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Sin pena y (mucho menos) sin gloria

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Paradoja!! Gritaba y hacía sonar una corneta para luego deslizar su mordaz anuncio de aquellas inconsistencias ostensibles del gobierno en la campaña del año 1989. Así se presentaba “el corto” Buscaglia en aquella recordada campaña publicitaria. La paradoja expresa una contradicción a la lógica o el sentido común de aquellos actos que contradicen la premisa que se trate pero que igualmente se producen a pesar de ello. Eso parece ser esta muerte, (esperada), del último dictador uruguayo, pues se muere justo un 28 de diciembre, día de los santos inocentes. Eso sí, muere sin pena (para muchos) y sin gloria (para más que muchos)…

“Antes caer de espaldas que de rodillas”
“El Goyo”, como se le conoció a este militar que se erigió como el último presidente de facto -lo pongo en minúscula por convicción-, fue dueño de una soberbia que lo caracterizó hasta el día de su muerte.

A tal punto hizo abuso de ese pecado capital que al finalizar el “proceso cívico-militar” Perro- lad.(como gustaban llamar a la dictadura pura y dura que vivió el país por más de una década), hubo que hacer un peculiar traspaso de poder. En efecto, el traspaso de mando se hizo al Presidente de la Suprema Corte de Justicia – Dr. Rafael Addiego Bruno- ante lo que pareció entonces un acto de soberbia extrema en el último estertor de un régimen que emprendía la retirada. También se dijo entonces que ello fue producto de un acuerdo por cuanto el entonces Presidente electo -Dr. Julio María Sanguinetti- no aceptaría recibir la banda presidencial de sus manos. Pero esto, que puede ser cierto, luego sería desmentido por vía de los hechos con la Ley de Impunidad impulsada por su gobierno y aplicada con rigor en contra de la verdad y, mucho menos, de la Justicia, esa que siguen esperando cientos de uruguayos.

“Desde que asumió el generalato, en 1971 y durante los 13 años en los que Gregorio Conrado Alvarez Armelino ejerció puestos de mando, en Uruguay se sucedieron, al menos, 142 desapariciones, 30 ejecuciones o asesinatos, 26 muertes en la calle, 31 muertes por tortura, 6 fallecimientos y 10 “suicidios” en prisión, más un caso de omisión de asistencia médica.

Dos centenares y medio de crímenes, que ensangrentaron el país durante los años que duró la dictadura militar, de la que el Goyo Alvarez fue principal protagonista: desde la dirección de la lucha “antisubversiva”, cuando el golpe de Estado, con su presencia en la junta de generales, durante su comandancia en el Ejército y al ser impuesto como presidente de la República”, así consignaba una nota de prensa de La Red21.

En esa nota también se hacía expresa referencia a la expresión del ex dictador que emitiera en ocasión de interrogársele sobre la posibilidad de pedir perdón por los crímenes que se le imputaban: “Antes caer de espaldas que de rodillas”.

Dueño de esa soberbia, que mantuvo hasta su muerte, vomitó la frase que quedará para la peor historia de quien lejos de mostrar arrepentimiento por las desapariciones y muertes de uruguayos durante el tiempo en que estuvo en el poder, dejaba ver que seguía justificando sus actos sin pudor ni remordimientos.

Cuentan algunos -no lo puedo confirmar- que estando en el centro de reclusión donde fue albergado tras su procesamiento y posterior condena, recibía el trato militar como si estuviera en funciones. Y que lejos de provocarle algún pudor, disfrutaba y hasta reclamaba ese trato a cuanto militar le visitaba. También -esto sí está confirmado- su relacionamiento con otros compañeros de tanda, (tan compañeros que lo acompañaron hasta en la prisión y condena), no era de las mejores sino todo lo contrario. A tal punto que debió ser separado el grupo para evitar las disputas y enfrentamientos de quienes se cobraban cuentas pendientes, seguramente.

“El Goyo” Álvarez se murió mucho tiempo antes. Se murió el día que no aceptó la propuesta de Pérez Aguirre para revelar, en secreto de confesión, dónde estaban los desaparecidos. Se murió cada día que vivió negando esa verdad tan necesaria para cientos de familiares de detenidos desaparecidos que siguen buscando a sus muertos. Se murió el día que emitió aquella frase que pensó como epitafio para su lápida, seguramente, sin darse cuenta que si bien se murió de espaldas, la historia lo pondrá de rodillas por toda la eternidad o hasta que aparezca la verdad. Aunque aún apareciendo esta, ya no tendrá tiempo para redimirse.

Se murió sin gloria, ninguna, y con el peso ignominioso de llevarse consigo la verdad para quienes buscan hace décadas la paz de saber el destino de sus seres queridos.
Se murió el Goyo, un dictador hasta el último suspiro…

el hombre seguía buscando respuestas,
el perro seguía olfateando por la verdad…

Por Julio Fernando Gil Díaz – El Perro Gil

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