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Los entrañables territorios de la memoria

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Los recuerdos condensados en el territorio de la memoria constituyen la materia prima de “La calesita de doña Rosa”, el nuevo libro autobiográfico del dramaturgo y escritor Mauricio “Ruso” Rosencof, una suerte de friso evocativo que indaga en la historia de su propia familia, publicado por Editorial Alfaguara.

Este es el cuarto libro de una saga autobiográfica, que también integran “El barrio era una fiesta” (2005), “Una góndola ancló en la esquina” (2007) y “La segunda muerte del negro Varela” (2015).

En este relato, como en los anteriores, aflora la veta más sensible de la obra de un autor sin dudas referente de la literatura nacional, que, en estos casos, se imbrica con su propia historia personal.

Por supuesto, estos recuerdos -atesorados en el intransferible territorio de la emoción- trascienden en el tiempo a la mera peripecia del “Ruso” Ronsencof como guerrillero combatiente del Movimiento de Liberación Nacional –Tupamaros, como preso político y como rehén de la dictadura liberticida.

Obviamente, esas experiencias de suplicio, supervivencia y resistencia en las pesadillescas bastillas del autoritarismo, también fueron condensadas en memorables obras de su inspirada pluma rebelde y libertaria, como “Memorias del calabozo” (1986, en coautoría con Eleuterio Fernández Huidobro), “El bataraz” (1999), “Las cartas que no llegaron” (2000), “Sala 8” (2011) y “Diez minutos” (2013), entre otras.

Como en los tres títulos precedentes, Rosencof vuelve a corroborar su compromiso con sus propios orígenes y hasta con sus ancestros, en una progresión que es, a la vez, temporal y atemporal.

La atemporalidad de esta historia, que contiene a su vez otras historias, está pautada por el rescate de los aun vívidos paisajes de su infancia, su adolescencia y su juventud.

El entrañable discurrir literario aterriza en el contexto de un Uruguay radicalmente diferente, en el cual las tensiones sociales estaban virtualmente invisibilizadas.

En ese contexto, aunque no se vivía en un país idílico como el que pretendió “vendernos” el discurso de la derecha política por entonces hegemónica, la pobreza parecía menos indigna que en el presente.

No obstante, la primigenia peripecia del autor es la de una familia de inmigrantes polacos, quienes -huyendo del autoritarismo y la ignominia que a comienzos de la década del treinta del siglo pasado comenzó a instalarse en Europa- aterrizaron en un país hospitalario y solidario como el nuestro.

Aquí encontraron respuestas a sus desvelos y una patria sustituta que pudiera mitigar los estragos de la nostalgia y el desarraigo, que son habituales en toda experiencia de exilio compulsivo.

La doña Rosa del título, que fue la progenitora del “Ruso”, fue, a juzgar por este testimonio del propio autor, una mujer valiente y corajuda que luchó denodadamente por construir un lugar en el mundo para su familia.

En efecto, junto a su esposo Isaac, que era sastre, asumió todos los desafíos que le deparó el destino con tal de engendrar, juntos a los suyos, un compartido espacio de felicidad.

El eje central del relato es el desalojo de la familia Rosencof, que, como es usual en estos casos, debe reunir sus pertenencias y abandonar el lugar donde ha compartido la convivencia.

Si bien en este tipo de experiencias casi siempre se infiere una contingencia traumática, como en la emblemática pieza teatral  del paradigmático Florencio Sánchez, en este caso el narrador desdramatiza la situación.

Mauricio Rosencof es simultáneamente protagonista y agonista, en tanto observa y a la vez recrea lo sucedido, en el marco de un largo periplo que lo retrotrae al pasado.

En ese tiempo vital,  la clave de esa suerte de consensuado y espontáneo fenómeno de contención social era el barrio, ese espacio urbano y a la vez afectivo -subsidiario del espíritu de pequeña comarca y de la mixtura entre el inmigrante y el vernáculo- unido por una tradición de integración.

Ese deliberado retroceso de los relojes del tiempo tiene, naturalmente, mucho de aventura de reencuentro con otros personajes, otros sentimientos, otras alegrías y otras tristezas.

La novela, que está escrita en lenguaje coloquial, no soslaya el costado dramático de la prematura muerte de un hermano ni la  tragedia del propio autor, condenado al aislamiento bajo tierra por la barbarie de la dictadura.

Empero, no en vano Rosencof recupera la figura de su querida madre, como entrañable símbolo de un grupo humano amparado por los afectos y por la reafirmación de su identidad.

En esta novela breve -que es por supuesto la novela de su propia vida- el escritor exhuma personajes de algunos de sus relatos anteriores, lo cual coadyuva a otorgar continuidad y coherencia a toda su obra literaria.

“La calesita de doña Rosa” es una metáfora de la propia vida, en tanto gira incesantemente a través de los diversos estadios temporales de la peripecia vital de una familia, que es, naturalmente, la del propio autor.

Mauricio Rosencof confirma nuevamente la pasional potencia y sensibilidad de su conceptuosa prosa, que, en este caso, indaga primordialmente en las emociones y en los diversos entretelones de la condición humana.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

La ONDA digital Nº 816 (Síganos en Twitter y facebook)

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