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El Coneja

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El contradictorio sobrenombre hace presumir un personaje fuera de lo común. Nacimos separados por una cuadra, espacio de juegos y aprendizajes. Las uvas y damascos de abuelo Marcelino, las aceitunas  del vecino Vera y enfrente, las ciruelas y duraznos del Dr. Olazábal eran en cada estación objeto de nuestros saqueos. Los innumerables pájaros de los frondosos predios, palomas, gorriones, pirinchos, benteveos, los hacendosos horneros y hasta las pequeñas ratoneras, blanco de hondazos de los que no me enorgullezco. Llegamos a apedrear la cubierta de chapa de Vera en repudio por impedirnos cazar en su  fondo! Ya muchachitos, las siestas nos llevaron a buscar  aventuras fuera del pueblo. La playita de la Juncal y más allá la cañada del Horno  fueron el destino de baños y pesca menor. Medidas  familiares como el secuestro de los “championes”  no impedían al Coneja fugar descalzo y  ser llevado a babuchas atravesando los ortigales!

Aunque las generaciones se separaban en los años liceales, la odisea estudiantil nos juntó brevemente en Paysandú y algunos años en Montevideo, siempre alrededor del deporte. Claro que la mayoría de las veces él jugaba, yo acompañaba.

Recibido, volvió al pueblo  donde reside hasta hoy. Revalidó su condición de Veterinario con  trabajo eficiente y las de buen deportista  en el fútbol y el básquet local. Así  integró el equipo del Club  Nacional, que fue campeón cinco años seguidos. Contrariando a su padre, reconocido caudillo blanco, participó activamente en la política. Recuerdo que recuperada la democracia,  previamente a las elecciones,  fuimos a buscar casa por casa a los conocidos para recuperar la actividad. Seguimos  bromeando con que nadie nos reconocerá por esto.

Estos últimos años fijó sus afectos en los varios hijos, siguiendo de cerca sus vidas y logros y se  mantuvo al servicio social y deportivo del Club Nacional. Entonces, cuando parecía que declinaba  en su práctica deportiva, adoptó el ciclismo. Transitando el pueblo en su bicicleta,  la zona para llegar a sus clientes y un viaje semanal sin paradas intermedias hasta Paysandú lo animaron a tentar un desafío: recorrer  la distancia de 400 km hasta Montevideo. Pese a que Guichón es la cuna de varios campeones entre los cuales conocí muy bien a los hermanos Rivero, nadie había intentado este recorrido. Lo cierto es que, con la sola compañía de otro ciclista coterráneo, en muy pocos días entró a la capital como de paseo. No conforme con ello, frente  al Intendente que salió a recibirlo, anunció  su intención futura. Y  antes de  pasar un año recorrió las rutas nacionales  uniendo  las capitales departamentales con la misma consigna. A los 70 años de edad! Aún teñida por la amistad, mi admiración no sufre mengua.

Para mí “el Coneja” es un ganador. Pero no menos trascendente  es que la hazaña se hizo posible con el rescate de una arcaica, casi olvidada costumbre del pueblo: la colaboración. En efecto (y como allí los sobrenombres no faltan) el “grilo” García empezó la colecta, “el mono” Santacruz  apoyado por  “Remigio”,  trasmitió desde Radio Paz la aventura con un móvil por todo el país junto al veterano deportista “manila” Lapide en su moto. Estos coterráneos ratifican mi convencimiento de que si la comunidad de Guichón se propone, puede haber allí una explosión como la de sus mejores años. Y no de cartuchos.

Al Doctor Eduardo Urruty, “el Coneja”.

Por el Arq. Luis Fabre

La ONDA digital Nº 8285 (Síganos en Twitter y facebook)

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