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“Un bello sol interior”: Amargos desamores

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El amor, el desamor, el sexo, la soledad  y la frustración son los cinco temas vertebrales de reflexión que propone “Un bello sol interior”, el nuevo largometraje de la realizadora francesa Claire Denis, una de las autoras más talentosas y sensibles de la cinematografía del país galo.

 Denis tiene ya una profusa filmografía integrada, entre otros títulos, por “Chocolat” (1988), “Bella tarea” (1999), “Sangre caníbal: un oscuro deseo” (2001), “El intruso” (2004),  “35 Rhums” (2008), “Materia blanca” (2009) y “Los canallas” (2013).

Iniciada en la asistencia de dirección con cineastas de la talla de Jacques Rivette, Costa Gavras, Jim Jarmush y Wim Wenders, Claire Denis ha destacado por un cine que enfatiza  en lo social.

En ese contexto, suele privilegiar la construcción de atmósferas y temporalidades, en una mirada de la realidad que privilegia los temas de la multiculturalidad, la problemática racial, la violencia, la desigualdad de género, la incomunicación y todo lo vinculado a los juegos de poder.
En efecto, sus historias están marcadas por tópicos siempre críticos como la inmigración, la persistencia del colonialismo y las exacerbadas disputas características de la globalización.

Habitualmente, sus personajes son frágiles y desamparados, lo cual corrobora la propia visión crítica de la realizadora sobre un mundo implacable en el cual sobrevivir suele ser, en algunos casos, una suerte de epopeya cotidiana.

En “Un bello sol interior”, Claire Denis cambia radicalmente la materia temática de su cine para incursionar en la comedia romática, aunque mediante una mirada agridulce.

En efecto, este no es un film meramente convencional ni complaciente como suele suceder en la mega-industria gastronómica, sino una visión bastante desencantada sobre las relaciones humanas, particularmente sobre las afectivas.

Inspirándose en el ensayo académico “Fragmentos de un discurso amoroso” (1977), del semiólogo Roland Barthes,  la realizadora construye un retrato más bien grotesco sobre el más puro, sólido y transparente de todos los sentimientos humanos.

No en vano la obra literaria en la cual se sustenta el film es una suerte de profunda reflexión sobre la extinción del amor en la era contemporánea. En efecto, para el autor, en las sociedades desarrolladas, el amor es un fenómeno demodé, pasional e irreflexivo de dimensión cuasi patológica.

Sin embargo, Barthes reivindica igualmente a los enamorados y a los que no han sucumbido al demoledor peso de la indiferencia, en un mundo cada vez más fragmentado en el cual lo trascendente está marcado por lo efímero.

No en vano la protagonista de esta película es Isabelle (Juliette Binoche), una artista plástica cincuentona  y con una hija, acostumbrada a las frustraciones y los desencantos.

Separada de su marido y obsesionada en la búsqueda del amor ideal, esta mujer, que es protagonista y dueña de su existencia, se desgasta vanamente en relaciones distorsionadas por la futilidad.

Más que gratificantes, esos presuntos vínculos amorosos son contaminantes y ciertamente no le deparan ninguna felicidad, porque están a años luz de sus legítimas expectativas.

Es el caso de un banquero casado (Xavier Beauvois), un atribulado actor (Nicolas Duvauchelle), un ansioso vecino y un amigo, que aspira a relacionarse de otro modo con ella.

Todos son seres complejos y problemáticos, en una versión si se quiere grotesca del género masculino. En efecto, hay mentirosos, hipócritas, cobardes, alcohólicos y, por supuesto, egoístas.

Sin embargo, la protagonista resiste y persiste en su épica búsqueda de un amor que no llega y una pareja que la comprenda, la satisfaga y le otorgue una adecuada continentación.

Pese a sus múltiples amoríos, ella paradójicamente padece una soledad realmente abrumadora, que es la del sentimiento no comprendido y no correspondido.

En ese contexto, la incomunicación es el denominador común de las relaciones humanas, en un tiempo crítico en el cual la vinculación más habitual es a través de medios electrónicos y de las impersonales redes sociales.

Esa distancia -que es física y a la vez emocional- no otorga margen para el encuentro cara a cara, para la palabra sincera y para el discurso frontal y sin ambages.

Ello genera, naturalmente, una dramática mixtura entre la ansiedad, la amargura y la incertidumbre, tres signos identitarios de una era caracterizada por el oscurantismo.

En el film también afloran las gestualidades pequeño burguesas, las ambigüedades, las mentiras, la doble moral y los ritualismos apócrifos de una condición humana radicalmente devaluada.

En buena medida, la protagonista del film es víctima de un universo temporal caracterizado por la banalidad, donde los genuinos sentimientos suelen naufragar ante la más paupérrima de las indiferencias individuales y colectivas.

“Un bello sol interior” es un irreverente retrato sobre las relaciones humanas, con foco en amores imposibles, amargos desamores y dramáticas decepciones.

Más allá de su mero formato de comedia romántica, es también una descarnada visión sobre la caducidad de los sentimientos en un tiempo de persistentes vacuidades y desencantos.

No obstante, lo más rescatable de esta película es la magistral actuación de Juliette Binoche, que compone uno de los mejores papeles de su carrera exitosa actoral, bien secundada por el siempre formidable Gérard Depardieu y por Valeria Bruni Teleschi.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario


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