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Oliver Stone: “Un imperio necesita enemigos para perpetuarse”

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A lo largo de sus tres décadas de carrera, Oliver Stone ha permanecido obsesionado con un asunto: Estados Unidos. Desde que dirigió Salvador (1986), el tema de cabecera de su cine ha sido la locura que, según Stone, ha llevado a su país a acumular vergüenzas y escándalos políticos bajo la alfombra, tanto dentro de sus fronteras como fuera de ellas. Por eso, no se lo pensó dos veces a la hora de hacer una película sobre Edward Snowden, a pesar de que su historia es tan reciente que todavía huele a pintura. Después de todo, solo han pasado tres años desde que aquel joven apareció de la nada en los noticiarios, explicando por qué había decidido hacer públicos documentos secretos de varias agencias de inteligencia estadounidenses, que bajo el pretexto de proteger a los ciudadanos de todo el mundo, husmeaban en sus vidas privadas. Hablamos con el director de cine ‘mainstream’ más controvertido. (Nando Salvá para ethic es)

– El principal argumento esgrimido por los detractores de su película es que convierte a Edward Snowden en algo parecido a un santo. ¿Qué opina usted al respecto?
– Mi intención nunca fue describirlo como un héroe o un santo, sino dejar que cada espectador decidiera por sí mismo quién es Snowden. Cuando estaba trabajando en la película, visité Moscú hasta nueve veces para entrevistarme con él y lo que me encontré fue una persona educada, transparente, sensata y decente. No creo que hubiera sido justo atribuirle defectos que no tiene para añadir morbo a la película.

Considerando que de Snowden ya se ha hablado mucho en los telediarios, ¿por qué creyó necesario hacer una película sobre él?
-Porque Snowden ya es una figura históricamente relevante, que será recordada por haberse enfrentado al poder con el único impulso de sus propios ideales. Sí, los noticiarios hablaron mucho de él, pero eso no significa que lo retrataran de forma fidedigna. Dicho esto, no creo que mi película sea necesaria. A aquellos que nos vigilan, su existencia no les quita el sueño en absoluto. Snowden desaparecerá muy pronto del ojo público, en unos meses nadie hablará de ella. Pero la CIA y la Agencia Nacional de Inteligencia (NSA) seguirán aquí, vigilando nuestros actos y nuestros movimientos, amparados por la gran mentira.

¿Qué es la gran mentira?
-Después de 1945, los estadounidenses decidimos que nosotros éramos los buenos y que nadie podía vencernos. Decidimos que somos altruistas, benévolos y generosos, que luchamos por la libertad y la democracia, y que todos los demás países quieren vernos derrotados. Desde la Segunda Guerra Mundial, mi país ha utilizado esa falacia como una excusa para aumentar nuestro ejército y nuestro sistema armamentístico, e intervenir militarmente en todas las partes del mundo. Y lo hemos hecho implacablemente incluso durante los años de Gorbachov y sus esfuerzos pacifistas. Solo un mes después de la caída del Muro de Berlín, invadimos Panamá, porque decidimos que Manuel Antonio Noriega era el gran villano. Y seguimos cometiendo todo tipo de abusos con el pretexto de proteger a la gente.

-No parece que usted se sienta protegido.
-No, para nada. Debemos desconfiar de quienes dicen protegernos. Después de todo, protección es precisamente lo que los nazis prometieron al pueblo alemán en los años 30 y, de hecho, lo que cualquier fascista promete en cuanto llega al poder. Pero ¿realmente queremos ese tipo de protección? Yo no. Además, ¿qué hacen la CIA y la NSA por nuestra seguridad? ¿Acaso evitaron los atentados del 11 de septiembre?

-Pero muchos ciudadanos sí parecen dispuestos a sacrificar su privacidad y su libertad personal si eso les permite gozar de la ilusión de seguridad. ¿Por qué cree usted que es así?
-Porque se nos ha lavado el cerebro. Es muy triste, realmente desolador. Se fomenta el miedo al enemigo externo, sea quien sea. El aparato propagandístico controlado por el Gobierno difunde sentimientos como la rabia y el odio. ¿Se acuerda usted de la Semana del Odio que George Orwell describía en su novela 1984, durante la que el Gran Hermano se dedicaba a predicar la necesidad de destruir al enemigo? Pues en América vivimos permanentemente en esa semana.

 

-Cuando habla del aparato propagandístico de su Gobierno, ¿se refiere a una red de medios de comunicación afines?
– Sí, la televisión ha dejado de cumplir un papel educativo, invadida como está por la telerrealidad y los deportes y demás basura. Pero también me refiero al sistema educativo de mi país. La historia que nuestros niños aprenden es solo tangencialmente correcta. En las escuelas, se enseña una versión fantasiosa de los hechos, una narrativa triunfalista según la cual América siempre gana y siempre tiene razón.

-¿Cómo desarrolló usted su conciencia política?
– Durante la primera parte de mi vida, fui conservador, porque mi padre era republicano y yo fui educado como tal. Creía en América, era todo un patriota. Tenía miedo de los comunistas. Fui a Vietnam. Y hasta que cumplí los 40 años viví como un sonámbulo, sin darme cuenta de nada, feliz en mi ignorancia. Pero durante el rodaje de Salvador (1986), mientras Ronald Reagan estaba en el poder, cambié radicalmente mi forma de pensar.

-¿Qué sucedió?
-Al documentarme para la película, me di cuenta de lo que mi país estaba haciendo en todo el mundo. Causamos la barbarie en el sudeste asiático y aún no hemos pedido perdón por Vietnam. También en toda Sudamérica causamos la barbarie. Fomentamos el radicalismo islámico desde los años de la Guerra Fría, al destruir cualquier intento de crear un movimiento político secular en el mundo musulmán por miedo al comunismo. Una vez que me di cuenta de todo eso, decidí que consagraría mi carrera a hablar de ello.

-Y desde entonces se ha dedicado a predicar su visión de la verdad sobre Estados Unidos. ¿Diría que esa actitud le ha pasado factura como cineasta?
-Por supuesto. Se me ha criticado de forma salvaje, se me ha insultado y ridiculizado; me han tachado de loco y de paranoico. Pero, como suele decirse, que seas un paranoico no significa que no te estén persiguiendo; especialmente hoy en día, sumidos como estamos en este sistema de vigilancia permanente que Snowden sacó a la luz. No quiero tener razón, porque, si mis miedos son ciertos, estamos todos perdidos. En todo caso, a la industria de cine estadounidense no le interesa que los espectadores piensen demasiado ni que pongan en duda a sus gobernantes. Lo que quieren son películas como El francotirador, basura reaccionaria que apela al patriotismo más fascista.

– ¿Alguna vez sintió la tentación de hacer películas más amables?
-No. Tienes que mantener tus convicciones fuertes y hacer lo que consideras correcto, aunque al final no sirva para nada. Yo hice tres películas sobre el desastre de Vietnam y eso no impidió que entráramos en Irak y luego en Afganistán, pero da lo mismo. Tenía que hacerlas. Había que expiar esos pecados.

-¿Es que se siente usted personalmente culpable?
-Sí, como ciudadano americano. Formo parte de una nación de matones. Mi país ha perdido el alma muchas veces. Empezó a perderla en Hiroshima, la perdió de nuevo en Vietnam y luego en Afganistán, donde cometimos innumerables crímenes con el pretexto de acabar con Al Qaeda. Y la seguimos perdiendo actualmente. Pero no está del todo perdida y yo estoy luchando para salvar lo que queda de ella.

 

-Usted comparó la América de Barack Obama con la RDA en los años de la Stasi. ¿Tanto le ha decepcionado su presidente?
-En 2008, Obama dijo que eliminaría el sistema de espionaje y la gente confió en él. Pero, desde entonces, como Snowden demuestra, Estados Unidos se ha convertido en el Estado de vigilancia y espionaje más desarrollado de la historia. Creo que es un hombre decente, pero muy débil. Ha intentado evitar la confrontación y, a causa de ello, fue manipulado por Hillary Clinton y otros neoconservadores de su gabinete. De todos modos, si Clinton hubiera estado en la Casa Blanca en lugar de él, ahora mismo nos encontraríamos sumidos en una gran guerra. O quizás ISIS estaría en Damasco, no sé. En todo caso, sería un desastre.

-Y ahora que Obama se ha ido, ¿qué cabe esperar?
-El pueblo americano está irremediablemente abocado a su propia destrucción. Y tal vez eso hasta cierto punto sea positivo. Tal vez de nuestras cenizas salga algo nuevo, algo bueno.

-Pero, de todos modos, ¿cree que realmente importa quién es la persona que vive en la Casa Blanca?
-Soy suficientemente viejo para estar seguro de que no. Ningún presidente desde John Fitzgerald Kennedy ha tenido agallas para cambiar nada. En mi opinión, él y Roosevelt son los dos únicos buenos mandatarios que Estados Unidos ha tenido en toda su historia. Carter también intentó marcar la diferencia, pero tuvo que ceder y su presidencia acabó convertida en uno de los peores exponentes del imperialismo yanqui. Todos sabemos cuáles son los verdaderos poderes fácticos. Y sabemos que la CIA trabaja incansablemente en todas las partes del mundo, también en España, para sabotear a cualquier líder progresista. Y, al mismo tiempo, para crearse enemigos. Un imperio necesita enemigos para mantenerse como tal.

-¿Y cuál es el próximo gran enemigo de Estados Unidos? ¿China?
-No, el imperio puede alimentarse a sí mismo a base de enemigos pequeños. Así ha sido en las últimas décadas: Noriega en Panamá, Sadam en Irak, el terrorismo islamista desde entonces. ¿China? No. Los chinos no tienen poder militar.

– ¿Cree usted que figuras como Edward Snowden podrían llegar a ser efectivas para cambiar la forma de hacer política en Estados Unidos y, por extensión, en el mundo?
-No lo sé, pero al menos Edward trató de hacer algo, al igual que Brenda Manning. Incluso si acaba pasando a la historia como enemigo del Estado o, si al volver a Estados Unidos, lo meten en la cárcel, tenemos mucho que agradecer a Snowden. Y es irónico que, tras desvelar todos esos secretos, tuviera que refugiarse en Rusia, considerando que en 1945 habría tenido que abandonar Rusia para buscar asilo político en Estados Unidos. El mundo se ha puesto patas arriba, ¿no cree usted?

Por Nando Salvá, para ethic es

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