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CINE | “El seductor”: Entre la pasión y la violencia

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La pasión, la represión, la violencia y el más agudo desenfreno son los cuatro ejes sobre los cuales gira “El seductor”, el nuevo film de la realizadora norteamericana Sofía Coppola, que indaga en relaciones interpersonales impactadas por el fantasma de la guerra.

Esta película es una remake de un título homónimo dirigido en 1971 por el recordado Don Siegel y protagonizado por un joven Clint Eastwood, antes de su despegue como director.

Este film, que es una adaptación cinematográfica de la novela de Thomas Cullinan, es una nueva apuesta en la ascendente carrera artística de Sofía Coppola, talentosa hija del ya legendario maestro Francis Ford Coppola.

La realizadora ya reúne una proficua producción cinematográfica, integrada por “Las vírgenes suicidas” (2000), “Perdidos en Tokio” (2003), “María Antonieta, la reina adolescente” (2006) y “Adoro la fama” (2013).

En todos los casos, Coppola ha revelado una particular sensibilidad para la construcción narrativa con fuerte énfasis en la formulación estética, acorde a su largo proceso de aprendizaje y maduración creativa.

Esa circunstancia le ha permitido construir una identidad y una carrera propia, que naturalmente transciende a su mera condición de hija de uno de los más grandes cineastas de los últimos cincuenta años.

En esta oportunidad, asume el riesgo de adaptar al cine un texto literario complejo, en un proyecto sin dudas azaroso por las inevitables comparaciones con el recordado film de 1971.

Al igual que en el título original, “El seductor” está ambientada en Estados Unidos en 1864, durante la cruenta Guerra de Secesión que confrontó a los denominados Estados de la Unión con los Estados Confederados.

Aunque en este caso el conflicto bélico es presentado en forma si se quiere hasta subliminal por la ausencia de enfrentamientos armados, el trasfondo y disparador dramático es ese auténtico baño de sangre.

En ese contexto, la acción transcurre en el sur esclavista, cuando una niña que vive en un residencial femenino enclavado en una zona rural encuentra a un militar norteño herido.

Obviamente, el hallazgo supone una suerte de dilema moral para las pupilas y docentes del colegio, porque el desvalido hombre pertenece precisamente el bando enemigo.

Contrariamente a lo que se podría presumir, las jóvenes no denuncian ni entregan al soldado al ejército confederado, sino que le otorgan alojamiento y hasta curan sus graves heridas.

El protagonista de la historia es el cabo John McBurney (Colin Farell), quien es amparado por la directora Martha Farnsworth (Nicole Kidman) y por la maestra Edwina Dabney (Kirsten Dunst).

Aunque por razones puramente humanitarias ambas atienden al huésped con superlativo esmero y dedicación, igualmente mantienen una considerable distancia porque se trata de un extraño cuyas intenciones desconocen.

En efecto, en su pesadillesco imaginario está la imagen de tropas norteñas saqueando y hasta violando mujeres sureñas, lo cual les provoca una razonable sensación de estupor. Empero, sus principios cristianos les impiden abandonar a su suerte a ese hombre gravemente enfermo.

No en vano, antes de la cena todas las mujeres rezan al unísono, como una expresión de reafirmación de su fe y como estrategia para exorcizar los demonios de una guerra terrible.

El relato trasunta la honda conmoción provocada por la presencia de un hombre, que sin dudas desafía las más arraigadas fantasías eróticas y sexuales de un grupo de féminas que se encuentran en situación de absoluta abstinencia y huérfanas de amor de pareja.

Ese juego de ambigüedades cuyas protagonistas son mujeres sin ninguna contención emocional, no logra ser totalmente administrada por la dura e intransigente directora.

En ese contexto, la moral rígidamente confesional en la cual las jóvenes se han formado colisiona radicalmente con deseos largamente reprimidos por un cuadro de absoluta reclusión.

Obviamente, esa suerte de paraíso artificial enclavado en medio de un dantesco escenario de conflicto, es, a la vez, un micro-cosmos de protección pero también una prisión sin barrotes.

En esas circunstancias, todas asumen que la presencia del intruso es un riesgo pero también una oportunidad de demoler prejuicios y de recuperar el contacto y la sintonía con el mundo exterior.

Asumiendo el supremo desafío de filmar con luz natural incluso en acotados ambientes interiores, Sofía Coppola construye una obra de estética barroca y acendrada.

No obstante, ese preciosismo visual que la autora ya exhibió con maestría en la esplendorosa reconstrucción de época de “María Antonieta, la reina adolescente”, está bastante minimizado por la fragilidad de la trama dramática y el sosegado ritmo del curso narrativo.

Aunque el film alcanza algunos picos de tensión que lo tornan inquietante y por momentos hasta removedor, la historia deviene inexorablemente en un mero conflicto entre géneros, apenas sazonado por un erotismo liviano y una violencia implícita sugerida que no llega a impactar.

“El seductor” es una película que colma los sentidos, pero carece de la intensidad y la crudeza de la versión original, pese a las excelentes actuaciones protagónicas de Nicole Kidman y Kirsten Dunst, quienes interpretan a sus respectivos personajes con la encarnadura requerida.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

La ONDA digital Nº 832 (Síganos en Twitter y facebook)

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