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Estando aquí y ahora

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La última novela editada de Pablo Casacuberta, Aquí y ahora (Aquí y ahora, Estuario Editora, 2015, 179 pp.), dan ganas de seguir leyendo otras obras suyas. Muchas cosas han pasado desde que editara su primer libro, Ahora le toca al elefante, de 1990, pero Pablo Casacuberta ha cimentado una trayectoria no sólo literaria, sino también visual, con fotografías e incluso un largometraje, así como un disco con piezas instrumentales. Todo un artista, un creador.

Podríamos hacer varios tipos de análisis de esta obra, pero vamos a dejar constancia únicamente de algunos elementos que la integran, y que la definen, creo yo, con precisión.

Empezando por el principio, diremos que el título alude a la forma en que se cuenta y a lo contado, a la historia, la trama, que sucede siempre en el presente, pero también en cierta región geográfica y también del alma (el momento en que se escribe es el momento en que ocurre, con todos los sentimientos que le provoca al autor y al lector). Lo que se narra sucede en el preciso momento en que se está contando, es decir, eso es lo que se pretende.

Hay, además, una experimentación, en el sentido de que hay una laboratorio de ideas y un ambiente de laboratorio científico con mecheros Bunsen y retortas, y dado en, por ejemplo, las palabras científicas y las teorías en las que esboza el protagonista. Para ello se apoya en la clasificación de las cosas, dada en las revistas que lee (Conocimiento y, precisamente, Aquí y ahora), así como en otro tipo de informaciones que va recabando en su vida. Esa clasificación de los objetos se hace según las figuras y nomenclatura correspondiente, es decir con los términos científicos propiamente dichos. Hay una teorización hipotética, tentativa —lo que puede ser, en el reino de las suposiciones—, y una clasificación detallada.

Hay, además, algo que llamaría “decantación anímica hacia la tristeza”. Toda la historia tiene un matiz tremebundo, y la adolescencia —que ese es el verdadero tema de la obra en cuestión, el fin de la adolescencia y el comienzo de la adultez— no se termina en un momento dado, aunque puede inferirse el punto de quiebre, sexual, en el que ocurre. Hay un aspecto adolescente, la investigación, del entorno y de sí mismo, que parece trascender y continuar más allá de la edad. El punto de quiebre, también está dado como nos lo presenta la novela cuando dice: “papá ha muerto”. La muerte de su padre, podría ser el otro título de la novela, pero es necesario el aquí y ahora, porque está (ya lo dijimos y lo mencionamos nuevamente) la revista del mismo nombre, que colecciona datos, algunos de los cuales, los más interesantes —según código propio— son atesorados en forma de recortes (y esto me trae a la memoria El libro de Manuel de Cortázar, aunque en él esos recortes eran sobre la realidad política).

Un hecho a destacar es que el nombre científico de la fauna opera como metáfora dentro del discurso. A través de ciertas palabras base, de significado conciso, palabras-término las llamaría, hace crear un laboratorio de ideas. El personaje —y todos los personajes— son reconocibles, incluso en sus defectos físicos (o reconocibles por eso mismo).

Lo principal que destaco es el concepto de familia literaria. Es decir, que todos los personajes forman una sola familia, casi como en duplicado. Quiero decir que los que forman la familia propiamente: el personaje, su hermano, la madre, el padrastro (el tío), el padre ausente, y, por otro lado, los personajes del hotel y hasta el librero, pues estos son la mujer (con el hijo muerto), el esposo, la mucama, unos y otros forman el mismo concepto de familia. Así se da, también, el hecho de que todos los personajes que transcurren en la novela tienen una función precisa, y por eso podemos decir que no sobra nada.

Sin embargo, todo el tiempo me quedé esperando algo, en forma de una pregunta insistente de “bien, todo esto, ¿para qué?”. Forzosamente “tiene que haber algo más” me decía, y encontrar que si uno quisiera podría poner al hermano del personaje como hijo del tío, o viceversa, de modo que fueran de distinto padre, con lo cual la  historia podría tener otra vuelta de tuerca más. Después de todo, si el personaje se llamaba Máximo, también en esto lo sería.

Lo dicho, la lectura de esta novela, invita a leer más de Pablo Casacuberta.

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

 

La ONDA digital Nº 841 (Síganos en Twitter y facebook)

 

 

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