publi texto Analisis Politico
Volver al Inicio de la ONDA digital

El Chajá (Cuento indefinido quizás algún día infantil)

Share Button

Paysandú  | Todo comenzó una mañana cuando el pequeño Juan, sentado en el suelo del living de la casa, ordenaba con entusiasmo por estricto orden de tamaño, los libros infantiles del estante inferior de la biblioteca. Tenían mucho por hacer, eran cerca de mil ejemplares. Felipe, su padre, que se caracterizaba por su orden había decidido esta disposición y arreglaba, desde una escalera los libros de las repisas superiores.

Por fortuna, Felipe ya no estornudaba por el polvo de los estantes. El paro de transporte era total, para Juan esto presagiaba un día de fiesta, no por faltar a la escuela que le gustaba mucho sino porque era una oportunidad para que su familia pudiera almorzar junta. Su mamá, Julieta, había dividido las tareas, venía de pasear a Pucho, un gigantesco perro cimarrón.

-¿Precisan ayuda? –preguntó Julieta.
-No -contesto Juan.
– Nosotros nos arreglamos, dijo Felipe.
– Bueno voy hasta el súper -dispuso Julieta-. Solo falta comprar el postre.

Felipe tomó un viejo libro con tapa de cuero titulado Martín Fierro. Lo abrió en cualquier página y, con una voz tan potente que resonó en todo el living, leyó desde la escalera:

Me encontraba…
en aquella soledad
entre tanta oscuridad,
echando al viento mis quejas,
cuando el grito del chajá
me hizo parar las orejas.

Cerró el libro, lo ubicó de forma que respetaba la altura de los demás y le preguntó a su hijo si sabía lo que era un chajá.

-Sí, claro que sí – respondió Juan y continuó- es un postre. Todo el mundo lo sabe -dijo satisfecho, mientras se acariciaba la panza y recordaba cuanto le gustaba comerlo cada vez que su abuela traía un chajá gigante desde Paysandú.
Felipe estaba a punto de reírse pero se mordió la parte inferior de su labio y un segundo después afirmó:

-Tenés razón, pero además de un postre: ¿Es alguna otra cosa? ¿Sabes cuál es el verdadero origen del nombre?
-¡Ah! – respondió con entusiasmo Juan- el auténtico es el de la medallita de oro, el otro es una imitación.
Felipe comprendió que su hijo no tenía ni la menor idea que el chajá también era un ave y, entusiasmado, comenzó a relatarle todo lo que sabía de uno y otro chajá:

-Al postre se le puso ese nombre porque es liviano como un pájaro.
-¿Cómo un pájaro? –preguntó muy sorprendido Juan, quien jamás había imaginado que un postre y un plumífero tenían algo en común.
-Sí. Uno llamado chajá –contestó Felipe-. Pesa algo más de tres quilos pero, por su gran tamaño, aparenta pesar veinte. El secreto de su gigantismo es que tiene entre su piel cavidades llenas de aire, como el naílon que protege a los equipos electrónicos y, al igual que estas, la piel del chajá explota si se presiona con los dedos.
-¿Explota?
-Sí, tal cual.
También posee mucho plumaje -continuó su explicación Felipe-, esto agranda mucho su cuerpo, como si viéramos a una paloma gigante, pero al tomarlo sentimos la sensación de agarrar una pelota de futbol desinflada. Por eso es muy liviano, como el merengue del postre.

Juan, a quien siempre Felipe le jugaba acertijos lingüísticos para que aprendiera a desconfiar de las palabras y sobre todo de las ideas, no adelantó su comentario hasta que su padre describió las patas del animal.
-Es un ave zancuda.

A Juan ya no le quedaba duda. Otra vez, Felipe le jugaba una de sus bromas.
-No me vas a engañar, papá -respondió Juan y añadió de forma enfática, a su padre -Ningún pájaro utiliza zancos-.

Felipe logró contener la risa y obligado a dar una explicación, prefirió que Juan dedujera la respuesta. Se sentó en un confortable sillón de cuero marrón y preguntó:
-Entonces decime Juan ¿qué es un zanco?
-Los zancos, son palos largos de madera que usan los acróbatas. La primera vez que los vi fue en el Parque Rodó. Me asustaron un montón las enormes patas flacas y largas, parecía que llegaba hasta el cielo–contestó Juan-.

Su padre suspiró aliviado, Juan tenía la respuesta correcta y él la reafirmó:

-A los pájaros que tienen patas largas y flacas, como zancos, se le llama ave zancuda, por lo tanto… –Felipe esperó que su hijo concluyera la respuesta.
-El Chajá tiene patas largas como un zanco -afirmó Juan.
-Coooorrecto –gritó Felipe y añadió en voz baja- mejor dicho sus piernas son finas y elegantes como la de un pavo.

Juan frunció su frente como si no entendiera. Felipe rápidamente le preguntó:
– ¿Te acordás del pavo?
-Sí, es un hombre tonto, por lo que éste debe ser un pájaro bobo.
-No -contestó Felipe, para evitar otra confusión-. Si fuera una pájara tampoco sería una caldera. Una pava es otra ave gigante, con una cola más larga que la del chajá.
– Ah!! Esos pavos… ya me acuerdo –dijo pensativo Juan y prosiguió- Ahora contame del ave con nombre de postre.
-Bueno -continuó Felipe- como ya te dije es un ave grande, sus plumas son de color ceniza matizado con blanco, de lejos parece gris, en su cabeza tiene un copete.
-¿Sabes lo que es el copete? -preguntó Felipe.
-Por supuesto -respondió Juan-, es la montañita de yerba que contiene el mate. Un buen cebador nunca permite que la misma se derrumbe o se moje.

Felipe sonrió, una vez más, Juan estaba en lo cierto, por lo que continuó con la imagen descripta por su hijo.
-Al igual que esta montañita sobresale del resto de la yerba y, en ocasiones, de la misma boca del mate, el chajá tiene en su pequeña cabeza, más precisamente en su nuca, unas plumas que se curvan y se levantan formando el copete, como si estuviese despeinado. Su cuello es largo y lo rodea un collar negro.

A esta altura Juan sabía que el relato de su padre venía en serio. Agudizó su ingenio y pensó que sería el collar negro. Arriesgó entonces una respuesta.
-El collar… papá, digo… no sé, ¿son plumas de color más oscuro?
-Así es, el macho tiene una faja más clara que la hembra.

Mientras decía esto Felipe se levantó del sillón. Siempre buscaba cualquier excusa para dirigirse a su biblioteca y localizar un libro donde mostrarle a su hijo que en ellos siempre se podía investigar y aprender. Juan adivinó el movimiento, pero se extrañó que en lugar de tomar la enciclopedia Naturaleza Viva, que compendiaba gran cantidad de animales, extrajera del estante un libro de Hudson, titulado Allá lejos y hace tiempo. Paso con vértigo las páginas, su índice se clavó de repente en un párrafo y, con voz grave, comenzó a leer:

Me gustaría planear a gran altura y flotar en el aire sin esfuerzo, como las gaviotas, pero a quien envidiaba era al chajá, el que cuando deseaba volar se elevaba del suelo con gran trabajo, y a medida que se elevaba a mayor altura aparecía, de un tamaño no superior al de una calandria. Continuaba con esa enorme elevación, planeando y dando vueltas en grandes círculos, durante horas, lanzando a intervalos gritos llenos de júbilo, que, para los que estábamos abajo, revestía el sonido de una trompeta celestial…

Chajá, chajá -gritó Felipe, al igual que el sonido onomatopéyico del ave, mientras giraba y aleteaba por todo le living con el libro de Hudson, ya cerrado, en su mano. En un esfuerzo de acertar el canto entonó ¡yajá! ¡yajai! ¡yajá!.

Juan, muerto de risa, correteaba detrás de su padre, batía sus brazos y gritaba: chajá, chajá.
Agitado, Felipe se subió las mangas de la camisa y se desplomó sobre el sillón con la lengua fuera de su boca. Juan, sin dejarlo respirar, se trepó a sus rodillas y le preguntó:
-¿En tu campo hay algún chajá?
-No -dijo serio el padre y continuó-. Tú sabés bien que no tenemos electricidad y si lo dejamos fuera de la heladera el postre se pudre.

Juan refunfuñó por la nueva broma. Su cara dejó entrever que el chiste le disgustaba, entrecerró los ojos y meneó su cabeza.
-Te pregunto en serio -dijo de forma enfática, Juan.
-Sí -contesto Felipe y añadió-desde hace dos años vive en el bañado, muy cerquita de casa, una pareja de chajaes. Les encanta estar junto al agua, donde recogen su alimento, en especial las plantas acuáticas, pero no saben nadar ni les gusta estar posado en los árboles.
-Qué raro un pájaro al que no le gustan los árboles.
-Quizás sea porque construyen su nido en el suelo con todo tipo de ramitas, juncos y cañas, generalmente tiene dos huevos pero sé que, en ocasiones, llegan a criar cinco pichones.
-Y no se asustan de vivir siempre en el suelo
-Cuando yo me acerco se quedan tranquilos porque ya me conocen pero si se aproxima un forastero al nido, el macho se retira con un andar majestuoso, lanza su graznido: -chajá, chajá- y luego, como si fuera un eco, le responde su compañera: chajali, chajali. Los gauchos le llaman el centinela de campo.
-¿Al igual que el…?
-¿Tero?
-Si
-Igualito, está todo el día de guardia, y de noche, si algo altera la tranquilidad del campo, como un zorro en busca de gallinas, un mano pelada en procura de patos o un lagarto que rastrea huevos, el chajá los delata y pone en alerta al dueño de casa con su voz: -Chajá, Chajá…
-Me lo decís como si los chajaes hablaran.
-Los guaraní sostiene que Chajá nos dice: vamos, vamos, levántate que hay un visitante inesperado.
-Me encantaría verlos volar.
-Es hermoso poder observarlos, una mañana estaba reparando muy concentrado el alambrado del bañado y volaron cerca de mí, su fuerte aleteo me sorprendió y asusto bastante, que julepe jamás me olvidare.

Con relación a su vuelo, al comienzo, le cuesta ganar el cielo, pero una vez en el aire tiene gran velocidad y domina a la perfección el planeo.

¡Qué chiquitos nos debe ver el chajá, desde tan alto!- exclamó Felipe y recitó una estrofa que había aprendido en la escuela. Era de Julio Migno:
Es tan gaucho y tan varón,
tan domador el chajá,
que con espuelas en las alas
en anca del viento va.

Espuela en el ala!!! -exclamó sorprendido Juan quien, como jugaba al básquet, era fanático de la NBA, y preguntó:
-¿Espuela? ¿cómo las que tiene dibujadas Ginóbili en su camiseta?
-Sí, como las de los Spurs, donde juega Manu – dijo Felipe y continuó- los vaqueros y los gauchos las usan en sus botas para que marche más rápido su caballo. El chajá, igual que el tero, la emplea para su defensa. Es como un espolón en cada ala, que usa como púa.
-¿Cómo una púa?-interrumpió Juan.
-Si, como una garra, como una uña muy dura y con filo, con la cual enfrenta a temibles enemigos como el águila y el gavilán, a quienes aguijonea y pincha.
-¿Hay algo más –preguntó Juan- que me puedas contar?
-Esta ave es de costumbre monógama- contó Felipe.
-¿Mono qué?-preguntó Juan y puso cara de no entender nada.
-Viste que siempre nos encontramos con palabras extrañas y cuánto más palabras aprendemos, nuevas preguntas nos surgen y, con esas preguntas, aprendemos otras palabras.
-¿Cómo? mono…
-Monógamo, al Chajá se lo considera así porque vive unido a la misma pareja para siempre. Cuando uno muere, el otro no tarda en morir de dolor. Por eso en Inglaterra le llaman el ave del amor… -Felipe quedo pensativo y continuo- la monogamia se practica principalmente entre los animales donde ambos padres cuidan a sus crías y son muy pocos.

-¿Te acordas de algunos?
-Del lobo gris, el pingüino, el cisne, la nutria, la lechuza y el caballito de mar.
-Es decir –concluyó Juan – que si alguien cazase uno, su pareja moriría al ser separada de su compañero.
-Sí, así es -aseveró Felipe- con el caballito de mar pasa algo parecido, cuando uno muere, el otro permanece junto a él hasta que la falta de comida acaba por matarlo también. En el caso del chajá, estos se cuidan entre sí. El año pasado, la hembra que está en nuestro campo estaba lesionada de un ala, su compañero no se retiró nunca de su lado y, a cada instante, le arrimaba comida, trocitos de hierbas y semillas.

-¿Siempre están juntos?
-Sí, juntos construyen su nido, los dos empollan los huevos para que nunca les falte calor. Nacido el pichón, la mamá lo cuida, el papá procura el alimento y ambos lo protegen. Por esta cualidad, por su mansedumbre y por ser vegetariano, es decir, que no ven como un banquete a los pichones de otras razas, se los utiliza para criar aves domésticas, como patos o gallinas, agregándole el huevo a su nido. En ocasión, llegan a adoptar a algún pequeño desprotegido.
Juan, fascinado por todo lo que aprendía, le pidió a su padre que le contara algo más. Cuando Julieta, su madre, entró a la cocina por la puerta de servicio y se disponía a ordenar la compra del supermercado, alcanzó a escuchar la conversación entre Juan y Felipe. Este último le contaba sobre las creencias del hombre de campo, en especial todo lo que había aprendido del peón viejo que hacía muchos años que trabajaba con ellos.

-José Luis -prosiguió Felipe, me enseñó casi todo lo que se sobre los chajaes. Él es muy observador y además tiene sus propias creencias. Dice que si el Chajá o tajác, como él lo llama, se para en el poste del alambrado y grita tajác, tajáic, tajác!, anuncia una tormenta. Si vuela muy alto en círculo, seguro que es buen tiempo y si corre nervioso alrededor del bañado vendrá la lluvia. Cuando José Luis conoce a alguien que cree conocer todo, él sentencia: ¡Qué va a saber si es pura espuma como el tajác!
De repente, la cara de atención de Juan se transformó en sorpresa, al escuchar yajá, yajái, yajá…
-Papá ¡hay un chajá en la casa!-corrió a la cocina, abrió la puerta y sobre la mesa encontró un postre Chajá.

Ese día Juan aprendió que las palabras podían tener muchos significados diferentes y que era posible utilizarlas con precisión, si observaba con detenimiento la naturaleza, si leía muchos libros y si escuchaba con atención a los demás.

Por  Javier Ricca

La ONDA digital Nº 837 (Síganos en Twitter y facebook)

Print Friendly, PDF & Email

...





LA ONDA Digital Revista Semanal Gratuita    |    De los editores: Las notas que llevan firma reflejan la opinion de sus autores    |    © Copyright Revista LA ONDA digital