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“El poder de la moda”: Entre prejuicios, miserias e hipocresía

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CINE -Los prejuicios, la perversidad, la hipocresía, el maltrato, el abuso y la malicia son los principales disparadores temáticos de “El poder de la moda”, la delirante y vitriólica comedia dramática de la realizadora australiana  Jocelyn Moorhouse, que reflexiona sobre las más oscuras miserias de la condición humana.

Contrariamente de lo que parece sugerir su título en castellano, esta no es una mera comedia sino una inteligente farsa que analiza las conductas de una comunidad fuertemente condicionada por sus creencias y eventuales supersticiones.

No en vano el centro del relato es la supuesta maldición que la protagonista carga sobre su conciencia, por un eventual crimen cometido en el pasado.

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En ese contexto, la historia está ambientada en la década del cincuenta en Dungatar, un pequeño pueblo de Australia, que, en más de un sentido, está radicalmente disociado de grandes centros urbanos como Sidney y Melbourne, dos ciudades cosmopolitas y con una fuerte impronta europea.

Este lugar, que está emplazado en una desolada y casi desértica región, es, más allá de obvias diferencias de naturaleza cultural, muy similar a algunas localidades del interior uruguayo.

Además, cumple a cabalidad con el refrán popular “pueblo chico, infierno grande”, por las peculiares características de la fauna que lo habita, que discurre entre el machismo y la segregación de género, entre otras calamidades.

Luego de un prolongado exilio compulsivo, allí regresa Tilly Dunnage (Kate Winslet), una hermosa, sugerente y enigmática mujer que, en su infancia, fue acusada de matar a un niño.

Como naturalmente era inimputable, la Policía dispuso su destierro permanente como castigo por la comisión del presunto asesinato que tanto agravia a la población local.

Por supuesto, su retorno deviene en toda suerte de comentarios y murmuraciones -en todos los casos maliciosos- por la intrínseca naturaleza de los miembros de la comunidad.

Obviamente, abundan los prejuicios contra la recién llegada, quien, además de ser una “indeseable”, viste ropas y atuendos bastante estrafalarios que la transforman en una suerte de rara avis.

Como si no fuera suficiente, su madre es Molly (Judy Davis), una anciana conflictiva y emocionalmente inestable, a quien todos, por unanimidad, apodan “la loca”.

En efecto, el rechazo que genera la retornada también deriva de la herencia genética de su inefable progenitora, quien mantiene un vínculo nada amigable con los lugareños.

Desde el comienzo, la narración aporta dos o tres viñetas costumbristas, como la conmoción que provoca la excéntrica  Tilly en los hombres, durante un improvisado partido de rugby.

Su atrevida y sugerente vestimenta se transforma en motivo de escándalo, que remueve la pacata mentalidad de la sociedad local.

Empero, esa reacción de cuasi total rechazo comienza a mutar lentamente entre las mujeres, cuando se advierte que la renegada es una modista de alta costura.

Obviamente, las jóvenes féminas o las maduras que añoran tiempos mejores acuden prestamente a su taller, con el propósito de requerir sus codiciados servicios.

Todas aspiran a lucir elegantes por su propia autoestima y por la posibilidad de combatir su propia grisura cotidiana, en un espacio geográfico que parece extraído de un relato de realismo mágico.

Empero, la historia deparará también un frustrado romance y conflictos varios, cuando comienzan a conocerse ocultas verdades que derivan en nuevas tensiones.

En ese contexto, afloran mentiras de larga data, que corroboran la mediocridad y mezquindad de algunos de los lugareños, que ciertamente no son tan inocentes como en apariencia parecen.

En tales circunstancias, la película deviene de mera comedia costumbrista en un drama que remueve la conciencia del pueblo, no exento de violencia implícita y explícita.

Una de las mejores cualidades de este film es la descripción de las conductas humanas y de las psicologías individuales y, particularmente, colectivas.

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En ese marco, Jocelyn Moorhouse construye personajes realmente intensos y creíbles, como el de la infortunada modista, su madre y el del travestido Sargento Farrat (Hugo Weaving), un jefe de policía que es una suerte de sheriff del lejano oeste.

La película incorpora algunas referencias metafóricas a la tragedia shakespeareana “Macbeth” en lo relativo a las brujas, quienes son parangonadas con algunas mujeres que pronuncian la palabra maldición como si se tratara de un mandato bíblico.

“El poder de la moda” mixtura la comedia irónica, bizarra y desenfadada con el drama, la culpa, los prejuicios, la mentira y la hipocresía, en un film que posee un calificado reparto encabezado por dos monumentales actrices como Kate Winslet y Judy Davis.

El poder de la moda (The dressmaker). Australia 2015. Dirección: Jocelyn Moorhouse. Guión: P.J. Hogan y Jocelyn Moorhouse. Producción:Sue Maslin. Fotografía: Donald McAlpine.

Música: David Hirschfelder. Diseño de producción: Roger Ford
Montaje: Jill Bilcock. Reparto: Kate Winslet, Liam Hemsworth, Hugo Weaving y Judy Davis. (Publicada en Revista Onda Digital)



Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

La ONDA digital Nº 775 (Síganos en Twitter y facebook)

 

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