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Afganistán: la ‘guerra buena’ cumple 16 años

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El triunfo de los yihadistas sobre las tropas soviéticas en Afganistán en los 80 fue todo un hito, dio inicio a una nueva era y a una guerra de nuevo tipo que ha traspasado todas las fronteras y que está aún muy lejos de terminar. Segunda parte de este reportaje sobre la larga guerra de Afganistán. Puedes leer la primera entrega aquí.

(…) El Reino Unido invadió en 1838 este país geopolíticamente clave de Asia Central, fronterizo con Pakistán, Irán, China, Tayikistán, Uzbekistán y Turkmenistán, para impedir que la Rusia de los zares continuara su expansión por Asia Central y terminara apoderándose de la India, entonces colonia británica, calificada en aquella época “la joya de la corona”. Fracasó estrepitosamente, solo salió vivo uno de los 16.000 soldados británicos enviados al frente.

Pero el imperio británico no se resignaría y en 1878 lanzó la segunda guerra anglo-afgana. Su cambio de táctica militar le permitió ciertas victorias pero no alcanzó a controlar realmente el país más que parcialmente a pesar del gran despliegue de tropas.

La resistencia a la ocupación británica no cesó nunca y en 1919, aprovechando el desgaste del Reino Unido tras los duros golpes recibidos durante la I Guerra Mundial, Afganistán declaró su independencia. La tercera guerra anglo-afgana que provocó esa decisión duró solo tres meses y se cerró con la firma del armisticio que definió la Línea Durand, la frontera entre el Emirato de Afganistán y la India británica. La línea Durand dividió en dos a la poderosa etnia pastún —la mayoritaria entre los talibán—, una parte de ella en Afganistán y la otra en Pakistán.

Toda la región vivía una gran convulsión. Dos años antes había tenido lugar la Revolución de Octubre y la Unión Soviética fue el primer país en reconocer la independencia y soberanía de Afganistán, lo que motivó fricciones con Reino Unido.

El Reino Unido invadió en 1838 Afganistán para impedir que la Rusia de los zares continuara su expansión. Fracasó estrepitosamente, solo salió vivo uno de los 16.000 soldados británicos

Hay cartas cordiales de la época entre Lenin y el rey Amanullah (1919-1929), un hombre fascinado por las costumbres europeas, que llegó a promulgar una Constitución en la que se desaconsejaba el uso del velo —la reina Soraya no lo usaba y era ministra de Educación—, promovió la educación de las niñas y la libertad de culto, prohibió la tortura y el uso de la barba por los hombres.

Ese intento de modernismo laico, similar en parte al que en Turquía promovería Mustafá Kemal Atatürk, provocó gran rechazo en los sectores tribales y religiosos más tradicionales, dando lugar a una rebelión encabezada por Habibulah Kalakani. Este revocaría todas las medidas democráticas instauradas por Amnullah, pero Kalakani sería derrocado pronto por Mohammed Nadir Shah.

HISTÓRICA INFLUENCIA SOVIÉTICA EN AFGANISTÁN
La relación entre la URSS y Afganistán se intensificó durante los años 50 del siglo XX, en plena Guerra Fría, cuando se llegó a firmar un acuerdo de libre tránsito de personas y mercaderías en la frontera entre ambos países.

El primer ministro de entonces, Mohammed Daud Jan, con lazos de sangre con el rey Mohammed Zahir Shah, mantenía estrechas relaciones con intelectuales marxistas soviéticos e incluso el propio rey pidió a la URSS asesoramiento militar para sus oficiales.

Moscú sacaría buen partido de ese pedido y no solo formaría a la oficialidad del Ejército afgano sino que ofrecería generosamente becas universitarias para miles de jóvenes, ampliando así su influencia sobre muchos de los que luego serían dirigentes en áreas económicas, políticas y sociales.

El rey cambiaría sin embargo con el tiempo el rumbo de su gobierno y terminaría alejando del poder a Daud Jan, pero este, años después, en 1973, dio un golpe para derrocarlo, aboliendo la monarquía y autoproclamándose presidente de la nueva república. Daud fue apoyado por la rama más moderada del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA, marxista), los llamados Parchamis, mientras que el sector más duro, los Jalquis,  estaba capitaneado por Nur Muhammad Taraki. Daud terminó desprendiéndose de los asesores soviéticos y mandó arrestar a su rival Taraki y muchos de sus compañeros, al tiempo que establecía contactos con EE UU y el sha iraní Reza Pavhlevi.

La llegada al poder de Nur Muhammad Taraki supuso un cambio radical en el país, la utopía de un Afganistán socialista parecía al alcance de la mano

La detención de Taraki provocó una revuelta popular pacífica seguida de una rebelión militar que terminó pronto con el régimen de Daud y su muerte al resistirse con pistola en mano a su detención.

La llegada al poder de Nur Muhammad Taraki supuso un cambio radical en el país, la utopía de un Afganistán socialista parecía al alcance de la mano. El nuevo Gobierno promovió una profunda reforma agraria, la instauración de la educación obligatoria de las mujeres, la igualdad de derechos para todas las etnias, la anulación de hipotecas y préstamos de usureros que oprimían al campesinado; se prohibió el cultivo de opio; se estableció por primera vez un salario mínimo y se lanzó una ambiciosa campaña de alfabetización junto con muchas otras medidas que podrían haber hecho cambiar radicalmente el país.

Sin embargo, la llegada del progreso no contaba con los apoyos necesarios, se enfrentaba una vez más como sucedió décadas antes con el rey Ammullah, a líderes religiosos musulmanes tradicionales y poderosos terratenientes con importantes milicias y gran influencia en las zonas rurales.

En aquellos años 70 en Afganistán más del 90% de sus 16 millones de habitantes era analfabeto y un 5% de la población eran terratenientes que controlaban más del 50% de la riqueza del país. Afganistán contaba con un cuarto de millón de mulás.

EE UU ENTRA EN ACCIÓN
En plena Guerra Fría, la llegada al poder del sector más radical de la izquierda afgana y la fuerte influencia soviética en las principales áreas del Estado, hizo que el Gobierno de Jimmy Carter moviera ficha, y en julio de 1979 aprobaba la ayuda masiva a las milicias de muyahidín existentes en el país.

Testimonios de la Administración Carter como el del entonces consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski, de cargos de la CIA y expertos militares, confirman que fue en ese momento cuando se diseñó el plan para provocar la entrada militar de la URSS en suelo afgano y con ello cavar su sepultura.

El Gobierno progresista de Taraki sufrió rápidamente el boicot activo a sus reformas y el hostigamiento militar, principalmente en las zonas rurales controladas por poderosos señores de la guerra

El Gobierno progresista de Taraki sufrió rápidamente el boicot activo a sus reformas y el hostigamiento militar, principalmente en las zonas rurales controladas por poderosos señores de la guerra. El apoyo logístico, el entrenamiento militar en campos en Pakistán y el dinero de esa macro operación encubierta que lanzó EE UU con apoyo de Reino Unido, Francia, Arabia Saudí, Pakistán, Marruecos, permitió reclutar a miles de muyahidín de lugares tan diversos como Chechenia, Marruecos, Egipto, Arabia Saudí, Yemen, Malasia, Filipinas y muchos otros países, entusiasmados con la idea de combatir juntos codo a codo contra el enemigo rojo representado en un primer momento por el régimen de Taraki y posteriormente por el mismísimo Ejército Rojo al entrar en escena.

Taraki fue asesinado por su vicepresidente, Hafizullá Amin, y el caos se generalizó. Los enfrentamientos se cobraron entre 3.000 y 5.000 víctimas. En el momento en que la URSS decidió lanzar su gran ofensiva terrestre, enviando a Afganistán nada menos que a cuatro de sus cinco divisiones mecanizadas, con cerca de 100.000 efectivos, las milicias tribales reforzadas por decenas de miles de muyahidín extranjeros controlaban ya 23 de las 28 provincias afganas.

La URSS no contaba que fuera nada menos que EE UU quien propiciara la primera gran yihad contemporánea al reclutar, entrenar, armar y financiar a más de 100.000 muyahidín extranjeros controlaban ya 23 de las 28 provincias afganas.

La URSS no contaba que fuera nada menos que EE UU quien propiciara la primera gran yihad contemporánea al reclutar, entrenar, armar y financiar a más de 100.000 muyahidín

Estados Unidos y sus aliados consiguieron así que el Ejército Rojo entrara en la compleja trampa que se le había tendido. La URSS no contaba que fuera nada menos que la gran superpotencia estadounidense la que propiciara la primera gran yihad contemporánea al reclutar, entrenar, armar y financiar a más de 100.000 muyahidín. Ese mismo año 1979 en el que la URSS lanzó la que sería su última invasión terrestre de un país, en otro escenario, en Irán, era derrocado el pro occidental sha Reza Pavhlevi, hombre clave de EE UU en toda la región y el ayatolá Jomeini instauraba la revolución islámica.

Paradójicamente, mientras en Afganistán el Gobierno de Estados Unidos orquestaba una gran operación militar indirecta para derrotar a las tropas soviéticas, en 1980 los dos países, EE UU y la URSS, financiaban y armaban en paralelo a Sadam Husein para que lanzara una guerra contra el flamante gobierno islámico iraní.

Aquella guerra de Afganistán iniciada en 1979 duró diez años y acabó con la derrota soviética y la retirada de las tropas. La guerra entre Irán e Irak iniciada en 1980 terminó en 1988 con un millón de muertos entre ambas partes, sin que ninguno de los dos países resultara vencedor.

En los años 80 Carter primero y luego Reagan, llamaron a los muyaidin antisoviéticos los “luchadores de la libertad” y a partir del 11S de 2001 Bush junior pasó a llamarlos “terroristas”

Estados Unidos no preveía entonces ni que aquellos Muyahidín los que ayudó a organizarse, armarse y financiarse para combatir a las tropas soviéticas —como el propio Osama bin Laden y el mulá Omar, que se convertiría luego en el líder máximo de los talibán— volvieran años después las armas en su contra, ni previó que dos décadas después invadiría Afganistán —esta vez sí con sus propias tropas— para combatirlos.

En los años 80 Carter primero y luego Reagan, llamaron a los muyaidin antisoviéticos los “luchadores de la libertad” y a partir del 11S de 2001 Bush junior pasó a llamarlos “terroristas”.

Eduardo Galeano recordaba en su artículo “El teatro del Bien y del Mal” la relación en aquella época entre Washington y Bin Laden: “La CIA le había enseñado todo lo que sabe en materia de terrorismo Bin Laden, amado y armado por el Gobierno de Estados Unidos; era uno de los principales ‘guerreros de la libertad’ contra el comunismo en Afganistán. Bush Padre ocupaba la vicepresidencia cuando el presidente Reagan dijo que estos héroes eran ‘el equivalente moral de los Padres Fundadores de América’”. “Hollywood estaba de acuerdo con la Casa Blanca”, añadía Galeano, “En esos tiempos se filmó Rambo III: los afganos musulmanes eran los buenos, ahora son malos malísimos, en tiempos de Bush hijo, trece años después’”.

Segunda Parte

En esos mismos años 90, sin embargo, Clinton utilizaba los servicios del yihadismo para enviar nuevamente combatientes islámicos en ayuda de la Armija musulmana en su guerra por la independencia de Bosnia Herzegovina. Algo que repetiría luego en la guerra de Macedonia, apoyando al Ejército de Liberación Nacional, y en la de Kosovo, armando al ELK (Ejército de Liberación de Kosovo). Paralelamente, EE UU apoyaba a los talibán en Afganistán.Tras la derrota soviética en Afganistán, se desató una sangrienta lucha por el poder, se instauró el Estado Islámico de Afganistán, con numerosos feudos controlados por señores de la guerra y sus milicias disputándose el poder.

La entrada en escena en 1994 de los talibán (talib, estudiante coránico en la lengua pastún), un movimiento suní originado en las madrasas, las escuelas coránicas de Pakistán financiadas por Arabia Saudí donde se educaban miles de jóvenes afganos, lo alteró todo.

Los “estudiantes”, reivindicando ser los defensores de la ortodoxia y pureza del Islam, enfrentaron a los señores de la guerra a los que acusaban de corruptos e injustos y en solo dos años lograron hacerse con el control de de Kabul y otras importantes regiones del país.

NEGOCIANDO UN OLEODUCTO CON LOS TALIBÁN EN HOUSTON
Estados Unidos, influido en buena medida por los consejos de su gran aliado regional, Arabia Saudí, volvió a confiar en el yihadismo. Vio en el arrollador avance de los jóvenes talibán una posibilidad para que Afganistán tuviera un régimen fuerte y centralizado que acabara con las luchas de los señores de la guerra y se convirtiera en un aliado de importancia estratégica en Asia Central.

Michael Bearden, importante responsable de la CIA en Afganistán en los años 80 diría: “Esos chicos no eran los peores, jóvenes un poco fogosos, pero era mejor eso que la guerra civil. Ahora controlan todo el territorio entre Pakistán y los campos de petróleo de Turkmenistán. Quizá es una buena idea porque podremos construir un oleoducto a través de Afganistán y llevar el gas y las fuentes de energía al nuevo mercado que se va a crear. Por lo tanto, todo el mundo está contento”.

Con ese objetivo en 1997, solo un año después de tomar el control de la capital afgana, varios mulás talibán se reunían en Houston con miembros del Departamento de Estado y altos ejecutivos de Unocal (Union Oil Company of California).

Unocal, junto con la sociedad saudí Delta Oil, creó un consorcio llamado Central Asia Gas Pipeline (Centgás), al que luego se incorporarían con menor capital empresas de Pakistán, Turkmenistán y Japón.

El propio Henry Kissinger, secretario de Estado en esos años y premio Nobel de la Paz como Barack Obama, firmó el acuerdo para construir un gigantesco oleoducto de 1.271 kilómetros desde la frontera turcomano-afgana, atravesando territorio afgano y paquistaní.

Pocos años después de ser aliado de EE UU en Afganistán Bin Laden cometía su primer atentado contra las Torres Gemelas

Washington en aquella época calificaba al régimen talibán y al de Arabia Saudí como “islámicos moderados” mientras acusaba a Irán de extremista y terrorista, una acusación que ha vuelto a recuperar Trump con la misma virulencia en su empeño por justificar su rechazo al pacto nuclear con Teherán firmado por Obama.

El régimen talibán no logró finalmente que Unocal (principal accionista de Centgás) aceptara las condiciones que ponía para permitir el paso del oleoducto por su territorio, y las negociaciones se rompieron.

Paralelamente los talibán se integraron en 1998 en el Frente Internacional Islámico creado por Osama bin Laden, quien lanzó una fatwa llamando a realizar atentados contra intereses estadounidenses.

Al Qaeda cometió dos nuevos graves atentados, contra las embajadas de EE UU en Kenia y Tanzania, con un saldo de 229 muertos.

La Administración Clinton no pudo mantener más tiempo esa política contradictoria; recibía fuertes críticas tanto del Partido Republicano como desde el seno del propio Partido Demócrata y de la ONU.Clinton terminó reclamando al régimen de los talibán la extradición de Bin Laden, pero estos se negaron, ofreciendo como alternativa enjuiciarlo en Afganistán. Poco después lo declararían inocente.

Al-Qaeda había aportado miles de combatientes al movimiento talibán cuando este libraba una dura batalla contra otras milicias para hacerse con el control de Kabul, y seguía siendo un apoyo fundamental.

Clinton intentó destruir a Al Qaeda sin que ello afectara los negocios de EE UU con los talibán

A pesar de esa situación, con la llegada al poder de George W. Bush la ambigüedad de EE UU con los talibán se mantendría todavía más tiempo. El 27 de septiembre de 2000 pronunció una conferencia en los locales del Middle East Institute de Washington nada menos que el adjunto del ministro talibán de Asuntos Exteriores, Abdur Rahmin Zahidt.

Como se conocería años después de boca de Richard Clarke, uno de los principales expertos en terrorismo del Partido Demócrata, Clinton pretendía aniquilar a Al-Qaeda pero evitando que esto afectara la relación de Washington con los talibán. Según Clarke, la Administración Clinton traspasó un plan detallado a la Administración Bush entrante sobre el tema.

MESES ANTES DEL 11-S, COLIN POWELL ANUNCIABA UNA AYUDA DE 43 MILLONES DE DÓLARES A LOS TALIBÁN
El 17 de mayo de 2001, menos de cuatro meses antes del 11-S Colin Powell, secretario de Estado de Bush, elogiaba todavía públicamente a los talibán “por su ayuda en la lucha contra el narcotráfico” y anunciaba una ayuda de 43 millones de dólares para esa tarea.

En realidad era público ya entonces que los talibán, tras una primera etapa en la que persiguieron con dureza el tráfico de opio, pasaron a controlar su producción directamente, disparándose las cifras de exportación.

Todo valía para Washington con tal de hacer negocios con quienes controlaban el régimen de Kabul. La comunidad internacional se alarmaba por la destrucción de los colosos de Bamiyán y otros templos que llevaban a cabo los talibán; por la discriminación y el maltrato a las mujeres, la crueldad contra los adversarios, la intolerancia religiosa y la limpieza étnica que llevaban a cabo, pero Washington miraba para otro lado, los buscaba desesperadamente.

Menos de dos meses después del 11-S, el 7 de octubre de 2001, Bush terminaba con la ambigüedad y comenzaban finalmente los devastadores bombardeos de EE UU y sus aliados contra Kabul.

Los únicos tres países que mantuvieron relaciones diplomáticas con el régimen talibán hasta último momento fueron Arabia Saudí, Pakistán y Emiratos Árabes Unidos.

Washington impuso como nuevo presidente de Afganistán tras el derrocamiento del régimen talibán nada menos que a Hamid Karzai, un ex muyahidin que había combatido a las tropas soviéticas, y ex alto ejecutivo de Unocal, el gigante energético que quería construir el oleoducto atravesando suelo afgano.

Todo un símbolo de esa guerra. EE UU persistía en su objetivo, lo que no había podido lograr negociando con los talibán lo intentaba años después por la fuerza.

Trump no se resigna a perder el control de un país de importancia geoestratégica en Asia Central

El régimen de Karzai se caracterizó por su ineficacia y por la corrupción; miles de millones de dólares de ayuda extranjera para la reconstrucción se esfumaron; otros miles de millones ingresaron en las arcas de empresas extranjeras que se repartieron el botín de la reconstrucción.

Las principales de ellas eran estadounidenses, como Halliburton, el poderoso holding del que había sido uno de los máximos ejecutivos precisamente el vicepresidente de Bush, Dick Cheney. Todo quedaba en casa.

Al día siguiente de destruir el país entraban las empresas que supuestamente lo iban a reconstruir con dinero procedente de países donantes. Se enriquecían las empresas contratistas y se enriquecían las CPM (Compañías Privadas Militares) contratadas por el Pentágono, que aportaron decenas de miles de mercenarios para la guerra en Afganistán.

Por Roberto Montoya

Fuente elsaltodiario.com

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