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La nebulosa de andromeda (La fantástica utopía comunista)

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Introducción.-

Coincidiendo con los 100 Años de la Revolución Rusa, creo conveniente traer a la memoria, con este ensayo, una obra que reflejó el verdadero espíritu soviético de la época, un libro clásico de la literatura de ciencia ficción. Si tuviéramos que sintetizar la utopía comunista en la literatura soviética de la época, iríamos a esta novela de anticipación científica publicada tras el final de la era estalinista (en 1957) y que, como ninguna otra, define con claridad el concepto y la idea que se tenía de la nueva sociedad en construcción y del futuro luminoso del que se hablaba en la propaganda comunista de aquellos tiempos. Quizá el uso de la literatura de ciencia ficción permitía a algunos escritores soviéticos “saltearse” la censura y así poder manifestar ciertas críticas o, cuando menos, elaborar una mayor libertad de pensamiento.

 Antecedentes.-
La ciencia ficción rusa tiene, como el antecedente más directo, la escritura de Alexei Tolstoi (sobrino de León Tolstoi, autor de La guerra y la paz), sobre todo con Aelita, que narra un viaje a Marte a bordo de un cohete, y La hipérbola del ingeniero Garín, en la que se nos habla de la fabricación de un rayo de fuego, pero también tenemos al ingeniero Constantino Tziolkovski, a quien se le considera el verdadero padre de la astronáutica, ya que publica en 1895 su obra Los sueños del Cielo y de la Tierra, en la que se anticipa la exploración del Universo por medio de aparatos de reacción. Por supuesto que luego surgen otros escritores como Bulgarov, Obrucev, o los hermanos Strugatski. Pero también hay que señalar la gran acogida que tuvieron a fines del siglo XIX y al inicio del siglo XX las obras de Julio Verne como de H. G. Wells. Se señala, asimismo, la temprana novela de Yevgueni Zamiátin, “Nosotros”, que retrata una sociedad opresiva del futuro en la que se reflejaba la Rusia de Stalin, y cuya publicación estuvo prohibida en la URSS hasta 1988, o incluso el relato de Chejov llamado Islas voladoras. Bulganin, es autor que escribe durante el siglo XIX, sus Fábulas verosímiles o Fábulas increíbles, nos llama la atención sobre problemas que hoy son actuales, como el ecológico, o el invento tecnológico exacerbado, como esa máquina increíble que escribe poemas o prosa con solo introducir una o varias palabras que a uno se le ocurra y la máquina hace el resto, automáticamente.

Según Jacques Bergier, recopilador de un libro publicado por la editorial Bruguera en 1968, señala, en la introducción, los dos rasgos fundamentales del carácter ruso: “la preferencia por lo maravilloso y por la libertad (Lo mejor de la ciencia ficción rusa, Editorial Bruguera, 1ª edición, 1968, pp. 444). Señala, también, que, como antecedente, se pueden citar la obra Nosotros de Zamjatin, y Aelita de Tolstoi. Además, indica que en 1911, “mucho antes de la aparición de revistas especializadas (norte) americanas”, se publicaba una revista mensual, “El mundo de las aventuras”, de temática afín a la ciencia ficción, donde había traducciones sobre obras de Julio Verne, Robida, Wells, Paul d´Ivoi y otros autores alemanes, italianos y polacos, pero también trabajos de autores rusos como Alazantrev y Pervuchin. En 1912 se publica un cuento de Alexander Kuprin (El sol líquido), basado en la “licuefacción de la luz y la constitución de un líquido formado por fotones de energía”. Tras la revolución rusa de 1917, siguió saliendo la revista “El mundo de las aventuras”, aunque ya con marcado tinte ruso (y utópico), y surgió la revista “El Buscador Universal”. Ilia Erenburg, un escritor soviético bastante conocido, publicó varias novelas, entre ellas El trust D. E., novela de anticipación que “describía la conquista de Europa por el capitalismo (norte) americano en términos singularmente proféticos” (pág. 12). Un caso paradigmático, se trata de Dudincev y su obra No sólo de pan vive el hombre, muy cuestionada durante la época de Stalin y que lo “sepultó” literariamente hasta que tras la perestroika fue rehabilitado, sacándolo del ostracismo que padeció durante tres décadas.

En cuanto a los temas clásicos, Bergier señala: la duración y eternidad del tiempo; el espacio y su conformación; teorías de la creación del mundo y de la posibilidad de seres pensantes; monstruos galácticos, a menudo espeluznantes; la locura espacia; las naves, su diseño tecnológico y sus viajes; los cientos más o menos obsesivos. Además, su preocupación social y la conformación de sociedades casi perfectas (aunque los hombres nunca están del todo satisfechos) así como las distintas visiones de la historia pasada, la reciente y casi actual. La propensión al futuro como proyección del presente (nadie imagina, por ejemplo, encontrar un mundo en el principio de la humanidad, en el eslabón perdido).

La primera dificultad con que nos encontramos es la poca (y dispersa) difusión de este tipo de literatura, principalmente para los lectores de habla castellana. Las traducciones disponibles rara vez vienen directamente del ruso, por lo general se trasladan al inglés o a otros idiomas (italiano, alemán o francés) y de allí al español, por lo que se dificulta un poco más la comprensión de los textos. Y, además, son pocas y demasiado sesgadas ideológicamente, en muchos casos hubo que esperar que se atenuara la “guerra fría”. El fin del “socialismo real” y la caída del muro de Berlín, no trajo como consecuencia una mayor difusión de la ciencia ficción, y quizá debamos esperar aún más. Sin embargo, el uso de internet y la facilitación de la lectura en computadora y equipos móviles hacen que se puedan encontrar tanto a autores como a novelas y cuentos de esa época que, en forma de libro, se hace muy difícil encontrar. Por lo tanto hay una cierta variedad, aunque muy heterogénea y difícil de clasificar.

El término PFL.-
Prilunchenchesco Fantasticheskaya Literatura es el término ruso, análogo a Sciencie Ficcion estadounidense de la edad dorada de la ciencia ficción (1938-1950), y al de la edad de plata (1951-1965).

Algunas diferencias con la Sciencie Fiction (SF).-
Ya hemos señalado las dificultades de la traducción al español de las obras rusas, cosa que no sucede tanto con las obras norteamericanas o inglesas, que han sido mayormente traducidas al español y que, también, en Internet podemos conseguir mucho más fácilmente (y gratuitamente). A las diferencias ideológicas y en su construcción literaria y en la reconstrucción del mundo, donde al colectivismo ruso —a nivel general— aquí sucede el individualismo exacerbado y los personajes como héroes románticos y geniales, que por lo general “salvan” al mundo o a algunos planetas donde se asientan los terrícolas, hay diferencias de corte técnico, digamos, que se expresan en un mayor desarrollo de guerras interplanetarias y en el traspolamiento del sentimiento terrestre a los otros mundos, donde se instalan allí los mismos problemas y las mismas soluciones (económicas e individuales). Hay una alienación más perversa, que se expresa, también, por la abundancia de seres terribles, capaces de provocar miedo y espanto. Los extraterrestres son desalmados, y a menudo crueles, pero entre los rusos no vemos eso en general, y si aparecen es para confirmar la regla o para decirnos que están hablando de un periodo de desarrollo anterior al nuestro (en este caso comunista o socialista) y por ello esos seres pueden ser así.

 Primeros elementos de la obra.-
La nebulosa de Andrómeda, de Iván Efremov (1908-1972, biólogo y paleontólogo y quien definió la tafonomía, es decir la parte de la paleontología que se ocupa del estudio de los procesos de fosilización y de la formación de los yacimientos de fósiles), es una novela de anticipación que, sin duda, marcó toda una época. Trata del futuro de la humanidad y en ella se habla del extraordinario desarrollo de la ciencia y de la técnica, de la nueva organización de la sociedad y de la vida del Universo en la Era del Gran Círculo (o bien Era del Gran Circuito. La idea parece ser un universo cerrado, completo).

Según Jacques Bergier, en la recopilación ya citada, sintetiza así la novela que vamos a empezar a analizar, La nebulosa de Andrómeda: “Las ciencias: unas matemáticas sin paradojas; una física dialéctica, una biología que ya ha resuelto los secretos de la vida. Las técnicas: aeronaves que se alimentan de una propulsión proporcionada por una materia en la que las relaciones mesónicas han sido eliminadas, y que permiten viajes a las estrellas; máquinas casi inteligentes; la síntesis de los alimentos. La vida cotidiana de estos hombres y de estas mujeres está descargada de las preocupaciones que pesan sobre nosotros, pero no siempre son felices. La nebulosa de Andrómeda, la galaxia más próxima a la nuestra, domina el libro, conjunto de meta y símbolo. Los personajes intentan abolir las barreras del espacio y del tiempo, a fin de abrir en el cosmos una puerta que conduzca directamente a la nebulosa de Andrómeda…” (pág. 19).

Más allá de este resumen, que viene bien a propósito para enfocar la totalidad de la novela, y circunscribirla, podemos decir, en primer lugar, que en esta novela la medida del tiempo es oscilatoria, lo que fue volverá a ser después, cuando las ondas de radio hayan llegado a la Tierra; todo depende del punto en el espacio-tiempo en que se esté. No hay una fecha ni indicación temporal, pero todo sucede en un futuro (incluso en un pos comunismo) y esta, la novela, habla en presente. El viaje interestelar de la nave Tantra debe llegar al planeta Zirda, donde hay —supuestamente— vida, pero desde hace setenta años “que no llegaba de allí noticia alguna” (pág. 12). Y es por ello que van hacia allí. Tendrán problemas de combustible (anamesón), y otra nave, el Algrab, “astronave de segunda clase” debía encontrarse con la Tantra cerca de la órbita del planeta K2227/r88 (esas denominaciones inventadas al modo astrónomo…). Se trata de la 37ª expedición astral, lo que nos da un indicio más del tiempo.

Aquí se introducen elementos tecnológicos nuevos, la inteligencia artificial pero con limitaciones, donde las decisiones fundamentales las hace el hombre —únicamente él puede decidir—, en tanto que los aparatos evalúan las soluciones a problemas determinados y establecen patrones prefijados de antemano; no tienen iniciativa propia. Hay, por ejemplo, mil setecientas sesenta centrales eléctricas, suficientes para generar la electricidad necesaria, ya que la transmisión espacial requiere el cuarenta y tres por ciento de la energía total y esta atraviesa la atmósfera por el canal de radiación dirigida, y la recepción requiere un ocho por ciento adicional. El alfabeto, con el que se comunican, es lineal y único, no contiene ningún signo complejo. Y, baste como ejemplo de la grandiosidad científica y técnica: ¡hay telescopios de 400 kilómetros de diámetro!

Desde el punto de vista narrativo es acción pura, cuyos capítulos se alternan, con la acción que sucede en el espacio y en la Tierra, y con base en los dos principales personajes —el experimentado Erg Noor, de cabellos negros, “en los que brillaban, prematuras, unas hebras de plata” (pág. 23), jefe de la misión, y la muchacha “de abundantes cabellos, (que) parecía una hermosa flor de pétalos de oro” (pág. 21), aunque un poco más adelante dice que tiene “cabellos rojizos, de ojos castaños, brillantes, circundados de oscuras sombras” (pág. 25), llamada Niza Krit—. Pero en cuanto la narración va a la Tierra, los personajes principales son Dar Veter y la historiadora Veda Kong. Hay nombres extraños, fuera de lo común, extranjeros —aunque provengan de la Tierra—, porque esa extrañeza, en sus nombres, parece el nombrar del futuro, son nombres “futuristas” o, lo que quiere decir lo mismo, pero al revés, nadie se llamará Juan o Pedro, pero sí Pel Lin, Key Ver o Ingrid Ditra, Pur Hiss, y una serie de personajes accesorios como Eon Tal, Luma Lasui, Taron (mecánico), Tor An, Zig Zor (compositor), Veda Kong (historiadora), Dar Veter (de origen ruso), Evda Nal, o el africano Mven Mas (de raza negra, con capa blanca sobre recios hombros), junto a otros nombres como el del planeta Zitra (que es a donde va la primera misión) o la nave Tantra con alguna reminiscencia hindú o la nave Algreb que tiene algo del árabe. También habremos de notar que hay abundancia de diminutivos (piedrecillas, cofrecillo, por ejemplo), pero puede deberse a la traducción o a la época en que fue escrita y/o traducida al español (o también puede deberse al traductor). Los personajes pertenecen a la clase gobernante, la que toma las decisiones o los que, como artistas, representan (simbólicamente) a la clase en el poder.

Parecería, a partir de la lectura del capítulo I, La estrella de hierro, que Niza Krit es el personaje principal, enamorada del jefe de la misión y astronauta nóvel, “completamente ignorante en comparación con aquellos hombres” (de la tripulación). “Tal vez la ayudase con su ternura, su buena voluntad, su continua tensión, y su ardiente deseo de hacer más llevadero el penoso trabajo” (pág. 25). La ternura, si es que esto es lo que aportará la muchacha, es el contraste necesario al pensamiento analítico, frío, calculador, de los demás astronautas ya más o menos experimentados, y a los insensibles aparatos tecnológicos y computarizados de la nave. Niza es de “rostro juvenil”, labios carnosos “destacando sus trazos”, de nariz afilada “un poquito arremangada” (pág. 6), de anchas cejas fruncidas, ojos un poco estrábicos.

Hay una forma descriptiva que va desde lo físico hasta la impresión que causa, por ejemplo en la historiadora Veda Kong (descripción hecha por Dar Veter): “el fino rostro amado, de ojos grises. La deslumbradora sonrisa, que ponía al descubierto los blancos dientes, formando unos encantadores hoyuelos junto a la boca, de enérgico trazo, y la nariz infantil, ligeramente arremangada (¿fruncida?), daban al rostro aquel una expresión todavía más dulce y afable” (pág. 48), y también, de espesos cabellos color ceniza claro. Veda Kong se pone “sus mejores galas, las que más embellecían a la mujer, ideadas hacía ya miles de años, en la época de la civilización cretense (pág. 52) (¿de ahí su clasicismo, su orden del periodo histórico clásico, griego, romano o cretense?). Sigue la descripción (que es, o quiere ser, descripción de la belleza —y de la belleza pura—): “Los espesos cabellos de color ceniza claro, tirantes, recogidos en alto rodete, no entorpecían el cuello armonioso y fuerte. Los tersos hombros estaban al desnudo, el amplio descote mostraba parte del pecho, ceñido por un corpiño azul celeste, la falda, ancha y corta, con flores azules bordadas sobre una cenefa de plata, dejaba al descubierto las bonitas piernas desnudas, tostadas por el sol, y los pies breves, calzados con unos zapatitos de color cereza…” (pág. 52). O, por ejemplo, ciertos reflejos de lo antiguo, “Mven Mas (el africano) se acercó de puntillas, como andaban en otros tiempos sus antepasados por las sabanas, calcinados por el sol, acechando a las terribles fieras” (pág. 54).

El realismo ficcional socialista.-
Hay una comunidad del saber global, la erudición universal, trasmitida y recibida por todos sus habitantes interestelares, pero el nudo principal, que es lo que quiero destacar, es el papel de la historiadora, Veda Kong, porque por su intermedio nos hablará del comunismo y de la construcción del mismo, en algo que podríamos calificar de realismo socialista ficcional en cuanto a su forma, y que es lo importante que lleva en sí esta novela, porque las aventuras interestelares, con su cuota de acción y peligro, no son muy distintas de las novelas de ciencia ficción occidental. Esto es lo central en la voz de la historiadora, materialista-dialéctica, que hablaba de los principales jalones de la historia de la humanidad; de los tiempos antiguos de esta, de la desunión que reinaba entre los pueblos grandes y pequeños, desgarrados por los antagonismos económicos e ideológicos.
He aquí la argumentación ideológica: “Aquellas épocas se agrupaban bajo el nombre de Era del Mundo Desunido (EMD). Mas no era la enumeración de las guerras devastadoras, de los terribles sufrimientos o de los supuestos grandes estadistas —que llenaban los viejos libros de historia de los Antiguos Siglos, de los Siglos Sombríos o de los del Capitalismo— lo que interesaba a los hombres de la Era del Gran Circuito. Mucho más importante para ellos era la historia, llena de contradicciones, del desarrollo de las fuerzas productivas, junto con la formación de las ideas, del arte y de los conocimientos, los orígenes de la lucha espiritual por el verdadero hombre y la auténtica humanidad, así como la evolución de la necesidad de crear nuevos conceptos acerca del mundo y de las relaciones sociales, del deber, de los derechos y la felicidad del ser humano, concepciones que habían hecho crecer y florecer en todo el planeta el poderoso árbol de la sociedad comunista.

“En el último siglo de la EMD, llamado Siglo del Desgajamiento, los hombres habían comprendido al fin que todas sus desgracias provenían de un régimen social que se había ido formando espontáneamente, a partir de los tiempos de la barbarie, y que toda la fuerza y el porvenir de la humanidad estaba en el trabajo, en los esfuerzos conjuntos de millones de seres humanos liberados de la opresión, en la ciencia y en la restructuración de la vida sobre bases científicas. Se habían comprendido las leyes fundamentales del desarrollo de la sociedad, el curso dialécticamente contradictorio de la historia, la necesidad de inculcar una rigurosa disciplina social, tanto más importante cuanto más aumentaba la población del planeta [¿neomalthussianismo?].

“La lucha entre las viejas ideas y las nuevas se agudizó en el Siglo del Desgajamiento y dio lugar a que todo el mundo se dividiese en dos campos —el de los Estados viejos, capitalistas, y el de los Estados nuevos, socialistas— con diferente estructuración económica. El descubrimiento en aquel tiempo de las primeras formas de energía atómica y la obstinación de los defensores del viejo mundo estuvieron a punto de llevar a la humanidad a la más espantosa catástrofe [¡obstinación sólo de una parte!].

“Mas el nuevo régimen tenía que triunfar forzosamente, aunque esta victoria fue retardada por el atraso en la formación de una conciencia social. La reorganización del mundo sobre bases comunistas era empresa absurda sin un cambio radical de la economía, sin la desaparición de la miseria, del hambre y del trabajo penoso, agotador. Pero el cambio de la economía exigía una dirección muy compleja de la producción y de la distribución y era imposible sin formar antes en cada persona una conciencia social.

“La sociedad comunista no abarcó inmediatamente a todos los pueblos y países. Para acabar con el odio y, sobre todo, con las mentiras acumuladas por la propaganda hostil durante la lucha ideológica del Siglo del Desgajamiento, se requirieron grandes esfuerzos [¡!]. No pocos errores se cometieron en el camino de desarrollo de las nuevas relaciones humanas [esta obra, escrita en 1957, ¿alude autocríticamente al periodo estalinista?]. En algunas partes hubo sublevaciones, provocadas por los atrasados partidarios de lo viejo [o de los no beneficiados de lo nuevo] que, debido a su ignorancia, intentaban hallar en la resurrección del pasado fáciles salidas de las dificultades con que tropezaba la humanidad.

“Pero la nueva ordenación de la vida extendióse ineluctablemente por toda la Tierra y los pueblos y razas más distintos se fundieron en una sola familia sensata y bien avenida.
“Así había comenzado la Era de la Unificación Mundial (EUM) [es el inicio del futuro] que constaba de los siglos de la Unión de los Países, de las Lenguas Heterogéneas, de la Lucha por la Energía y del Idioma Común [¿la uniformidad?].

“La evolución social se aceleraba de continuo, y cada nueva época transcurría más de prisa que la anterior [¿por qué? No queda explicado]. El poder del hombre sobre la naturaleza progresaba a pasos de gigante.
“En sus fantásticas utopías [¿y esto no lo es?] sobre un futuro espléndido [el futuro luminoso del que hablaba la propaganda comunista], las gentes soñaban con que el hombre se liberaría gradualmente del trabajo. Los escritores pronosticaban que con una breve labor diaria de dos o tres horas, dedicadas al bienestar común, la humanidad se aseguraría todo lo necesario, y el tiempo restante sería de feliz asueto [¿ocio?].

“Estas figuraciones procedían de la aversión al trabajo penoso y obligado de la antigüedad.

“Pronto, las gentes comprendieron que el trabajo era una dicha, lo mismo que la lucha incesante con la naturaleza, la superación de los obstáculos, la resolución de nuevas y nuevas tareas para el desarrollo de la ciencia y de la economía. Un trabajo en la plena medida de las fuerzas, pero creador, en consonancia con las aptitudes y los gustos innatos, multiforme y variable de vez en cuando, ¡eso era lo que necesitaba el hombre! [¿eso era, eso es?]. El progreso de la cibernética, técnica de la dirección automática, junto a la amplia cultura general, el elevado nivel intelectual y la excelente preparación física de cada persona permitiría cambiar de profesión, dominar rápidamente otras y variar hasta lo infinito de actividades laborales, encontrando en ellas una satisfacción cada vez mayor [¿hay necesidad de cambiar de trabajo?]. La ciencia, en su expansión creciente, abarcaba toda la vida humana, y el creador gozo de descubrir nuevos secretos de la naturaleza era ya accesible a un enorme número de personas. El arte asumió un papel de primer orden en la educación social y en la estructuración de la vida. Así llegó la Era del Trabajo General (ETG) la más magnífica de toda la historia de la humanidad, con sus siglos de la Simplificación de las Cosas, de la Restructuración, de la Primera Abundancia y del Cosmos.

“El descubrimiento de la condensación de la electricidad, que dio lugar a la creación de acumuladores de enorme capacidad y de motores eléctricos de reducidas dimensiones, pero de gran potencia, constituyó una gran revolución técnica de los tiempos modernos.

Anteriormente, ya se habían conseguido, por medio de semiconductores, formar complejas redes de corrientes de baja tensión y construir máquinas cibernéticas de dirección automática [esto parece la solución al trabajo mecanizado, sacando a los hombres del mismo, la robotización]. La técnica se convirtió en elevado arte de fina precisión, en obra de orfebres [parece que la técnica es fundamental en la sociedad comunista], que subordinaba a sí misma, al propio tiempo, gigantescas fuerzas en escala cósmica.

“Mas la necesidad de dar todo a cada uno hizo que los cuidados de la vida cotidiana se simplificasen considerablemente. El hombre dejó de ser esclavo de las cosas, y la elaboración de detallados standards permitió crear toda clase de objetos y máquinas con un número de elementos constructivos relativamente pequeño, del mismo modo que las múltiples especies de organismos vivos están constituidos de células poco diversas; la célula, de albúminas; las albúminas, de proteínas, etc., etc. Sólo con el cese del increíble despilfarro de alimentos que existía en los siglos anteriores, se aseguró el sustento a miles de millones de personas.

“Todos los recursos de la sociedad que se gastaban antiguamente en la fabricación de ingenios de guerra, en el sostenimiento de enormes ejércitos que no hacían ningún trabajo útil, en la propaganda política y en falsos oropeles se dedicaron a organizar debidamente la vida y acrecentar los conocimientos científicos” (pág. 57-61). Quiero dejar constancia que los comentarios entre corchetes de la larga cita me corresponden.

Y como resultado, la sociedad perfecta, condimentado con este otro párrafo de tinte biológico evolucionista: “Cuanto más penosa y larga es la vía de la ciega evolución animal hasta llegar al ser presente, tanto más perfectas y adecuadas son las formas superiores de la vida y en consecuencia, tanto más bellas. Desde hace mucho tiempo los terrenos (terrícolas) hemos comprendido que la belleza es la conveniencia de la estructura, instintivamente percibida y bien adaptada a  un fin determinado. Y cuanto más diverso es el fin, más bella es la forma…” (pág. 75).

Construcción del relato.-
La estrella de hierro —continuando el relato y dejando, por el momento, las consideraciones ideológicas expresadas en la novela— tiene una formidable fuerza de atracción debido a que es grande en tamaño y a que “su masa y su campo gravitatorio son enormes”, e inevitablemente la nave se dirige hacia allí, no podrá evitarlo. La estrella tiene dos planetas y la única opción posible parece ser constituirse, la nave, en un satélite artificial de uno de esos planetas. El haber llegado a esa situación se debió a un error de cálculo —y ese error nos demuestra el costado humano y falible— y el jefe, Erg Noor, aunque no tuvo responsabilidad directa (estaba “durmiendo”) asume su plena falta de previsión. La perspectiva, la negra perspectiva, es una larga espera de treinta y ocho años antes que puedan ser rescatados. La falta de combustible es la causa de todas sus desventuras. Y el narrador dirá, sobre la reacción del astrónomo al comprender por entero la situación: “Su rostro demudado no parecía de un hombre de la Era del Gran Circuito. El miedo, la compasión hacia sí mismo y el ansia de venganza habían borrado los rasgos del intelectual, del científico” (pág. 86). [El comunismo en que se vive en esa sociedad no puede “borrar” esas reacciones humanas.]

Se les plantea un problema real (por lo que deciden orbitar el planeta mientras tengan oxígeno): “Una vida extraña, desarrollada en las condiciones de otros planetas y siguiendo otras vías de evolución, dentro de la forma general para el Cosmos de los cuerpos albuminoides, era extraordinariamente perniciosa para los habitantes de la Tierra. Las defensas de los organismos contra los desechos nocivos y las bacterias morbíficas, inmunidad creada en nuestro planeta a lo largo de millones de siglos, eran impotentes ante formas de vida ajenas. Y recíprocamente, los seres vivos de otros planetas corrían en el nuestro igual peligro” (pág. 89-90). [La albúmina es como el sueño del plancton, en los años 70, que resolvería el problema del hambre en el mundo.]

A pesar del peligro inminente, “los científicos de abordo (catorce en total) no podían dejar escapar la ocasión de investigar aquel planeta, desconocido hasta entonces, que se encontraba, relativamente, no lejos de la Tierra” (pág. 92). Tras una pequeña investigación de la atmósfera, el biólogo confirma que “¡Ahí se puede vivir!”, pero también que “si nosotros podemos vivir en un planeta tan sombrío y pesado, seguramente vivirán ya ahí algunos seres pequeños y dañinos” (lo de pequeños ha de ser por la “aplastante pesantez” que hace “aplastar” sobre el terreno a cualquier ser vivo por efecto de la gravedad. La fuerza de la gravedad es tres veces superior a la de la Tierra.). Esto, la seguridad de la existencia (aún por demostrar, y que será demostrado, porque si no Efremov, biólogo él mismo, no se hubiera tomado la molestia de enunciarlo como posibilidad, ese “seguramente” nos da la pista) de organismos potencialmente dañinos, es un elemento clave de la novela. Junto a la certeza de que “ahí se puede vivir” es inevitable que, a pesar de todas las prevenciones, intenten descender, y luego deberán cuidarse de esos posibles seres dañinos (y pequeños, quizá microscópicos. Erg Noor dará la orden de sacar “de los apartados almacenes los medios de defensa biológica” (pág. 90)).

La acción, para que sea atrayente, necesita, sin duda, un golpe de efecto y de misterio, y así encuentran una nave, “una auténtica astronave terrestre” (pág. 94), con la esperanza de que tenga el combustible necesario para emprender el retorno a la Tierra, o medios de comunicación eficaces para pedir socorro —“si nos acompaña la suerte, no tendremos que aguardar más que ocho años”—. El jefe, entonces, decidirá, tomando el control total de la situación, e imponiendo sus puntos de vista, indiscutibles, aterrizar allí y ver qué ha ocurrido con esa nave, que está posada de forma totalmente normal.

Nos habla de la superficie líquida de ese planeta, de los mares de espanto: “Sus olas, de un color negro intenso, se elevaban para hundirse al punto en las profundidades ignotas” (una extraña poesía de muerte en ese “negro intenso” del mar, uno podría imaginar petróleo líquido); hay allí una “negrura brillante” (ese contraste dual, dialéctico, de las cosas).

La puerta de la astronave está abierta “y el pequeño ascensor bajado”. Junto al ascensor y bajo la nave crecía algo: unas plantas: “sus gruesos tallos se elevaban casi a un metro de altura y estaban rematados por unas copas negras de hojas o flores… de forma parabólica y bordes dentados, como piñones de una máquina” (pág. 101). “Las plantas intactas y aquella puerta abierta indicaban “que los seres humanos no pasaban por allí desde hacía tiempo” (pág. 101). La nave resulta ser el Argos, que estaban buscando, “desaparecida hacía ochenta años”, y lentamente, pero sin interrupción, Efremov nos va deslizando algunos elementos misteriosos para alimentar la incertidumbre: “Los depósitos de oxígeno no estaban agotados, las reservas de agua y de comida habrían bastado para subsistir varios años más, pero en ninguna parte había vestigios ni restos de los tripulantes”. Sin embargo, “en algunos sitios se veían chorreaduras extrañas, oscuras”. También, “en el suelo de la biblioteca había una mancha grande como la huella de un líquido vertido y evaporado luego”. Había cables arrancados y soportes masivos, de los refrigeradores, que estaban muy retorcidos. Estas averías, ante el resto intacto de la nave, “eran inexplicables” (por supuesto el autor nos lo explicará a su debido tiempo). Y sin embargo, “las reservas de anamesón y de cargas iónicas planetarias que se conservaban a bordo aseguraban el despegue de la Tantra del pesado planeta y el regreso a la Tierra” (pág. 103-104). A pesar de los problemas que plantea el trasiego del combustible, “que requería gran inventiva y capacidad ingenieril”, “la gente de la Era del Gran Circuito, lejos de temer a los problemas difíciles, sentía un gran placer en resolverlos” (no tenían otra opción, en este caso, por otra parte). El diario de a bordo del Argos, grabado, da cuenta de las tribulaciones del vuelo, la avería que daña los motores; la caída por inercia en ese planeta y una extraña circunstancia por la que uno a uno desaparecen todos los tripulantes de la nave. “Ellos, aparte de la furia y el espanto, no son nada”, dice el diario, y la mujer, Laik, la última sobreviviente, lanza una advertencia: “si encontráis al Argos, no abandonéis nunca la nave” (pág. 107). También, el diario habla de otra nave “cercana a la suya, que debía encontrarse allí desde hacía mucho tiempo”. Esa otra nave tiene una forma discoidal, y “no se conocen en las regiones habitadas que confinan con la nuestra” naves con esa forma. La curiosidad será patente, y después de trasladar el combustible habrán de investigarla. “Su forma es rara, de espiral discoidea…” (pág.113). Luego dirá que “la oscuridad parecía densa como un líquido negruzco”, y eso nos da la medida de algo que está a punto de suceder. (Anotamos la oscuridad o la negrura como algo maligno, y la blancura o la luz como un calificativo benéfico o con cierta calidad iluminatoria.)

Sorprendidos por un huracán (las condiciones climáticas o atmosféricas son adversas y conspiran contra ellos), van Erg y Eon a una torreta de observación donde está Niza, y allí apostados ven unas “lucecillas centelleantes, de color castaño”, que “se alineaban en cadenillas que se enrollaban en anillos o en ochos…”. Aquel “algo” recogió en un segundo sus tentáculos…”. “Se asemejaban a gigantescos acalefos que flotaban, a poca altura del terreno, moviendo sus espejos flecos colgantes” (pág. 117). (Los acalefos son especies de medusas de gran tamaño.) Y tienen tentáculos, “demasiado cortos en relación con las dimensiones de los monstruos, (que) medían apenas un metro”. De cada uno de los ángulos de sus cuerpos romboidales partían dos sinuosos tentáculos, bastante más largos”. También, tienen “unas enormes ampollas fosforescentes”. Pero de pronto, al ir a investigar la nave discoidal, “algo avasallador irrumpió en su conciencia y le oprimió el corazón con tremenda angustia, obligándole a doblar las piernas” (a Erg Noor). “Allí delante, en el umbral de las negras sombras, entre los remolinos de niebla, removiéndose, surgió un cuerpo fantástico, incomprensible para la mente humana…, (era) una cruz negra de anchos brazos y con una protuberancia elipsoidal en medio. En sus extremos brillaban unas lentes convexas…” (pág. 125). El intento de penetrar en la nave extraña resulta infructuoso y casi mortal. Entonces vuelven apresuradamente a la Tantra. Como ya habíamos anotado, la irrupción de “monstruos” en las obras de ciencia ficción, es algo bastante común, y en lo único que difieren es en su forma y constitución.

Mientras tanto en la Tierra, Veda Kong y Dar Veter van en “un giróptero que se deslizaba lento por el aire, sobre las infinitas estepas (y si bien no pueden ser infinitas porque tienen límites precisos, se trata de una “licencia poética” del autor) (pág. 130). De vuelta la narración en el planeta madre, da paso a algunas consideraciones sobre la sociedad reinante. “En la Era del Gran Circuito no se consideraba provechoso mantener a la gente largo tiempo en la misma labor. Ello embotaba lo más preciado del ser humano: la inspiración creadora, y únicamente después de un largo intervalo, se podía volver a la anterior ocupación” (pág. 142). Como ejemplo de ello, de esa creatividad, surge un aparato el cual no nos llegamos a imaginar su utilidad ni su forma completa: “Una rosca surcaba su pulida superficie y en su extremo anterior giraba una complicada electrofresa (¿electroesfera?) de un metal azulenco. El cilindro…”, etc. (pág. 146) (Pienso que tal vez se refiere a ese giróptero, algo así como un helicóptero, aunque lo que parece girar no son hélices sino el artefacto entero).

Los y las modelos (sexuales y temporales) y algunas imágenes.-
A pesar que es una obra en que lo que sucede es en tiempo futuro, habla, sin embargo, sobre el pasado, ya sea para comparar como con cierta nostalgia sobre algunos de los aspectos “naturales” de la vida, perdidos ya pero que de alguna manera siguen estando presentes (como sueños, recuerdos o relatos de la historia pasada). Si bien tiene un contrapunto con el presente, en donde el presente es mejor que lo que había antes (lo anterior era la barbarie y lo antisocial de la sociedad), hay aspectos que no pueden soslayarse. La anécdota donde debido a un desperfecto técnico quedan a merced de las fuerzas de la naturaleza, y su casi incapacidad de sobrevivencia natural, es demostrativa de tal aspecto. Al “buscar” las maneras para sobrellevar la vida en condiciones inhóspitas, retorna “algo” que se creía perdido para siempre pero que continúa estando presente, apenas oculto.

Aparentemente, la única preocupación de esos humanos es lo sexual —aparte del conocimiento—. El segundo personaje principal, Dar Veter (que en ruso significa don, presente, y viento), se admira de los cuerpos femeninos —en especial de Veda Kong, la historiadora, de quien está enamorado; Miiko Eyeguro, su asistente y excelente nadadora con antepasado japonés de los buceadores de perlas; Evda Nal, que desciende de peruanos o chilenos, médica psiquiatra, de quien describe: “su figura esbelta se destacaba por la blancura de la piel…; sus cabellos, negros, como la endrina (es decir negros-azulados), partidos por una raya al medio, estaba recogido junto a las sienes…”; pómulos salientes, mejillas un poco hundidas, ojos negros alargados “de penetrante mirada” (¿por ser psiquiatra?)… “Su rostro recordaba vagamente a  una esfinge del antiguo Egipto” (pág. 166)—, y en esos cuerpos ve la belleza y la armonía escultural.

O la descripción que se hace al hablar de Chara Nandi, quien es la modelo del pintor Kart San, de ojos azules y que “estaba en pie  entre Veda Kong y Evda Nal, cuya belleza, pulida por un intelecto preclaro (ese intelecto, ¿la hace más bella?) y una larga labor reglamentada de investigación científica, palidecía sin embargo ante la maravillosa y radiante hermosura de la desconocida” [la modelo] (pág. 167). Y nos asombraremos, un poco, no demasiado, que, permanentemente, las mejillas de las mujeres se tiñen de “vivo arrebol” —color rojo de las mejillas, precisamente—, cuando se ven sorprendidas por algún hombre o cuando se excitan, aunque el motivo sea pequeño: una palabra, una mirada, un suspiro repentino, como forma de escape emotivo.

Acá podemos ver, también, la transformación de la Tierra: “Ahora, diez siglos después de que el desierto hubiese desaparecido, sobre las arenas rumoreaban bosquecillos y vergeles, y la esfinge (egipcia) estaba cubierta por un gran fanal” (rumor de ruido confuso, sordo e insistente; fanal por haber una campana de cristal para resguardar, del polvo, dicha esfinge o las pirámides mismas, porque las otras acepciones hacen mención a la luz, a barcos o a locomotoras). Y el asunto del tiempo no escapará la atención. Uno de las preocupaciones fundamentales, e insistentes, de todos los escritores de ciencia ficción, es en torno a los viajes espaciales y su (excesiva) duración.

La clave parecería estar en igualar la velocidad de la luz, cosa que, se cree, es imposible. Aquí también hay una teoría al respecto, aunque, justo es decirlo, es algo complicada y difícil de entender, puesto que utiliza términos de teorías modernas (modernas en el futuro actual, en el presente de la novela que, como sabemos, se adelanta varios siglos con respecto a nuestro siglo XXI) y que sólo conocemos por su nombre y una muy vaga referencia que no nos aclara nada. Bajo la terminología científica, o seudo científica, se oculta un poco serio tratamiento científico del problema (ya hemos señalado que el autor es biólogo y creador de una disciplina dentro de la paleontología, la tafonomía). La nave Tantra va a una velocidad máxima de 970 millones de kilómetros por hora, lo cual nos da una medida bastante rápida, pero sin ningún tipo de sustento científico probable para creerlo.

Volviendo a la novela, se cuenta entonces lo que pasó con el Argos, cuando este va hacia Vega, una estrella azul, un verdadero “océano de fuego”, que abrasaba todo a su paso. Van al tercer planeta, a su parte oscura: “A gran altura, se alzaban densas nubes de cenizas, de un deslumbrante color azul celeste en la parte iluminada y negras, impenetrables, en la parte sombría. Gigantescos rayos, de miles de kilómetros de longitud, fulguraban zigzagueantes en todas direcciones, testimoniando la intensa saturación eléctrica de aquella atmósfera sin vida” (pág. 192). Se dirigen al cuarto planeta, “de unas dimensiones semejantes a la Tierra” (pág. 193). Hay, también, la búsqueda de un planeta que ha de ser semejante al nuestro por cuanto en uno como este es el que ha de haber —dicen, o sueñan— una vida similar a la nuestra: “…habían decidido explorar a toda costa el último planeta (el cuarto), última esperanza de descubrir un mundo que, aunque no fuera magnífico, sería al menos apto para la vida (pág. 193).

En ese planeta, “las jubilosas llamas del sol azul recalentaban tanto el planeta, que todo él exhalaba el abrasador aliento de los más cálidos desiertos de la Tierra”. Ante las descripciones (las imágenes) de la misión a Vega, del Argos, “Erg Noor recordó que en la antigüedad, cuando los hombres de ciencia no constituían la mayoría (por lo que en el presente de la novela debemos deducir o inferir que la mayoría actual son hombres, y mujeres, de ciencia), sino solamente un grupo insignificante de la población terrestre, los escritores y los artistas soñaban a menudo con las gentes de otros planetas, adaptadas a la vida en temperaturas elevadas. Aquello era hermoso y poético, aumentaba la fe en el poderío del ser humano” (pág. 194). Una vez explorado ese cuarto planeta, y desechada toda posibilidad de vida, emprenden el regreso, trunco, que duraría treinta años. Pero los del Tantra no quieren ni escuchar la última parte del viaje, la avería y el aterrizaje, todo lo que sucedió en la estrella T, la Estrella de Hierro, “pues las propias emociones eran todavía demasiado recientes. Decidieron aplazar la proyección para el día en que todos los tripulantes estuvieran ya despiertos” (pág. 198).

“Por vez primera (después de la desilusión de la misión del Argos y la suya propia) Erg Noor veía a su magnífico planeta natal como un inagotable tesoro de espíritus humanos cultivados, afanosos de saber, libres de los pesares y peligros de la naturaleza o de la sociedad primitiva” (pág. 198). “Sólo merced a los conocimientos y el trabajo creador, la Tierra se había liberado de los horrores del hombre, la superpoblación (malthussianismo solapado), las enfermedades infecciosas y los animales dañinos” (pág. 198). “La enorme experiencia histórica del desarrollo de la vida en los sistemas planetarios de innumerables mundos, vino a demostrar que cuanto más penoso y largo era el ciego camino evolutivo de la selección, más bellos resultaban las formas de los seres superiores, pensantes, y con mayor sutileza se perfilaba la conveniencia de su adaptación a las condiciones circundantes y a las exigencias de la vida, armonía en que reside precisamente la belleza” (pág. 200). O sea que la belleza requiere un camino “penoso y largo” para realizarse. Es como decir que, por sí sola la belleza no existe si no es en cuanto a un sacrificio en cuanto a especie o en cuanto a un sistema social “perfecto” que cultive el desarrollo del cuerpo a un punto “bello” (y a su idea de qué es lo bello y qué no).

Vuelven a la Tierra después de la “escala” obligatoria (y la cuarentena imprescindible) en Tritón, donde se encuentran con otra nave que hizo descubrimientos importantes en Plutón (“el enigma de Plutón ha sido al fin resuelto: ese planeta no pertenece a nuestro sistema solar. Fue capturado por él al paso del sol a través de la galaxia” (pág. 211). [En la realidad, según los últimos descubrimientos, Plutón es considerado, desde la conferencia de astrónomos realizada en Praga en 2003, un “planeta enano”, ya que su tamaño es menor a la Lona o a Ceres, uno de los satélites de Júpiter.]

Dar Veter y Miiko Eygoro habían estado nadando en torno a una isla desierta y habían encontrado, en el fondo del agua, a veinticinco metros, un caballo macizo. Tras una capa de aleación, resulta que es de oro puro, y peso cuatrocientas toneladas. “Aunque el pesado metal amarillo no era ya, desde hacía tiempo, el símbolo del valor, continuaba siendo muy preciso (¿apreciado?) para la electrotécnica, la medicina y, especialmente, para preparar el anamesón” (pág. 214). Ese combustible es, justamente, lo que hace que las naves puedan ir a mucha velocidad.

Efremov aprovechará para dar, cada tanto, opiniones e ideas sobre distintas manifestaciones de la sociedad, como sobre el verdadero camino del arte: “el arte es el reflejo de la lucha e inquietudes del mundo en los sentimientos de las gentes; a veces una ilustración de la vida, pero bajo el control de la conveniencia debida. Esta conveniencia es (precisamente) la belleza…” (pág. 216). Y esto otro: “…que el arte se aplique a vencer y transformar el mundo, en vez de limitarse a percibirlo” (pág. 216). Además: “…Pero a condición de que eso se refiera no sólo al mundo exterior, sino, fundamentalmente, el mundo interior de las emociones del hombre. A su educación…” (esto está en un diálogo entre el pintor Kart San y Dar Veter, y podría configurar una teoría acerca del llamado realismo socialista).

Algo más sobre el presente (en el tiempo de la novela): “Entre los urbanistas dominaban dos tendencias arquitectónicas: la ciudad en forma de pirámide o la construida en espiral. Edificábase en lugares especialmente cómodos para la vida, donde se concentraba el servicio de las grandes fábricas automáticas, cuyos cinturones se alternaban con los círculos de arboledas y prados que rodeaban la ciudad, lo cual debía dar obligatoriamente al mar o a un gran lago. Las ciudades se erigían en las elevaciones del terreno y en forma escalonada, para que no hubiera ni una sola fachada que no estuviera plenamente abierta al sol, al viento, al cielo y las estrellas…”. “Los partidarios de las ciudades piramidales consideraban que la superioridad de éstas era su relativamente poca altura, unida a una considerable capacidad, mientras que los constructores de ciudades espirales erigían sus obras a una altura de más de un kilómetro… (éstas están construidas con) millones de opalinas paredes de plástico, armaduras de piedra fundida con bordes de porcelana y puntales de metal bruñido… Las grandes manzanas de casas estaban separadas por profundos nichos verticales… (habían) leves puentes colgantes, balcones y salidizos de jardines” [elemento que sobresale de una construcción]… (Hay) parques escalonados “extendidos en abanico hacia el primer cinturón de espesas arboledas…”, las calles “se alzaban en espiral por el perímetro de la urbe o en su interior, bajo cubiertas de cristal, sin que hubiera en ellas ningún vehículo: cadenas continuas de transportadores se deslizaban ocultas en acanaladuras longitudinales” (pág. 221-222).

El retorno, anunciado por radio, de la misión Tantra, hace entristecer a Dar Veter por cuanto Veda Kong es la querida —o algo similar— de Erg Noor, y por ello Dar Veter se va del lugar, para dejar libre el campo a la historiadora (por momentos la novela parece un folletón romanticoide y de entrecruzamientos de miradas, deseos y pensamientos, todos terminan teniendo cuerpos espléndidos, broncíneos, ágiles y esculturales). Dar Veter vuelve a su domicilio: “Abrió los grifos de insuflación de aire en sus dos habitaciones. Unos minutos más tarde no quedaba ni mota del polvo acumulado”. Hay una asepsia inconfundible, un miedo congénito a toda contaminación (física, química y hasta ideológica, parece).

 Aspectos de la sociedad.-
[El trabajo→] En esa sociedad del futuro todos deben trabajar (el trabajo es un placer, dice), y se da el caso que hasta se pueden escoger los trabajos. Veamos un caso en particular, el de Dar Veter, que solicita “un trabajo difícil y prolongado” (en realidad es para intentar olvidarse de ese “despecho” de amor) y en la estación de “distribución de trabajo” un muchacho consulta una lista —Dar Veter sugiere “algo que requiriese esfuerzo físico”, como “en las minas antárticas” —. “Allí no hay ninguna vacante —repuso el informador con un dejo de pena—. Lo mismo ocurre en los yacimientos de Venus, de Marte y hasta de Mercurio. Ya sabe usted que los jóvenes afluyen de buen grado a los lugares donde la labor es más ardua…” (¿Por qué? ¿Porque tienen más energía, porque son más fuertes, o porque tienen que demostrar que son capaces del trabajo arduo para ganarse un lugar en la sociedad?). Al final, las opciones son, entre los trabajos mineros, “las explotaciones diamantíferas de Siberia Central; o si no en las fábricas oceánicas flotantes de artículos alimenticios (lo que hace recordar al krill, el plancton), en la estación solar de bombeo del Tibet”. Dar Veter le pide un poco de tiempo para decidirse y que, mientras tanto, “le reserve la vacante en las explotaciones diamantíferas” (pág. 227). Súbitamente, el informador de la estación de distribución le dice que “hay una vacante en las minas submarinas de titanio de la costa occidental de América del Sur. Este es el trabajo más difícil de cuantos existen hoy… ¡Pero hay que ir allí con urgencia!”, y hacia allí decide ir. “Dar Veter recogió sus pequeños efectos personales y metió en un cofrecillo las películas donde están grabadas las imágenes y las voces de sus íntimos (como si lleváramos las fotos de nuestros seres queridos), así como sus propias reflexiones más importantes (como si fuera un diario). Quitó de la pared una reproducción cromorrefleja de un antiguo cuadro ruso y, de la mesa, una estatuilla de bronce de la actriz Bello Gal, que se parecía a Veda Kong. Todo aquello, en unión de un poco de ropa, cupo perfectamente en un cajón de aluminio…” (pág. 229).

Como vemos, los sentimientos, las emociones y las sensaciones son corrientes, de este siglo, digamos, a pesar de lo “evolucionados” que están. Si bien son más inteligentes (se supone) y están mejor desarrollados físicamente, su psiquis actúa prácticamente igual. El odio puede ser que esté más contenido, pero bajo la superficie existe igual.

Veamos el aspecto de la limpieza (lo aséptico) y el trabajo doméstico, siguiendo a Dar Veter antes de ir al trabajo que ha escogido “para no pensar” (en ella). “Desde hacía muchos siglos, no había en nuestro planeta (¿en otros sí?) personas encargadas especialmente del arreglo de los locales (las habitaciones personales, los departamentos). Sus funciones las desempeñaba cada morador, lo que requería singular orden y disciplina por parte de todos ellos, como asimismo un sistema bien meditado de estructuración de las viviendas y edificios públicos y la automatización de su ventilación y limpieza” (pág. 229). Esa automatización sugiere máquinas, artefactos o incluso hasta robot encargados de la limpieza (¿no es necesario lavar platos o pisos, lavar ropa?). Al hablar de este modo tan general, nos quedamos en ascuas, al menos por ahora, sobre el particular. “Terminada la inspección —continúa la narración— Dar Veter bajó la palanquilla que había junto a la puerta, indicando así a la estación distribuidora de locales que sus habitaciones quedaban libres, y salió”. Esto indicaría que nadie tiene casa o apartamento particular, que todas las habitaciones son iguales, en el aspecto funcional del espacio, y que las cosas que posee cada uno es lo mínimo indispensable, que no hay nada, absolutamente nada, superfluo. Una o dos obras de arte, a lo sumo, y al parecer no hay libros dentro de la casa (si uno quiere leer quizá solicite un libro a la biblioteca y esta se lo envíe por medio de “una cinta sin fin” que sirve para el transporte de efectos y cosas).

Otro de los trabajos, bastante particular, dicho sea de paso, es el servicio de vigilancia: “No había joven alguno que no soñara con pertenecer al Servicio de Vigilancia. ¡Qué apasionante era acechar la aparición de los tiburones en el océano, de los insectos dañinos, de los vampiros y los reptiles en los pantanos tropicales, de los microbios morbíficos de las zonas de vivienda, de las epizootias (enfermedad contagiosa que ataca a un número elevado e inusual de animales al mismo tiempo y lugar y se propaga con rapidez) o de los incendios en las zonas esteparia y forestal, descubrir y aniquilar estas terribles plagas del pasado de la Tierra que, misteriosamente, aparecían una y otra vez, resurgiendo de los apartados rincones del planeta! La lucha contra las formas nocivas de la vida proseguía sin tregua. Los microorganismos, insectos y hongos reaccionaban a los nuevos medios de exterminio produciendo nuevas especies que se resistían a los compuestos químicos más fuertes. Hasta la Era de la Unificación Mundial, no se habían aprendido a emplear acertadamente los antibióticos enérgicos, sin dar lugar a consecuencias peligrosas” (pág. 230-231). Comentaremos que, uno: parece haber un gozo evidente en descubrir y aniquilar las plagas, sin importar el equilibrio del ecosistema o la protección de las especies, alterando y modificando el medio ambiente al arbitrio humano que, probablemente, pudiera ser contraproducente; y dos: que esas plagas, a pesar de todo, aparecían, una y otra vez, misteriosamente, por cuanto pensaremos que la naturaleza no puede ser vencida. Lo otro es el resultado ideológico, o su consecuencia, que concluye que hay formas nocivas de vida que hay que destruir sin más.

Y estas formas de entender el mundo, nos traerá algunas visiones sobre la niñez y la juventud, relacionadas con la educación, por ejemplo. Se educan en “una escuela a orillas del mar, en la zona Norte. Allí mismo, había pasado las primeras pruebas en la estancia psicológica de la APT” (pág. 231) [sigue hablando Dar Veter]. “Al encomendar un trabajo a los jóvenes, se tenía siempre en cuenta las particularidades psicológicas de la juventud, sus impulsos hacia el futuro, elevado sentido de la responsabilidad y egocentrismo” (pág. 231). Por todo ello debemos concluir que había especialistas (psicólogos) encargados de todo ello, de hacer una evaluación científica de la personalidad. Y en este sentido, puede verse, por ejemplo, como un homenaje, la estatua, el monumento a Zhin Kand, “inventor de  un medio barato de obtención de azúcar artificial” (¿sacarina?), con lo que se refuerza la importancia de los científicos.

La alimentación y la agricultura, practicada de diferente forma, para que no resultase tan esforzada, demuestra hasta qué punto la utopía se centra en que el hombre tenga el mayor tiempo disponible para… trabajar en lo que le gusta (y que será útil a la sociedad en su conjunto). No hay tiempo al ocio, ni siesta que dure más de cinco minutos. “Hubo un tiempo en que el símbolo de la abundancia era el dorado trigal (pienso en el cuento El huésped, de Camus —lo leí la noche anterior a escribir esta parte—, donde el trigo juega un papel primordial en la subsistencia de toda la región en que transcurre la acción). Pero en la Era de la Unificación Mundial se comprendió ya la desventaja económica de los cultivos anuales; el traslado de toda la agricultura a la zona tropical hizo innecesario el cultivar cada año plantas y arbustos, cosa que requería mucha mano de obra y gran esfuerzo. Los árboles, vegetales vivaces que agotaban menos el terreno y resistían bien los rigores climáticos, constituían ya los cultivos fundamentales” (pág. 232). En dos párrafos no exentos de poética visión, Efremov sintetiza la producción agrícola-forestal: “Arboles que proporcionaban grano para el pan; nueces, avellanas, piñones, bayas, miles de variedades de frutos ricos en proteínas, da. Inmensos vergeles… rodeaban la Tierra en doble cinturón, verdadero cinturón de Ceres, la diosa mitológica de la agricultura. Entre ellos se encontraba la zona forestal ecuatorial, océano de húmedos bosques tropicales que aprovisionaba al planeta de madera de todas las clases… Allí se obtenían decenas de variedades de resinas, más baratas que las sintéticas y que al propio tiempo poseían valiosísimas cualidades industriales o curativas. Las copas de los gigantes silvestres llegaban al nivel de la Vía, y un mar verde susurraba ahora a ambos lados de ella. En sus umbrías profundidades, en medio de acogedores claros, escondíanse las casas sobre altos pilotes metálicos y las enormes máquinas, semejantes a monstruosas arañas, que conseguían transformar toda aquella vegetación salvaje, de ochenta metros de altura, en sumisas pilas de troncos y tablas” (pág. 232-233).

Pues bien, llegado Dar Veter a la Estación del Ecuador, desciende y ve: “tendido sobre las copas planas, gris azuladas, de unos cedros del Atlas, se erguía una pirámide de aplita blanca… (la aplita es un roca ígnea con una peculiar textura fina, uniforme, de colores tenues). En su truncada cúspide había una estatua de un hombre, con mono de trabajo, de la Era del Mundo Desunido. [La visión→] Con la mano derecha empuñaba un martillo y con la izquierda elevaba hacia el pálido cielo ecuatorial un globo refulgente con los cuatro vástagos de las antenas de misión. [La explicación→] Aquello era un monumento a los constructores de los primeros sputniks de la Tierra, que habían realizado la gran hazaña laboral, plena de inventiva y audacia. [La interpretación→] Todo el cuerpo del hombre, echado hacia atrás, parecía dar impulso al globo para lanzarlo al firmamento y expresaba la inspiración del esfuerzo. Aquel esfuerzo se lo transferían las figuras de unas gentes, con vestiduras extrañas, que rodeaban el pedestal” (pág. 233). Hay un sentimiento de orgullo en Dar Veter porque los héroes de la estatua eran rusos, “pertenecían al mismo admirable pueblo del que precedía”, lo que de alguna manera echa por tierra el pretendido sentimiento universal de esa época.

En el lugar encuentra al hijo de un hombre ilustre, Grom Orm, que “debía tener, como mínimo, 130 años, tres veces más que él” (o sea que Dar Veter tiene 43 años y 1/3), y es constructor de estaciones en el sistema planeta del Centauro y presidente, “desde hacía cinco trienios, del Consejo de Aeronáutica”.

“El carbón de piedra —nos explica Efremov— que se extraía (de los yacimientos de hulla) era transformado en medicamentos, vitaminas, hormonas, sedas y pieles artificiales. Los residuos se destinaban a la preparación de azúcar” (pág. 237).

Algo sobre el egoísmo: “Sí, ¡la más grande lucha del hombre era la lucha contra el egoísmo! No había que combatirlo con máximas sentimentales ni con una moral bella, pero ineficaz, sino con la comprensión dialéctica de lo que el egoísmo significaba. Este no era un engendro de algún espíritu maligno, sino el natural instinto de conservación del hombre primitivo, que había desempeñado tan gran papel en el salvajismo. Ahí estaba la causa de que en individualidades fuertes, brillantes, el egoísmo fuera también fuerte, con bastante frecuencia, y bastante difícil de vencer. Pero esa victoria constituía una necesidad, quizá más imperiosa en la sociedad moderna. Por ello se dedicaban tantos esfuerzos y tiempo a la educación y se estudiaba con sumo cuidado la estructura de la herencia de cada uno… Producíanse sorprendentes desviaciones psíquicas que tenían sus orígenes en los tiempos de grandes calamidades de la Era del Mundo Desunido, cuando los hombres no guardaban precauciones en las pruebas y empleo de la energía nuclear, lesionando así la herencia de multitud de personas…” (pág. 241-242). Es por ello que aún “surgían de pronto, de las ignotas profundidades de la herencia, los más inesperados rasgos del carácter de los antepasados”. “A partir de la Era del Trabajo General (que es la que se vive en la novela), los hombres vivían hasta 170 años, y ya se vislumbraba que los 300 no eran el límite de la vida humana…” (pág. 242). Esto se logra mediante el “análisis directo de la estructura del mecanismo hereditario” (suponemos que se actúa sobre esa estructura, tal vez a nivel molecular y/o genético, y se la modifica).

Efremov realiza una descripción minuciosa de una sinfonía, con base en la traslación de sensaciones, por medio de la palabra, y con entonación en el azul (la sinfonía es la Sinfonía en Fa menor —azul—, de tonalidad cromática 4,70µ; y lo azul es por lo de “planeta azul” que le denominaron al planeta Tierra según los primeros astronautas del Sputnik) que atraviesa, o sustenta, una teoría: “el programa de formación del organismo, mediante las células vivas, es musical”; “se enriquece (el organismo vivo) con acordes moleculares” (pág. 235).

La atenta audición de la sinfonía, que exhibe tres momentos distintos de sensibilidades —y sentimientos— diferentes, le hace ver que le falta “el trabajo lo más cerca posible del Cosmos, de la espiral —que giraba en constante ascenso— de la tendencia humana hacia el futuro” (pág. 246). Es cierto que Dar Veter había sido desplazado como director de las estaciones exteriores del Gran Circuito, cuando, “con maligna tenacidad” tiene accesos repetidos de “indiferencia hacia el trabajo y la vida”, y también es cierto que la “medicina” de la célebre psiquiatra Evda Nal (“música de tristes acordes en la sala de los sueños azules, penetrada de ondas calmantes”) no da resultado alguno, pero él está dedicado a lo referente al espacio exterior, más allá de su estado de ánimo cambiante. Y cuando tras escuchar la sinfonía comprende qué es lo que le falta, decide comunicarse con la estación central de distribución de trabajo. Una emergencia (la “muerte” del satélite 57) lo traerá de vuelta al trabajo que más quiere. Pero no todo es tan límpido en el universo. Mven Mas, quien es ahora el director (porque a Dar Veter lo han “licenciado”), decide realizar un experimento “sin autorización del Consejo y una amplia discusión previa”, como se acostumbra. Dice, con firmeza: “El grandioso fin que perseguían parecía justificar todas aquellas medidas… Surgía el antiquísimo conflicto humano entre el fin y los medios para conseguirlo”. Y hablaba según “la experiencia de miles de generaciones (que) demostraba que había que saber determinar el límite de transición…” (pág. 248) con exactitud, en el dominio de la intuición y la moral. A propósito de esto, Efremov nos cuenta el caso de Bet Lon, célebre matemático, que treinta y dos años antes había descubierto “que ciertos síntomas de desviación en la acción recíproca de potentes campos de fuerza debían obedecer a la existencia de dimensiones paralelas” (pág. 248). Dice enseguida que hizo “curiosas experiencias” sobre la descripción de objetos. Pero la Academia de los Límites del Saber [¿una especie de policía del conocimiento?] encuentra un error en sus fórmulas y da otra explicación a los fenómenos que habían sido observados. Es cuando Efremov nos dice, con claridad: “Bet Lon era hombre de gran inteligencia, hipertrofiada a expensas de la moral, débilmente desarrollada en él, y de la inhibición de los deseos. Enérgico y egoísta, decidió continuar sus experiencias…”, pero ahora con personas, voluntarios, jóvenes intrépidos, dispuestos “a cualquier sacrificio con tal de servir a la ciencia” (pág. 249) (la ciencia es vista como a un Dios o un semidios, por lo menos”). Obviamente, estas personas desaparecen, sin dejar rastro, como tragados por algún agujero negro, lo mismo que los objetos, “y ni uno solo dio desde “el más allá” las señales de vida que esperaba el cruel matemático” [entonces, tenemos que el fin no puede justificar los medios, pero ¿qué hubiera pasado si el experimento resulta exitoso?]. Y aquí viene la represión y el castigo, porque a pesar de estar en un “mundo nuevo”, siguen habiendo “hombres de lo viejo del mundo” sicológicamente hablando, y la perfección absoluta no ha de existir. “Después de haber enviado a “la nada”, es decir a una muerte cierta, a un grupo de doce personas, Bet Lon fue entregado a los tribunales” [y si hay tribunales es porque aún hay delitos, o “desviaciones”, o “disidentes” —estos últimos serían una denominación corriente entre los soviéticos—]. “Condenado al exilio, pasó diez años en Mercurio y luego se recluyó en la isla del Olvido, apartándose del mundo” (pág. 249).

A cuenta de la futura descripción que dará de esta isla, llama poderosamente la atención su simbolismo y su significado. Por “olvido” tenemos la pérdida o el cese de un recuerdo, o hecho de no estar presente algo o alguien en la memoria, y también el hecho de no recordar algo concreto. En tanto que “olvidar” es perder la memoria o el recuerdo de una cosa, o bien no tomar una cosa de un sitio o no ponerla en un sitio por descuido o por cualquier otra razón. De lo que tenemos, obviando la “cosa” y haciendo hincapié en las personas, que al matemático en cuestión se lo envía lo más lejos posible, para que nadie recuerde ni lo que es —o fue— ni lo que hizo. El hecho de llevarlo a una isla no tiene nada de particular, muchas prisiones se hicieron —y aún hoy funcionan— en islas, como la de Alcatraz, las Islas Marías (en México), etcétera, y los gulag en Siberia bien pueden considerarse como islas rodeada de hielo y nieve en vez de mar.

A Mven Mas, por supuesto, la similitud con su caso, ya que “en aquella ocasión se trataba de una experiencia secreta, prohibida por razones científicas” le desagradaba grandemente. La idea es de Ren Boz, y ya diremos quién es él.

En el Universo, en el centro de la Galaxia, “había una colosal zona de vida en millones de sistemas planetarios”. De allí se reciben “incomprensibles mensajes, cuadros de estructuras complejas, inexplicables con arreglo a los conceptos terrestres”. Se trataría de sistemas y cúmulos estelares globulares “más antiguos que nuestros sistemas planos” (pág. 252).

Mven Mas “no podía olvidar a aquella muchacha de piel rojo-broncínea (Chara Nandi, la modelo del pintor) y exquisita flexibilidad juncal que conociera a orillas del mar. Era como una flor de sinceridad y apasionados impulsos, rara en una época de sentimientos bien disciplinados” (pág. 255).

La construcción de esos cuerpos tan desarrollados desde el punto de vista físico, requiere ejercicio. Hay un deporte, “no muy extendido”, de saltos a gran distancia [algo así como salto superlejos o superlargo]. “Después de ajustarse a la cintura la correa del balón de helio, el africano (Mven Mas), de un ágil salto, se lanzó al espacio, poniendo en marcha por un segundo la hélice, que funcionaba con un acumulador ligero… En cinco saltos llegó a un pequeño jardín que se encontraba en la escarpada falda de una montaña caliza…” (pág. 255).

“Las hazañas se multiplicaban sin límite entre la intrépida población, plena de energías, de nuestro planeta. La enorme capacidad de trabajo —que en el pasado únicamente poseían hombres de singulares dotes, a los que se llamaban genios—, dependía ahora por entero de la fortaleza física y abundancia de hormonas estimulantes. El cuidado de la salud, durante miles de años, había hecho que el hombre corriente fuera semejante a los héroes antiguos, ávidos de proezas, amor y saber” (pág. 256).

Había dos fiestas en el mundo nuevo: la Fiesta de las Copas Flamígeras —que corresponde a la fiesta de la primavera, y que ocurría al cuarto mes posterior al solsticio de invierno— (debía su nombre a un conocido poema del poeta e historiador Zan Sen, que había descrito “una antigua costumbre hindú”). La otra era la fiesta otoñal masculina de Hércules, “que se celebraba en el noveno mes” (debía rendir cuentas de sus “trabajos de Hércules” al haber llegado a la mayoría de edad). “Posteriormente, se tomó la costumbre de someter al público en esos días las obras y realizaciones notables efectuadas durante el año”. Esa fiesta pasó a ser general, tanto de hombres como de mujeres y “se dividió en los días de la Bella Utilidad, del Arte Superior, de la Audiencia Científica y de la Fantasía” (pág. 257). “Cada espectador oprimía uno de los cuatro botones instalados ante él. En el techo se encendían unas luces doradas, azules, esmeralda o rojas que indicaban al artista la apreciación que se daba a su trabajo, sustituyendo así los ruidosos aplausos de los antiguos tiempos” (pág. 257). Esto es algo así como la democracia [coloridamente] electrónica.

Otra vez una descripción de Chara Nandi, un poco más erótica, realizada con o por el asombro de Mven Mas (que parece estar enamorado de su belleza, y que, en la novela, figura como estereotipo de la suprema belleza). “Su vestido asombró a Mven Mas. Una estrecha malla de platino rodeaba los tersos hombros de la muchacha, dejando ver el cuello. Bajo las clavículas, la malla se cerraba con un reluciente broche de turmalina roja” (mineral de brillo vítreo, de silicato de aluminio con sodio, boro, hierro y otros minerales —tiene propiedades energéticas y para favorecer el crecimiento espiritual—. Sería rubelita, que es de color rojo o rosa, y su génesis no es terrestre, supuestamente). “Los pechos firmes, turgentes, como dos espléndidas pomas de maravilloso trazo (poma: manzana pequeña y chata, o bien manzana por su forma, de pechos redondeados), estaban casi descubiertos. Una franja de terciopelo morado pasaba entre ellos, desde el broche hasta el cinturón. Otras franjas iguales, que mantenían tersas unas cadenillas enlazadas en la desnuda espalda, cruzaban por en medio cada seno. Ceñía el breve talle un albo cinturón, tachonado de estrellas negras, con una hebilla de platino en forma de media luna. Sujeta por atrás al cinturón pendía una especie de media falda larga de gruesa seda blanca, ornada igualmente de negras estrellas. La danzarina no llevaba joya alguna, salvo las refulgentes hebillas de sus zapatitos negros” (pág. 258).

“Las olas rojas envolvían su cuerpo de cobre arrancando destellos grana de sus fuertes piernas para perderse en los sombríos pliegues del vestido entre los rosados reflejos de la blanca seda”. La actuación, la danza, espléndida, se ve coronada con “el más alto honor que se podía rendir a un artista, alzando y bajando las manos, juntas sobre la cabeza” (pág. 262). Las olas rojas refieren a la luz roja que emiten las estrellas.

La psicóloga, en una charla con la historiadora (Evda Nal y Veda Kong, respectivamente), dice: “Yo he cumplido el deber de toda mujer normalmente desarrollada y fecunda: tener dos hijos como mínimo” [un varón y una hembra, lo que sería parte de nuestro actual “sueño pequeñoburgués”, condimentado con la casita propia y hasta el auto particular]. Y agrega: “Me gustaría tener un tercero, ¡pero ya criado!” (pág. 265).

 Enseñanza y estudios.-
La escuela de tercer ciclo (bachillerato).- Las clases se dictan al aire libre, “en las praderas, al pie de los árboles”, salvo cuando hay tiempo malo que van a “locales cerrados”. “La escuela siempre enseña a los alumnos lo más nuevo y rechaza de continuo lo viejo. Si la joven generación repitiese los viejos conceptos, ¿cómo podríamos asegurar un progreso rápido?”. ¨(La justificación→) “Se pierde ya muchísimo tiempo en transmitir a los niños los conocimientos de nuestros mayores. Transcurren decenios hasta que el joven adquiere una instrucción completa y es apto para la ejecución de grandiosas empresas”. (El argumento→) “Esta pulsación de las generaciones, en que se avanza un paso y se retroceden nueve décimos hasta que el nuevo relevo crece y se capacita, es para el ser humano la más dura ley biológica de la muerte y del renacer”.

“Los estudios… se alternaban siempre con lecciones de trabajo manual” (pág. 278). Cada alumno de los ciclos superiores “cuidaban de los pequeños (del primero o segundo ciclo) que habían elegido para ejercer sobre ellos su tutela” (pág. 278).

“Los niños (y jóvenes) de la Era del Circuito… no habían experimentado nunca el agravio de la burla o de la incomprensión” (pág. 279). “Al cumplir los diecisiete años, la joven (en este caso se trata de la hija de Evda Nal, la psicóloga, llamada Rea) terminaba sus estudios en la escuela e iniciaba el trienio de los “trabajos de Hércules”, que realizaría ya entre los mayores. Después de éstos, se determinarían definitivamente sus aficiones y aptitudes” (pág. 279). Pero luego, “debía cursar dos años de enseñanza superior que daban derecho a trabajar independiente en la profesión elegida”. Y aún nos dice algo más sobre el tema: “En el transcurso de su larga vida, el hombre y la mujer adquiría cinco o seis especialidades de instrucción superior, cambiando el género de trabajo periódicamente” (aunque dependía de la elección “de las primeras y difíciles actividades”, justamente de “los trabajos de Hércules”, que les era dado). “Por ello —dice enseguida— eran elegidos después de una cuidadosa meditación y, obligatoriamente, con la ayuda de un consejo mayor en edad”. Hay, para ello, también, pruebas psicológicas. Lo que no se dice es quién es el que autoriza a los jóvenes para hacer tal o cual profesión, y si esto es dirigido o no (aunque parecería que sí, atendiendo a las necesidades globales de la sociedad).

“Un aspecto importantísimo de la educación era desarrollar una aguda percepción de la naturaleza y un íntimo y sensible contacto con ella” (pág. 281). (La argumentación→) “Debilitar la atención a la naturaleza era tanto como frenar el desarrollo del ser humano, ya que éste, al perder la costumbre de observar, pierde también la facultad de sintetizar” (pág. 281).

Volviendo un poco sobre el trabajo, y para ello la orientación de la educación, tenemos que “La automatización de las fuerzas productivas en la sociedad (es decir, los trabajadores) ha creado un sistema reflejo análogo de dirección en la producción de carácter económico (análogo al camino general de evolución del mundo animal, “que tendía a liberar la atención mediante la automatización de los movimientos y el desarrollo de los reflejos en la actividad del sistema nervioso) y (ha) permitido a multitud de personas dedicarse a lo que es hoy el trabajo fundamental del ser humano: las investigaciones científicas” (pág. 276).

Y lo principal en la estructuración de la sociedad (lo que se deja constancia en la novela), es: ¡el progreso! “El hombre de la nueva sociedad se encuentra en la necesidad indeclinable de disciplinar sus deseos, anhelos y pensamientos. Esta educación de la inteligencia y de la voluntad es ahora tan obligatoria para cada uno de nosotros como la educación física. El estudio de las leyes de la naturaleza y de la sociedad, así como de su economía, ha reemplazado el deseo personal por el saber consciente” (pág. 287). Lo que se busca es “la renunciación personal, la dicha de ayudar a los demás, la verdadera alegría del trabajo que enardece el alma” (pág. 288). “La realidad de la libertad es dura —dice Evda Nal ante el auditorio de jóvenes del tercer ciclo, que la escuchan embobecidos— pero vosotros estáis preparados para ella merced a la disciplina de vuestra educación e instrucción. Por eso, a vosotros, jóvenes conscientes de la responsabilidad, os están permitidos todos los cambios de actividades, que es lo que constituye precisamente la felicidad personal” (pág. 289).

A cuatro mil metros de altura se halla el Observatorio del Tibet del Consejo de Astronáutica. La única vegetación leñera, eran “unos árboles negro-verdosos, traídos de Marte, carentes de follaje y con ramas retorcidas hacia arriba” (pág. 291). Dentro de ese consejo existe el Control del Honor y del Derecho, “que vela por el destino de cada uno de los habitantes de la Tierra” (pág. 313). Es este organismo que deberá determinar la responsabilidad de Mven Mas y Ren Boz en el fallido experimento que, como consecuencia de él, hace extinguir el satélite 57 y la muerte del observador que estaba allí. Mven Mas va a la isla del Olvido y Chara Nandi intentará traerlo de vuelta al mundo, para que el Control de Honor lo absuelva de culpa o le suavice la condena. Ren Boz continúa internado como resultado de la explosión que provoca dicho experimento en el local terrestre desde donde se efectúa el mismo, medio muerto, y Dar Veter “ha sido designado para construir el nuevo sputnik” (pág. 314)

La isla del Olvido.- (Descripción→) “Aquella enorme isla, rodeada de un océano templado, era un paraíso natural. El paraíso, en el primitivo concepto religioso del hombre, venía a ser un delicioso refugio póstumo, sin preocupaciones ni trabajos. La isla del Olvido era también un refugio para quienes no sentían ya la atracción de la intensa actividad del Gran Mundo o no querían trabajar al igual que todos” (pág. 320).
“De nuevo en el seno de la Tierra-Madre, pasaban allí años de calma, dedicados a sencillas y monótonas labores, la agricultura, la pesca o la cría de ganado al modo de la remota antigüedad” (pág. 320). Tiene tres administradores, jefes de: los ganaderos, los agricultores y los pescadores (para la subsistencia de la población de la isla). Tiene “montañas azules que se alzaban en la lejanía”. Mven Mas pensará si no está dentro de “la categoría de “los toros”, gentes que siempre habían causado a la humanidad serias complicaciones”. “El hombre perteneciente a esta categoría, era fuerte y enérgico (de ahí lo de toro seguramente), pero cruel, sin compasión alguna ante los sufrimientos y penas ajeno, y sólo pensaba en la satisfacción de sus necesidades” (pág. 321). Y agrega (y en su agregado llegamos a pensar en varios líderes, de su época y de la actual, que podrían entrar perfectamente en la descripción que hace, puntillosa): “En los tiempos remotos de la humanidad, los padecimientos, discordias y calamidades se habían agravado por culpa de aquellos individuos, que se proclamaban, bajo distintos títulos (!), conocedores exclusivos de la verdad y se consideraban con derecho a aplastar toda discrepancia con sus ideas y a extirpar toda forma de pensamiento o vida diferente a la suya” (pág. 321). Luego hace, Efremov, una descripción lúgubre y tremendista del mundo (en lo que llama la Era del Mundo Desunido, que podría tener algunos aspectos de nuestro mundo actual), como ejemplo: “Las guerras y la economía desorganizada de la Era del Mundo Desunido dieron lugar al saqueo del planeta. Se talaban los bosques, se quemaban las reservas de hulla y petróleo acumuladas durante centenares de millones de años, se contaminaba el aire con el ácido carbónico y los fétidos desechos eran arrojados por las fábricas, se exterminaban hermosos animales inofensivos… hasta [¡atención!] que el mundo logró llegar a la organización comunista de la sociedad” (pág. 321).

Así Mven Mas empieza a vagar por la isla, y a encontrar el verdadero significado de su castigo: “La isla del Olvido, ¡oscuro anonimato de la vida antigua, de los hechos y sentimientos egoístas del hombre! Hechos olvidados por sus descendientes porque habían sido realizados sólo para satisfacer necesidades personales, sin hacer mejor y más fácil la vida de una sociedad ni orlarla con las audaces obras de  un arte creador” (pág. 325). O sea, la voluntad del individuo sujeta a las necesidades generales, incluso hasta en su propio perjuicio personal, moral o material.

Tenemos una mirada a la isla desde la desolación personal del desterrado: “A la izquierda, el sol se ocultaba en el límite de la meseta; detrás, se alzaba la redonda cima, en forma de cúpula, de una montaña coronada de bosque. Abajo, en la penumbra, brillaba un impetuoso arroyuelo entre enormes y empenachados bambúes. Allí lejos, a una media jornada de camino, se encontraban las milenarias ruinas, cubiertas de maleza, de la antigua capital de la isla. Había también otras ciudades abandonadas, mayores y mejor conservadas, que aquella. Mas, por el momento, no le interesaban” (pág. 326). Ha perdido el interés en todo, apenas si el observar la naturaleza para descubrir, quizá, su propia naturaleza.

Atormentado por la culpa, por la que en menos de dos años en un cargo de responsabilidad “había ya destruido un satélite artificial, creado con el esfuerzo conjunto de miles de personas y sorprendentes artificios de ingeniería, causando la muerte de cuatro científicos capaces… (y donde) hasta el propio Ren Boz había sido salvado a duras penas” (pág. 322), concluyendo que “su orgullosa renunciación del mundo no era más que la vanidad de la ignorancia. Ignorancia de sí mismo, menosprecio de la vida elevada, plena de creación, que llevaba hasta ahora, desconocimiento de la fuerza de su amor (a Chara)” (pág. 326). (La sutil observación psicológica social→) “La dualidad de la vida siempre había puesto de manifiesto ante los hombre sus contradicciones. En el mundo antiguo, entre los peligros y las vejaciones, el amor, la fidelidad y la ternura, se hacían más grandes precisamente al borde de la muerte, en un ambiente hostil y rudo” (pág. 333), pero esto, debido “a la sumisión a los caprichos de la fuerza bruta”, tornaba todo esfuerzo “fugaz e inestable”, y aquella “fugacidad de las esperanzas, del amor y de la dicha, lejos de debilitar, reforzaban los sentimientos” (pág. 333). Es más, en “la vida antigua, que tan dura parecía a todos los contemporáneos (en el tiempo de la novela), había habido también dichas, esperanzas, creadora labor y, a veces, tal vez más fuertes que ahora…” (pág. 334).

Al rescate de Chara Nandi, que quiere, contadas sus fuerzas, devolverlo al gran mundo, él le confía “sus viejos temores de que la humanidad se desarrollaba (se estaba desarrollando) de un modo demasiado racional, demasiado técnico, repitiendo —en una forma incomparablemente menos monstruosa, claro estaba— los errores de la antigüedad” (pág. 340). Chara admite que “siempre he procurado despertar en mis espectadores (con la danza) una verdadera fuerza de sentimiento” (pág. 340). Lo que había hecho Mven Mas según Chara, y que ello era creído por mucha gente más [habla de “multitud de personas, ¡la mayoría!], fue “”llevado por el ardiente deseo de ofrecer a las gentes la plenitud del mundo” (pág. 342).

(La justificación del comunismo→) “…si el ser humano, en vez de someterse a la autoridad de una sociedad tendente a la sabiduría y el bien, cedía a sus ambiciones casuales y sus pasiones personales, el valor se convertía en ferocidad; la creación en cruel astucia; la fidelidad y la abnegación, en base de la tiranía, de la explotación implacable y del ultraje desenfrenado…” (pág. 343). Por ello, “la profunda atención a todo constituía el rasgo característico de las gentes de la época del Circuito” (pág. 349).

“La ciencia, (que) lucha por la dicha de la humanidad, también exige víctimas” (pág. 358), dice sobre la responsabilidad en el accidente que cuesta la vida a cuatro científicos del satélite 57 mientras buscaba el “espacio cero”, y si ha habido algún delito —dice Mven Mas— “este delito no ha sido cometido con fines personales”. En las consideraciones sobre la actuación de Mven Mas, el presidente del Consejo, Grom Org, dice: “La sabiduría del dirigente consiste en advertir a su debido tiempo el escalón superior en el momento dado, para detenerse y esperar o cambiar de camino” (pág. 362). Pero veamos el conjunto de acciones (punitivas) que sugiere dicho presidente. “Propongo al Consejo que se absuelva a Mven Mas en cuanto a los motivos personales de su acción, pero que se le prohíba desempeñar cargos en organizaciones dirigentes de nuestro planeta”. Y aún más: “Yo también (él mismo, Grom Org) debo ser separado del cargo de presidente del Consejo (porque “él apoyó la decisión de designarlo al frente de la dirección de las estaciones exteriores”) y enviado a reconstruir el satélite, para reparar así las consecuencias de mi imprudente elección” (pág. 362). E inmediatamente de haber sido aceptada su propuesta, es rehabilitado ipso facto [otra vez las purgas y rehabilitaciones estalinistas], y se le solicita que ocupe un sitio en el Consejo. “Sus conocimientos son imprescindibles para una solución acertada de la importantísima cuestión…” (pág. 363). Para esto hay consultas a la “opinión pública” sin que se nos diga si es por encuesta, por estadística o por algún otro método de democracia directa o indirecta.

En el Universo cercano, según Efremov, los planetas tienen sus particularidades. En Marte hay gases ligeros en las profundidades de las rocas; en Venus hay océanos de petróleo y montañas de hidrocarburos sólidos, cosa que no parece muy probable, ya que tendría que haber habido vida en algún momento.

(Imagen de un planeta nuevo, verde, ZR519→) “…altas montañas, envueltas en todos los matices imaginables de luz verde: las sombras verdinegras de profundas quebradas y escarpadas vertientes, el verde azulado y el verde liláceo (liliáceo) de las rocas y de los iluminados valles, el agua marina de la nieve en las cumbres y en las mesetas, el amarillo verdoso de los sectores calcinados… Riachuelos de malaquita corrían abajo hacia los invisibles lagos [¿cómo ver (o saber de) un invisible lago?] y mares que se ocultaban tras las cordilleras… cubierta de redondas colinas, extendíase una llanura hasta el mismo mar, que parecía de lejos una reluciente plancha de hierro verde. Arboles azules erguían su revuelto y espeso follaje, engalanábanse los calveros con franjas purpúreas y brillantes mechones de desconocidos arbustos y hierbas. Y de la hondura del cielo amatista brotaba, en poderoso torrente, haces de rayos de oro verdoso” (pág. 366-367). Ese planeta, en el que “el espesor de la atmósfera, su composición y la cantidad de agua coinciden con las condiciones terrestres”, es el que perseguirá la 38ava Expedición, en la nave Cisne que, gracias a su nuevo modelo (de ingenio esférico, de tipo vertical, dotado de cuatro quillas de estabilidad), y el perfeccionamiento de los motores de anamesón, podrá llegar hasta allí a pesar de la distancia (setenta años luz) “que no ha salvado ninguna de nuestras astronaves”, para poblarla, colonizarla. “Hace más de tres siglos, el año 72 de la época del Circuito, nuestros antepasados iniciaron ya el estudio de la cuestión de poblar planetas donde existiera vida superior pensante, aunque no hubiese alcanzado el nivel de nuestra civilización” (pág. 367-368).

(Otra visión del Universo: la diversidad→) “Nosotros sabemos ahora cuán grande es la diversidad de los mundos de nuestra Galaxia: estrellas azules, verdes, amarillas, blancas, rojas, anaranjadas; todas ellas contienen hidrógeno y helio, mas, por la diferente composición de sus núcleos y envolturas, se denominan carbónicas, ciánicas, de titanio, de circonio; se diferencian por el carácter de sus radiaciones y por sus temperaturas, elevadas o bajas, así como por los elementos que integran su atmósfera y sus núcleos. Encontramos los planetas más diversos, que difieren unos de otros tanto por sus volúmenes, la densidad, la composición y el espesor de sus respectivas atmósferas e hidrosferas, como por su distancia al astro y condiciones de rotación” (pág. 368).

Es entonces cuando reaparece nuestro personaje terrestre, Dar Veter, rescatado de la elaboración poético-teórica, que está preparando lanzar cohetes “a una altura de cincuenta y siete kilómetros para reconstruir el Sputnik”. Y su sugerencia, como miembro que es del Consejo, es aprobada por unanimidad: “todos los congregados pusiéronse en pie y alzaron la mano izquierda, lo que significaba su plena e incondicional conformidad…” (pág. 273). Su propuesta es enviar tres expediciones, una a donde ya se había planificado, la estrella triple EE723, donde “los procesos de formación de elementos químicos pesados… eran de enorme interés e importancia para su estudio directo…”; otra a la famosa estrella T (la misma con la que comienza la novela), y la última, la más potente, la Cisne, a Achernan, la estrella verde. Como argumento neorromántico, digamos, dice: “El romanticismo (el enamorarse de un proyecto, una idea, una utopía) es un lujo de la naturaleza, pero ¡también necesario a una sociedad organizada! El exceso de vigor físico y espiritual engendra más rápidamente en cada ser humano el ansia de lo nuevo, de los cambios frecuentes” (pág. 372). El aspecto práctico del problema es (porque nada puede ser tan resuelto) que las reservas de anamesón sólo están preparadas para el viaje de dos naves, y he aquí la solución propuesta por Dar Veter, a la que todos los participantes acogen con inusitado entusiasmo [fundamental, el entusiasmo, como esencia comunista]: “Que cada uno (de los habitantes del planeta) demore (postergue) por un año sus viajes y excursiones de recreo, que se desconecten los televisores de nuestros acuarios en el fondo del océano, que se deje de traer piedras preciosas y plantas raras de Venus y Marte, que se paren las fábricas de vestidos y adornos lujosos” [¿había entonces vestidos y adornos lujosos?]. Y agrega, con responsabilidad ejecutiva: “El Consejo de Economía sabrá determinar mejor que yo lo que hay que detener provisionalmente para dedicar a la producción de anamesón la energía ahorrada” (pág. 373). Y escuchemos, por si falta algo, la argumentación final: “¿Quién de nosotros se negará a reducir sus necesidades, por un solo año, para ofrecer a nuestros hijos el gran presente de dos nuevos planetas caldeados por los vivificadores rayos de un Sol verde, grato a nuestros ojos terrestres?”. En esto consiste el progreso de la época, en descubrir y colonizar nuevos mundos. También aquel caballo de oro encontrado en el mar contribuirá para la producción del combustible necesario. En ese momento transcurre el año 409 de la Era del Circuito.

(La psiquis humana→) “…el medio fundamental de reponerse y descansar (la psiquis) de las impresiones es el trabajo… Se puede decir que la felicidad es la continua alternación (alternancia) del trabajo y del descanso, de las dificultades y de los placeres” (pág. 374). “¡La verdadera felicidad está en la lucha por lo nuevo!”, exclamará la psicóloga Evda Nal.

Volviendo un poquito atrás, aunque en el tiempo presente de la novela, Erg Noor, comandante de la astronave Tantra, y Eon Tal, el biólogo, se enfrentan a la dilucidación de la naturaleza de los dos acalefos capturados y al misterio de la “cruz”, ese ser extraño que casi mata a la tripulación de la nave. [He estado pensando, insistentemente, en la claridad del concepto trasladado a un imaginario animal —las bestias de conformaciones extrañas y de poderes casi ilimitados es una constante en la ciencia ficción—. Quiero decir, se le llama “la cruz” —porque la parte superior semeja a esa forma geométrica—, y quiero ver, intuyo, algo sobre el aspecto religioso, católico o cristiano. Como materialista, Efremov bien puede ser no sólo ateo sino incluso anti religioso —recordad aquello de la iglesia como “el opio de los pueblos”—. En esta obra, por lo que hemos visto, su “religiosidad”, que es consciente en algunas escenas, es más retórica —no hay iglesias ni órdenes religiosas, aunque sí hay una cierta mística, comunista, cuasi religiosa—, y cuando se manifiesta más claramente es en la traída al presente fundamentalmente de los griegos, aunque también habla de los cretenses y otras civilizaciones más o menos de la misma época. En este caso, “la cruz” es totalmente negativa, al menos para los humanos-terrícolas, y un peligro mortal.] Dice el biólogo: “La cruz negra es un ser vivo, engendrado por el mundo de las tinieblas. Seguramente, estos repugnantes monstruos viven abajo, en la llanura (de la estrella T)…

Los acalefos, más ligeros y móviles, moran en la meseta en que aterrizamos”, aunque ambos creen que “los órganos que matan (a) la presa son iguales en los acalefos y en la cruz”, o sea, que los órganos mortíferos son semejantes —porque “animales que viven en las mismas condiciones deben tener órganos semejantes” (pág. 379)—, y justamente, la captura de los dos acalefos, que aparentan haber entrado en un periodo de aletargamiento, llevará a experimentos que puedan devolverle la movilidad al brazo del biólogo (que ha sido herido y su brazo pende, como inerte), y la conciencia y la vida a la muchacha que está en una especie de coma inducido (Niza Krit). (El método científico→) Reproducen las mismas condiciones para que los acalefos revivan y así poder estudiarlos y comprobar la teoría que dice que esos seres acumulan la energía y la transforman en rayos “globulares”. “…Reconstituyendo la temperatura, la atmósfera, la iluminación y demás condiciones del planeta negro” (pág. 380).

Las descripciones de la naturaleza terrestre tienen una forma extraña, como si fuera otro el propio planeta, o como si lo visto —en este caso por Erg Noor, caminando despacio, “hundiendo los pies descalzos en la suave hierba”— fuera recién descubierto, nuevo y, además, una descripción poética, romántica: “en la linde del bosque, se alzaba la muralla verde de los cedros, veteada de arces, que erguíanse rectos como columnas de tenue humo gris. Allí, en aquel coto, el hombre no se inmiscuía en la naturaleza. Esta conserva el encanto bravío de sus altos matorrales desperdigados que exhalaban un aroma, grato y fuerte, en el que se mezclaba, contradictorio, diversos olores”.

(La visión→) “Un frío riachuelo le cerró el paso… descendió por un sendero. El agua rizada y cristalina, penetrada por los rayos del sol, tendía una red de temblantes hilos de oro sobre los multicolores guijarrillos. Partículas de musgo y algas, apenas perceptibles, flotaban en la superficie, y sus finas sombras se deslizaban por el fondo como lunares azules. En la ribera opuesta, grandes campanillas liláceas se inclinaban al viento. La fragancia de la húmeda pradera y de las purpúreas hojas otoñales permitía a los hombres el gusto del trabajo, pues cada uno, en lo recóndito del alma, guardaba todavía la experiencia del primitivo labrador. Una oropéndola amarilla clara, posada en una rama, lanzaba presuntuosa al viento su gracioso silbido” (pág. 385-386). Nótese que Erg Noor viene del mundo del sol negro, de la cruz “negra, de los negros acalefos que viven en la total oscuridad, y aquí, en este pasaje, todo adquiere color (y calor), luz, armonía. Esta belleza se trasmite a Erg Noor, precisamente. “Nunca el planeta en el que naciera le había parecido tan bello a Erg Noor, que pasara la mayor parte de su vida en los estrechos límites de un navío cósmico” (pág. 386).

Salvada Niza Krit gracias a los experimentos de laboratorio con los acalefos (aunque no se dan detalles precisos de la curación, luego de cinco años continuos de parálisis corporal, “Niza se encontraba en perfecto estado de salud desde que fueran rotas las cadenas de la parálisis, suprimiendo la tenaz inhibición de la corteza cerebral, provocada por la descarga de los tentáculos de la cruz negra”), Erg Noor se encuentra con Veda Kong y se asombra de la semejanza entre las dos: “Eran iguales el óvalo estrecho, los ojos separados, la despejada frente, las largas cejas arqueadas, la boca grande, de labios dulcemente burlones… [¿cómo es, qué forma tiene un labio dulcemente burlón?]. Hasta su nariz, un poquitín larga, ligeramente arremangada, la hacía semejante a la otra, como si fueran hermanas” (pág. 387). ¿Hay en esto una transferencia, psicológica, o un mero estar “al alcance de la mano” —por aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente?” Y lo que sigue: “La única (¡la única!) diferencia consistía en que Veda miraba siempre a la cara, con aire pensativo, mientras que la tenaz cabecita de Niza Krit se erguía a menudo en juvenil arranque” [un calificativo duro, como “tenaz”, con un diminutivo suave, o suavizante, como “cabecita”, como para darnos a entender una firmeza pero también cierta sensibilidad] —.

(La nueva maternidad→) En una conversación entre las dos mujeres, mientras la primera convalece en el sanatorio “Alba blanca” (“el alba blanca del ventisquero debe su nombre al sanatorio y convertía todo lo circundante en un sereno mundo de pálida luz sin sombras ni reflejos”, pág. 392), hablan sobre la maternidad. Veda expone, cual si estuviera ante un auditorio: “Una de las más grandes tareas de la humanidad es la victoria sobre el ciego instinto maternal; la comprensión de que sólo [¿sólo eso?] la educación colectiva de los niños, por gentes especialmente instruidas y seleccionadas, es capaz de formar al hombre de nuestra sociedad actual” (pág. 393). Y afirma, rotunda: “Hoy día ya no existe ese amor maternal, casi insensato, de los tiempos antiguos” (como si el amor tuviera que ser “sensato”, razonable o conveniente). Existe, y si existe es porque hace falta, porque el instinto es más fuerte, la Isla de las Madres Java. “Allí viven todas las que quieren educar ellas mismas a sus nenes” (pág. 394).

[Cierta extrañeza me provoca, si es extrañeza, el hecho de que Efremov haya hecho citar una estrofa de un poema de Edgar Allan Poe, Annabel Lee, como si Veda no pudiese resignar “su pérdida”, ni quería, tampoco, “ceder nada al destino” —el poema, la estrofa precisa, se la dice Dar Veter como respuesta a  un tierno reproche de ella—. Hay una extraña confusión de sentimientos, como dos medidas distintas, una formal, que es la que se pretende que elabore ante los demás, y otra interior, mucho más sensible.]

Y si bien se reconoce que el participar de la aventura espacial y los vuelos interplanetarios es desmesurado, el mismo no puede ser para todos. “Las estaciones de pruebas psicológicas apenas daban abasto a reconocer a todos los que manifestaban al Consejo su disposición a partir para el espacio interplanetario” (405).

Y mientras Dar Veter va a reconstruir el satélite, Veda Kong investiga una cueva secular, Den ̴ Of ̴ Kul (Refugio de la Cultura) donde hay “presencia de gran cantidad de metal”. Se dice que, “ante el peligro de una espantosa guerra (como si pudiera haber alguna guerra hermosa, aunque tal vez quiera decir una guerra total, de la que nadie, ni nada, pudiera salvarse), los pueblos que se consideraban más avanzados en la ciencia y en la cultura habían escondido en dicha cueva los tesoros de su civilización” (pág. 412).

Pero lo que hay allí es un museo tecnológico, con vehículos de todos los modelos, aparatos, etc., era un “museo de máquinas… (que) arrojaba luz sobre el nivel técnico de un tiempo lejano…” (pág. 414). “A través de la sombría osamenta del capitalismo muerto, yo (Veda es la que habla) entreveo a los que luchaban por el futuro. Su futuro es nuestro presente” (415). Si hubieran sido sinceros, “habrían visto con nitidez su planeta, sucio, ahumado, con los bosques talados, el suelo lleno de papeles y de vidrios rotos (y nylon, agrego), de ladrillos partidos y de mohosa chatarra”. En esa cueva, entonces, “se guardan, de una posible destrucción, los principales valores técnicos y materiales de la civilización occidental de entonces…”. Ahora, “¿qué se consideraba “lo principal”, cuando no existía aún la opinión pública —una categoría muy usada en la actualidad y dirigida hacia fines concretos por los medios masivos de comunicación, que responden a determinadas orientaciones (políticas, ideológicas, económicas, etc.) — de todo el planeta y ni siquiera de los pueblos de aquellos países? La necesidad e importancia de algo, en un momento dado, las determinaba el grupo gobernante… Por ello, en esta cueva no se encuentra —dice Veda— ni mucho menos lo que en realidad constituía los mayores valores de la humanidad, sino lo que uno u otro grupo de gentes estimaba como tales…” (pág. 420). Sin embargo, la fragilidad de la cueva hace que se produzca un derrumbe y sepulte el tercer nivel —el más bajo, a casi cuatrocientos metros por debajo del nivel del suelo—, por lo que queda oculta la pesada puerta, la cual tenía una cerradura particular (“en el centro de la puerta sobresalían dos pequeños discos con unos signos, flechas doradas y mangos dorados. Para abrir, era preciso componer con ellos una señal convencional”) (pág. 418).

(El lenguaje →) [como escritor es obvio que Efremov, si habla de la organización de una sociedad nueva, distinta, que nace de las ruinas de una sociedad injusta y desigual, la sociedad comunista, también aborde este aspecto y lo ponga a consideración] “No podía por menos de sorprenderse de los muchos aspectos de una cultura todavía reciente que había dejado de existir. Tal suerte habían corrido las sutilezas del lenguaje, argucias verbales y escritas, tan propias de la Era de la Unificación Mundial, que se consideraban antaño muestras de una gran instrucción. No se cultivaba en absoluto la escritura como música de la palabra, tan desarrollada ya en la Era del Trabajo General (ETG); había cesado por completo ese hábil malabarismo de vocablos denominado ingeniosidad. Y antes aún había desaparecido la necesidad de enmascarar los propios pensamientos, tan importantes en la Era del Mundo Desunido. Todas las conversaciones eran ya más breves y sencillas. Y, seguramente, la Era del Gran Circuito sería la del desarrollo del tercer sistema de señales del hombre: la comprensión sin palabras”. Es decir, ¿por imágenes telepáticas?

Hay una máquina llamada Cerebro Profético, que eran “unas enormes máquinas electrónicas de investigación, de la más elevada clase, capaces de resolver casi todos los problemas al alcance de las ramas ya estudiadas de las matemáticas”. Hay cuatro de estas máquinas, “de distinta especialización” (pág. 426), que parecieran ser las modernas computadoras.
“Hace milenios, nuestros remotos antecesores sabían ya que el arte, en el desarrollo de los sentimientos que lleva aparejado, es tan importante para la sociedad como la ciencia” (pág. 436). Ante la próxima partida del Cisne, viaje del cual nunca volverán a la Tierra quienes van en la nave, Mven Mas, ya reinsertado en el mundo (aunque condenado a un exilio productivo y “piadoso”), resume la visión absoluta sobre el planeta: “En tiempos inmemoriales, los mayas, indios, pieles rojas de América Central (del Norte debió decir), dejaron una inscripción orgullosa y triste…”. Esta dice: “¡Tú, que mostrarás más tarde tu faz en estos lugares! Si tu razón se esclarece, preguntarás quiénes somos nosotros. ¿Quiénes somos? Pregúntale a la aurora, al bosque, a la ola, a la tempestad, al amor. Pregúntale a la tierra, a la tierra de los sufrimientos, a la tierra bien amada. ¿Quiénes somos nosotros? ¡Somos la tierra!” (pág. 447).

Al despegar el Cisne, y con ello termina nuestra novela, con ese viaje para descubrir, y tomar posesión, de nuevos mundos, habitables para los humanos, “Todas las miradas se tornaron hacia donde se alzaba, azul y rutilante, Achernar. El Cisne llegaría a ella después de ochenta y cuatro años de viaje a una velocidad de novecientos millones de kilómetros por hora. Ochenta y cuatro años para nosotros; para el Cisne cuarenta y siete. Tal vez fundasen allí un mundo nuevo, tan bello y jubiloso como el nuestro, bajo los verdes rayos de la estrella de circonio” (pág. 447).

Conclusiones y apartes.-
En resumen, tenemos que los personajes centrales, todos, son distinguidos, y forman la clase dirigente. Estos personajes forman parejas, como si con ello el autor quisiera mostrarnos (y demostrarnos) la necesidad y la conveniencia de la vida en pareja, o, en todo caso, advertirnos de los peligros de la soledad y el individualismo más exacerbado. El pensar y el actuar colectivamente, sin afán de protagonismo, es lo que salvará a la humanidad del desastre, sea este ecológico, nuclear o de otro tipo. En definitiva, lo que queda es la sensación de que, al final de cuentas, todo se va a resolver, y que, optimismo revolucionario total y que da pasos sin esfuerzo, automáticamente, “todo va a ser para mejor”. La felicidad, pues, de la humanidad, está en marcha.

(La nebulosa de Andrómeda, Ediciones de lenguas extranjeras, Moscú, 448 pp., sin fecha —pero que es de 1965—, traducción de A Herráiz.)

 

 

 


Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

 

La ONDA digital Nº 843 (Síganos en Twitter y facebook)

 

 

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