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Volver al 17: Sindicatos e interés general

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En menos de cuatro meses se cumplirá el centenario de la Revolución Rusa de Octubre. Una fecha que no debe pasar desapercibida porque esos acontecimientos dieron forma, en lo fundamental, al último siglo.

Es difícil que alguien siga diciendo en serio, y no como metáfora, que en ese momento inició la etapa histórica de la transición del capitalismo al socialismo. Pero si vivimos la pos-Guerra Fría, es porque hubo 1917 y luego una división del mundo en dos campos, cuyas secuelas son heridas abiertas en los cinco continentes.

La fecha será recordada, seguramente en actos y jornadas, políticos y académicos. Ya están apareciendo nuevas publicaciones, fruto de una revisión de archivos aún no estudiados. En Uruguay se dice que, por fin, verá a luz la historia de la Revolución Rusa que el historiador Julio Rodríguez, quien también hurgó en archivos soviéticos, dejó inconclusa.

Quizá sea hora de una historia profesional que no tenga por objeto buscar quienes fueron los buenos y quienes los malos. Pero también quedan preguntas grandes, como si fue inevitable o si, con el diario del lunes, se volvería a apostar a ella. En definitiva, si aún se pueden extraer lecciones para el presente.

A la espera de esos nuevos estudios y visiones, queremos aquí entrar en tema recordando algunos hechos poco conocidos que pueden hacer recordar episodios más recientes. Actitudes corporativas de organizaciones de trabajadores que atacaban el interés general de su clase y la revolución.

La revolución fue notoriamente apoyada por los obreros fabriles, pero eso no implicó que en cada lugar primaran los intereses generales. Eso demuestra, una vez más, que las luchas sindicales no necesariamente son lucha de clases; es decir, una lucha por la emancipación de toda la sociedad.

“¡Hemos hecho la revolución, dupliquemos, pues, los salarios!”
Primero, un panorama general. La derrota del ejército ruso ante los alemanes durante la Primera Guerra Mundial hizo caer en descrédito al absolutismo zarista. En febrero de 1917 se produce una insurrección que crea un gobierno de coalición entre constitucionalistas, socialistas moderados y partidos agrarios, que fue incorporando elementos militares y zaristas con el fin de proseguir la guerra. Al mismo tiempo, consejos (soviets) de fábrica, campesinos y en el ejército crean un poder paralelo que levanta las banderas de la paz, el pan, la tierra y la libertad, apoyado por bolcheviques (comunistas) y otros partidos radicales. La pulseada se define en noviembre; pero solo para dar paso a hambrunas, sabotajes y a una prolongada guerra civil.

La fecha de la insurrección fue el 25 de octubre según el antiguo calendario, 7 de noviembre según el actual. El 14 de noviembre se aprobó un decreto que instaura el control obrero sobre las fábricas y nacionaliza la banca y no pensaba ir mucho más allá. Víctor Serge, en su El año 1 de la Revolución Rusa, de donde sacamos la mayor parte de lo que sigue, recuerda que “todavía en el mes de abril de 1918 preveía la constitución de sociedades mixtas por acciones, en las que habían de participar el Estado soviético y los capitales rusos y extranjeros.”

Fueron los sabotajes los que impulsaron expropiaciones de empresas una a una, sin plan, sobre todo por autoridades locales. Algunos directores de fábricas pedían ellos que los expropiasen para evitarse las pérdidas del cede de la economía de guerra planificada por el zarismo. Otro impulso, derivado del estado de guerra, fueron las requisas de mercaderías y alimentos acaparados.

“Los siguientes ejemplos, dice Serge, son característicos de cómo se realizaba la nacionalización: en Ivanovo-Voznesensk nacionalizaron los obreros dos fábricas de tejidos, por haberse entregado los patrones a actos de sabotaje; en el gobierno de Nijni-Novgorod se nacionalizan diferentes empresas, porque los patronos se niegan a dirigir la producción. Por razones análogas pasan a manos de los obreros, en el gobierno de Kursk, varias refinerías de azúcar, los tranvías, una curtiembre y varios talleres mecánicos. En la cuenca del Donetz se unieron los directores de las minas a los blancos. En vista de esto, los obreros de setenta y dos minas constituyeron un Consejo de Economía que asumió la gestión de las empresas. En Romanovo-Borisoglebsk se nacionalizaron las fábricas de harinas y los molinos de aceite a consecuencia de un lock-out.”

“Los sindicatos, que parecían ser los más indicados para desempeñar en circunstancias como aquéllas un papel importante, son dejados atrás -muy atrás- por los acontecimientos,” relata el escritor belga. “Su Consejo Central se encuentra paralizado por la lucha de tendencias. Los elementos dirigentes de los sindicatos de ferroviarios y de correos y telégrafos son antibolcheviques. Es también frecuente el caso de sindicatos que piensan más en ‘arreglárselas ellos’ que en servir a los intereses generales de la clase obrera.”

“Aquí es donde se manifiesta el retraso de la mentalidad de algunos medios obreros. Tan pronto nos encontramos con sindicatos que fundan almacenes cooperativos y que se dedican de lleno a comerciar, comercio que asume fatalmente aspectos de especulación, dada la escasez que reina, como vemos que se producen dolorosos conflictos, promovidos para imponer reivindicaciones inmediatas, que demuestran un egoísmo corporativo completamente falto de razón. ¡Hemos hecho la revolución, dupliquemos, pues, los salarios! Ha sonado para nosotros la hora de la abundancia… De igual manera, los instintos anárquicos se traducen en el campo de las requisas y de la nacionalización por tentativas como la de explotar una fábrica por cuenta de todos los que trabajan en ella, o como la de confiscar el primer tren cargado de víveres que pasa por la estación más próxima.”

“Los obreros de las fábricas que trabajan por cuenta del Estado se esforzaban, a veces, por provocar de una manera insensata la elevación-de los salarios. Con motivo del cierre de fábricas, los mencheviques, que manejaban los sindicatos, exigían el pago de los salarios por adelantado. Los mencheviques del sindicato de industrias químicas de Petrogrado exigieron salarios excepcionalmente elevados, alegando como razón el que disponían de grandes cantidades de explosivos.”

“Moscú, agrega Serge, estuvo a punto de quedarse sin pan, en plena batalla en las barricadas, porque los cargadores de las fábricas de harina, a los que importaba un bledo la revolución, se habían declarado en huelga, exigiendo un aumento de salarios.”

En el mejor de los casos, señala, “este apoderarse los comités de industria y de fábrica de las empresas no estaba desprovisto de peligros. Cada comité pensaba, antes que nada, en los intereses de su empresa (es decir, en los de los trabajadores que representaba); de esto a defenderla por todos los medios, sin preocuparse de los intereses económicos generales del país, no había más que un paso. Cualquier empresa, aunque fuese atrasada, mal equipada, dedicada a una industria de importancia secundaria, reivindicaba su derecho a la vida, es decir, al Abastecimiento, al crédito, al trabajo… De ahí que el resultado fue un perfecto lío.”

La idea original era que los obreros, al controlar a los administradores, aprendieran a gestionar. No resultó. “Pongamos de relieve el fracaso del control obrero de la producción,” expresa Serge. Fue ocho meses después de la revolución, el 26 de junio de 1918, por la presión de la guerra civil y la intervención de múltiples potencias extranjeras, que se resolvió nacionalización de la gran industria, empresas con capital mayor a medio millón de rublos.

“Algunos detalles referentes a la aplicación vienen a demostrarnos cuán prematura parecía esta medida a los ojos mismos de sus autores,” observa Serge. “El Consejo Superior de Economía estaba encargado de organizar la administración de las empresas nacionalizadas, que se declaraban en adelante como ‘otorgadas en concesión gratuita a sus antiguos propietarios”, que quedaban obligados a continuar en su gestión y autorizados para “quedarse con los beneficios’ (que eran problemáticos…). El personal técnico y los directores seguían en sus funciones, nombrados por el Estado y responsables ante el Estado. La administración de las empresas era colegiada, pero con prevenciones: Dos tercios los designaba el consejo regional, que podía ceder la mitad de sus asientos a los sindicatos; el otro tercio era elegido por los mismos obreros de la empresa.”

Por Jaime Secco
periodista uruguayo
La ONDA digital Nº 825 (Síganos en Twitter y facebook)

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