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CINE: “Contratiempo”: En clave de laberíntico suspenso

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Los diversos entretelones de un crimen que amenaza impactar en poderosos ámbitos económicos es la materia temática que explora “Contratiempo”, el intricando thriller del realizador y guionista español Oriol Paulo, cuyo tensión apunta a remover de pies a cabeza al eventual espectador.

En esta oportunidad, el autor de la promisoria pero no menos fustigada “El cuerpo” (2012) y de los guiones de “Los ojos de Julia” (2010) y “Secuestro” (2016), propone un excitante ejercicio policial que procura revindicar la mejor tradición del género.

En ese contexto, el realizador arma un rompecabezas de compleja resolución, mediante una afinada artillería de recursos propios de una vertiente cinematográfica históricamente exitosa aunque con escasos productos de real calidad y enjundia.

Como en el caso de grandes maestros del cine como el legendario cineasta británico Alfred Hitchcock y en menor proporción de su epígono norteamericano Brian de Palma, Paulo trabaja pacientemente la materia prima del suspenso en situaciones límite, hasta alcanzar picos de superlativa tensión dramática.

En un cine de industria particularmente anémico en materia de creatividad, elaborar un proyecto cinematográfico que destaque por su creatividad y por la construcción de un relato atrapante no deja de ser un gran desafío.

Este es el caso de “Contratiempo”, que desarrolla una línea narrativa sostenida y acorde con el propósito de construir una historia plausible y estructurada con singular esmero, aunque no siempre lo logre.

El protagonista de esta película es Adrián Doria (Mario Casas), un exitoso empresario que afronta una contingencia realmente compleja que amenaza seriamente su presente y su futuro.

En efecto, es acusado del asesinato de su amante Laura Vidal (Bárbara Lennie), cuyo cadáver fue hallado junto a él en una habitación de hotel herméticamente cerrada.

Por supuesto y pese a que se confiesa inocente, todas las pruebas lo incriminan y exponen a un auténtico calvario que pone en riesgo su libertad –que es lo más importante- y también su sólida reputación y su familia.

En una situación realmente extrema, el hombre contrata, a través de su abogado, los servicios de Virginia Goodman (Ana Wagener), tal vez la mejor preparadora de testigos, cuyo trabajo será construir, en pocas horas, una estrategia que permita al acusado salir de la encrucijada.

Obviamente, el caso es bastante más laberíntico de lo que parece, por la ocurrencia de un accidente de tránsito que el empresario y la mujer protagonizaron en el pasado y un chantaje que se ha transformando en una situación realmente traumática.

Por supuesto, ambos acontecimientos son parte de la misma trama, por lo cual la profesional que asume la responsabilidad de pergeñar la defensa deberá operar en varias direcciones.

Incluso, el mayor riesgo es que se presente un testigo inconveniente, que puede complicar aun más el ya de por sí sombrío panorama para el implicado.

Este nuevo ingrediente aporta el condimento adicional a una escenografía pautada siempre por la tensión, en la medida que el tiempo se acorta y la solución no parece de fácil dilucidación. La clave es, mediante sutiles técnicas típicas de una especialista en estos menesteres, elaborar un relato alternativa que permita al inculpado salir del foco de la justicia y no ser condenado por un crimen que no cometió.

La primera conclusión es que el poder económico del protagonista le permite acceder a determinados privilegios, lo cual configura una mirada clasista que ciertamente no pasa inadvertida aunque no se profundice.

Por ende, buena parte del desenlace dependerá de las estrategias que se elaboren para soslayar culpas falsas o verdaderas y hasta de los discursos de los leguleyos de turno.

Para el espectador que gusta de la ruptura de convencionalismos, no deja de ser atractivo que la eventual víctima sea en este caso una persona poderosa y más acostumbrada a ganar que a perder.
Empero, aquí lo crucial es el desarrollo de una trama argumental deliberadamente enrevesada y caracterizada por idas y vueltas y reiteradas marchas y contramarchas.

Esa impronta cinematográfica cargada de adrenalina transforma a “Contramarcha” en una historia si se quiere compleja y con un desenlace a priori imprevisible.

Si bien la recurrente proliferación de flashbacks sustenta aun más el relato, no menos cierto es que para nada contribuye a enriquecerlo desde el punto de vista de la verosimilitud de la historia.

En ese contexto y más allá de un ritmo sostenido que es sin dudas plausible, el film naufraga por la falta de creatividad para generar un producto artístico realmente valioso y original.

Por más que el suspenso está por momentos bastante bien trabajado, el relato se va desgastando paulatinamente hasta un epílogo que es bastante poco convincente y deja sabor a poco en los paladares de los amantes del género policial.

Aunque es justo ponderar algunos aciertos en materia de fotografía y de montaje y también el destacado desempeño actoral de Mario Casas, Ana Wagener y José Coronado, “Contratiempo” es una producción de escaso vuelo que para nada colma las expectativas depositadas en un promisorio creador como Oriol Paulo.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

La ONDA digital Nº 822 (Síganos en Twitter y facebook)

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