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CINE | “Roslik”: La memoria de la barbarie

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La dictadura liberticida como un auténtico estigma histórico y una herencia maldita impresa en la memoria colectiva, es el removedor eje temático de “Roslik y el pueblo de las caras sospechosamente rusas”, el documental testimonial del realizador uruguayo Julián Goyoaga.

Este es el registro cinematográfico de una tragedia que -hace treinta y tres años- enlutó a la sociedad uruguaya, coincidiendo con los estertores del gobierno autoritario que asoló a Uruguay durante doce largos años de despotismo.

No en vano el asesinato del médico rionegrense Vladimir Roslik, acaecido en 1984, fue el último crimen perpetrado por la dictadura en momentos que se avizoraba una tímida apertura política que se concretó un año después.

Esta película se suma a otras tantas producciones nacionales que recrean la historia reciente de nuestro país, mediante diversos acentos que enfatizan en lo sucedido en ese tiempo de plomo o bien refieren a las graves consecuencias devenidas de la ruptura institucional.

El extenso catálogo de cine testimonial, que abarca tres décadas de documentales y films de ficción con trasfondo histórico, incluye, entre otros títulos, “Los ojos en la nuca” (1988), del Grupo Hacedor, “Por esos ojos” (1997), de Virginia Martínez y Gonzalo Arijón, “La estrella del sur” (2002), de Luis Nieto, “La ausencia es inmensa” (2003), de Nacho Seimanas, “Memorias de mujeres” (2005), de Virginia Martínez, “El círculo” (2008), de José Pedro Charlo, “Decile a Mario que no vuelva” (2008), de Mario Handler, “La verdad soterrada” (2009), de Miguel Vassi, “Las manos en la tierra” (2010), de Virginia Martínez, “La memoria de Walter” (2012), de Natalia Medina, “El almanaque” (2012), de José Pedro Charlo, y “Zanahoria”(2014), de Enrique Buchichio.

Obviamente, esta es apenas una somera síntesis de las decenas de trabajos cinematográficos que aluden y reconstruyen los años más dramáticos de la segunda mitad del siglo pasado en Uruguay.

“Roslik y el pueblo de las caras sospechosamente rusas” es el primer largometraje de Julián Goyoaga , quien adquirió experiencia codirigiendo, junto a Germán Tejeira, los cortos “Matrioshka” (2008) y El hombre muerto (2009), produjo las películas Anina (2013) y Una noche sin luna (2014) y editó El cuarto de Leo (2009).

En esta propuesta el cineasta exhuma uno de los acontecimientos más conmovedores y traumáticos de los últimos tramos de la dictadura, por su indudable proyección en el tiempo.

No en vano el asesinato del profesional permanece impune, bajo el manto cómplice de la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado sancionada en 1986.

En ese contexto, este documental se centra en la vida y particularmente en el presente de Mary, la viuda de Roslik y de su hijo Valery, que en estas tres décadas han padecido la ausencia del médico asesinado, con todo lo que ello supone desde el punto de vista afectivo y emocional.

La película aborda el drama de una familia fracturada por la vesania de la barbarie, pero también por la profunda conmoción que provocó el hecho en la localidad de San Javier, cuyos habitantes fueron recurrentemente perseguidos por su origen ruso.
El episodio arroja luz sobre la génesis del instinto asesino de un régimen enfermo de odio pero también acerca de sus prejuicios.

En efecto, el único motivo que derivó en la detención y el secuestro del galeno fue su apellido y el hecho de haber estudiado medicina en el país de sus ancestros, en usufructo de una beca concedida por el gobierno de la Unión Soviética.

Fue aprehendido por las fuerzas represivas bajo la falsa acusación de ser un “agente ruso”, lo cual derivó en su muerte por torturas durante los interrogatorios a los que fue sometido.

A los efectos de minimizar el impacto originado por el atropello perpetrado por la dictadura, el secuestro del médico es narrado mediante un formato de animación. No obstante, este lenguaje estético no reduce el acento eminentemente dramático de esta historia real, que simboliza el carácter inconcluso de un crimen sin dudas aberrante y aun sin castigo.

El film, que se centra particularmente en las heridas abiertas por el luctuoso episodio, apela a una variada batería de recursos, incluyendo materiales de archivo y entrevistas a familiares, allegados, periodistas, políticos y otros actores públicos.
Todos estos fragmentos de pasado y de presente conforman un corpus argumental que destaca por su indudable realismo y por su superlativa dimensión testimonial.

Tal vez la reflexión más conmovedora sea la de la viuda del médico supliciado-que es actualmente militante social- quien afirma que la difusión de la memoria de lo que sucedió a su marido ha sido una suerte de mochilla que ha cargado durante más de tres décadas.

No menos removedoras son las palabras del joven hijo de la víctima, quien solo conoce la verdad a través de la versión de los adultos y, a partir de esta materia prima, debe elaborar su propio duelo retrospectivo.

“Roslik y el pueblo de las caras sospechosamente rusas” es una propuesta sin dudas ineludible, que obviamente trasciende a su mero valor artístico y cinematográfico.

Es, ante todo, un film de denuncia de sesgo realmente aleccionador, el cual corrobora que las abominables secuelas del autoritarismo siguen estigmatizando el presente.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

La ONDA digital Nº 833 (Síganos en Twitter y facebook)

 

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