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Moscú no se acaba nunca, seremos en parte locatarios

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Cuando clasificamos al Mundial de Sudáfrica escribí que allí seríamos en parte locatarios por nuestra historia. La historia más subterránea de los pueblos se refleja en la barriga de los astros.

En Rusia también somos en parte locatarios, de lo mejor de su historia. “Son las revoluciones las locomotoras de la historia. Y en Rusia, las revoluciones de 1917 fueron esa locomotora que la condujo, en un plazo de tiempo reducido, desde las épocas primitivas a ponerla en condiciones de incorporarse a las naciones más civilizadas de La Tierra”, escribió José Batlle y Ordóñez en “De pie, ha muerto Lenin”. Sus enemigos llamaban a Montevideo “sucursal de Moscú”.

En la que García Márquez, Vila-Matas y yo consideramos la novela corta más determinante que hemos leído, “París era una fiesta”, Ernest Hemingway titula su último capítulo “París no se acaba nunca”, porque se la llevó con él a todos los lugares por donde anduvo. Del mismo modo Deng se llevó la Moscú donde vivió, la de la Nueva Política Económica, la lucha contra “el plan quinquenal anticampesino” (Bujarin) de Stalin, el fervor y la desesperación de 1927.

Se la llevó a la Gran Marcha, entró con ella a Beijing en 1949 y en 1978 la puso al frente del gobierno chino, pero lo más curioso de las vueltas de la historia (aunque no tanto para los camaradas  que brindamos con grappa cuando cayó la falseada URSS, pese a que lo iban a sentir Cuba, Vietnam y otros) es que hoy Moscú es pieza clave del Foro de Beijing, una unión antiimperialista muchísimo más amplia que aquella, pero entre países soberanos, por propia voluntad, principio de libre autodeterminación de los pueblos que, según Putin, fue “una bomba de tiempo que Lenin puso a la constitución de la URSS en 1921” (je).

“Esa revolución que sacudió hasta en su médula a una nación que en pleno siglo XX conservaba todavía la estructura de los tiempos bárbaros, tiene que ser fecunda y positiva…” escribió el Pepe Batlle. Y tampoco se equivocó al opinar que no sería en la propia Rusia que fecundaría tras la muerte de Lenin, “salvo la aparición, poco probable, de otro hombre de su estatura mental”.

En tiempos de Lenin a Uruguay lo llamaban “La Rusia de América”.

Vamos a ser un poco locales en Rusia, aunque casi nadie se dé cuenta -que hasta es mejor-, igual que fuimos en Sudáfrica.

(continúa)

 

Por José Luis González Olascuaga
Periodista y escritor uruguayo

La ONDA digital Nº 833 (Síganos en Twitter y facebook)

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