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Un motivo para comer

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Somos los hombres huecos
Los hombres rellenos de aserrín
Que se apoyan unos contra otros
Con cabezas embutidas de paja. ¡Ay!
S. Elliot

 

“No fue la teoría feminista la que curó mi anorexia; fue tener un motivo para comer,” escribió el pasado sábado 25 la columnista Hadley Freeman en el diario inglés The Guardian.

Comentaba una curiosa noticia sobre les presuntos efectos curativos de los desórdenes alimentarios que tendría la lectura de libros teóricos feministas. No nos interesa ahora el tema concreto porque de lo que vamos a hablar es de nuestra izquierda. Nos interesa sí el valor de tener motivos para vivir.

Hace unos días, algunos integrantes de Banderas de Líber mantuvimos una conversación con dirigentes del PIT-CNT. Uno de ellos nos dijo en forma elocuente que cuando comenzó a militar, de pantalones cortos, lo había seducido ser parte de la instauración de la sociedad del pan y de las rosas. “Hoy, a un muchacho que se acerca al sindicato, ¿qué tenemos para darle? Si le hablo de panes y rosas se muere de risa. ¿Que se mate peleando por un tres por ciento en lugar de un dos?”

Mencionó otros tres problemas del movimiento sindical. El primero, que ha surgido una camada de renovación generacional a quien ya no interesa demasiado la perspectiva general de la sociedad uruguaya, sino los vintenes; lo que no dudó en calificar de corporativismo: un reclamo sin otra perspectiva. El segundo, que los mejores y más lúcidos trabajadores de cada lugar ya no son los delegados y dirigentes gremiales, como antes. El tercero, que entre quienes sí asumen tareas de dirección surgen personas atraídas por razones distintas a los objetivos generales de los trabajadores; por ejemplo, la posibilidad de manejar las licencias sindicales o acceder a un poder pequeño, con la consiguiente aparición de caudillismos y ventajismos.

Los cuatro problemas enunciados tienen una misma raíz, que es el inicial. Si militar no proporciona un alimento espiritual que de sentido a la vida, que prometa revelar el sentido del mundo, queda pelear por el uno por ciento. Los mejores buscarán algo más sustancioso para entregar sus energías y los no tan buenos que van quedando a cargo, a falta de otra perspectiva pueden tender a limitarse a dar satisfacción a su ego, si no a algo más grave.

Si la perspectiva de ser parte de un gran movimiento histórico es un poderoso incentivo para asumir responsabilidades sociales, debe ser en el ámbito propiamente político donde se manifiesten sus efectos con más nitidez. Y de hecho, tenemos en el Frente Amplio todos los síntomas descritos para la vida sindical y otros más. Una política vista como forma de subsistencia personal o de pequeños accesos a poder; una política enredada por tanto en perfilismos y operaciones; una política de marcación de espacios de arriba a muy abajo; una política en la que debió discutirse para poner en primer plano la preocupación por la ética pública.

Días pasados Esteban Valenti publicó “Qué diferente era ser de izquierda” en la agencia (uypress 1), un artículo en tono de Juvenilia sobre la vida militante en los años 60. En esa época se formaron algunos de nuestros militantes veteranos. Y tan fuerte fue la fe de estar del lado de la historia, que miles y miles enfrentaron con alegría a la dictadura, a la cárcel, a la tortura y a la misma muerte.

Hoy no existe un norte con ese poder de atracción. Norberto Bobbio nos propone como “estrella polar” de la izquierda una vaga preferencia por la igualdad sobre la libertad. Pero el Frente Amplio, que está produciendo una profunda y coherente transformación histórica, no sabe o no se ha puesto de acuerdo en cómo explicar sus objetivos nacionales. Que pueden no ser épicos, pero van rumbo a transformarnos en un país desarrollado luego de 50 años de estancamiento.

Un amigo dice que al país le falta un consenso sobre adonde va. Pone el ejemplo de los electrones dispersos en un cable que se alinean cuando pasa la corriente. Yo usaba un ejemplo parecido: las limaduras de hierro sobre un papel que saben qué hacer cuando se les acerca un imán que les marca un norte y un sur.

Esta fuerza, que nos ordena las líneas principales y las secundarias, probablemente sea una necesidad muy profunda de la persona. Desde Platón se opone la fuerza del deseo a la fría sabiduría. Y por aquí volvemos a la desconfianza de Hadley Freeman sobre las propiedades curativas de la teoría pura.

Nada de lo que hacemos, juzgamos o pensamos tiene sentido si no sabemos para qué lo queremos. Nada es bueno ni útil ni vale la pena investigarse. Sin un objetivo, el único deseo que nos queda -que nos consume- es el de consumir: el uno por ciento. El resto pierde sentido.

El sindicalista mencionado al principio comentó: “Nosotros creemos que la unidad sindical es fundamental. Pero si no tenemos claro para qué, otros pueden argumentar que ellos tienen un sindicato fuerte y les conviene negociar solos y apartarse del PIT-CNT.”

Por supuesto, cada uno puede armar su vida individual con las prioridades que quiera, e incluso hasta entregar su vida. Esta semana un tal Mike Hughes, de California, se iba a lanzar al espacio en un cohete casero para probar que la Tierra es plana.

Pero así no se pueden elaborar proyectos colectivos, un comité, un sindicato, un partido político, una sociedad. El problema de buena parte de la filosofía de izquierda actual es el del sujeto. O la falta de él. Del sujeto colectivo que por su situación estaba en condiciones de ver y mover al conjunto de la situación; el proletariado. Pero también del sujeto como categoría especial de persona desasosegada, capaz de cuestionar su realidad y al lenguaje con el que la describe. Si esto es así, no es solo nuestro país el que le falta consenso sobre adonde va.

¿Entonces? ¿Somos los hombres huecos? ¿Está todo perdido? No, claro. Sin contar que hay muchas formas de contribuir a los objetivos colectivos aparte de la política, desde la ciencia, la producción, el voluntariado. Aún sin objetivos nacionales nítidos, aún si las dirigencias no saben qué plantear, aún si priman las metas individuales, no se puede sino vivir en sociedad. Eso lo saben los más añosos, pero también los jóvenes, que no frecuentan reuniones cuyo esquema es la caricatura de un régimen parlamentario, con informe, ronda y quedar en nada. Pero conocen cuando un tema les interesa: el No a la baja, el 8 de Marzo, el 20 de Mayo, la marcha por la Diversidad.

Quizá allí haya ideas mejores sobre qué plantear y cómo organizar en este siglo, cosas que no tenemos resueltas. Y seguramente esa es una buena razón para apostar a la renovación.

 

Por Jaime Secco
periodista uruguayo

La ONDA digital Nº 844 (Síganos en Twitter y facebook)

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