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CINE: “Dos noches hasta mañana” | El amor como catarsis

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El amor como crucial experiencia de emancipación más allá de la mera pasión que estremece los cuerpos y las almas, es la materia temática de “Dos noches hasta mañana”, el largometraje del joven realizador finlandés Mikko Kuparinen.

Esta película indaga en el universo de los afectos no exento de sexualidad, a partir de una relación fortuita que bien puede ser efímera, pero que comienza a afianzarse en el decurso del tiempo.
Ese es precisamente el tema que plantea este film mínimo pero no menos ambicioso, que indaga en las relaciones personajes marcadas por la tensión entre la casualidad y la causalidad.
En ese contexto, es el destino el que marca las pautas de las conductas de los dos protagonistas, que circunstancialmente transforman su peripecia vital en una experiencia signada por la intransferible emotividad.

Esa suerte de sesgo intimista es, sin dudas, un rasgo que identifica el cine europeo y particularmente al nórdico, que posee un lenguaje si se quiere cuasi teatral y que casi siempre apunta a la construcción artística.

Naturalmente, este signo de identidad deviene en propuestas casi siempre reflexivas, que exceden, por sus contenidos y sus rasgos estéticos, a la abundante producción de industrial que tiene su epicentro en la multimillonaria meca de Hollywood.

En ese contexto, los protagonistas de esta historia son Caroline (Marie-Josée Croze), una exitosa arquitecta francesa que cumple un viaje de trabajo y Jaako (Mikko Nousiainen), un DJ finés que se encuentra participando de una gira mundial.

A priori, se trata de dos personajes radicalmente distintos y de diferentes nacionalidades, que desempeñan profesiones sin ninguna afinidad ni punto de contacto. Pese a ello, sus caminos se cruzan en una escala absolutamente circunstancial, generando una relación que seguramente ni ellos se imaginaban.

El espacio de ese encuentro por supuesto no programado es un restaurante de un hotel de Vilna, Lituania, donde los dos extraños acuerdan prolongar ese vínculo.

Ese mutuo consenso deviene en un momento de intimidad de la pareja, en una experiencia amorosa que, aunque no estaban en sus planes, resulta obviamente reconfortante y placentera.

Empero, la actividad de un volcán que determina la cancelación de todos los vuelos, genera la oportunidad de una segunda noche que pueda cambiar el curso de sus vidas.

En ese marco, el “Dos noches hasta mañana” del título, que parece sinónimo de despedida definitiva luego del fortuito interludio, se transforma en una instancia de reflexión compartida.
Ahora, el tiempo –que antes era el peor enemigo- juega a favor del hombre y la mujer, cuya relación, que parecía pendiente de un hilo, comienza a evolucionar.

Por supuesto, esa mixtura entre el entusiasmo y la indiferencia de dos seres introvertidos que se reservan a sí mismos un momento de plenitud sin programar el futuro, muta hacia una escala bastante más trascendente.

La clave está, obviamente, en un intercambio bastante más profundo y fermental, que no borra la pasión pero sí consolida la sintonía y el entendimiento.
El conocimiento mutuo permite descubrir coincidencias y afinidades, que por supuesto transcienden al mero disfrute de una compañía que inicialmente fue coyuntural.

La profusión de cenizas volcánicas que impide la partida de los dos hacia sus respectivos países, opera en este caso como un mero pretexto para estar juntos y no separarse.

Las cuarenta y ocho horas constituyen un tiempo sin dudas limitado, pero suficiente para que ambos puedan hurgar en sus propias conciencias.

En ese contexto, influye también el fenómeno de la globalización que permite la interacción y la comunicación instantánea entre dos personas con historias bien distintas y que ni siquiera hablan la misma lengua.

Ese compartir, que tiene su correlato en ambientes que no son únicamente la habitación de un hotel, permite reflexionar en voz alta acerca de tópicos como la vida cotidiana, la fugacidad de los afectos y de la propia existencia, la pasión, la culpa, la infidelidad y hasta los celos.

Aunque pueda parecer extraño, esos intercambios constituyen auténticas experiencias de confesión mutua, que, insólitamente, se procesan entre dos personas desconocidas.

Como es habitual en el cine europeo, abunda entre los protagonistas el lenguaje gestual, en una suerte de carrera contra el tiempo tendiente a descubrir al otro sin perder detalles relevantes.

En algunos momentos, esa relación muta en una suerte de azarosa búsqueda por saber qué los separa y qué los une, lo cual constituye uno de los más importantes disparadores del relato.

El film explora el universo de los vínculos en una sociedad contemporáneas insular, en la cual la tecnología de la información no ha logrado reducir las brechas entre las personas.

La película corrobora que, cuando se tiene voluntad y predisposición a la apertura, es posible conocer y entenderse con el otro, más allá de evidentes fronteras geográficas y culturales.

“Dos noches hasta mañana” –que posee destacadas actuaciones protagónicas de Marie-Josée Croze y Mikko Nousiainen- es bastante más que una mera película romántica, en tanto propone una profunda reflexión sobre las relaciones humanas en un tiempo histórico signado por la frivolidad, la vacuidad y la indiferencia.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

La ONDA digital Nº 824 (Síganos en Twitter y facebook)

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