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El tercer demonio

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Ha habido suficiente literatura sobre el movimiento tupamaro, en especial desde el retorno a la democracia. De todo un poco: novelas, memorias, actas, recuerdos y hasta panegíricos de los traidores. Creo que ya está más que claro que el MLN fue un movimiento que creyó que por el medio de la lucha armada podía llegar al gobierno —y al poder— para hacer las transformaciones que, según ellos, necesitaba el país. Y también está lo contundentemente comprobado que fueron derrotados militarmente en su momento, en 1972, antes de la dictadura. Debo manifestar que estoy un poco cansado de esa visión del pasado, y me gustaría tener otras voces —algunas hay, por supuesto— sobre el periodo anterior a la dictadura y por quiénes, por qué y para qué se dio el golpe de Estado. Quiero decir, acá no hubo dos demonios como predica una teoría que cada tanto se vuelve a reiterar, sino uno solo, el tercero de este breve ensayo: la muerte, con todos sus acólitos diabólicos desatados.

Sin embargo, Fernando Butazzoni, a quien agradezco públicamente por haberme acercado su libro y tener la posibilidad de leer esta interesante novela, en Una historia americana, nos da otro panorama de un hecho histórico que, sin duda, fue definitorio para la situación de la República. Hablará sobre esos dos demonios, pero sólo porque la novela lo requiere, quiero decir: él no es partícipe de esa visión que, habiendo surgido en Argentina, en el informe del Nunca Más dado por Ernesto Sábato, sostenía que: “Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda… a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos”. Para el caso uruguayo, no fue tan extensivo ese terrorismo, de extrema izquierda o de extrema derecha (aunque hubo), y ese “terror” no explica, por sí solo, el avasallamiento de las instituciones democráticas y los derechos fundamentales realizado por los militares golpistas y sus aliados civiles (que fueron muchos y se beneficiaron de diversas maneras).

Antes de entrar de lleno en esta novela, diremos algo del autor, según hemos sabido de distintas fuentes, entre artículos y algunas entrevistas, sobre todo la realizada en Hora Pico, programa de Jorge Traverso, en VTV, no hace mucho (fue una entrevista excelente, diremos de paso). Lo primero a anotar es que, de joven y hasta el año 1985, en que retornó la democracia en nuestro país —según él mismo manifiesta— fue tupamaro. Por supuesto que tuvo que exiliarse en el año 1972 primero en Chile y, con la caída de Allende, luego en Cuba. Y más tarde, en 1978, se integra al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en la lucha armada contra la terrible dictadura de Somoza y Cia., en donde funge como artillero, como un soldado más. Siente orgullo de ello, porque era una “gesta justa y necesaria”, pero se lleva el dolor de  haber participado en una guerra, “la más despreciable actividad humana”. Su decisión de participar en ese conflicto fue dada por su conciencia y por su juventud (cualquier actividad guerrillera sólo puede ser llevada a cabo por gente joven, ya que ésta requiere de una recia constitución física). De allí, de ese inmenso baño de sangre, donde uno puede ser héroe en un momento y antes que termine el día puede ser todo lo contrario, en donde desaparecen todos los límites y prevalece el miedo, el terror de la muerte, salió con el convencimiento de que la guerra “no es el camino”, y se ha convertido en un pacifista convencido. Podría decir, siendo un poco atrevido, que ahora Butazzoni consideraría más que “la justa causa sólo admite el método justo”, y dejaría la guerra como el último recurso defensivo de los pueblos ante situaciones de invasión o de exterminio.

No suelo empezar por el autor, pero en este caso así lo requiere. Porque pocos como él, hay que decirlo, puede hablar sobre esos diez días del secuestro de Dan Mitrione hasta su ejecución que se narran en la novela. Antes que nada por haber sido tupamaro en ese tiempo, por haber conocido y haber hablado con integrantes de ese movimiento que estuvieron directamente involucrados en el asunto y “con los que estaban vivos de todos los ámbitos”, pero también por su trabajo de investigación que, con base en algunos libros de Clara Aldrighi sobre documentos desclasificados del Departamento de Estado, trató de abarcar las “zonas oscuras” de esa historia, en una labor de indagación periodística que le llevó más de dos años. Además, si en Las cenizas del cóndor hablaba sobre la coordinación represiva del Cono Sur en la década de 1970, ahora vuelve un poquito atrás, a lo que configurará —tras la posterior instauración dictatorial tanto en Chile como en Uruguay— el inicio de esa misma coordinación.

De lo que sí podemos asegurar es que Butazzoni ha vivido la vida con “intensidad y pasión”, y que la suya es una vida de honestidad esencial.

Todo es verdad pero no todo es real.- Lo primero que debemos tener en cuenta, es que esta es una historia real y que está dentro de una novela. Lo que se busca es situar la secuencia de los hechos por medio de historias pequeñas dentro de un relato general, de forma de completar el rompecabezas bastante aproximado a lo que habrá sido en la realidad. Por ello, desde el principio se nos trata de ubicar en el contexto temporal, donde confluye la historia local y la mundial al mismo tiempo. Hay referencias históricas concretas, incluso con algo de ironía: “Por supuesto que en aquellos tiempos desparejos había otras muchas naciones mojigatas, irrisorias o llenas de gente empobrecida. Vietnam era un país menesteroso, pero estaba en el candelero; Israel era pequeño, pero les  había dado sus buenas palizas a los árabes; España era patria de gazmoños, pero allá tenían las corridas de toros y el jamón de Jabugo. Uruguay, en cambio, encajado a la fuerza entre Brasil y Argentina, no poseía nada digno de destacar. Era un lugar molesto por ser tan poca cosa, pústula en el Cono Sur” (pág. 9). Y justo aquí, en este país que era “tan poca cosa”, es que sucede todo esto. Una guerrilla que, hasta ese momento, era vista como “robinhoodiana”, que le sacaba a los ricos para darle a los pobres. Y unos servicios de inteligencia que, si bien operaban en el país desde hacía ya muchos años (por lo menos desde los años 50), empezaban a coordinarse amparados en la Doctrina de la Seguridad Nacional, doctrina impuesta a los ejércitos americanos por el Comando Sur del ejército de los Estados Unidos para frenar el avance comunista en América Latina y todas las manifestaciones populares, obreras o estudiantiles que tuvieran algo de “subversión”.

Todo comenzará con el secuestro, con la noticia escueta del secuestro, casi como de télex: “A Dan Mitrione lo secuestró un grupo de guerrilleros tupamaros en Montevideo, pocos minutos después de las ocho de la mañana del día 31 de julio de 1970” (pág. 17). La operación, dice, “fue ejecutada con cierta torpeza y mucha suerte”, lo cual desmiente la exactitud y la sincronización perfecta que se le atribuye al movimiento guerrillero. En otro operativo, secuestrarán al cónsul general de Brasil, “un diplomático de gustos refinados llamado Aloysio Dias Gomide”. Acá tenemos el primer hilo del asunto, al ubicar el tema del secuestro en el orden mundial. (En setiembre de 1970 fue secuestrado por el MLN el banquero Gaetano Pellegrini Giampietro, liberado 72 días más tarde mediante el pago de un rescate, y del otro lado del río, en Buenos Aires, fue secuestrado Pedro Eugenio Aramburu, en 1971, ex presidente de facto, y enjuiciado y ajusticiado, por citar sólo dos casos de los muchos que se sucedieron en esa época, y no sólo en América Latina —baste recordar a Aldo Moro y las Brigadas Rojas, aunque fue posterior—. “La práctica del secuestro político se había extendido a gran velocidad por todo el continente. En Brasil, Guatemala, Argentina y Bolivia se registraban episodios similares…”, pág. 41.)

Y es a raíz de este secuestro que entonces empiezan a danzar los dos personajes principales de la novela: Eduardo González (Juan es su nombre de guerra, perteneciente al MLN), y Randall Lassiter (llamado Julius Browner, agente de la CIA). “Eran dos hombres de identidad dudosa, cada uno carcomido por su propio delirio y perseguido por un espectro que ni siquiera se atrevió a imaginar: el del otro” (pág. 10). Veamos en lo que se convierte cada uno. Eduardo “desde entonces vive dos vidas, con dos nombres y dos existencias en las que habita de manera simultánea, sin que ello le provoque angustias o remordimientos” (pág. 25), a decir verdad esto último sólo por el momento. En el otro caso, el del agente de inteligencia, dice que “el mérito de este hombre consiste en no tener pasado ni nombre ni rostro ni apegos” (pág. 12), ya que sólo de esa manera se puede sobrevivir en el intento.

“Eduardo razona que él viene a ser un manso apóstol, uno entre muchos profetas, un predicador de la verdad en esa tierra de mentiras que se ha vuelto extraña. No soy nada, piensa…” (pág. 25), apenas, a lo sumo, un instrumento de la justicia. Pero para ser ese ser doble, debe fundirse y confundirse con la multitud, para pasar desapercibido. Ese fundirse en la gente, es la característica que adoptó el movimiento tupamaro para encarar una guerrilla urbana que, de otro modo, no podría sobrevivir demasiado tiempo (y que a la vista tenemos que tampoco fue el método idóneo). Para ser guerrillero se necesitan ciertas características físicas, pero para participar de ese movimiento también había otros tipos de tareas que eran realizadas por ciertos grupos, “compartimentados entre sí y organizados en columnas”: el apoyo logístico. “Documentos falsos para evadir a la Policía, armas y municiones, alimentos, transportes seguros, medicinas y dinero para sobrellevar las durísimas condiciones de la guerrilla urbana, y en algunos casos fachadas de cobertura o alojamiento provisorio…” (pág. 29). Es en este tipo de cosas que Eduardo (Juan) puede ayudar, porque si bien “sus ansias en aquellos días eran poderosas… su estado físico podía calificarse de deficiente”. Era asmático, un poco excedido de peso…

Entonces Butazzoni empieza a intercalar el relato del prisionero, aislado en la cárcel del pueblo, con las peripecias de Juan y de Randall (una triada). La descripción de esa cárcel, es el primer elemento extraño, porque dentro de una habitación se prepara una especie de “celda”, muy alejada de la imagen característica que uno tiene, con barrotes y el mínimo pedacito de cielo que puede verse (o no) por un “respiradero”: “El lugar… era una habitación dentro de la cual se había montado una tienda de campaña. Las dimensiones del lugar eran lo bastante reducidas como para que los prisioneros no tuvieran ninguna posibilidad de secretear entre ellos o de hacer movimientos sorpresivos. La guardia permanecía atenta dentro de la habitación pero fuera de la carpa… siempre iban desarmados y cubrían sus cabezas con unas capuchas horripilantes de color beige, que tenían agujeros para los ojos y la boca” (pág. 31). Y aún dice algo más, con intención: “Daban la impresión (esas capuchas) de haber sido diseñadas con la intención de infundir pavor en las víctimas”. Aquí vemos uno de los elementos permanentes en esta historia (como en todas las historias de secuestros): el anonimato de los verdugos detrás de la fachada de la organización que comete estos actos.

Ese doble secuestro (y el de otra persona que logró escapar a sus captores, Michel Gordon Jones, consejero de la Embajada de Estados Unidos), no fue del todo limpio, ya que a Mitrione “lo hirieron de un balazo”, accidentalmente, pero de todas formas “el revuelo fue gigantesco y pronto desbordó las fronteras de Uruguay” (pág. 41). “La noticia sobre el operativo de la guerrilla fue como una mancha de tinta que se extendió indetenible por los cinco continentes” (pág. 41-42). Y por supuesto que el gobierno, “a poco de conocerse la noticia de los secuestros” sacó a las tropas a la calle, las que se dedicaron “atropelladamente” a “revisar cada rincón de la ciudad en busca de los dos extranjeros raptados…” (pág. 40). Es entonces que queda claro quiénes son, para cada quien, los enemigos. “Los tupamaros eran el enemigo. Aunque ellos se proclamaran continuadores de los antiguos tupamaros del tiempo de la independencia y su bandera fuera de distintos colores, ahí estaban junto con los comunistas, los socialistas y los anarquistas y los curas de la teología de la liberación y los dirigentes sindicales y los estudiantes levantiscos y muchos otros, todos castristas convencidos y todos enfrentados a Estados Unidos. Esos enemigos, más tarde o más temprano, inevitablemente irían a convertirse simplemente en el enemigo. Uno solo, sin que importara el color de la bandera que pusieran a flamear” (pág. 43). En este párrafo está contenida la esencia del pensamiento de la Doctrina de Seguridad Nacional que tanto daño le hizo a los latinoamericanos, y que fue practicada con todas las consecuencias que padeció durante la década de los 70 y 80: desapariciones, torturas, muertes y exilio.

Hay un elemento central en la novela, que es el galpón de la casa de Eduardo, que es un local donde, colocadas de cualquier manera, hay un sinnúmero de objetos inservibles: “un montón de cajas repletas de herramientas en desuso, esqueletos de sillas rotas que nunca se repararán, y también latas rellenadas con clavos y tornillos cubiertos de herrumbre, juguetes estropeados…” (pág. 45) y suponemos un largo etcétera. Y es un elemento central por el concepto de galpón (según Mariana Cantarelli, “los elementos de la organización quedan sueltos, perdiendo sus relaciones de sentido. Nuestra mirada puede recuperar viejos sentidos, pero ni bien los queremos poner a funcionar a pleno, nos encontramos con que tenemos que mover muchas cosas para que esa plenitud de sentido no se disperse. El galpón no alcanza a cubrirnos de la intemperie, sólo ofrece la materia para superar la intemperie en cada momento que estamos en él, debemos trabajar esa materia para que la cohesión se constituya”). En un galpón es donde se “guardan” todas las cosas que alguna vez fueron —pero que ya nunca más volverán a ser—, y también se podría asimilar al síndrome de Diógenes, de los que acumulan cosas compulsivamente y que tiene un profundo sentido como valor psicológico que sirve de paliativo a su dolorosa soledad, la de Eduardo. Porque su lucha no sólo es clandestina, sino silenciosa, pues salvo dos o tres contactos que tienen con él los miembros de su organización, nadie más sabe nada, y mucho menos su esposa. Esa es su soledad, y quizá por eso ese acumular cosas que no servirán para nada. Es sintomático, también, que sea la mujer, en un determinado momento, que saque todas las cosas hacia afuera, aventándolas, tomando las riendas de una situación que es, a esa altura de la historia, insostenible.

En ese galpón esconderá las armas (“dos revólveres, uno de caño cortito y otro más robusto, de calibre 38…”, hay además “algunas balas sueltas y otras metidas en una bolsa de nylon”) que un compañero le pide que oculte, y allí va el transformado en Juan “mientras en las calles miles de policías y soldados buscaban pistas que les permitieran encontrar el lugar donde están retenidos los secuestrados” (pág. 47), y mientras un periódico del día revela que el norteamericano “está relacionado con la CIA, es asesor de la Policía y tiene una oficina instalada en la propia Jefatura”, y que sea este personaje la cara visible del enemigo, parece muy poca cosa teniendo en cuenta el poderío real de ese enemigo. Eduardo “no resiste la fascinación del revólver más grande, que huele a grasa o a vaselina. Lo empuña. Ahí está el hombre dividido, en cuclillas y con un revólver en la mano, mientras allá adelante, en la casa, Rosario se entretiene y los niños duermen. Por primera vez en su vida Eduardo tiene entre sus manos un arma de verdad”. Aquí está, intacta, la sensación, ambivalente, del poder de fuego. Si en medio de esa sensación, surgen dentro del pensamiento su mujer y sus hijos, allí es cuando nace la sensación de peligro como de algo que se ha quebrado en su vida; ya no habrá tranquilidad, ni paz. Es entonces cuando “guarda el revólver en el bolso azul, lo cierra y, con gran delicadeza, estira uno de sus brazos para alcanzar el sitio escogido” (un agujero entre dos muebles apolillados, en el suelo del galpón). Ese hecho, el de esconder el arma que o bien pudo haber sido usada o que en un futuro pueda serlo, cambia por completo a Eduardo (y a Juan), lo hace sentirse responsable ante su propia conciencia, pero también ante su familia.

Fernando Butazzoni

Método de tejes y manejes.- La historia y la meta-historia se combinan. Con el trasfondo histórico de la convulsión social que había en la región, y en el mundo, puede detenerse en pintar la normalidad tranquila de un combatiente semi clandestino. A la cualidad “camaleónica” del personaje guerrillero, en este caso Eduardo (Juan), pero que se hace extensiva a todo el movimiento, donde el camuflaje mejor llevado es aquel que simula ser idéntico a los otros y se mimetiza en los otros, adopta las mismas actitudes que los que no tienen nada que ver con nada. Las elucubraciones, por supuesto, van por dentro, y así él sabrá que hay algo más en su vida que su trabajo anodino y el almuerzo del mediodía con sus compañeros de trabajo, y que incluso necesita un poco de acción. Hay también una cierta crisis existencial, conformando grietas en su personalidad y que intenta evitar, pero no podrá. Hay ciertos principios que no dejará que se marchiten, aunque para ello tenga que sucumbir.

El telón de fondo de la novela, ya lo hemos dicho, es el apogeo de la guerra fría, con francos ecos de macartismo (anticomunismo cerril), y la música que suena a dos tiempos —y el de una tercera vía, de no alineamiento—. Está la situación de Chile, con Allende, y la preparación del golpe de Estado. Y también la consigna de “no negociar” (aunque las declaraciones digan lo contrario) rescates o ningún arreglo con “terroristas”, tal como dicen desde Estados Unidos.

Así el otro personaje, el agente secreto Randall Lassiter, el perseguidor por seguir una costumbre cortazariana, insistente y tenaz, nombra y renombra y al final pierde su nombre, su yo verdadero, y queda a disposición de las circunstancias, a la dicotomía entre información y contra información (y traición posible), lealtad y deslealtad, en un doblez de su propia personalidad. Ya es otro, y ese ser otro, al igual que Eduardo, lo termina apartando de su propia contención, y deja de ser él para simplemente ser un instrumento de otros. Su afección estomacal, esa acidez constante, es síntoma que sus nervios, alterados, aunque controlados hacia el exterior, en su interior hacen hervir la sangre y corromperla. Para Eduardo, el enterarse de que el secuestrado es de la CIA y sobre todo de su fama, “capaz de matar con las manos”, sus habilidades y la peligrosidad, es un poco justificación de su secuestro, siempre y cuando se logre la liberación de los que están presos y puedan salir del país (el arreglo estaba encaminado y Argelia sería el destino).

La novela, entonces, se mueve en pares antagónicos, dialécticos, y así como Juan (Eduardo) tiene un contacto, que lo guía y supervisa, el ahora llamado Randall Lassiter tiene un respaldo en el francotirador (Bertie), y hay otro que le da órdenes y le pide cuentas cuando llegue el momento. También este último “juega” con el arma, como si quisiera, con ello, obtener mayor seguridad: “Finalmente calza la pistola en la funda, le pasa el broche, se coloca de nuevo la chaqueta, se mira en el espejo de la sala y comprueba que el arma queda bien disimulada por debajo del brazo izquierdo. Puede andar por la calle sin problema” (pág. 87). Su figura, dice, “impone cierta solvencia”. Además, para completar la estampa: “Cada pensamiento, cada nervio y cada músculo tienen que ser puestos en función de esa décima de segundo que precede al momento en el que todo se define”, la decisión en el momento justo, sin duda alguna. El “…no exhibir ninguna grieta a través de la cual pueda llegar a colarse ni la más mínima sospecha” (pág. 92), en este caso aplicada a Eduardo (Juan), pero que también calza justo en el otro. Nadie puede tener ninguna sospecha, hay que pasar desapercibido, o en todo caso que los demás puedan pensar en él como alguien con una ocupación común. No llamar la atención.

Sin embargo aparece el miedo, eso es lo nuevo que surge en el mundo de Eduardo. Primero será una figura que pasa frente al lugar donde él trabaja (que sea una ferretería no parece ser una casualidad, ya que el hombre ha guardado los “fierros”), y hasta pensó en escapar, pero pronto se da cuenta que no tiene escapatoria posible, se siente sin posibilidades. “El sabe que mantuvo la sensatez por miedo y no por audacia”, y lo reafirma así: “El miedo le mostró los colmillos, lo acorraló y lo hizo caer. El coraje no apareció cuando debía. Por el contrario, lo que hubo fue un desmoronamiento, la pérdida de un compromiso” (pág. 99). Y todo lo que suceda después, será fatal: “…cualquier decisión que tome a partir de este momento será apenas la continuidad de su derrota”. Así que tenemos a Eduardo acorralado por las dudas, porque ha visto, de pronto, que no era tan fuerte como creía, el haber apenas entrevisto lo que hay del otro lado, es decir la posibilidad de caer detenido, de ser torturado, aunque no tenga mucho que decir, ni siquiera sabe bien los nombres, apenas un alias y señas generales, lo ha aterrado. No tiene pasta de héroe, y sin embargo, para el gusto de la novela, lo es. Porque es uno de esos héroes que prefieren morir antes que matar, irse y olvidarse antes que perjudicar a su familia. Así como el otro, ese llamado Randall Lassiter, y que pronto estará dispuesto a matar al presidente, o a quien sea, su falta de información, su falta de objetivo preciso, le hacen jugar una mala pasada, y el creciente nerviosismo de su propia situación, instala una duda que lo persigue sobre el inminente cese de su “trabajo”, como si ya estuviera demasiado quemado o pronto a jubilarse o a que lo callen definitivamente por todo lo que sabe.

Pero claro, la novela tratará de aprovechar detalles poco conocidos de la trama, y más precisamente del interior del secuestro, es decir desde el mismo lugar donde se encontró recluido Dan Mitrione, y esto también como forma de desmitificar algunos hechos. “Pese a que con los años se trató de minimizar el asunto con el argumento de que nunca fue torturado, lo cierto es que al tipo lo trataron como si fuera una repugnante alimaña y no un ser  humano”. Las condiciones de reclusión, por ejemplo, “eran pésimas”. En definitiva, un trato denigrante. Incluso, se deslizan algunas críticas a la logística, que evidencia poca practicidad militar en la defensa a muerte de una cárcel del pueblo si es encontrada (con la consabida muerte del secuestrado) e incluso el construir un “berretín” que, en ese mismo caso de ser detectada la cárcel del pueblo, no tendría ningún sentido, no serviría de nada. También habría un inexcusable error al designar a Dan Mitrione como un objetivo importante, y una subestimación de las posibilidades, ya que se creyó que era posible una negociación.

Si yo quisiera hablar sobre la realidad de un momento dado, es dable mostrar sus varias caras, los costados del drama. Los actores se muestran como si estuvieran inmersos en una obra de teatro. Allí tendremos otras voces que se suman al discurso, para entonar la totalidad de la obra. La evaluación sobre Pacheco Areco, por ejemplo. “Pacheco era un hombre proclive al insulto procaz, pero era astuto. La sagacidad en él siempre podía más que el orgullo” (pág. 113). Su sagacidad se ve en esta explicación sobre los riesgos del trabajo: “en definitiva Dan Mitrione era un señor que había viajado a Uruguay para realizar determinado trabajo, que cobraba un buen sueldo por ello y que todo lo ocurrido formaba parte de los riesgos del trabajo” (pág. 114).

Como en la escritura de Las cenizas del cóndor, Butazzoni va acumulando hechos por medio del nombrar, y va agregando, de a uno, como cuentas de un collar, eslabones de la arquitectura literaria: “El hombre que es con el niño que fue, el auxiliar contable ya algo obeso con el adolescente asmático, el té de hierbas, el desagüe roto, la mesa tendida, el galpón” (pág. 119), que vendría siendo el nombrar de las cosas, el tejer de la urdimbre.

Volverá el miedo, porque este es constante, va y viene, y cada oleada parece estar más cerca de la orilla, y volverá cuando uno de los hijos dice, con una voz “casi al borde del llanto”: “Afuera hay unos soldados”. Esta sencilla frase encierra todo el miedo a que está sometido un revolucionario (en su papel), el miedo a ser descubierto y todas las consecuencias que se puedan derivar de su acto.

Por suerte, por suerte para el guerrillero, y como una contribución crítica a esa porción de historia, también señala nuestro autor que las distintas agencias de inteligencia parecen ir cada una por su lado, como si recelaran unas de otras. La CIA, el FBI, OPS, la embajada de Estados Unidos y el Departamento de Estado, aunque en algún sitio deben confluir. Los actores principales de la novela, es claro, están seguros de qué lado están y consideran al otro su enemigo. El odio es mutuo, de ambos bandos. Y a la dualidad de Eduardo, tenedor de libros y guerrillero, tenemos el convencimiento de Lassiter, que “entiende que los hombres buenos en general son escoria, no sirven para nada. Son hojas llevadas por el viento, esclavos de los prejuicios, las convenciones sociales, la amabilidad, la honradez…” (pág. 152). Eduardo es, en esencia, un hombre bueno, y como tal que es, duda y sufre.

La realidad, en la novela, difiere con la realidad del momento en el que cuenta “a la vista de los acontecimientos posteriores”. Y aquí hay información del momento en que sucedieron los hechos, y además información actual. Es el ahora-ayer y el ahora-anteayer. Y también Butazzoni hace barajar las varias hipótesis sobre algunos hechos, y eso le resta dinamismo a la acción. Aunque, por otra parte, despierta la imaginación sobre lo que podría haber sido. Por ejemplo, para Eduardo caer, ser detenido, no es posible, “pero también sabe que esa convicción, la de no dejarse atrapar, es una construcción retórica sin demasiado sustento” (pág. 205), y sabe que va a ser difícil, no hay momento para ello, hoy o más tarde es igual. Hay una voz, que parecería ser la del autor, que relaciona hechos, en la información de su época y la que se sabe ahora, como para dar un marco temporal dentro del anterior. “Pero ahora, de pronto, apareció la muerte. Se ha metido en su casa en puntas de pie, sin estridencias. Tan clandestina como él, tan solapada y sin embargo inocultable” (pág. 214). Y aquí está, para que todos la podamos ver, la incertidumbre y la fugacidad de la vida.

Esta meta historia se refleja cuando, abrumado por el miedo, Eduardo descubre que es cobarde y éste “le contó a quien lo vigilaba” (pág. 224), por lo que se da a entender, entonces, que éste último (el que vigilaba a Mitrione) le contó al autor para que éste, como intermediario, nos lo cuente a su vez.

El frágil equilibrio.- “La gente del común, los uruguayos que no sabían más que aquello que se filtraba en los periódicos, en la televisión o en las noticias que eran reiteradas cada media hora por los informativos de las radios, también sufrían con ese papel de funámbulos en circo ajeno, protagonizando la función sin que nadie los dignara a mirarlos ni los tomara en cuenta salvo para pedirles documentos, registrarles sus casas, robarle sus vehículos o hablar en nombre de ellos” (pág. 228), aunque ¿quiénes son la “gente del común”, ese todos, ese nadie. Aquí hay un desdoblamiento, porque por un lado es lo que la gente sabe de acuerdo a lo que se informa, y por otro ese estar afuera pero sin embargo ser perseguido, hipotéticamente perseguido. O sea, sabemos lo que quieren (los medios), a menos que tengamos otra fuente o saber leer entre líneas; pero “ellos”, los otros, los que ejercen la fuerza mediante su represión, saben un poco más pero siguen órdenes y actúan bajo cuerda. Insiste en la doble demonización, haciendo que uno y otro extremo sean similares: es decir: guerrillero y “sniper” (pistolero) que aprieta el gatillo —llevados a ese extremo—, movimientos armados revolucionarios, en especial el MLN-Tupamaros, porque de una acción de ese grupo se trata la novela, a pesar de los otros grupos, por más pequeños que fueran y, del otro lado, la CIA, el FBI y sus fachadas más o menos inofensivas e institucionales. Butazzoni elije qué contar de la realidad, no está toda la realidad, pero lo que se cuenta como verídico es verdad —lo demás, obviamente, es literatura—.

Y por más que esto parezca trivial, es así. En las referencias a la realidad digamos real, utiliza un modo de redacción más escueta, sin tantos adjetivos, precisa, como de periodista que intenta la objetividad; en lo demás da vuelo a su imaginar, “si hubiera sucedido que…”, “si hubiera muerto”, o las distintas suposiciones más o menos posibles que hubieran podido ocurrir, la elucubración (un poco inútil, porque, siempre, no es lo que fue, ya que lo que fue, fue, pasó). “Toda la información sobre este punto (“su negativa —la del presidente Pacheco— a establecer negociaciones con los tupamaros”, como quería Estados Unidos por intermedio de su embajador) fue estrictamente censurada durante décadas, pero ahora se sabe que Adair aplicó la máxima presión posible, y le dijo al presidente uruguayo que Brasil tenía en ese mismo momento doce mil hombres de sus Fuerzas Armadas desplegados en la frontera, y que si Mitrione o Dias Gomide, o ambos, eran ejecutados, el gobierno de Estados Unidos no podría hacer nada para contener a los poderosos vecinos”, e incluso el comentario subsiguiente: “intentó extorsionarlo con una posible invasión brasileña” (pág. 230). Sobre el respecto, que es una de las cosas en que hay cierta controversia, ya que hay quienes sostienen que sólo fue una amenaza y que no sucedió en la realidad, Butazzoni afirma que “lo de las tropas era cierto… el 4 de agosto ya tenía apostada en la zona fronteriza una brigada de infantería mecanizada compuesta por varios batallones de fusileros, una sección de blindados y un grupo de doscientos cuarenta paracaidistas” (pág. 230). A pesar de esta elucubración, nos muestra cuán complejo es —y lo fue— este asunto, y cuánta gente se ve envuelta en la trama. Butazzoni, eso sí, nos hace ampliar la mirada del foco principal —el secuestrado— en distintos círculos que están contenidos en otros (secuestrado, sus carceleros y las operaciones de búsqueda; los dos personajes, como parte cada uno de una cara de la moneda con sus relaciones pasadas o presentes; las reacciones políticas locales e internacionales, para mostrar que lo que pasó fue, en definitiva, una serie de acciones inscritas en lo que se denomina “guerra fría” y que, para América Latina, fue el preludio a la ofensiva de “tierra quemada” en Centroamérica y a los golpes de Estado que se sucedieron durante los años 70).

Pero en el medio de todo este embrollo, a pocas horas de concretarse un acuerdo que haría liberar a un grupo importante de presos por los secuestrados, la policía, los servicios de inteligencia, dan un golpe inusitado: capturan a la dirección del MLN, la dirección histórica, con su principal líder, Raúl Sendic, y eso cambia la correlación de fuerzas en favor del gobierno. Se ha hablado, con insistencia, dice, de delación o de traición, en este caso, pero el asunto no es claro. Pero también la captura de la dirección puede ser debido al trabajo de inteligencia. E incluso uno de esos supuestos traidores —que ha cobrado cierta relevancia en el país, tras su vuelta al mismo luego de más de 30 años—, según se aclara, no podría haber tenido participación, aunque deja abierta la puerta a la libre suposición.

Y como toda la situación se va tornando más descarnada, el aumento de la tensión (y de la tensión narrativa consiguiente), va haciendo mella en los personajes. Ambos desobedecen órdenes que les parecen absurdas, se las cuestionan internamente, y su conducta entonces oscilará entre lo que debería hacer y lo que sería correcto hacer. La mujer de Eduardo, por ejemplo, tiene una reacción extraña, porque se da cuenta que algo distinto ha pasado y no se explica qué pueda ser, como si no quisiera enterarse de nada, dormir el sueño eterno de los justos aunque todo se desmorone. Pienso en toda esa gente que, sin tenerla ni deberla, le cae la zozobra como un buque a punto de naufragar.

Esa peripecia personal, de Eduardo (Juan), y esa peripecia conyugal, se da junto a la transformación de la mujer, como si hubiera despertado de algún sueño largo y/o viera con nuevos ojos todo (pero esto sólo después que han conversado y Eduardo ha hablado algo, aunque no todo porque quiere preservarlos y por ello cuanto menos sepan es mejor). Es por ello que se encargarán de mantener la institución de los almuerzos del domingo, festivos o alegres a pesar de todo, tratando de devolver la normalidad perdida.

Y ante la acción, la reacción. Pero también la improvisación. Hay un nuevo secuestro (Claude Fly, asesor en temas agrícolas, con fondos de la AID, que era la misma agencia “que supuestamente le pagaba el salario a Mitrione”, pág. 256), que a pesar de la ingenuidad significó un golpe propagandístico, pues en una ciudad que se ha vuelto intransitable, con un patrullaje intensivo, hacer un nuevo secuestro parece increíble. Del otro lado se intentará “una acción de falsa bandera, no muy novedosa, pero de fuerte impacto psicológico” (pág. 279), como ser el asesinato planificado por la CIA de Pacheco Areco. Es a esa acción a la que estará afectado Randall Lassiter y una serie de personajes secundarios que, por cuatro días, estarán en una habitación con vista a la entrada de la sede de gobierno, por donde algún día aparecerá el presidente caminando y le darán la orden de disparar y huir.

La “visión”.- Los tupamaros eran vistos “como el ejemplo máximo de una heroicidad moderna, simpática y desprejuiciada” (pág. 258), una visión totalmente romántica e idealista que la novela se encargará de derribar. Parte de esa imagen romántica es en cuanto a su líder máximo. “Sendic era un maestro consumado en los artificios menos evidentes del camuflaje” (pág. 331). Pero tras la caída de esa dirección, cae una segunda dirección, pocas horas más tarde. Se habló, nuevamente, de traición, aunque este triste personaje “negó de manera terminante ser responsable de traición alguna”, pero su resguardo español, gracias a los militares, justamente, no podrán ocultar la sospecha. “Es verdad que su palabra (la de Amodio) tiene escaso valor, pero para muchos es incomprensible que alguien, ya en el ocaso de su vida, persista en sostener una mentira de semejante envergadura” (pág. 353). Pero claro, esto sucede ahora, en nuestros días, cuando ha pasado ya bastante agua bajo el puente.

El juicio es contumaz y preciso, feroz: “A la luz de todo lo que pasó después, desde las horribles jornadas de abril de 1972 hasta el golpe de Estado de esos mismos militares a comienzos del año siguiente, con cientos de desaparecidos, miles de encarcelados y exiliados, muertos y torturados, y la anulación de todos los derechos civiles y políticos, no es descaminado pensar que el punto exacto del clivaje, allí donde el prestigio de los tupamaros comenzó a escurrirse por la grieta de la desconsideración social, fue justamente ese: esos dos o tres días con sus noches que precedieron y sucedieron a la muerte de Mitrione. Nunca más se recuperarían por completo de aquella disociación (pág. 373). Esto plantea el momento exacto en que los tupamaros se convierten en uno de los dos demonios, es decir, que se “demonizan”. Algo así como los diablos que antes fueron ángeles y se extraviaron, vaya a saber uno por qué.

Hacia el final de la novela, utiliza el recurso de volver a la infancia (a sus recuerdos de infancia), como quien vuelve a pensamientos puros. “(el cautivo)…debió de regresar con la memoria a sus clases de catecismo en la parroquia de St. Mary´s School” (pág. 375), o bien “el prisionero le comentó a uno de sus carceleros que para él los recuerdos más hermosos siempre eran los de la infancia”. Y se dan máximas rotundas como lecciones de vida: “Este es un mundo jodido en el que hay que andar a oscuras la mayor parte del tiempo. La gente en la calle, aunque piense que sabe lo que hace, también camina a tientas y no tiene idea de lo que ocurre alrededor. Por eso es malo confiar en lo que uno ve. Hay ocasiones en que los hechos no son lo que parecen” (pág. 392).

Y entonces recae sobre una nueva dirección, totalmente inexperta, la decisión de matar a Mitrione, cumpliendo con la amenaza de muerte. Dice: “No fue una medida ponderada con criterios políticos de alto vuelo, pero tampoco fue valorada en sus consecuencias operativas más obvias. Matar a Mitrione implicaba, en los hechos, crispar aún más los ánimos y fortalecer las opciones militares para los dos bandos” (pág. 395). Y aún algo más, en el cuadro general de la situación creada: “El pretendido tribunal que juzgaría al asesor norteamericano no existió, no se conformó como tal ni deliberó ni tomó nota para investigar los hechos de los que era acusado Mitrione. El prisionero no tuvo defensa, y los argumentos exhibidos públicamente por la Embajada de Estados Unidos y por el gobierno uruguayo fueron desestimados o ni siquiera puestos a consideración. También se valoró como irrelevante los pedidos de clemencia efectuados por la esposa del condenado, por el embajador norteamericano, por el secretario general de la ONU y por el papa Pablo VI. Fue un  juicio sumarísimo, de esos que se celebran en el campo de batalla” (pág. 395-396).

Pero los tupamaros, a esa altura, creían estar en guerra. Y en ello es el matar y el morir. “Al principio Eduardo González supuso que morir era una eventualidad más bien épica, un momento de entrega que se vería igual que en el cine, una de esas caídas espléndidas mientras los espectadores observan conmovidos el sacrificio del héroe en cinemaescope. Y que matar, a su vez, era un fugaz momento que no dejaba huellas, algo que formaba parte del combate, que era una necesidad de lucha” (pág. 401). “Pero ahora, enfrentado a la muerte ajena, ve las cosas con otra óptica. Se le ocurre que si las pudiera observar con un microscopio, vería que en esas muertes se mueven diminutos seres, elementos desconocidos que muy pronto crecerán lo suficiente como para devorar todo lo que encuentren a su paso” (pág. 402). Hay, aquí, una toma de conciencia de que nada es tan ideal, que la lucha es sacrificio, y que este sacrificio no puede ser medido, o es o no es, no puede haber graduación posible, o se es tupamaro y se acepta como tal, o no lo es, la muerte es la que lo define, su muerte y la muerte de otros: “…lo que llena su corazón de energía y de tranquilidad es que si bien es cierto que él no está dispuesto ni a matar ni a morir, también es verdad que está un poco menos dispuesto a matar que a morir” (pág. 403). Y aquí está entera su afirmación.

Vendrá el recuerdo del agente sobre Mitrione, casi una despedida: “…debía medir más de seis pies, con un cuerpo sólido y un tórax algo salido, como si sacara pecho o llevara puesto un chaleco antibalas por debajo de la camisa. Pesaría unas doscientas libras, y pese a su edad se mostraba ágil. Tenía unas manos cuidadas pero fuertes, y sus dedos se asemejaban a diminutos garrotes. Sin embargo, su voz y su forma de comportarse sugerían  una especie de timidez o de inseguridad. Acaso, piensa ahora Lassiter, eso era nada más que una forma de disimular y protegerse” (pág. 409). Porque así como nos da la opinión y las dudas de Eduardo, también nos dará la visión del agente, expresada así: “Para él los tupamaros no son sino pistoleros, muchos de ellos a sueldo, que de forma habitual roban bancos, secuestran gente y matan policías” (pág. 412), casi como unos meros delincuentes. Pero, apenas una frase después, nos aclara: “Sin embargo con estos tipos es diferente, quizá porque son astutos o porque eligieron hacer la revolución en una ciudad y no en las montañas, lo que les permite ser educados y andar bien vestidos.

Pero eso no modifica la realidad.  Es un grupo que se dedica a robar bancos, secuestrar gente y matar policías” (pág. 412-413).

Del mismo modo, Eduardo “se pregunta por qué, a fin de cuentas, él tiene que sentirse personalmente responsable de lo que ocurra. Razona que su tarea revolucionaria para la ocasión fue de una pequeñez despreciable, como despreciable es el intento de modificar el curso de los acontecimientos a las atropelladas, vagando por las calles con la confianza puesta en un improbable pase de magia…” (pág. 420). Y piensa, y esa es su visión, con cierta razón, que “la gran mayoría de quienes reclamaban la muerte del yanqui eran jóvenes que participaban de manera habitual en operaciones armadas, y tenían una impronta militarista en su concepción de la lucha política. Con orgullo se autoproclamaban “fierreros”, es decir cultores de la política de las armas, a las que llamaban “fierros”. Ellos tenían un montón de ideales y de armas de fuego. Esa era la Orga” (pág. 423). Y, sin  ninguna duda “lo que nunca debió haber ocurrido fue lo que finalmente ocurrió: que la opinión de algunos integrantes del movimiento, muchos de ellos exaltados por la dinámica bélica y con escasa información sobre el asunto concreto, tuviera un peso determinante en la decisión final” (pág. 403). Es decir: “La conversación entre ellos fue breve. Analizaron la delicada situación planteada, comprendieron que debían tomar una resolución y lo hicieron. En poco más de quince minutos el destino de Mitrione quedó marcado” (pág. 398).

El operativo para darle muerte, fue arriesgado, pero funcionó bien. En esta ocasión, abusando de la buena suerte, todo sale según lo planeado. “No se planteó ningún tipo de mecanismo formal, porque no había tiempo ni ánimo ni convicciones para ello”, e incluso “se consideró que lo más apropiado era que él no supiera nada de lo que iba a ocurrir”. “El grupo encargado de ejecutar a Mitrione quedó integrado esa misma tarde por tres jóvenes que eran o habían sido estudiantes de la Facultad de Medicina” (y da sus nombres, aclarando que el mayor tenía 24 años), y allana la justificación (ideológica) tras la captura de Sendic y de toda la dirigencia: “la convicción general era que había una guerra, y que no solamente era lícito sino también necesario devolverle al enemigo el golpe con toda la fuerza disponible”. La planificación: “implicaba el uso de un vehículo legal (una camioneta Volkswagen), el robo al azar de un automóvil y la participación de diez guerrilleros en total, tres de los cuales serían los encargados de llevar al condenado hasta su destino final  y matarlo” (pág. 424). Lo llamaría la práctica del destino final, la solución final, el exterminio o los vuelos de la muerte, aunque de signo contrario. El fin último, la muerte, es lo que se cumple.

El hombre demediado.- Sufre la mitad de Eduardo por una cosa y la otra mitad por otra cosa. Digamos que llega a la mitad de la meta, que sólo cumple con la mitad del objetivo, o bien que ha dividido su valor en dos partes iguales y que ya no son lo mismo, porque ha gastado el concepto y su honorabilidad hasta que pierde la mitad de su valor. Su revolucionariedad —es decir la cualidad revolucionaria y su grado de compromiso revolucionario—, se enfrenta a la fidelidad hogareña y la tranquilidad de espíritu —el no meterse pero ser capaz de rebelarse, de no someterse, coexistir—.

El mismo autor, por otra parte, nos previene sobre ese imaginar escenarios, el especular. “Es pura especulación, pero bien vale meterse —aunque más no sea por piedad— en la cabeza de ese tipo para imaginar sus ideas y sus sentimientos en aquella hora. Hacía diez días que estaba encerrado en una minúscula tienda de campaña montada en una habitación, luego de ser capturado por la guerrilla. En el transcurso de esos días y esas noches le hicieron saber que su vida dependía de una decisión del gobierno uruguayo, que estaban negociando y que además conocían algunas de sus actividades. Por fortuna no sabían ni la mitad. Ni la décima parte” (pág. 451). Este comentario podemos dividirlo en dos, porque por una parte se habla de “estar en su pellejo” e intentar compenetrarnos de lo que podía sentir, de cómo se sentía, pero por otra parte se demuestra la poca información —la que tenían anteriormente y la que consiguieron una vez capturado—. “Aunque los interrogatorios fueron intensos, nunca pudieron acorralarlo del todo. Los gritos y las amenazas no llegaron a ablandarlo, y si confesó algunas cosas, se limitó a las menos relevantes”, y agrega: “En ese aspecto, Mitrione se habrá sentido satisfecho con su propio comportamiento” (pág. 451).

Y mientras todo esto sucede, Eduardo se confunde, se desespera, intenta una acción voluntarista y fatal. Quiere creer que él podrá cambiar la guerra, o que la misma no sea tan total. Ha perdido, en todos los frentes. “Está fuera de los tupamaros por dudar de una estrategia revolucionaria consistente en secuestrar y matar a un yanqui; está fuera de su propia familia a causa de la disparatada búsqueda de contacto, un domingo de tarde, por las calles del centro de Montevideo, está fuera de la ley por huir sin motivo, porque sí nomás, porque necesitaba encontrar un espacio de libertad allí donde sólo había quebranto y desesperación y dos policías de ronda por la zona de la estación de trenes” (pág. 459). Para confrontarlo, para poner en el otro platillo de la balanza, agrega: “Está fuera de todo y sin embargo él se siente más adentro que nunca, metido en su propio cuerpo lastimado mientras explora emociones y pálpitos que nunca antes había sospechado que podían aflorar. Hay una reivindicación allí, en esa exaltada conciencia que se abre paso y le enseña que él, Eduardo González, auxiliar contable en la ferretería de Azofra, existe” (pág. 459-460). O esto, la amenaza: “El no imagina que deberá ser tan fuerte… para aguantar lo que su propia porfía le tiene preparado”. Por puro porfiado, nomás, encontrará la muerte.

Y Butazzoni, haciendo una técnica de juego de espejos, la misma sensación anímica se expresa en el otro personaje, el llamado Randall Lassiter dispuesto a cualquier cosa. “Es probable que en el fondo de su corazón el agente Lassiter se encuentre conmovido por la oscura suerte del señorito Frank (esa muerte tan sin sentido) o por la desgracia que caerá sobre Bertie cuando le toque enfrentar los cargos en un tribunal amañado. En última instancia para él todo es basura y nada vale la pena” (pág. 466). El también está fuera aunque ya no puede rebelarse y acepta su triste destino con parsimonia, casi como queriéndolo. Porque hay una especie de determinismo, en la novela, un determinismo de que todo va al cadalso, y de que “nadie sale vivo de aquí” (como decía Jim Morrison).

Volverá al hoy, porque es desde el hoy que vemos el conjunto de esas acciones, todas sus implicancias y todos sus participantes. “Sin embargo muchos años después de ocurridos los hechos, el custodio recordó con una nitidez dolorosa que, durante un momento, en el rostro de aquel hombre condenado a morir apareció un destello de felicidad. Acaso Mitrione pensó que iban a dejarlo ir” (pág. 469), y luego vuelve a la especulación literaria: “Entre el amor a su familia, el rencor hacia sus captores y un profesionalismo a toda prueba, Dan Mitrione debió de consumir los pocos segundos de alegría proporcionados por la noticia de que sería llevado a otro lugar más confortable”.

Hay un aspecto interesante en la última parte de la novela, ya que el ir desatando nudos provoca una “limpieza” total, de todos los signos (que componen la novela), de elementos que puedan ser prueba de los delitos, y hasta como de ocupación mental, como una terapia para liberar el exceso de energía contenida. De esa forma sucede con Rosario, la esposa de Eduardo. “Para su propia sorpresa Rosario descubre de pronto que está parada en el centro mismo de ese galpón vaciado por completo. Despojado de todo su contenido, resulta ser un lugar más pequeño de lo que ella imaginaba. Al final no aparecieron —o por lo menos ella no pudo verlos— esos bichos que tanto le repugnan” (pág. 472). Es una limpieza que barre con objetos que ya no sirven para nada así como barrerá con sus fobias, sus miedos irracionales, como si de esa manera nos dijera que sólo quedará el miedo real, el racional. Y luego volverá la duda: “¿En qué piensa aquel que agoniza en soledad, despojado de todo y tendido en el lado oscuro de la vida?”. Y se justifica, de alguna manera: “Se trata de una pregunta inútil que, sin embargo, tarde o temprano todas las personas se formulan en la intimidad, cuando les llega la noticia del deceso de alguien próximo y se conocen los detalles, las minúsculas miserias del final, las circunstancias desgraciadas de no haber tenido compañía en el momento supremo.

Nadie escapa a ese lugar común porque, de cierta forma, esa pregunta coloca a los sobrevivientes en un sitio más confortable y compasivo, lejos de la muerte…” (474-475). Además, por más que la muerte venga y sea la misma desde afuera, hay una cierta calidad, hay muertes dignas y otras que más se parecen a estar acorralado por temores propios. “Terminar siempre como un perdedor ya no es una salida” (pág. 475). Y es cuando se acerca el fin que entonces ve de un solo golpe toda su existencia y lo que ella significa (si es que las vidas de las personas significan algo): “Juan, el guerrillero reincorporado por decisión propia a las filas insurgentes hace pocas horas, piensa que una nueva derrota no se puede equiparar con el gesto de rebeldía que acaba de protagonizar. De modo que esta postración, que otros podrían catalogar como un fracaso, él la asienta en la fila de los éxitos. Algunas personas conocerán en el futuro su peripecia, y verán en ella una especie de suicidio inexplicable Pero él la observa con ojos de soldado, de militante que cae en combate, que ha caído ya, que conoce su fin y lo mira de frente, con los ojos abiertos” (pág. 476), porque ese morir de ojos abiertos es la aceptación total de la victoria y de la derrota de ese hombre “demediado por la pasión”, dividido entre la pasión a la lucha y la pasión a su familia y el trabajo.

Y lo mismo del otro lado. Así como el morir, el matar. Porque hay maneras de morir y hay maneras de matar. “Pero también sabían (los tupamaros), pese a su juventud, que unas maneras de matar eran más indignas que otras” (pág. 483), y esto había sido ni siquiera un ajusticiamiento, sino un fusilamiento, sobre todo por la imagen que nos presenta posteriormente: “El fusilado era apenas un montón de carne, un espantajo sangrante al que necesariamente tuvieron que mirar. Y lo que vieron fue una ruina con ojos de trapo, un ser derrumbado sobre sí mismo en ese raudal oscuro que se le escurría desde el cuello. No hubo nada que decir ni entonces ni después ni nunca, por más que las palabras arrancadas intentaron una y otra vez obligarlos a reconstruir ese momento” (pág. 483-484). Porque para esos jóvenes, que habían tenido que cumplir esa tarea ingrata, cuando menos, “todo se les dio vuelta y se puso al revés”. E incluso podemos rastrear el comienzo de esa doble demonización: “todo se puso al revés porque ellos (los tupamaros, con la decisión de darle muerte a Mitrione), sin saberlo, acababan de abrir las puertas del infierno”, y doble porque de un lado lleva a pensar en todo lo que sucedió después e incluso en los hechos trágicos del 14 de abril de 1972 y su continuación dictatorial, pero también porque en el seno de la propia organización creó dudas, temores, perplejidad.

Morir es renacer.- Sobre el final mismo tenemos algunas de las consecuencias de esta acción a la interna del movimiento. “Los guerrilleros hicieron algunos intentos autocríticos. No obstante, la médula del proceso que dio inicio al llamado Plan Satán en 1970, y que tuvo como una de sus muchas consecuencias directas la muerte de Mitrione, jamás fue examinada de manera oficial y pública por la Orga” (pág. 492). Este Plan Satán era concebido como una estrategia  ofensiva, y significaba un paso más adelante en esa guerra, se pasaba de las acciones propagandísticas y para obtener recursos a acciones que cada vez elevaban más la espiral de violencia.

Porque, en definitiva, el verdadero objetivo de la novela es echar luz sobre un acontecimiento fundamental de la historia de nuestro país, y a la vez nos presenta esta versión sobre lo que pudo ser (y sus motivaciones). “La verdad no suplanta a la realidad, sino que la traspasa para iluminar zonas que siempre han estado en la penumbra” (pág. 494).

Una pregunta final.- Me preocupa, y bastante, esa pretensión de contraponer demonios y, aún más, que de esa contraposición, se asegura, surgió la última dictadura militar (y civil), como si hubiera sido “culpa” de los tupamaros la posterior instauración de la misma. Hay que recordar que el autogolpe de Estado que dio Juan María Bordaberry fue en junio de 1973 (con el precedente de los hechos de febrero de ese mismo año), y que el MLN ya había sido derrotado militarmente y los que no estaban presos (o muertos) estaban exiliados (caso del propio autor de este libro). Dudé si Fernando Butazzoni creía en esa teoría, si él estaba de acuerdo, cosa que no podía (ni quería) creer. No tuve más remedio que preguntarle a él, vía mail, su posición. Estuvo de total acuerdo con lo que yo le expresé, algo así como que la guerrilla fue una expresión de una parte de la lucha del pueblo por sus derechos, pero otra parte como la sindical, la política (legal o ilegal) de la izquierda, la estudiantil, estuvo también presente, y los militares respondieron al llamado de cierta clase social que buscó perpetuar sus privilegios, como parte del aparato represivo del Estado. A pesar de ello, agregó que “para mi novela ese fue el antagonismo elegido”, es decir, la contraposición de dos actores en bandos contrarios. Del resultado de la suma de estos dos, nació el tercer demonio: la muerte. Y también, por cierto, la impunidad.

(Una historia americana, Fernando Butazzoni, Editorial Alfaguara, 2017, pp. 495)

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

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