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“Si hay fin del mundo, al menos uno quisiera estar presente”

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Era el 1º de agosto de 1950. Theodor Adorno, filósofo alemán, había vuelto a Frankfurt, después de haber buscado refugio en Inglaterra, doce años antes, y luego en Estados Unidos, cuando los nazis gobernaban Alemania y ya la II Guerra Mundial parecía inevitable.

Tan solo cinco semanas antes había estallado la guerra en Corea y Adorno escribía a Thomas Mann desde Frankfurt. “El aspecto del mundo es tal –le decía– que es casi indiferente donde uno se encuentre, de modo que, en verdad, lo más sabio es dejarse aconsejar, de cierto modo, por las posibilidades dadas en cada momento. A esto se agrega una profunda resistencia, que se agita en mí, a tomar medidas con las que uno pudiera ponerse a salvo en caso de una guerra nuclear. Si hay fin del mundo, al menos uno quisiera estar presente”.

Un problema mal arreglado
Casi 70 años después, el diálogo entre Adorno y Mann recobra tal actualidad que deja en evidencia un problema mal arreglado: la situación política en la península de Corea.
La tensión aumentó la semana pasada cuando Estados Unidos anunció el envió de un equipo de ataque a las costas de Corea, encabezado por el portaviones Carl Vinson, y el gobierno de Pyongyang advirtió que estaba listo para responder con sus fuerzas nucleares a cualquier ataque preventivo.

Ante el desarrollo de los acontecimientos, China advirtió el pasado 14 de abril que las tensiones en la península de Corea podrían salirse de control. “Las tensiones han aumentado… y uno tiene la sensación de que un conflicto puede estallar en cualquier momento”, dijo el ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yi, en una conferencia de prensa con su colega francés, Jean-Marc Ayrault, en Beijing. “Si la guerra ocurre todos perderán, nadie va a ser el ganador”, añadió. “La situación actual en la península coreana se ha vuelto incontrolada” señaló, por su parte, Zen Hev, ministro plenipotenciario de la Embajada de Corea del Norte en Moscú, citado por la agencia Interfax.

Lo que se temía era que una nueva prueba nuclear norcoreana llevara a un ataque de la flota norteamericana, una represalia que podría desatar un conflicto cuyas proporciones es difícil de imaginar. El que lo provoque –dirían también las autoridades chinas– pagará un precio muy alto.

Lo cierto es que las dos Coreas permanecen técnicamente en estado de guerra desde el conflicto que estalló en 1950 y por el que nunca firmaron la paz.

Las tensiones no solo se renuevan periódicamente, sino que han escalado hasta niveles extremadamente peligrosos desde que Corea del Norte se transformó en una potencia nuclear. Desde 2006 el ejército norcoreano realizó cinco ensayos nucleares y varios lanzamientos de misiles balísticos, que han llevado las tensiones a otro nivel.

Negociaciones intensas
Pero parece también ingenuo pensar que el único hilo desarrollado en estos días de tensiones ha sido el militar. Una revisión cuidadosa de las informaciones muestra lo intenso de las negociaciones llevadas a cabo por la potencias involucradas en el caso, en particular Rusia, China y Estados Unidos.

“No queremos que las cosas lleguen a un conflicto militar… pero es evidente que, si Corea del Norte lleva a cabo acciones que amenazan a las fuerzas de Corea del Sur o a nuestras propias fuerzas, entonces habría una respuesta apropiada”, había dicho el Secretario de Estado Rex Tillerson en un viaje a Asia el mes pasado.

Desde Washington surgían informaciones desmintiendo un informe de la cadena NBC afirmando que Estados Unidos estaba planeando un ataque preventivo contra Pyongyan.

La semana anterior el presidente norteamericano, Donald Trump, había recibido a su colega chino, Xi Jinping, en Florida, los días 6 y 7. El ataque lanzado en esos mismos días contra una base siria por la aviación estadounidense rnovó las tensiones y echó una cortina de humo que, de cierto modo, opacó el encuentro. Pero es probable que, en él, se haya fijado algunas líneas de trabajo para abordar el tema de Corea.

En una nota fechada en Hong Kong, el New York Times señaló que en una conversación telefónica con Trump, el miércoles 12, el presidente chino había hecho un llamado a la contención. Pero, detrás del escenario, dice la nota, ambos habían llegado a ciertos acuerdos, durante el encuentro en Florida, sobre qué podían hacer los chinos para moderar el comportamiento del gobierno norcoreano.

Lo cierto es que durante el encuentro, más reservado de lo habitual, solo hubo una breve conferencia de prensa, en un intervalo entre las reuniones, cuando Trump dijo que esperaba tener una relación “sobresaliente” con Xi, que oía sentado frente a él junto a los miembros de la delegación china.

China tiene una frontera de 1.400 km con Corea del Norte. Es su principal socio comercial, pero se ha sumado a las sanciones acordadas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el año pasado contra ese país, como consecuencia del desarrollo de su programa nuclear. Aunque otras fuentes señalan que esa frontera sigue siendo “porosa” y que ese comercio no se ha detenido del todo.

Las dos Coreas, China, Japón, Estados Unidos y Rusia habían desarrollado negociaciones para la desnuclearización de la península entre 2003 a 2007. Esas negociaciones se suspendieron en 2009 cuando recrudecieron las sanciones internacionales contra Pyongyang como consecuencia de sus pruebas nucleares y de misiles.

Pero no solo Washington y Beijing negociaban sobre el tema, ni la conversación entre Jinping y Trump fueron las únicas. La agencia rusa Sputnik anunció, el mismo día 14, que el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, y su homólogo chino, Wang Yi, “abordaron las cuestiones más importantes de la agenda internacional, incluida la solución del conflicto sirio y la situación en la península coreana, y, además, el calendario de los próximos contactos bilaterales”, en una conversación telefónica.

“Prevenir la guerra y el caos en la península coreana es de interés común de Rusia y China; devolver todas las partes a la mesa de negociaciones es un objetivo conjunto”, dijo Wang, citado por la cancillería china.

Más temprano el embajador ruso en Pyongyang, Alexandr Matsegora, había declarado a la agencia de noticias Sputnik que Rusia estaba trabajando con los socios estadounidenses y norcoreanos para reanudar las negociaciones a seis bandas suspendidas el 2009.

“Como cualquier problema complejo, el problema nuclear y de misiles no se puede solucionar de una sola vez. Hay que buscar una manera de resolverlo por etapas, empezando con pasos pequeños”, dijo el diplomático, que elogió la idea del presidente chino quien, durante su encuentro con Trump, habría sugerido abordar el problema coreano cambiando la suspensión de los ensayos por la suspensión de las maniobras militares norteamericanas.

Fuera de control
Ciertamente esas son solo algunas iniciativas diplomáticas en torno a la crisis coreana, las que trascendieron a los medios. Pero es también evidente que la crisis viene acompañada de una escalada militar, que no ha cesado en años recientes, y de renovadas tensiones en otros escenarios.

Al ataque a Siria en respuesta a la utilización de armas químicas, que Washington atribuye al gobierno de Bashar al-Asad sin haber aportado nunca pruebas que lo certifiquen, se sumó la utilización, por primera vez, de una superbomba no nuclear en Afganistán y, luego, el despliegue naval en el mar de Corea.

Las tres potencias con mayor presencia en el escenario internacional –China, Rusia y Estados Unidos– no ocultan sus avances en el desarrollo de nuevos armamentos, tanto nucleares como no nucleares, que multiplican su capacidad de destrucción.

Armamento que ha sido desplegado en áreas de conflicto, tanto en Medio Oriente como en la frontera rusa, donde se sigue generando tensiones en torno a la guerra en Ucrania.

El expresidente soviético, Mijail Gorbachov, alertó contra esa carrera armamentística, en una entrevista publicada la semana pasada en el diario alemán Bild. En ciertos sitios, dijo, “ya están a pleno gas. Se trasladan tropas a Europa, así como equipos pesados y tanques”, señaló.

“Las relaciones entre las grandes potencias empeoran”, como si se estuviera camino a desarrollar una nueva guerra fría, similar a la que tuvo al mundo en vilo desde el final de la II Guerra Mundial hasta la disolución de la Unión Soviética, en 1991.

El difícil pensar que las inversiones en nuevo armamento –esas sí, inversiones multimillonarias, totalmente fuera de control– no generen la tentación de usarlas. Adorno se lamentaría por no poder estar presente, si eso llega a ocurrir.

 

Por Gilberto Lopes
Escritor y politólogo, desde Costa Rica para La ONDA digital
gclopes@racsa.co.cr

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