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Los frutos de la tenacidad

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El pasado miércoles 26 de octubre fue una jornada histórica en el cónclave que reúne a los gobiernos de todos los países del mundo. Ese día, Estados Unidos se abstuvo de votar en contra de una resolución de la asamblea general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que ordenó levantar su propio bloqueo a Cuba, modificando la posición que defendió en 24 oportunidades anteriores, oponiéndose a esa moción. Por primera vez, 191 países rechazaron el embargo comercial a la Isla sin ningún voto negativo. Israel, el histórico aliado de Washington en las votaciones, también cambió y eligió la abstención.

Habrá que esperar ahora para conocer si esta vez la Casa Blanca respetará la decisión de la ONU o, como lo hizo antes, hará caso omiso y continuará adelante con su criminal bloqueo comercial. Por lo pronto, la representante norteamericana ante la Asamblea General, Samantha Power, admitió que “la política de aislamiento”, a través del bloqueo, “en lugar de aislar a Cuba, aísla a Estados Unidos”. Puede entenderse eso como un mensaje al propio Congreso de la Unión después de que La Habana y Washington dieran importantes pasos para normalizar sus relaciones diplomáticas y en julio de 2015 reabrieran sus embajadas en el territorio del otro país después de medio siglo. Raúl Castro y Barack Obama hasta se estrecharon las manos y el jefe de la Casa Blanca mostró indicios de querer levantar el bloqueo, pero la llave para esa decisión está en manos del Congreso, controlado por los republicanos.

La decisión de la Asamblea General de la ONU del miércoles 26 y la renuncia de Estados Unidos a mantener su voto en contra por primera vez en un cuarto de siglo, difícilmente modificará este orden mundial en la relación de poderes, pero es una muestra de que la firmeza de los pueblos, tarde o temprano, también llega a parir sus frutos.

Hasta 2014 el bloqueo económico de Estados Unidos había causado a Cuba un perjuicio de 117 mil millones de dólares, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, dijo que “en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, hicimos un cálculo de aproximadamente 117 mil millones de dólares al 2014 el costo del bloqueo a Cuba”. Según los cálculos cubanos, en realidad el quebranto alcanza ya a 753 mil millones de dólares.

La represalia iniciada en 1962 representó para Cuba, a partir de aquel año, la pérdida de los principales mercados para sus exportaciones fundamentales y la desaparición de los centros fundamentales de abastecimiento porque el 70 % de la balanza comercial cubana dependía del intercambio con Estados Unidos. Fueron necesarias inversiones millonarias para reconvertir la tecnología productiva de los sectores industriales y se produjo un duro efecto financiero negativo provocado por la lejanía de los mercados a los que La Habana tuvo que recurrir para ad¬quirir insumos, incluyendo los necesarios para la elaboración de medicamentos y las ma¬terias primas para su fabricación. Surgieron problemas en el suministro porque el embargo norteamericano incluyó el impedimento de todo comercio marítimo con Cuba y la elaboración de listas negras de buques de cualquier nacionalidad que comerciaran con la Isla.

Medio siglo de hostigamiento
Esta historia se había iniciado 57 años atrás, cuando en la madrugada del 1º de enero de 1959 las fuerzas revolucionarias del Segundo Frente Nacional del Escambray entraban a La Habana al otro día de la huida de Fulgencio Batista, y simultáneamente Fidel Castro ingresaba a la cabeza de su columna a Santiago de Cuba y la declaraba capital provisional de la Isla. Estados Unidos reconoció entonces al gobierno revolucionario que, a partir de allí, iniciaría un camino de cambios profundos en las estructuras políticas, económicas y sociales de la isla caribeña que, al mismo tiempo, se convertiría en un faro a emular por los movimientos libertarios latinoamericanos.

Pero muy pronto cambiaría la relación del gigante norteamericano con La Habana. El Departamento de Estado y la CIA comenzarían a impulsar diversas medidas y operaciones para derribar a Fidel y sus barbudos.

El 16 de abril de 1961, durante la presidencia de John F. Kennedy, la agencia central de inteligencia estadounidense organizó el desembarco en Bahía de Cochinos de un grupo de exiliados cubanos que habían sido entrenados en los cayos de la Florida, con la intención de establecer y mantener una cabecera de playa, nombrar un gobierno provisional, pedir y obtener el reconocimiento de Washington y reclamar luego la intervención norteamericana para derrocar el gobierno revolucionario. La aventura terminó en el fracaso y la derrota de los mercenarios.

descarga-2El próximo paso fue el 31 de enero de 1962 cuando Cuba fue expulsada durante la Octava Cumbre de la Organización de Estados Americanos (OEA) celebrada en Punta del Este, con una moción impulsada por Estados Unidos. Fidel Castro calificó entonces a la organización continental como un “ministerio de colonias yanqui”. En octubre de ese año estalló la llamada crisis de los misiles, cuando a través de sus satélites Estados Unidos descubrió bases de misiles soviéticos en territorio cubano. Fue una de los episodios más dramáticos ocurridos durante el periodo de la Guerra Fría y estuvo a punto de provocar un conflicto nuclear, pero la situación se descomprimió luego que Moscú retiró su armamento. La Argentina, gobernada entonces por el presidente José María Guido, había sido el primer país latinoamericano en sumarse al bloqueo naval a Cuba emprendido por Estados Unidos, y envió a la región a las naves de la Armadas “Rosales” y “Espora”.

Fue en ese año de 1962 que Washington puso en práctica el bloqueo mercantil a la Isla que se mantiene hasta hoy, para imposibilitarle exportar e importar productos a otros países, en un intento por causarle desabastecimiento y arruinar su economía. La medida incluye la aplicación de sanciones comerciales a los países que rompan el bloqueo a través de leyes de su Congreso como la Torricelli de 1992 y Helms-Burton de 1996.

En noviembre de 1992, por primera vez Cuba presentó una moción ante la Asamblea General de la ONU para que se pronunciara ordenando el levantamiento del bloqueo que era totalmente violatorio de acuerdos internacionales y de disposiciones históricas de varios organismos como la Organización Mundial del Comercio (OMC). La Habana obtuvo entonces un aplastante triunfo con 59 votos favorables y sólo tres en contra, con numerosas abstenciones. Desde entonces todos los años se votó esa resolución cada vez con más abrumadoras mayorías y con sólo los votos contrarios de Estados Unidos e Israel, a los que ocasionalmente se sumaba algún otro Estado, como Palau o Islas Marshall.

Así es el ordenamiento mundial
Siempre Washington desconoció esas resoluciones de la Asamblea General de 193 miembros y mantuvo el bloqueo. Lo hizo durante las 24 veces anteriores.

¿Es que la ONU no está en condiciones de hacer cumplir sus resoluciones? En realidad, la Organización mundial es una ordenada dictadura de cinco miembros. Son los cinco países que integran el Consejo de Seguridad permanente y concentran todo el poder: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China. Son los únicos que ordenan y cumplen invasiones o bombardeos contra cualquier lugar del mundo, son los que deciden poner en práctica o ignorar las resoluciones de los restantes 188 Estados. Cualquiera de los Cinco tiene poder de veto. ¿En qué basan su poderío? Simplemente en que son los dueños de eficaces ejércitos, fuerzas aéreas, marinas de guerra y arsenales nucleares capaces de arrasar cualquier país y hasta de acabar con el planeta Tierra si así lo quisieran. Tienen la mayor tecnología de todos los tiempos y un poder comercial y coercitivo impresionante. Algunos de esos países ya han demostrado que no tienen escrúpulos para usar su enorme supremacía.

Los restantes países del mundo tienen el derecho a que sus delegados pronuncien largos discursos ante la Asamblea General, presenten mociones, las voten o las rechacen. Pero no siempre tienen la posibilidad de hacer cumplir sus decisiones soberanas. Al menos, tienen dificultades cuando esas resoluciones afectan los intereses vitales de alguno de los Cinco, y esto a pesar de que la Carta de las Naciones Unidas garantiza la igualdad soberana de los Estados, la no intervención, la no injerencia en sus asuntos internos y la libertad de comercio y de navegación internacionales.

Este orden mundial que coloca piramidalmente y en compartimentos estancos a los privilegiados países centrales sobre los menos favorecidos del Tercer Mundo y sus cercanías, se replica inexorablemente en los otros organismos internacionales de peso. En el Fondo Monetario Internacional (FMI) los votos dependen de los aportes de capital y, aunque hay 180 Estados asociados, cinco de ellos -Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Japón y Alemania- son los que terminan decidiendo lo que hay que hacer porque suman más del 40 por ciento de los sufragios. Basta decir que sólo Estados Unidos controla el 17 por ciento de los votos y que, en el otro extremo, 23 países en conjunto suman el 1 por ciento. En el Banco Mundial (BM), son siete las naciones que pueden decidir ya que poseen el 45 por ciento de las acciones: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Japón, Italia y Canadá. Hay otros 170 países socios, pero solamente para aceptar el ordenamiento de los otros.

La decisión de la Asamblea General de la ONU del miércoles 26 y la renuncia de Estados Unidos a mantener su voto en contra por primera vez en un cuarto de siglo, difícilmente modificará este orden mundial en la relación de poderes, pero es una muestra de que la firmeza de los pueblos, tarde o temprano, también llega a parir sus frutos.

Por William Puente
Periodista
La ONDA digital Nº 793 (Síganos en Twitter y facebook)

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