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Fundamentalismo común y la educación sexual

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El fundamentalismo común y la educación sexual | En estos días Hoenir Sarthou[i] y Esteban Valenti[ii], dos destacados y mediáticos operadores políticos, han puesto en evidencia la aparición de una veta ideológica en la llamada “Propuesta didáctica para el abordaje de la educación sexual en Educación Inicial y Primaria” (2017), una guía o manual de educación sexual destinado al colectivo docente, elaborado en la Asociación Civil “Gurises Unidos” (por  la magister en psicología y educación Gabriela Bentancor, el profesor de educación física Enrique Cal y la maestra Patricia Tito) y patrocinado por el CEIP y el Fondo de Población de las Naciones Unidas.

Se trata de un trabajo ambicioso, bien pensado y presentado con profusas ilustraciones, es decir que no es una propuesta en borrador para trabajar, reflexionar o discutir sino una guía acabada y bien armada con todo tipo de actividades prácticas completamente estructuradas para organizar el trabajo de los maestros, no solamente con los escolares sino con las familias.

Las 97 páginas del opúsculo tienen dos partes: la de “los aportes conceptuales y orientaciones para la integración de la educación sexual en el aula” y la parte sustantiva que son las diecinueve “propuestas prácticas” para dicha integración. La necesidad de la educación sexual, en el sentido más amplio del término, así como los propósitos loables del trabajo, no son objeto de polémica.

Los autores esperaban la polémica, por lo menos eso han declarado en programas televisivos, y no sería aventurado decir que desean promoverla. Sin embargo, escuchando al profesor Cal se tiene la impresión que están preparados para la crítica pacata desde la moralina burguesa, para la que se podría hacer desde el modernismo liberal[iii], desde el ámbito eclesial obsesionado por el control de los cuerpos o desde la sociobiología paternalista y racista [iv].

Los cuestionamientos parecen más sencillos, más profundos y más exigentes. Apunta bien Valenti cuando dice “quiero saber que piensan de este nuevo manual sobre el SEXO UNICO las autoridades del gobierno, a los diversos niveles y no solo el CEIP, que seguro se va escudar detrás de un muro de tecnicismos como si los ciudadanos fuéramos estúpidos que deben ser iluminados”. Ahí está el primer problema.

Tal vez sea un reflejo de las dificultades que tiene el trabajo docente con los niños y sus familias pero el enfoque de esta “propuesta didáctica” adolece de un defecto común en muchos especialistas: el tratar a los padres o a los ciudadanos en general como si fuéramos niños o peor aún como si fuéramos imbéciles, incapaces de entender la imperiosa “deconstrucción posmoderna” de los “roles y estereotipos” a la que solamente los iluminados pueden acceder.

Apunta bien Sarthou cuando dice “Todos tenemos en torno a nuestro cuerpo un espacio que consideramos propio, privado, en el que solo admitimos el ingreso de personas a las que queremos o por las que sentimos atracción. Cualquier transgresión indeseada de ese espacio es vivida como una agresión, como una violación de nuestra intimidad. ¿Con qué legitimidad podría un docente imponerles a los niños acercamientos y contactos físicos que los mismos niños no elijan espontáneamente? ¿Cómo nos sentiríamos nosotros, adultos, si se nos impusiera ser cosquilleados, acariciados, abrazados y masajeados capilarmente por una persona a la que no elegimos, que nos fue impuesta por una tercera persona dotada de autoridad?”.

Este es un asunto delicado que tiene que ver con la autoridad, el poder sobre el otro, el sometimiento y en casos extremos, muy extremos, con la violación, la tortura, la destrucción de seres humanos. ¿Quién no sabe que la violación sistemática de hombres y mujeres nada tiene que ver con la sexualidad? De la misma manera que se ha buscado anormalidad o rasgos psíquicos determinantes en los grandes genocidas, en los curas pedófilos, en los abusadores y asesinos, sin encontrarlas, la indiscutible gravitación de la sexualidad en la vida no puede ser despachada en forma sencilla o anestésica.

Ciertamente la polémica decimonónica sobre natura y nurtura no puede ser revivida ni a punta de terapias electroconvulsivantes porque es tan reaccionario y oscurantista negar el papel de los rasgos heredados como ocultar la conformación social de la vida humana, desde cada individuo hasta sus relaciones y la sociedad toda. Pese a esto para los autores de la “propuesta didáctica” el sexo parece un constructo social, la orientación sexual una elección hiper individualista, voluntarista, escogida o impuesta. En todo caso producto del azar e independiente de los vínculos humanos.

¿Por qué estas concepciones se transforman en lo que Valenti llama la ideología del sexo único? El mecanismo es más o menos complejo pero el gambito es sencillo. Todo el mundo sabe que la vida entraña diferencias y desigualdades pero muchas veces ambos términos se confunden.  En materia de género, de sexualidad, en la ya obsoleta jerga filosófica posmoderna, suelen confundirse deliberadamente para ocultar o distraer de las conclusiones más importantes: las diferencias deben ser asumidas y las desigualdades superadas.

En otras palabras, las diferencias biológicas deben ser asumidas: mujeres y hombres, hombres y mujeres, son diferentes. Esto no quiere decir que no sea respetable el deseo de un adulto que quiere modificar sus características físicas de acuerdo con su orientación sexual. La cirugía, las terapias de apoyo, los tratamientos endocrinológicos, etc. pueden conseguir una transformación, en uno u otro sentido o la creación de una ambigüedad procurada mediante otra serie de procedimientos de bisexualidad. Esta es una decisión informada que una persona adulta puede adoptar.

El respeto y el apoyo para quienes hacen esa opción relativa a una diferencia biológica es importante, pero esto nada tiene que ver con el llamado “sexo único” que es una forma éticamente degradada del “da lo mismo”. Las diferencias entre los humanos no son únicamente biológicas sino también culturales. Solamente los dogmáticos cultores del “pensamiento único”, los fanáticos o fundamentalistas, pretenden arrasar con los factores identitarios que muchas veces conforman la cultura de una población, un grupo o una clase social. No hay que remontarse a los crímenes contra la humanidad para comprender que las diferencias deben ser respetadas y consideradas seriamente si se desea alcanzar una unidad en la diversidad. En otras palabras, el respeto por las diferencias y su complementariedad necesaria, es condición para superar las desigualdades.

Negar las diferencias biológicas, por ejemplo las que hay entre los sexos, responde a una forma de fanatismo, impermeable al razonamiento aunque adopte sus formas y lo que es peor, encubre las desigualdades que, como queda dicho, deben ser superadas. Algunas personas creen que la superación de las desigualdades se alcanza por la via del igualitarismo aunque sepan que no hay nada más inequitativo que tratar en forma igual a lo que es diferente. En realidad las desigualdades tienen un origen netamente social, histórico, cultural.  Ante esto no hay otro camino que el señalado en la conocida Tesis XI[v].

Las desigualdades que existen entre hombres y mujeres, en todos los terrenos, en materia de derechos, oportunidades educativas y laborales, en el campo del arte, de la ciencia, de la política, de la convivencia ciudadana y desde luego en el hogar, deben ser superadas en forma práctica y concreta. Por cierto las transformaciones que todos debemos practicar, en todos los terrenos, no se alcanzarán y no se favorecerán borrando u ocultando las diferencias sino asumiendo, es decir haciendo nuestras, las desigualdades para superarlas. Asumir, etimológicamente, nos lleva a hacer nuestra una obligación, una responsabilidad y esto no se logra con caricias, cosquillas, masajes y soplidos entre los niños.

[i]H. Sarthou, “El sexo en la escuela”, Semanario Voces, 27 de julio de 2017.
[ii]E. Valenti; “Nuevo Manual del sexo único”, Uy.press, 29 de julio de 2017.
[iii]Cfr. “Las cuentas morales de la libre empresa; objetividad y subjetividad” En Rozitchner, León (1969) Moral burguesa y revolución; Bs.As. Ed. Tiempo Contemporáneo.
[iv]Cfr. Chorover, Stephan L. (1985) Del génesis al genocidio. Madrid, Orbis.
[v]Se trata de una de las Tesis sobre Feuerbach once breves notas filosóficas escritas por Karl Marx en 1845, la última de las cuales (en versión de Engels) dice:  “Los filósofos, hasta el momento, no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, ahora de lo que se trata es de transformarlo.”

 

Sugerencia del Lic. Fernando Britos V.

La ONDA digital Nº 827 (Síganos en Twitter y facebook)

 

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