariamente- no encuadran en los meros cánones tradicionales.

Tanto la película como la novela en la cual esta se inspira plantean uno de los temas más desafiantes del presente, en la medida que convivimos cotidianamente en sociedades cerradas a cal y canto por la intolerancia.

No en vano estas expresiones de violencia implícita y explícita la observamos habitualmente en países desarrollados como los Estados Unidos, que eligió a un presidente abiertamente xenófobo.

Otro tanto sucede en Europa, donde campea el racismo y el rechazo a los inmigrantes, que suelen ser productos residuales de un sistema exacerbadamente expulsivo.

El protagonista de “Extraordinario” es August “Auggie” Pullman (Jacob Tremblay),  un niño de diez años que nació con una rara patología denominada Síndrome de Treacher Collins, quien ha sido sometido a reiteradas intervenciones quirúrgicas con el propósito de corregir malformaciones en su rostro.

A raíz de esta dramática situación, que le dificulta ver, hablar, respirar y hasta comer, es educado en su propia casa por su madre Isabel Pullman (Julia Roberts) y su padre Nate (Owen Wilson), quienes han intentado protegerlo y ampararlo de las eventuales derivaciones de su infortunio.

La otra integrante de la familia es Olivia Pullman (Izabela Vidovic), la abnegada hermana que se sacrifica y se suma al esfuerzo de todos para generar un fuerte cerco afectivo.

Para refugiarse de un mundo exterior que desconoce, el pequeño Auggie construye un escenario de fantasía, con “La guerra de las galaxias” y los astronautas como héroes y protagonistas de esa épica imaginaria. No en vano usa cotidianamente un casco de cosmonauta, con el propósito de ocultar un rostro que puede llegar a espantar.

La extrapolación con un universo paralelo a la realidad es el primer recurso al cual apela este relato, cuyas implicancias exceden obviamente el mero formato literario o cinematográfico.

En ese espacio de ficción donde los humanos conviven con alienígenas y extraterrestres radicalmente diferentes al género humano, hay lugar para alguien condenado a ser diferente.

En tal sentido, la alusión a la famosa saga es un buen punto de partida para plantear un tema sin dudas inquietante, que es el de la convivencia con un medio que seguramente le resultará hostil.

La decisión de los padres de que el niño curse quinto año en una escuela común, inicia un camino de aprendizajes no exentos de obvias dificultades y contratiempos.

Empero, para que el niño comience su proceso adaptación a una realidad naturalmente insoslayable, los progenitores enfrentan el gran desafío de que su hijo estudie e interactúe con sus pares.

De ahora en más, todo será aventura cargada de complejidades, en procura de la aceptación de los demás y la búsqueda de la libertad para poder crecer biológica y emocionalmente y desarrollarse.

Con la frontalidad requerida, el cineasta y guionista expone el tema del bullying en toda su crudeza, un fenómeno universal que se corresponde con patrones de conducta exacerbadamente individualistas y propios de una sociedad inmadura y contaminada por la más rampante intolerancia.

La historia está estratégicamente narrada en cuatro episodios, que trasuntan los diversos puntos de vista de los personajes de la peripecia dramática. Por supuesto, tal vez el más importante desafío sea ponerse en lugar del otro que, en este caso concreto, es una auténtica víctima.

Este formato habilita diversas interpretaciones sobre una situación realmente extrema, que tiene como involuntario protagonista a un niño, con toda la carga de dolor y de inocencia que ello supone.

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En ese contexto, el relato indaga en las imposturas de una sociedad hipócrita que tiene poco de hiper-integrada y de inclusiva, pese a un recurrente discurso complaciente.

Obviamente, la historia plantea el recurrente dilema sobre los conceptos de normalidad y anormalidad, acorde con prejuicios largamente arraigados en el imaginario social.

Stephen Chbosky sabe administrar las emociones de los personajes de la trama cinematográfica soslayando eventuales efusiones lacrimógenas, tan habituales en películas que abordan estas temáticas tan sensibles.

Un calificado reparto encabezado por la siempre estupenda Julia Roberts y por el muy promisorio Jacob Tremblay, coadyuva a transformar a esta película es un potente alegato contra la intolerancia.

“Extraordinario” es un film bastante removedor, que aborda un tema controvertido con la necesaria madurez, seriedad y sobriedad, acorde a la necesidad de otorgarle una indispensable visibilidad y un abordaje profundamente humano que exceda a la mera ecuación de mercado.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

La ONDA digital Nº 846 (Síganos en Twitter y facebook)

 

 

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